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Paz, piedad, perdón. (Manuel Azaña)
Se diría que es difícil en tiempos de paz y conviviendo en una democracia poder comprender otros tiempos de odios perpetuos, tiempos de desear la muerte de tus semejantes y tus compatriotas, vecinos, incluso hermanos, tiempos de horribles matanzas cometidas con gozo. Hoy día puede costar comprender cómo se puede llevar a cabo una limpieza étnica, cómo el ojo por ojo pueda ser la única motivación en la vida, cómo una vida sea malgastada al ser invadida para siempre por el odio (“procura no emplear el tesoro de tu vida en odiar ni en temer”, decía Stendhal), el odio al que piense como piensan los del otro bando. Por eso mismo sorprende el valor de los blogs como nuevo medio de comunicación, pues consigue rescatar experiencias en el olvido (en este caso experiencia, tan antigua como el hombre, la experiencia de una Guerra Civil): aquí dejo unas direcciones para asomarse al abismo del horror.
AVISO: los vínculos de internet siguientes pueden llevar a la sensibilidad del lector desde el llanto al vómito.
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El personaje que ha muerto (pues procuraremos no hablar aquí de una persona a la que no conocíamos, y respetaremos siempre el dolor por la muerte de cualquiera) pasó sus últimos años sin que casi nadie se diese cuenta de que su existencia entre nosotros era una oportunidad de viaje en el tiempo, a aquél tiempo del Gran Odio entre españoles, y que ese viaje a tiempos violentos que nos facilitaba Haro Tecglen debería haber servido para poder analizar nuestra política actual y para neutralizar todas las pervivencias de guerracivilismo.
Quiso hasta el fín seguir encarnando a un “niño republicano”, y su voluntad fue permanecer en una infancia no inocente, sino cruel y despiadada, el odio infantil de una guerra fraticida. Toda una vida como un niño obstinado, escribiendo unos artículos impermeables al extintor de odios que trajo la Transición, y que eran recibidos con alborozo por todos los niños de la guerra que quedaban (aquellos que no querían ser mayores: comprender, llorar por todos, llegar a algún tipo de perdón), tanto de su bando como del contrario: se ve que era leído con avidez por los dos bandos. Lo dejan claro partidarios y detractores, al expresar que tanto amigos como enemigos le leían como consuelo y reafirmación de una vida equivocadamente entregada al odio: unos, los republicanos enquistados, que patéticamente se reafirmaban en “su lucha”, y también quienes al leerle reafirmaban un antiizquierdismo irracional y estaban esperando su muerte para expresar a los deudos su refocile y cumplir con la venganza (que quedaba pendiente por el agravio que cometió en la muerte de Antonio Herrero: ver las increíbles respuestas a la entrada que escribió su mujer en su blog, cuando estaba agonizando). Otro anciano recientemente muerto con las botas puestas, y también representante de aquella época, le llamó “el inhóspito”; claro que los del bando ganador lo tuvieron todo más fácil.
Tan peculiar personaje tenía una insobornable y brillante capacidad crítica para el teatro; quizá por conocer tan bien el odio no le importaba que la gente del teatro le llegase a odiar cuando recibían las justas puyas de sus críticas. Todos habrán de reconocer también su talento para la columna periodística, pues pese a lo desfasado de persistir sus planteamientos de “momia” que no parecía entender que España había avanzado en la reconciliación, muchos comenzábamos la lectura del País por su columna. Podía haber pasado los últimos añ0s como un abuelete resentido que recuerda batallitas, pero su talento consiguió lo que parecia desear: que le siguiesen odiando hasta su muerte, y después de ella. También es una forma de buscar la inmortalidad.