25 de Septiembre de 2005

'La voz humana'. Crítica: La tragedia está al aparato

La voz humana de Jean Cocteau, versión de Luis Antonio de Villena. Intéprete, Cecilia Roth.

La voix humaine, de JeanCocteau, con música de Francis Poulenc. Intérprete, Dame Felicity Lott. Dirección musical, José Ramón Encinar. Escenografía, Joan Berrondo, figurines Alejandro Andújar. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Director de escena: Gerardo Vera. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 23 de septiembre.

Una buena idea de Gerardo Vera, y sobre esa idea, una buena dirección para las dos intérpretes, para una repetición de la acción que finalmente es un contraste. Y está en pie en las dos, en castellano y en su francés original, el texto de Jean Cocteau. En esta tragedia, el fatum, el elemento sombrío y mágico, es el teléfono. Está escrita en los años veinte: se estrenó en 1930, y todavía quedaban los teléfonos de manivela, la operadora, las líneas cortadas, las intromisiones de otras voces y otros interlocutores lejanos. Un arranque de siglo donde las técnicas entraban directamente en casa y perturbaban.

"El aparato", se decía. "Estoy al aparato"... En un momento, La voz humana recuerda lo distinto que sería todo si pudieran verse, sonreír, tocar... Lo que la nueva técnica interfiere es la humanidad de la voz, los tonos: lo que altera es la tragedia de la mujer sola, abandonada por su amante tres días antes, que ha intentado ya suicidarse de soledad y angustia y que aún acude al recurso del teléfono que perturba su emoción, su relación; que se traga por el cable los matices y la continuidad de los argumentos.

El contraste que propone Gerardo Vera es el de la pieza original con la traducción de Villena con la pequeña ópera de cámara a la que puso música Francis Poulenc. En este contraste parece que el público, y yo mismo, dimos la preferencia al segundo. Quizá porque el idioma original contienen más desesperación, más rotura, más emoción, que su versión castellana, por buena que fuere. Tal vez por la interpretación. Cecilia Roth es más actriz de comedia que de tragedia, su voz no está entonada para un teatro como éste, y el dejo argentino que entra en su voz perturba lo que respeta el decorado y la situación, y los dibujos de Cocteau que se proyectan. Una acción del todavía brillante París de entreguerras, de la vie parisienne. Pienso que quizá si hubiera tenido la libertad de hacerlo todo en argentino hubiera sido mejor.

En todo caso, su lucha con la versión musical estaría destinada a perder. No sólo el texto es el original -hay proyecciones en castellano-, sino que la música -años cincuenta: todavía gran época para la música en Francia- refuerza la tragedia y llena realmente el teatro, con la voz privilegiada de Dame Felicity y su condición para la tragedia. Una tragediante de voz, de gesto. Tanto ella como Cecilia Roth tienen todas las transiciones del texto muy bien preparadas, muy bien dirigidas: la voz que todavía espera, la contención de esa desesperación para que parezca una situación normal, el grito desesperado de Je t'aime con el que se cierra todo, con el hilo del teléfono rodeando el cuello de la abandonada como un cordón de ahorcar, con lo que se multiplica el valor de ese protagonista sin alma, de esa técnica que deja entrar el azar y lucha con la voz humana.

Fue una excelente noche, y el público de la Zarzuela la agradeció. Era más público de música que "de verso". En ese final estuvieron las dos intérpretes, el traductor, y naturalmente, el director de escena, creador de este invento, y el recuerdo de Cocteau y Poulenc.

Por eht en Crítica el Domingo 25 de Septiembre de 2005
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