27 de Agosto de 2005

El Estatut

El coronel Macià, primer presidente de la Generalitat de Cataluña, era un revolucionario honesto y patriarcal. Lo tengo en la memoria como la primera imagen del catalanismo entre los madrileños: contradictoria. Hubo independencia unos días, a la proclamación de la República Española se otorgó Estatuto, y Macià fue presidente hasta que murió, diciembre de 1932. Francesc Macià y sus hombres pretendieron un tiempo la conquista de Cataluña por las armas; pidieron ayuda incluso a Moscú, aunque no fueran marxistas. El catalanismo fuerte había resurgido entre los escombros del imperio en 1898: la pérdida de Cuba y Filipinas la tomaban como ejemplo y decían que Cataluña era también una colonia y debía liberarse. Mi memoria envejecida, insegura, se reverdece esta vez en que se discute un Estatuto: no tiene hoy la grandeza con que la oía -aun por los no federales- y el gran esfuerzo actual no piensa en las armas: ya se encargó de ello Franco, que fusiló al siguiente presidente catalán, Lluís Companys, en la siniestra y humillante historia de la entrega por los alemanes ocupantes de Francia de exiliados españoles: él la coronó con su capacidad inagotable de matar.

No tiene esa grandeza por dos razones: una es que se ve como un intento oligárquico de posesión y no reparto de riqueza en el vaso comunicante con España en general. Lo que entonces parecía un adelanto y una justicia contra la vieja España reinante ahora parece (aquí) una secesión innecesaria cuando todo el territorio se va sumando a unidades mayores: Europa, la OTAN, hasta la pérfida globalización.

Otra razón es el astuto sistema de la derecha nacional de ridiculizar a alguien para destruirle. Risa falsa de amo ante el paleto. Ha creado hasta una mentalidad especial en un país que se vuelca a la caricatura y la risa de todo; y "ríe cuando ignora". Se ve palpablemente esa manera en el Parlamento cuando esta oposición -y antes, cuando era poder- estalla en carcajadas ante una frase del poder que no es de ninguna manera risible. Han cargado esta bomba tonta especialmente contra la Generalitat actual, sobre todo contra Carod Rovira y también contra Pasqual Maragall; algunas de sus risotadas falsas entran en la izquierda, y en el propio PSOE que encontró en el tripartito catalán una posibilidad de gobierno compartido. Quizá sea un buen momento para el estudio del Estatuto con seriedad y sin dejarse llevar por las carcajadas del señorito. Que luego mata a todos juntos.

Por eht en Visto/Oído el Sábado 27 de Agosto de 2005
Comentarios

No dudo de las buenas intenciones del coronel, pero las intenciones siempre son personales y no siempre coinciden con el bien general ni con la realidad, que se empecina en llevarnos la contraria mas de una y de dos veces.
El ejército, la oligarquía y los nacionalistas catalanes no dejaron de mirarse el ombligo desde Carlomagno y la Marca Hispánica hasta la actualidad, adaptando la historia y la economía y utilizando como tapadera el “bienestar del pueblo”.
Por muchas vueltas que les doy a mis libros de historia (pocos pero excelentes), no encuentro territorios independientes ni dependientes, desde Gargoris hasta las taifas, desde el reino de Aragón y Languedoc hasta Jaime I y desde Isabel la sanguinaria hasta la Semana Trágica.
En cuanto al tripartito y la mitificación de José Luis Carod por ansar, la dicotomía ideológica de Piqué (como dice la canción: …”como es posible querer dos mujeres a la vez y no estar loco”) para estar sin estar y pensar una cosa cuando está en Madrid y otra cuando está en Barcelona o los quiebros de Pascual con el PSOE. Otro que dice “arre” en Montserrat y “so” en la Castellana. Nada que decir de Arturo Mas y su tres por ciento donde se refleja donde tienen los sentimientos los nacionalistas. En fin, que con estos mimbres hay que darle forma a un cesto.
Y yo me hago la pregunta que me planteo siempre: a un peón de albañil, a un administrativo, a un empleado de la limpieza, a un minero o campesino, a un pescador o un camarero, a un director de banco, a un broker, a un gerente de Carrefour, a un director de Hotel *****, al dueño de una flota de camiones (no sigo), ¿Les importa lo que dice el “estatut”? ¿saben o conocen el texto?, o solo les importa a los 250 políticos que viven directamente del “chollo” y del 3% (vergonzoso y sin aclarar)
El PSOE y Pascual, deberían saber con que bases cuentan y que quieren sus bases y poner los pies en tierra y que la “exigencia de lealtad” sea mutua.
Entretanto da comienzo el circo de los 22 millonarios y un balón, diciendo estupideces para proporcionar el opio que les falta a las revistas viscerales, y ya un brasileño desata ríos de testosterona en miles de imbéciles. Saldrá el “estatut”

Por : trasgu el Sábado 27 de Agosto de 2005

Trasgu : tu comentario me recuerda a los tiempos de Franco.
YA está bien de decir que el "Estatut" no interesa a la gente catalana, y de insinuar que allí sólo importan los "intereses crematísticos" y los "futboleros".
Un poco de respeto, por favor, al sentimiento nacionalista de cataluña y Pais Vasco, donde te recuerdo que la mayoría del electorado vota opciones nacionalistas, y donde el Estatut será refrendado en referendúm, cosa que NI POR ASOMO se hizo con la sarta de Leyes Orgánicas que crearon las restantes Comunidades autónomas (muchas de ellas superfluas).
El odioso y carísimo "café para todos". Eso sí que no importa a nadie : ni a los madrileños, ni a los riojanos, ni a los extremeños, ni a los castellanos, a quienes de hoz y coz (NO VENIA EN LA CONSTITUCION QUE YO VOTé) se nos "ha impuesto" un modelo que propicia todo tipo de CORRUPCIONES y que genera, por ejemplo, unos "deficits sanitarios descomunales" que no existían antes de las trsferencias cuando funcionaba el INSALUD hace 3 años. Entonces ánsar sabía lo que hacía (quería cargarse lo público) y por eso transfirió la sanidad y cambió el modelo de financiación autonómica. Y el PSOE e IU LE HICIERON EL JUEGO, apoyando un modelo impresentable. Ahora se encuentran con que no hay dinero para pagar los despilfarros autonómicos (digo bien, pues la pasta se la han pulido en subirse los sueldos y en más aparato burocrático), y lo que quieren hacer es una chapuza : "ir a medias en la subida de impuestos" pero sin reconsiderar el reparto de poderes ni recortar los abusos del LAMELA de turno (así que dentro de tres años, cuando toquen elecciones autonómicas,más déficit y esta vez sí : más copagos)

Por : renato el Sábado 27 de Agosto de 2005

"No hay peor sordo que el que no quiere oír, Robertico.
"Y sobre todo entérate de cual es el pensamiento político de Ortega.". (yo mismo)
"Palabra clave: POLÍTICO.
"Ni siquiera has intentado demostrar que Ortega fuera de izquierdas.
Sólo dices que fue krausista, republicano, que no era franquista y que firmó manifiestos a favor de la República junto con otras personas también favorables a la República.
Por : Carpetano el Sábado 27 de Agosto de 2005"

Carpetano,
¿Y te parece poco? Krausista, republicano, firmó el manifiesto contra el levantamiento y no apoyó a Franco como hizo la mayoría de la Derecha española del momento ¡Y te parece poco! por lo menos te debería hacer dudar, supongo.
La única forma de saber cuáles eran las simpatías políticas de Ortega es analizando su comportamiento en esos años políticamente turbios, Carpetano, que es lo que yo hago, (si estuviera tan claro y Ortega hubiera militado en un partido esta polémica sobraría), mientras tú te limitas simplemente a negarlo todo con la fe del carbonero.
No, no me atrevo a afirmar taxativamente que Ortega era de izquierdas porque sería una irresponsabilidad por mi parte, como por la tuya sostener que era de derechas, porque sería suplantar su privilegiada y complicada mente, que por lo menos yo no me considero capaz. A lo mejor tú sí. Simplemente digo que me parece gratuita la adscripción de Ortega a la derecha porque sus actitudes la contradicen. Me recomiendas de que me entere de cuál era su pensamiento político y sin embargo tú no lo mencionas para nada. Dime por lo menos cuál crees tú que era su pensamiento político. (Eso, tú mismo).

Rebate pues las razones por las cuales yo creo que Ortega y Gasset en el fondo era un humanista de izquierdas, un humanista que tiene mucho más que ver con la izquierda de Antonio Machado, Azaña (aunque se odiaran) que con la derecha de Gil Robles o Alejandro Lerroux. Aunque fuera germanófilo y megalómano. Te copio otra vez mis opiniones para que te sea más fácil analizarlas y poderte oir por fin algún argumento serio a favor de su supuesta militancia en la Derecha:

Carpetano,
Otra vez te agradezco mucho tu recomendación de leer los dos artículos de EHT. Ya te he comentado la satisfacción que me ha dado ver una biografía de Azaña escrita con tanta sensibilidad y un analisis de los años de la República con una prosa magnífica y un contenido tan preciso.
Por supuesto que quien habla de "aristocracia" es EHT (hombre, es él el que ha escrito el artículo), pero se refiere a que una parte de la izquierda que hizo posible que llegara la república a España, esperaban una república al estilo de Pericles (no periclitada), con una "nueva aristocracia" del saber y del conocimiento, entre ellos Ortega y Gasset. Y lógicamente su decepción fue grande entre otras cosas porque esas repúblicas platónicas en la realidad no existen. Su caracter de filósofo irascible le hizo exclamar: "No es esto, no es esto". Pero sí era eso.
La opinión de Libertad Digital, como comprenderás, me tiene sin cuidado, es como si trataras de reforzar tus argumentos con lo que dice ese periodista pelín retrasado mental que es Fedeg, o el ex-grapo de Pio. ¡Faltaría más! hasta allí podíamos llegar querido Carpeto, espero no llegar nunca tan bajo, todavía tengo un poquito de dignidad.
De todas maneras, te repito que te agradezco mucho tus recomendaciones de leer los magníficos textos de EHT con los que he disfrutado. Podrías hacer extensivas tus recomendaciones a algunos descerebrados que participan en este blog, como el "para/Que Pais" a ver si adquieren por lo menos un barniz de cultura y dejan la zafiedad para su familia.

Carpetano,
se me olvidaba, hombre. Del 18 al 22 he leído tu polémica con AnaCreonte. He visto que sostiene lo mismo que yo apoyándose en el krausismo, que dio origen primero al partido reformista y luego a las distintas corrientes de la izquierda socialista, en donde participaron intelectuales como Fernando de los Ríos, Besteiro, Azaña y ORTEGA Y GASSET. Más claro, agua.
He visto que te resistes a admitirlo negándolo todo tozudamente pero sin aportar un sólo argumento como los aportados por AnaCreonte. Y te haces preguntas psicodélicas como por ejemplo si Borges también era de izquierdas!!! Vaya preguntita!!! no lo sabía ni él!!! O sacas algunas conclusiones esperpéticas como por ejemplo que "si era megalómano no podía ser de izquierdas" ¿?
Copias el artículo del "No es esto, no es esto". Creo que los motivos para decir esta frase ya han quedado suficientemente analizados. En ese artículo Ortega no se define ni de izquierdas ni de derechas (si no, no estaríamos discutiendo), igual que Unamuno, que nunca se definió, pero les soltó a los Nacionales la famosa frase: "Venceréis, pero no convenceréis", que en el fondo le costó la vida (murió 2 meses después).
En el artículo que copias, Ortega se muestra como un decidido partidario de la "reforma" (¡las reformas nunca son conservadoras, Carpetano! se trataba de reformar casi todo después de una monarquía ultraderechista) pero sin radicalismos. Ortega no era un radical.
Ortega tampoco era franquista. Una persona de izquierdas lógicamente no podía ser franquista, aunque no serlo no demuestra necesariamente que fuera de izquierdas, pero en todo caso la mayoría de intelectuales de la derecha apoyaron a Franco (J.M. Pemán, Ledesma Ramos etc.), Ortega no.
También he visto que confundes filosofía con ideología política ¡! Aquí no entro porque no soy filósofo ¿tú lo eres?
¿Para qué vamos a seguir? No sé si has visto que completé la información que proporcionó AnaCreonte sobre el manifiesto de los escritores antifascistas ¿No te has preguntado qué hacía allí Ortega entre tanto rojo? Pero no sólo lo firmó sino que fue él quien lo redactó!!! Esto no demuestra que él militara en un partido de izquierdas, por supuesto que no, pero blanco y en botella... ya sabes...
Ah! Y gracias por tu cariñoso "Robertico".

Por : Roberto el Sábado 27 de Agosto de 2005

Los nacionalistas catalanes, y no me refiero a Maragall, llevarán en septiembre al Congreso de los Diputados una propuesta para que el catalán, el gallego y el vasco sean lenguas cooficiales en toda España. La razón declarada de esta proposición, la “Ley de Lenguas”, es “normalizar” una situación pendiente, según Carod, desde 1977; a saber: el reconocimiento de la plurinacionalidad del Estado, basada en el plurilingüismo. Y, claro, no falta el victimismo: la medida tendría la virtud de compensar los años –¿por qué no milenios? ¿o eones?– de prohibición, e incluso persecusión de la “realidad plurilingüe”.

La consecución de un Estado de esta naturaleza sería para los nacionalistas catalanes la “normalización” de España. De esta manera, el Estado saldría de la anormalidad centralista y opresora de la que no supo, o no se quiso salir en 1977. Esto supone que la Constitución y todos los poderes que articula, la dereclaración de derechos, la soberanía depositada en la nación, el gobierno parlamentario, el Estado de las Autonomías, la Justicia, la naturaleza del Ejército, la institución de la Monarquía; esto es, la misma democracia española es, sí, anormal.

La anormalidad es, si no me equivoco, que un sistema democrático que funciona conjugue, tolere y amamante a los instrumentos y a los agentes que desean su destrucción. Anormal es, también, que quienes esto buscan determinen la política del gobierno del Estado siendo grupúsculos; es decir, pequeños partidos sin verdadera representación estatal. Lo anormal es que la ambición de un gobierno regional cuestione, y quiera subvertir por sí solo los principios sobre los que se asienta un país próspero, democrático y solidario. Tampoco es muy normal que el presidente de la nación, Zapatero, no conteste al líder de un partido, Carod, separatista pero aliado de su gobierno, cuando dice que es el primer presidente de España que no es nacionalista español.

Pero la “normalización” no es algo que se les haya ocurrido, desgraciadamente, a los nacionalistas. La victoria electoral del PSOE el 14-M de 2004, tras dos legislaturas populares, con una generación de políticos en su mayor parte inexpertos, y una intensa campaña de agitación y propaganda, determinaron las características del socialismo de Zapatero. Crearon entonces el concepto de “normalización”. Había sido anormal que gobernara la derecha, un error histórico que era necesario corregir. Llamazares –lábaro del castrismo– los llamó “los ocho años negros” de la democracia.

La normalización empezaba por cuestionar la Transición. Los socialistas hablaron de poderes fácticos –la Iglesia y el Ejército– como los obstáculos que impidieron entonces la verdadera democratización del país. Ahora, con un gobierno libre, y progresista, se revisaría aquella reforma para convertirla en ruptura. Era el momento de un nuevo pacto entre los pueblos de las Españas, y normalizar, así, el país. Incluso se podía pactar con los terroristas, fueran yihadistas, retirando las tropas de Irak, o etarras, devolviéndoles a las instituciones. Llegó la hora de romper con EEUU, lo que no pudo hacer ni González, decían, por no enfurecer a los militares. Ya se podía sacar la religión de la educación, que fue “un acuerdo preconstitucional”, en palabras de Peces-Barba. Y también deshacer el Estado de las Autonomías para que los nacionalistas marcaran, a voluntad, el contenido de su relación con España. Ahora contamos todos, que decía el de TVE.

Pero si usted, amable lector, cree haber perdido el juicio, o el sentido común, o descubre que tiene un concepto de normalidad, digamos, algo distraído, no se preocupe. La nueva fórmula, que no se da sin receta en la sanidad catalana, es: “hacer un poco de pedagogía, por favor”. Todo sea por normalizarnos.

Por : Mecachis el Sábado 27 de Agosto de 2005

Roberto, he leido y estudiado a Ortega y Gasset en innumerables ocasiones, y he de reconocer que en mi humilde opinion, y sin animo de ofender, su pensamiento politico esta mas cerca de la derecha que otra cosa. Y por supuesto que tambien era antifascista. Pero evidentemente, es solo una opinion. La mia.

Por : Calafell el Sábado 27 de Agosto de 2005

Mecachis,
El artículo que has pegado de forma anónima sobre el estatuto ha sido publicado hoy en Libertad Digital con el título: "Zapatero y el nacionalismo -
Normalización de España" escrito por un tal Vilches.
Se puede comprobar en:
http://www.libertaddigital.com/opiniones/opi_desa_26619.html

Creo, que por un mínimo de decencia y respeto a los lectores, cuando pegues algo deberías indicar la fuente y el autor, por lo menos, aunque te avergüences de su origen.

Por : AnaCreonte el Sábado 27 de Agosto de 2005

Bueno,Macia fue el primer presidente de la Generalitat moderna.

No estoy de acuerdo con trasgu,
Cataluña y otras partes de España han tenido instituciones de autogobierno propias,y leyes propias y cultura propia desde hace mucho tiempo,y se han rebelado cuando se les ha intentado quitar,Corpus de sangre,guerra de sucesión,lo que pasa es que en España no se cuenta lo que pasó en estas dos etapas historicas pej,se dice que despues del Corpus de sangre Cataluña estuvo separada en cierto modo de España,y se dice que volvió voluntariamente a España y que el rey español prometio respetar sus fueros,pero la verdad fue que tropas castellanas sitiaron Barcelona,haciendo morir a sus habitantes de hambre,sed y enfermedades,sitio que se repitió en 1714.

Y como dice Renato,Cataluña y Pais Vasco tienen capacidad y voluntad de autogobernarse,esto no es asi en otras partes de España,con ese café para todos que ha creado instituciones ocupadas por politiquillos corruptas,que ahora no saben como mantener.

Por : Lucio de Avellaneda el Sábado 27 de Agosto de 2005

Perdón,quise decir politquillos corruptos,no corruptas.

Por : Lucio de Avellaneda el Sábado 27 de Agosto de 2005

El tema de hoy es muy importante, ruego a los pegadores de tochos o discusiones atrasadas qu respeten el hilo del debate.

gracias y saludos

Por : jacinto el Sábado 27 de Agosto de 2005

Pudor

Me siento a ver 'Estravagario', el programa de literatura de Javier Rioyo en la televisión pública española. Siempre que puedo escucho a Rioyo en la cadena SER, y no dejo pasar ni un domingo sin leer su columna en El País.

Rioyo tiene tres invitados en la primera parte del programa con los que habla de, entre otras cosas, el pudor. Uno de esos invitados es Fernando Delgado, a quien sigo todos los fines de semana en sus programas matinales en la cadena SER.

Otro es Juan Cruz, periodista histórico del diario El País y autor de una magnífica columna dominical en ese mismo diario.

Recomiendan un libro que tiene muy buena pinta, titulado 'Los rojos de ultramar', escrito por Jordi Soler y editado por Alfaguara, la editorial del grupo PRISA.

También hablan maravillas del último libro de Iñaki Gabilondo, la voz de la cadena Ser con la que desayuno cada día, una recopilación de sus excelentes entrevistas editada por El País-Aguilar. "No me duelen prendas de hacer corporativismo amistoso", dice Juan Cruz con toda la razón del mundo.

En la segunda parte Rioyo nos ofrece otra interesante entrevista. El gran Rafael Azcona habla de la reedición de algunas de sus obras, mientras en la pantalla aparece la portada de sus cuentos completos, publicados por Alfaguara, la editorial del grupo PRISA. Después toca un grupo y se acaba el programa de libros de la televisión pública española.

Por : Mecachis el Sábado 27 de Agosto de 2005

Roberto, he leido y estudiado a Ortega y Gasset en innumerables ocasiones, y he de reconocer que en mi humilde opinion, y sin animo de ofender, su pensamiento politico esta mas cerca de la derecha que otra cosa. Y por supuesto que tambien era antifascista. Pero evidentemente, es solo una opinion. La mia.
Por : Calafell el Sábado 27 de Agosto de 2005"

Respeto su opinión, Calafell. Sin embargo creo que esa afirmación admite ser revisada, y en mi opinión Ortega se adelantó al pensamiento político visceral de los años 30 y se le podría situar hoy en día en una corriente humanista de izquierdas, más cercana de la actitud de Azaña que de la de Gil Robles.

Por : Roberto el Sábado 27 de Agosto de 2005

"El tema de hoy es muy importante, ruego a los pegadores de tochos o discusiones atrasadas qu respeten el hilo del debate."
Por : jacinto el Sábado 27 de Agosto de 2005"

¿Se atribuye usted la moderación del blog?
¿Quien es usted para determinar qué es lo importante, lo actual o lo atrasado?

Por : Roberto el Sábado 27 de Agosto de 2005

"El tema de hoy es muy importante, ruego a los pegadores de tochos o discusiones atrasadas qu respeten el hilo del debate."

Es acojonante que una persona que, cuando conviene, no tiene pudor en insultar a quien no piensa como el, se dedique ahora a rogar nada a nadie. Y mucho menos, como dice Roberto, a erigirse en moderador del blog, decidiendo que temas son importantes y cuales no.

Por : Calafell el Sábado 27 de Agosto de 2005

Respeto su opinión, Calafell. Sin embargo creo que esa afirmación admite ser revisada, y en mi opinión Ortega se adelantó al pensamiento político visceral de los años 30 y se le podría situar hoy en día en una corriente humanista de izquierdas, más cercana de la actitud de Azaña que de la de Gil Robles.
Por : Roberto el Sábado 27 de Agosto de 2005

Y yo respeto la suya, por supuesto. Aunque, evidentemente, disiento.

Saludos

Por : Calafell el Sábado 27 de Agosto de 2005

Sr. Retato

Por una vez, y sin que sirva de precedente le contestaré a lo que Ud. denomina “recuerdo franciscano temporal”
Si Ud. es decente y de izquierdas, nada mas lejos de mi intención que molestarle o traerela la mente infaustos recuerdos. Si Ud es un perrillo fascista no le habré molestado porque vivirá en la añoranza de tiempos pasados) Y dicho esto paso a explicarme si puedo.
Es “estatut” interesa tanto a la gente catalana como los estatutos de FC. Barcelona por poner un ejemplo de lectura farragosa e insulsa. Convendrá conmigo que a los 250 políticos de élite (puede que sean algunos mas) les interesa bastante. Y los intereses crematísticos (he degustado pocos postres tan sabrosos como la crema catalana) del 3 % sí que les interesa mucho. El añadido futbolero lo hace Ud., que no yo y no estoy de acuerdo con Ud. La gent catalá tiene otros intereses diversos que enriquecen a sus amistades (yo, uno).
Respeto mucho los sentimientos nacionalistas de Cataluña, Pais Vasco, y también los gallegos, andaluces, extremeños, asturianos…de los 17, vamos. Los respeto tremendamente, pero “boutades” como que la pluralidad del estado se basa en la pluralidad de lenguas, me conduce por la autopista de la hilaridad ante tanta ignorancia, y espero que todos los nacionalistas no comulguen con semejante estupidez y olviden aspectos culturales, geográficos, paisajísticos, sociológicos, etc., etc. El NACIONALISMO para mí que es otra cosa que lo que pide el Sr. Carod. Y eso de que la mayoría vota nacionalismo donde Ud. dice….pues que no me lo creo.
El resto de su aserto son divagaciones a las que no debo responder (mi salud intelectual), pero estoy bastante de acuerdo con Ud., en los casos de corrupción y del INSALUD, pero no todos los gastos se van en sueldos…..es largo y no tengo ganas de dar explicaciones, sobretodo ante la perspectiva de ir a tomarme unos culotes (no sé porque se dice ahora “culines”) de sidra, a la que gustoso invitaría a todas las gentes de bien de este foro.
Salud

¡Joder que ladrillo¡

Por : trasgu el Sábado 27 de Agosto de 2005

¡Joder, Robertico, qué pesado eres, pardiez!

Te dije que leyeras lo que dije el día 22 y no me has hecho caso. Lo copio aquí:


"Decía Ortega y Gasset ("de izquierdas" jejeje) que las causas de la decadencia de España se remontan a la invasión islámica, que impuso una uniformadora sumisión a Dios y una igualdad forzosa (con "llanuras sin eminencias" decía). Al contrario que en la Europa feudal, donde había una sociedad jerarquizada regida por los mejores según un ideal de libertad aristocrática y emulación.

El aristocratismo intelectual orteguiano se basa en una masa dócil y no rebelde regida por una minoría selecta e idealista, que a la vez sirva de ejemplo a imitar por aquella.

Según Ortega, por culpa del Islam no seguimos la misma evolución histórica que el resto de Europa y de ahí vino nuestra diferencia y nuestro atraso respecto a ella. Por eso tenemos ese igualitarismo incapacitante que nivela la sociedad a la baja y no valora la excelencia ni la preeminencia de los mejores.".

(Por : Carpetano el Lunes 22 de Agosto de 2005)


Mi "fe del carbonero", como tú la llamas, debe existir porque YO HE LEÍDO A ORTEGA, cosa que tú no has hecho. Pero lo puedes hacer ahora. "La rebelión de las masas" está en Internet. Leela y saca las conclusiones tú mismo:

http://www.laeditorialvirtual.com.ar/Pages/Ortega_y_Gasset/Ortega_LaRebelionDeLasMasas01.htm

Y si quieres conclusiones ya hechas afines a tu ideología, puedes leer una página de un sitio web llamado "España roja, amarilla y morada. Añoranza de la República Unitaria de Trabajadores de toda clase (www.eroj.org)".
La página en cuestión es esta:

http://www.eroj.org/lp/ortega.htm


Venga, a leer. Agur.

Por : Carpetano el Sábado 27 de Agosto de 2005

"No tiene esa grandeza por dos razones: una es que se ve como un intento oligárquico de posesión y no reparto de riqueza en el vaso comunicante con España en general. Lo que entonces parecía un adelanto y una justicia contra la vieja España reinante ahora parece (aquí) una secesión innecesaria cuando todo el territorio se va sumando a unidades mayores: Europa, la OTAN, hasta la pérfida globalización." (EHT)

Nadie ha hecho mención a este párrafo y es el fundamental. Por una vez alguien de la izquierda reconoce lo que otros "izquierdistas" se niegan a manifestar (profundo complejo) o les importa un pimiento (en ese caso, está claro que no serían de izquierdas).

Naciones, Estados, nacionalidades... Pura basura para esconder la rapiña y la insolidaridad.

Por : ciudadano el Sábado 27 de Agosto de 2005

Renato, el mismo respeto que exiges para el nacionalismo catalán y vasco, te lo pido yo para el resto de España. Te recuerdo que la arquitectura del estado autonómico que disfrutamos se construye a partir el Referendum por la Autonomía de Andalucía. Ni el Pais Vasco, ni Galicia, ni Cataluña definen nuestro actual estado descentralizado. El resto de comunidades autónomas "no históricas" no hicieron otra cosa que modificaciones de adaptación a la realidad de un estado autonómico SIMÉTRICO. No comparto tu percepción de la corrupción generalizada, la duplicidad de burocracia y el despilfarro en la estructura actual. ¿Cosas que mejorar? Muchísimas, sin duda. Pero esa imagen que transmites me retrotrae, y espero que no te sientas ofendido, me recuerda a los ríos de tinta vertidos por los fascistas contra la desmembración de España en los inicios de la transición, y que no ha cesado desde entonces. Siento por Cataluña, Euskadi y Galicia admiración y respeto. Me admiran sus historias y sus lenguas. Pero eso me enriquece como andaluz tanto como las historias y las gentes de la bellísima Extremadura, de la inmensa Castilla-León, de Murcia, de la Rioja. Pensar que los extremeños están chupando del bote de los catalanes es realmente necio. Seguro que sabes que en el abismal agujero de la sanidad catalana, al igual que en el desastre de las infraestructuras privadas y de la educación en Cataluña han tenido mucho, demasiado que ver tu respetable nacionalismo catalán gobernante durante veinte años. Me remito a los informes de Vicenç Navarro. Es mucho más fácil pensar que roban los demás que, y que los andaluces son remoras del progreso que darse cuenta que la oligarquía finaciera e industrial de tu territorio (nación, nacionalidad, ¿qué más dará? te sientes europeo, latinoamericano, asiático, norteamericano,... ¿qué carajo significa ser catalán sin ser murciano, ni portugués, ni alemán? Por supuesto que la cultura del lugar en que naces te condiciona, pero no disfruto más leyendo a Lorca que a Böll, ni comiendo un buen salmorejo que un delicioso pisto). En fin, la derecha ha conseguido que criticar a CiU sea de fachas, cuando uno puede reconocer el ejemplo admirable que dieron en la comisión de investigación del 11-M y a la vez criticar furiosamente su gestión de Cataluña. Puede uno respetar, incluso admirar, las capacidades oratorias y políticas de Anasagasti y el portavoz del PNV en la comisión del 11-M (¿Olabarría?) y no tragarse ninguna de las patrañas con las que construyen la gran Patría Vasca, reescribiendo la histroia para admirar como visionario a un nazi como Sabino Arana. El himno de Andalucia tiene una letra que me pone los pelos de punta, pero el himno de Alemania es una pieza musical de primer orden. Los políticos de Cataluña deberían volcarse en políticas sociales: por mucha intoxicación informativa que haya, no nos llega al resto de España iniciativas sociales de calado, como pasó, durante la legislatura pasada con Andalucía en algunos aspectos. Una gestión pésima de los derrumbes del Carmel, unas cuantas meteduras de pata, del tipo "¡quitame esa bandera de ahí que me ofende y pon la mía, que demasiados años nos hemos llevado con nuestros símbolos subyugados!", y un lío de mil demonios con el Estatuto es el balance que queda de todos estos meses de gobierno del tripartito en Cataluña. Estoy de acuerdo en que hay que modificar el sistema de financiación sanitaria, para que se reciba en función del número de habitantes. Debe haber representación de las comunidades (naciones, nacionalidades, regiones, como quieras llamarlas) en Europa y capacidad de decisión en los ámbitos que les afecten, pero apelar a derechos históricos para blindar competencias. ¿Y cuando paramos? En lugar de en el siglo XIX, ¿qué tal en el XV, o mejor aún, en el año 10000 a. c.?
P.D.: Sobre el papel de Andalucía en la organización actual de España, casi cualquier artículo del catedrático de Derecho Constitucional Pérez Royo es realmente esclarecedor.
P.D.2: Renato, te pido disculpas si me he pueto demasiado pesado. Creo que lo que nos pasa a Trasgu y a mí se llama cansancio: de la derecha franquista, de la izquierda ¿republicana?, de la derecha nacionalista catalana, de la derecha nacionalista vasca, de la izquierza abertzale (¿se escribe así?). De ese chivinismo estúpido, tan cateto (¡con todos los respetos a los catetos de mi pueblo, a los que demasiados políticos no les llegan ni a la suela de los zapatos en cuanto aperspicacia y claridad de ideas!), que enmascara los problemas reales que nos afectan. En cualquier caso, lo dicho, considera esto las divagaciones de un viejo.

Por : beta1 el Sábado 27 de Agosto de 2005

Permitan que entre en la discusión sobre Ortega, no para tomar partido sino para aportar otro punto de vista. Para mí el que este filósofo trate de introducirnos en el pensamiento europeo es revolucionario, para una sociedad que se encontraba en las cavernas. Es pesimista y displicente, respecto al rumbo que llevan los acontecimientos, desde el momento que considera nuestra falta de articulación como un defecto de origen (desda la Edad Media) y él mismo era una minoría selecta, desde su forma de ver las cosas,puesto que era artífice, y no mero espectador, de un proceso histórico. Su actitud, por tanto, es progresista como mínimo.

Por : Alfredo el Sábado 27 de Agosto de 2005

Estimado señor Don Eduardo Haro Tecglen
Como decía Muñoz Molina en una carta al director en EL PAIS, con motivo de las declaraciones de la arquitecta de origen napolitano Tagliabue, devenida en feroz catalanista tras su matrimonio con el arquitecto Enric Miralles:: “Acaba cansando la permanente denostación de Madrid -modelo y centro del paletismo y el cutrerío hispano- como forma de celebrar las virtudes de otras ciudades españolas, en las cuales priman al parecer la modernidad, el cosmopolitismo, la apertura generosa a lo forastero y a lo nuevo.
Algo similar se puede decir sobre las portentosas virtudes del catalanismo (victima una vez más de los desafueros del gobierno de Madrid) que, según usted “había resurgido entre los escombros del imperio en 1898” ya que “Cataluña era también una colonia y debía liberarse”.
Quizás fuese bueno recordar que la repentina fortaleza de ese catalanismo y sus afanes independentistas tuvieron su origen en al apoyo prestado por la burguesía catalana que acusaba al gobierno español de los perjuicios que les había ocasionado la pérdida de Cuba y Filipinas en las que tantos intereses tenían gracias, precisamente, a las medidas proteccionistas del gobienro español y que, a la postre, fueron una de las causas de la guerra en Cuba.
Y también creo que habría que recordar que esa misma burguesía había sido partidaria, mientras duró el conflicto en las colonias, de gastar hasta el último hombre (que no podía pagarse la redención en metálico) y la última peseta (del gobierno) en mantener la soberanía española Cuba y Filipinas.
Atentamente
Grimau

Por : Grimau el Sábado 27 de Agosto de 2005

Creo, que por un mínimo de decencia y respeto a los lectores, cuando pegues algo deberías indicar la fuente y el autor, por lo menos, aunque te avergüences de su origen.
Por : AnaCreonte el Sábado 27 de Agosto de 2005

No me sale de los güevos.

Por : Mecachis el Sábado 27 de Agosto de 2005

Mecachis, te estás pareciendo al paredes, pero en versión mala.
Este sí soy yo.Paredes
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Estoy con trasgu,mucha pandereta también en Cataluña.Sólo hay que ver la que arman en las Ramblas por meter una cosa redonda entre tres palos.El nacionalismo se cura viajando,y casi siempre las muestras viscerales de esa "cosa", se hacen para ponerse por encima de los otros, como si en todas partes no hubiera o hubiésemos imbéciles y gente guay.
Mi discurso parece anticatalanista, mas no lo es , es aplicable a cualquiera que se crea que por ser De, se es MAS.

Tanto apelar a las reivindicaciones históricas,sólo se hace buscando la pela,pues ahora mismo la idiosincrasia, nadie la niega ni la discute.
Cuando me lluevan las hostias, me extenderé más.
Un saludo a casi todos.

Por : paredes el Sábado 27 de Agosto de 2005

Me erijo en moderador¿qué pasa?
Espero que con la última,inteligente(como siempre) e imparcial intervención de Alfredo, se zanje EL CASO ORTEGA.
Salut y forca al canut.

Por : paredes el Sábado 27 de Agosto de 2005

Si,dejemonos de pasado y vamos a dia de hoy,y a dia de hoy en Cataluña y Pais Vasco hay intención de tener más autogobierno,ahí estan los votos mayoritarios a partidos que llevan en sus programas ese aumento del autogobierno,y en estos dos territorios el PP es residual.

Por : Lucio de Avellaneda el Sábado 27 de Agosto de 2005

Seria interesante conocer la reacción de los foreros de…por ejemplo” libertad digital” o “las faes” si me pongo de acuerdo con un amíguete en debatir sobre trotsky y estalin por ejemplo, en medio de una discusión sobre ortega….seria interesante, pero no haré por un mínimo de respeto. Bueno quizás no me dejarían.

El señor Haro dice…
Otra razón es el astuto sistema de la derecha nacional de ridiculizar a alguien para destruirle. Risa falsa de amo ante el paleto. Ha creado hasta una mentalidad especial en un país que se vuelca a la caricatura y la risa de todo; y "ríe cuando ignora". Se ve palpablemente esa manera en el Parlamento cuando esta oposición -y antes, cuando era poder- estalla en carcajadas ante una frase del poder que no es de ninguna manera risible. Han cargado esta bomba tonta especialmente contra la Generalitat actual, sobre todo contra Carod Rovira y también contra Pasqual Maragall; algunas de sus risotadas falsas entran en la izquierda, y en el propio PSOE que encontró en el tripartito catalán una posibilidad de gobierno compartido. Quizá sea un buen momento para el estudio del Estatuto con seriedad y sin dejarse llevar por las carcajadas del señorito. Que luego mata a todos juntos….
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El tripartito es como un puntapié en ese sitio a la derecha española y Tb. Catalana,( no solo el pp. Convergencia y unió son sus amigos naturales, ) que comparte con ellos los intereses económicos, mediáticos y culturales , la enseñanza privada y concertada fue un autentico escándalo en la forma de financiarla en detrimento de la pública en todos estos años pasados…
Todo esto les duele y les hace ponerse nerviosos, ¿ de donde sale sino el interés de convergencia en subir el listón? ¿ por que no lo planteó cuando tenia mayoría con apoyo de ERC? No es sino un intento de romper el tripartito, maragall tampoco ha estado a la altura y está en una posición comprometida, espero por el bien de los que vivimos y trabajamos aquí y la estabilidad de gobierno central que todo esto se acuerde sin romper la baraja.
Para ello confío en el seny y el interés que tienen, por lo menos algunos dirigentes de erc, en defender los intereses de los que siempre estuvimos mas marginados.
,Disculpas por las faltas,

Saludos

Por : jacinto el Sábado 27 de Agosto de 2005

Ese interes , en izquierda unida y parte del psoe se le supone tb.

saludos

Por : jacinto el Sábado 27 de Agosto de 2005

Pues yo soy catalán, tengo 26 años, y puedo prometer y prometo que me trae sin cuidado el nuevo Estatut, y me dan asco estos políticos que en lugar de solucionarnos a, entre otros, los jóvenes nuestros problemas, se inventan problemas para mantenerse en el poder. Vivo en Barcelona, gano 1300 euros al mes, y solo el alquiler de un piso de una o dos habitaciones en una zona normalita me cuesta 700 u 800 euros, con lo que me quedan para vivir 400 o 500 euros. Lo de comprar ya ni me lo planteo pues sencillamente no puedo. Y como yo, miles y miles de jóvenes catalanes. ¿De esto no hablan los periodistas? ¿De esto no opinan los tertulianos? ¿Donde está la socialdemocracia, Señor Clos, en materia de vivienda? Ojalá yo pudiera irme a vivir como usted a Sarrià, señor Clos.

Por : Robert26 el Sábado 27 de Agosto de 2005

Robert nació cuando habíamos votado unas leyes y una Constitución que para él, como para millones de jóvenes que nacieron en el "baby-boom" (1960-1975), son hoy papel mojado, el caso es que estos millones son los que van a tirar del carro durante bastantes años. Se les debería oír ¿no es cierto?

Por : Alfredo el Sábado 27 de Agosto de 2005

estos jóvenes tendran que elejir entre culpar a los políticos o HACER politica, yo diria de clase.

Por : jacinto el Sábado 27 de Agosto de 2005

Pues yo soy catalán, tengo 26 años, y puedo prometer y prometo que me trae sin cuidado el nuevo Estatut
.......
De esto no opinan los tertulianos
......

Sr. Renato, de esto habalaba yo, y de cantidad de jóvenes y no tan jóvenes que piensan como ROBERT 26. Pero si los políticos siguen creyendo que sus problemas son LOS PROBLEMAS.... mal la tenemos, porque ellos de seguir, claro que seguiran manipulando a la opinión mediante los medios.

Amigo Paredes te agradezco la coincidencia en esto y en otras cosas en las que coincido contigo.... y puestos ya me permito (¿permites?) decirte que no le des carne al troll. No se lo merece
En fin, salut y força n'el canut

Me corrijo: Quise poner Culetes de sidra y por mor del corrector de textos salió "culotes"

Por : trasgu el Sábado 27 de Agosto de 2005

K. Marx & F. Engels


Manifiesto del Partido Comunista


(1848)


Digitalizado para el Marx-Engels Internet Archive por José F. Polanco en 1998. Retranscrito para el Marxists Internet Archive por Juan R. Fajardo en 1999.

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PRÓLOGOS DE MARX Y ENGELS A VARIAS
EDICIONES DEL MANIFIESTO

1
PRÓLOGO DE MARX Y ENGELS A LA
EDICIÓN ALEMANA DE 1872

La Liga Comunista, una organización obrera internacional, que en las circunstancias de la época -huelga decirlo- sólo podía ser secreta, encargó a los abajo firmantes, en el congreso celebrado en Londres en noviembre de 1847, la redacción de un detallado programa teórico y práctico, destinado a la publicidad, que sirviese de programa del partido. Así nació el Manifiesto, que se reproduce a continuación y cuyo original se remitió a Londres para ser impreso pocas semanas antes de estallar la revolución de febrero. Publicado primeramente en alemán, ha sido reeditado doce veces por los menos en ese idioma en Alemania, Inglaterra y Norteamérica. La edición inglesa no vio la luz hasta 1850, y se publicó en el Red Republican de Londres, traducido por miss Elena Macfarlane, y en 1871 se editaron en Norteamérica no menos de tres traducciones distintas. La versión francesa apareció por vez primera en París poco antes de la insurrección de junio de 1848; últimamente ha vuelto a publicarse en Le Socialiste de Nueva York, y se prepara una nueva traducción. La versión polaca apareció en Londres poco después de la primera edición alemana. La traducción rusa vio la luz en Ginebra en el año sesenta y tantos. Al danés se tradujo a poco de publicarse.

Por mucho que durante los últimos veinticinco años hayan cambiado las circunstancias, los principios generales desarrollados en este Manifiesto siguen siendo substancialmente exactos. Sólo tendría que retocarse algún que otro detalle. Ya el propio Manifiesto advierte que la aplicación práctica de estos principios dependerá en todas partes y en todo tiempo de las circunstancias históricas existentes, razón por la que no se hace especial hincapié en las medidas revolucionarias propuestas al final del capítulo II. Si tuviésemos que formularlo hoy, este pasaje presentaría un tenor distinto en muchos respectos. Este programa ha quedado a trozos anticuado por efecto del inmenso desarrollo experimentado por la gran industria en los últimos veinticinco años, con los consiguientes progresos ocurridos en cuanto a la organización política de la clase obrera, y por el efecto de las experiencias prácticas de la revolución de febrero en primer término, y sobre todo de la Comuna de París, donde el proletariado, por vez primera, tuvo el Poder político en sus manos por espacio de dos meses. La comuna ha demostrado, principalmente, que “la clase obrera no puede limitarse a tomar posesión de la máquina del Estado en bloque, poniéndola en marcha para sus propios fines”. (V. La guerra civil en Francia, alocución del Consejo general de la Asociación Obrera Internacional, edición alemana, pág. 51, donde se desarrolla ampliamente esta idea) . Huelga, asimismo, decir que la crítica de la literatura socialista presenta hoy lagunas, ya que sólo llega hasta 1847, y, finalmente, que las indicaciones que se hacen acerca de la actitud de los comunistas para con los diversos partidos de la oposición (capítulo IV), aunque sigan siendo exactas en sus líneas generales, están también anticuadas en lo que toca al detalle, por la sencilla razón de que la situación política ha cambiado radicalmente y el progreso histórico ha venido a eliminar del mundo a la mayoría de los partidos enumerados.

Sin embargo, el Manifiesto es un documento histórico, que nosotros no nos creemos ya autorizados a modificar. Tal vez una edición posterior aparezca precedida de una introducción que abarque el período que va desde 1847 hasta los tiempos actuales; la presente reimpresión nos ha sorprendido sin dejarnos tiempo para eso.

Londres, 24 de junio de 1872.

K. MARX. F. ENGELS.


2
PROLOGO DE ENGELS A LA EDICION
ALEMANA DE 1883


Desgraciadamente, al pie de este prólogo a la nueva edición del Manifiesto ya sólo aparecerá mi firma. Marx, ese hombre a quien la clase obrera toda de Europa y América debe más que a hombre alguno, descansa en el cementerio de Highgate, y sobre su tumba crece ya la primera hierba. Muerto él, sería doblemente absurdo pensar en revisar ni en ampliar el Manifiesto. En cambio, me creo obligado, ahora más que nunca, a consignar aquí, una vez más, para que quede bien patente, la siguiente afirmación:

La idea central que inspira todo el Manifiesto, a saber: que el régimen económico de la producción y la estructuración social que de él se deriva necesariamente en cada época histórica constituye la base sobre la cual se asienta la historia política e intelectual de esa época, y que, por tanto, toda la historia de la sociedad -una vez disuelto el primitivo régimen de comunidad del suelo- es una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, a tono con las diferentes fases del proceso social, hasta llegar a la fase presente, en que la clase explotada y oprimida -el proletariado- no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime -de la burguesía- sin emancipar para siempre a la sociedad entera de la opresión, la explotación y las luchas de clases; esta idea cardinal fue fruto personal y exclusivo de Marx .

Y aunque ya no es la primera vez que lo hago constar, me ha parecido oportuno dejarlo estampado aquí, a la cabeza del Manifiesto.

Londres, 28 junio 1883.

F. ENGELS.


3
PRÓLOGO DE ENGELS A LA
EDICIÓN ALEMANA DE 1890


Ve la luz una nueva edición alemana del Manifiesto cuando han ocurrido desde la última diversos sucesos relacionados con este documento que merecen ser mencionados aquí.

En 1882 se publicó en Ginebra una segunda traducción rusa, de Vera Sasulich , precedida de un prologo de Marx y mío. Desgraciadamente, se me ha extraviado el original alemán de este prólogo y no tengo más remedio que volver a traducirlo del ruso, con lo que el lector no saldrá ganando nada. El prólogo dice así:

“La primera edición rusa del Manifiesto del Partido Comunista, traducido por Bakunin, vio la luz poco después de 1860 en la imprenta del Kolokol. En los tiempos que corrían, esta publicación no podía tener para Rusia, a lo sumo, más que un puro valor literario de curiosidad. Hoy las cosas han cambiado. El último capítulo del Manifiesto, titulado “Actitud de los comunistas ante los otros partidos de la oposición”, demuestra mejor que nada lo limitada que era la zona en que, al ver la luz por vez primera este documento (enero de 1848), tenía que actuar el movimiento proletario. En esa zona faltaban, principalmente, dos países: Rusia y los Estados Unidos. Era la época en que Rusia constituía la última reserva magna de la reacción europea y en que la emigración a los Estados Unidos absorbía las energías sobrantes del proletariado de Europa. Ambos países proveían a Europa de primeras materias, a la par que le brindaban mercados para sus productos industriales. Ambos venían a ser, pues, bajo uno u otro aspecto, pilares del orden social europeo.

Hoy las cosas han cambiado radicalmente. La emigración europea sirvió precisamente para imprimir ese gigantesco desarrollo a la agricultura norteamericana, cuya concurrencia está minando los cimientos de la grande y la pequeña propiedad inmueble de Europa. Además, ha permitido a los Estados Unidos entregarse a la explotación de sus copiosas fuentes industriales con tal energía y en proporciones tales, que dentro de poco echará por tierra el monopolio industrial de que hoy disfruta la Europa occidental. Estas dos circunstancias repercuten a su vez revolucionariamente sobre la propia América. La pequeña y mediana propiedad del granjero que trabaja su propia tierra sucumbe progresivamente ante la concurrencia de las grandes explotaciones, a la par que en las regiones industriales empieza a formarse un copioso proletariado y una fabulosa concentración de capitales.

Pasemos ahora a Rusia. Durante la sacudida revolucionaria de los años 48 y 49, los monarcas europeos, y no sólo los monarcas, sino también los burgueses, aterrados ante el empuje del proletariado, que empezaba a, cobrar por aquel entonces conciencia de su fuerza, cifraban en la intervención rusa todas sus esperanzas. El zar fue proclamado cabeza de la reacción europea. Hoy, este mismo zar se ve apresado en Gatchina como rehén de la revolución y Rusia forma la avanzada del movimiento revolucionario de Europa.

El Manifiesto Comunista se proponía por misión proclamar la desaparición inminente e inevitable de la propiedad burguesa en su estado actual. Pero en Rusia nos encontramos con que, coincidiendo con el orden capitalista en febril desarrollo y la propiedad burguesa del suelo que empieza a formarse, más de la mitad de la tierra es propiedad común de los campesinos.

Ahora bien -nos preguntamos-, ¿puede este régimen comunal del concejo ruso, que es ya, sin duda, una degeneración del régimen de comunidad primitiva de la tierra, trocarse directamente en una forma más alta de comunismo del suelo, o tendrá que pasar necesariamente por el mismo proceso previo de descomposición que nos revela la historia del occidente de Europa?

La única contestación que, hoy por hoy, cabe dar a esa pregunta, es la siguiente: Si la revolución rusa es la señal para la revolución obrera de Occidente y ambas se completan formando una unidad, podría ocurrir que ese régimen comunal ruso fuese el punto de partida para la implantación de una nueva forma comunista de la tierra.


Londres, 21 enero 1882.”


Por aquellos mismos días, se publicó en Ginebra una nueva traducción polaca con este título: Manifest Kommunistyczny.

Asimismo, ha aparecido una nueva traducción danesa, en la “Socialdemokratisk Bibliothek, Köjbenhavn 1885”. Es de lamentar que esta traducción sea incompleta; el traductor se saltó, por lo visto, aquellos pasajes, importantes muchos de ellos, que le parecieron difíciles; además, la versión adolece de precipitaciones en una serie de lugares, y es una lástima, pues se ve que, con un poco más de cuidado, su autor habría realizado un trabajo excelente.

En 1886 apareció en Le Socialiste de París una nueva traducción francesa, la mejor de cuantas han visto la luz hasta ahora .

Sobre ella se hizo en el mismo año una versión española, publicada primero en El Socialista de Madrid y luego, en tirada aparte, con este título: Manifiesto del Partido Comunista, por Carlos Marx y F. Engels (Madrid, Administración de El Socialista, Hernán Cortés, 8).

Como detalle curioso contaré que en 1887 fue ofrecido a un editor de Constantinopla el original de una traducción armenia; pero el buen editor no se atrevió a lanzar un folleto con el nombre de Marx a la cabeza y propuso al traductor publicarlo como obra original suya, a lo que éste se negó.

Después de haberse reimpreso repetidas veces varias traducciones norteamericanas más o menos incorrectas, al fin, en 1888, apareció en Inglaterra la primera versión auténtica, hecha por mi amigo Samuel Moore y revisada por él y por mí antes de darla a las prensas. He aquí el título: Manifesto of the Communist Party, by Karl Marx and Frederick Engels. Authorised English Translation, edited and annotated by Frederíck Engels. 1888. London, William Reeves, 185 Flett St. E. C. Algunas de las notas de esta edición acompañan a la presente.

El Manifiesto ha tenido sus vicisitudes. Calurosamente acogido a su aparición por la vanguardia, entonces poco numerosa, del socialismo científico -como lo demuestran las diversas traducciones mencionadas en el primer prólogo-, no tardó en pasar a segundo plano, arrinconado por la reacción que se inicia con la derrota de los obreros parisienses en junio de 1848 y anatematizado, por último, con el anatema de la justicia al ser condenados los comunistas por el tribunal de Colonia en noviembre de 1852. Al abandonar la escena Pública, el movimiento obrero que la revolución de febrero había iniciado, queda también envuelto en la penumbra el Manifiesto.

Cuando la clase obrera europea volvió a sentirse lo bastante fuerte para lanzarse de nuevo al asalto contra las clases gobernantes, nació la Asociación Obrera Internacional. El fin de esta organización era fundir todas las masas obreras militantes de Europa y América en un gran cuerpo de ejército. Por eso, este movimiento no podía arrancar de los principios sentados en el Manifiesto. No había más remedio que darle un programa que no cerrase el paso a las tradeuniones inglesas, a los proudhonianos franceses, belgas, italianos y españoles ni a los partidarios de Lassalle en Alemania . Este programa con las normas directivas para los estatutos de la Internacional, fue redactado por Marx con una maestría que hasta el propio Bakunin y los anarquistas hubieron de reconocer. En cuanto al triunfo final de las tesis del Manifiesto, Marx ponía toda su confianza en el desarrollo intelectual de la clase obrera, fruto obligado de la acción conjunta y de la discusión. Los sucesos y vicisitudes de la lucha contra el capital, y más aún las derrotas que las victorias, no podían menos de revelar al proletariado militante, en toda su desnudez, la insuficiencia de los remedios milagreros que venían empleando e infundir a sus cabezas una mayor claridad de visión para penetrar en las verdaderas condiciones que habían de presidir la emancipación obrera. Marx no se equivocaba. Cuando en 1874 se disolvió la Internacional, la clase obrera difería radicalmente de aquella con que se encontrara al fundarse en 1864. En los países latinos, el proudhonianismo agonizaba, como en Alemania lo que había de específico en el partido de Lassalle, y hasta las mismas tradeuniones inglesas, conservadoras hasta la médula, cambiaban de espíritu, permitiendo al presidente de su congreso, celebrado en Swansea en 1887, decir en nombre suyo: “El socialismo continental ya no nos asusta”. Y en 1887 el socialismo continental se cifraba casi en los principios proclamados por el Manifiesto. La historia de este documento refleja, pues, hasta cierto punto, la historia moderna del movimiento obrero desde 1848. En la actualidad es indudablemente el documento más extendido e internacional de toda la literatura socialista del mundo, el programa que une a muchos millones de trabajadores de todos los países, desde Siberia hasta California.

Y, sin embargo, cuando este Manifiesto vio la luz, no pudimos bautizarlo de Manifiesto socialista. En 1847, el concepto de “socialista” abarcaba dos categorías de personas. Unas eran las que abrazaban diversos sistemas utópicos, y entre ellas se destacaban los owenistas en Inglaterra, y en Francia los fourieristas, que poco a poco habían ido quedando reducidos a dos sectas agonizantes. En la otra formaban los charlatanes sociales de toda laya, los que aspiraban a remediar las injusticias de la sociedad con sus potingues mágicos y con toda serie de remiendos, sin tocar en lo más mínimo, claro está, al capital ni a la ganancia. Gentes unas y otras ajenas al movimiento obrero, que iban a buscar apoyo para sus teorías a las clases “cultas”. El sector obrero que, convencido de la insuficiencia y superficialidad de las meras conmociones políticas, reclamaba una radical transformación de la sociedad, se apellidaba comunista. Era un comunismo toscamente delineado, instintivo, vago, pero lo bastante pujante para engendrar dos sistemas utópicos: el del “ícaro” Cabet en Francia y el de Weitling en Alemania. En 1847, el “socialismo” designaba un movimiento burgués, el “comunismo” un movimiento obrero. El socialismo era, a lo menos en el continente, una doctrina presentable en los salones; el comunismo, todo lo contrario. Y como en nosotros era ya entonces firme la convicción de que “la emancipación de los trabajadores sólo podía ser obra de la propia clase obrera”, no podíamos dudar en la elección de título. Más tarde no se nos pasó nunca por las mentes tampoco modificarlo.

“¡Proletarios de todos los países, uníos!” Cuando hace cuarenta y dos años lanzamos al mundo estas palabras, en vísperas de la primera revolución de París, en que el proletariado levantó ya sus propias reivindicaciones, fueron muy pocas las voces que contestaron. Pero el 28 de septiembre de 1864, los representantes proletarios de la mayoría de los países del occidente de Europa se reunían para formar la Asociación Obrera Internacional, de tan glorioso recuerdo. Y aunque la Internacional sólo tuviese nueve años de vida, el lazo perenne de unión entre los proletarios de todos los países sigue viviendo con más fuerza que nunca; así lo atestigua, con testimonio irrefutable, el día de hoy. Hoy, primero de Mayo, el proletariado europeo y americano pasa revista por vez primera a sus contingentes puestos en pie de guerra como un ejército único, unido bajo una sola bandera y concentrado en un objetivo: la jornada normal de ocho horas, que ya proclamara la Internacional en el congreso de Ginebra en 1889, y que es menester elevar a ley. El espectáculo del día de hoy abrirá los ojos a los capitalistas y a los grandes terratenientes de todos los países y les hará ver que la unión de los proletarios del mundo es ya un hecho.

¡Ya Marx no vive, para verlo, a mi lado!

Londres, 1 de mayo de 1890.

F. ENGELS.


4
PRÓLOGO DE ENGELS A LA
EDICIÓN POLACA DE 1892
La necesidad de reeditar la versión polaca del Manifiesto Comunista, requiere un comentario.

Ante todo, el Manifiesto ha resultado ser, como se proponía, un medio para poner de relieve el desarrollo de la gran industria en Europa. Cuando en un país, cualquiera que él sea, se desarrolla la gran industria brota al mismo tiempo entre los obreros industriales el deseo de explicarse sus relaciones como clase, como la clase de los que viven del trabajo, con la clase de los que viven de la propiedad. En estas circunstancias, las ideas socialistas se extienden entre los trabajadores y crece la demanda del Manifiesto Comunista. En este sentido, el número de ejemplares del Manifiesto que circulan en un idioma dado nos permite apreciar bastante aproximadamente no sólo las condiciones del movimiento obrero de clase en ese país, sino también el grado de desarrollo alcanzado en él por la gran industria.

La necesidad de hacer una nueva edición en lengua polaca acusa, por tanto, el continuo proceso de expansión de la industria en Polonia. No puede caber duda acerca de la importancia de este proceso en el transcurso de los diez años que han mediado desde la aparición de la edición anterior. Polonia se ha convertido en una región industrial en gran escala bajo la égida del Estado ruso.

Mientras que en la Rusia propiamente dicha la gran industria sólo se ha ido manifestando esporádicamente (en las costas del golfo de Finlandia, en las provincias centrales de Moscú y Vladimiro, a lo largo de las costas del mar Negro y del mar de Azov), la industria polaca se ha concentrado dentro de los confines de un área limitada, experimentando a la par las ventajas y los inconvenientes de su situación. Estas ventajas no pasan inadvertidas para los fabricantes rusos; por eso alzan el grito pidiendo aranceles protectores contra las mercancías polacas, a despecho de su ardiente anhelo de rusificación de Polonia. Los inconvenientes (que tocan por igual los industriales polacos y el Gobierno ruso) consisten en la rápida difusión de las ideas socialistas entre los obreros polacos y en una demanda sin precedente del Manifiesto Comunista.

El rápido desarrollo de la industria polaca (que deja atrás con mucho a la de Rusia) es una clara prueba de las energías vitales inextinguibles del pueblo polaco y una nueva garantía de su futuro renacimiento. La creación de una Polonia fuerte e independiente no interesa sólo al pueblo polaco, sino a todos y cada uno de nosotros. Sólo podrá establecerse una estrecha colaboración entre los obreros todos de Europa si en cada país el pueblo es dueño dentro de su propia casa. Las revoluciones de 1848 que, aunque reñidas bajo la bandera del proletariado, solamente llevaron a los obreros a la lucha para sacar las castañas del fuego a la burguesía, acabaron por imponer, tomando por instrumento a Napoleón y a Bismarck (a los enemigos de la revolución), la independencia de Italia, Alemania y Hungría. En cambio, a Polonia, que en 1791 hizo por la causa revolucionaria más que estos tres países juntos, se la dejó sola cuando en 1863 tuvo que enfrentarse con el poder diez veces más fuerte de Rusia.

La nobleza polaca ha sido incapaz para mantener, y lo será también para restaurar, la independencia de Polonia. La burguesía va sintiéndose cada vez menos interesada en este asunto. La independencia polaca sólo podrá ser conquistada por el proletariado joven, en cuyas manos está la realización de esa esperanza. He ahí por qué los obreros del occidente de Europa no están menos interesados en la liberación de Polonia que los obreros polacos mismos.

Londres, 10 de febrero 1892.

F. ENGELS

5
PRÓLOGO DE ENGELS A LA
EDICIÓN ITALIANA DE 1893
La publicación del Manifiesto del Partido Comunista coincidió (si puedo expresarme así), con el momento en que estallaban las revoluciones de Milán y de Berlín, dos revoluciones que eran el alzamiento de dos pueblos: uno enclavado en el corazón del continente europeo y el otro tendido en las costas del mar Mediterráneo. Hasta ese momento, estos dos pueblos, desgarrados por luchas intestinas y guerras civiles, habían sido presa fácil de opresores extranjeros. Y del mismo modo que Italia estaba sujeta al dominio del emperador de Austria, Alemania vivía, aunque esta sujeción fuese menos patente, bajo el yugo del zar de todas las Rusias. La revolución del 18 de marzo emancipó a Italia y Alemania al mismo tiempo de este vergonzoso estado de cosas. Si después, durante el período que va de 1848 a 1871, estas dos grandes naciones permitieron que la vieja situación fuese restaurada, haciendo hasta cierto punto de “traidores de sí mismas”, se debió (como dijo Marx) a que los mismos que habían inspirado la revolución de 1848 se convirtieron, a despecho suyo, en sus verdugos.

La revolución fue en todas partes obra de las clases trabajadoras: fueron los obreros quienes levantaron las barricadas y dieron sus vidas luchando por la causa. Sin embargo, solamente los obreros de París, después de derribar el Gobierno, tenían la firme y decidida intención de derribar con él a todo el régimen burgués. Pero, aunque abrigaban una conciencia muy clara del antagonismo irreductible que se alzaba entre su propia clase y la burguesía, el desarrollo económico del país y el desarrollo intelectual de las masas obreras francesas no habían alcanzado todavía el nivel necesario para que pudiese triunfar una revolución socialista. Por eso, a la postre, los frutos de la revolución cayeron en el regazo de la clase capitalista. En otros países, como en Italia, Austria y Alemania, los obreros se limitaron desde el primer momento de la revolución a ayudar a la burguesía a tomar el Poder. En cada uno de estos países el gobierno de la burguesía sólo podía triunfar bajo la condición de la independencia nacional. Así se explica que las revoluciones del año 1848 condujesen inevitablemente a la unificación de los pueblos dentro de las fronteras nacionales y a su emancipación del yugo extranjero, condiciones que, hasta allí, no habían disfrutado. Estas condiciones son hoy realidad en Italia, en Alemania y en Hungría. Y a estos países seguirá Polonia cuando la hora llegue.

Aunque las revoluciones de 1848 no tenían carácter socialista, prepararon, sin embargo, el terreno para el advenimiento de la revolución del socialismo. Gracias al poderoso impulso que estas revoluciones imprimieron a la gran producción en todos los países, la sociedad burguesa ha ido creando durante los últimos cuarenta y cinco años un vasto, unido y potente proletariado, engendrando con él (como dice el Manifiesto Comunista) a sus propios enterradores. La unificación internacional del proletariado no hubiera sido posible, ni la colaboración sobria y deliberada de estos países en el logro de fines generales, si antes no hubiesen conquistado la unidad y la independencia nacionales, si hubiesen seguido manteniéndose dentro del aislamiento.

Intentemos representarnos, si podemos, el papel que hubieran hecho los obreros italianos, húngaros, alemanes, polacos y rusos luchando por su unión internacional bajo las condiciones políticas que prevalecían hacia el año 1848.

Las batallas reñidas en el 48 no fueron, pues, reñidas en balde. Ni han sido vividos tampoco en balde los cuarenta y cinco años que nos separan de la época revolucionaria. Los frutos de aquellos días empiezan a madurar, y hago votos porque la publicación de esta traducción italiana del Manifiesto sea heraldo del triunfo del proletariado italiano, como la publicación del texto primitivo lo fue de la revolución internacional.

El Manifiesto rinde el debido homenaje a los servicios revolucionarios prestados en otro tiempo por el capitalismo. Italia fue la primera nación que se convirtió en país capitalista. El ocaso de la Edad Media feudal y la aurora de la época capitalista contemporánea vieron aparecer en escena una figura gigantesca. Dante fue al mismo tiempo el último poeta de la Edad Media y el primer poeta de la nueva era. Hoy, como en 1300, se alza en el horizonte una nueva época. ¿Dará Italia al mundo otro Dante, capaz de cantar el nacimiento de la nueva era, de la era proletaria?

Londres, 1 de febrero de 1893.

F. ENGELS

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Manifiesto del Partido Comunista
Por
K. Marx & F. Engels


Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo. Contra este espectro se han conjurado en santa jauría todas las potencias de la vieja Europa, el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes.

No hay un solo partido de oposición a quien los adversarios gobernantes no motejen de comunista, ni un solo partido de oposición que no lance al rostro de las oposiciones más avanzadas, lo mismo que a los enemigos reaccionarios, la acusación estigmatizante de comunismo.

De este hecho se desprenden dos consecuencias:

La primera es que el comunismo se halla ya reconocido como una potencia por todas las potencias europeas.

La segunda, que es ya hora de que los comunistas expresen a la luz del día y ante el mundo entero sus ideas, sus tendencias, sus aspiraciones, saliendo así al paso de esa leyenda del espectro comunista con un manifiesto de su partido.

Con este fin se han congregado en Londres los representantes comunistas de diferentes países y redactado el siguiente Manifiesto, que aparecerá en lengua inglesa, francesa, alemana, italiana, flamenca y danesa.


I
BURGUESES Y PROLETARIOS
Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad , es una historia de luchas de clases.

Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes.

En los tiempos históricos nos encontramos a la sociedad dividida casi por doquier en una serie de estamentos , dentro de cada uno de los cuales reina, a su vez, una nueva jerarquía social de grados y posiciones. En la Roma antigua son los patricios, los équites, los plebeyos, los esclavos; en la Edad Media, los señores feudales, los vasallos, los maestros y los oficiales de los gremios, los siervos de la gleba, y dentro de cada una de esas clases todavía nos encontramos con nuevos matices y gradaciones.

La moderna sociedad burguesa que se alza sobre las ruinas de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase. Lo que ha hecho ha sido crear nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas modalidades de lucha, que han venido a sustituir a las antiguas.

Sin embargo, nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza por haber simplificado estos antagonismos de clase. Hoy, toda la sociedad tiende a separarse, cada vez más abiertamente, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado.

De los siervos de la gleba de la Edad Media surgieron los “villanos” de las primeras ciudades; y estos villanos fueron el germen de donde brotaron los primeros elementos de la burguesía.

El descubrimiento de América, la circunnavegación de Africa abrieron nuevos horizontes e imprimieron nuevo impulso a la burguesía. El mercado de China y de las Indias orientales, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria, un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición.

El régimen feudal o gremial de producción que seguía imperando no bastaba ya para cubrir las necesidades que abrían los nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto la manufactura. Los maestros de los gremios se vieron desplazados por la clase media industrial, y la división del trabajo entre las diversas corporaciones fue suplantada por la división del trabajo dentro de cada taller.

Pero los mercados seguían dilatándose, las necesidades seguían creciendo. Ya no bastaba tampoco la manufactura. El invento del vapor y la maquinaria vinieron a revolucionar el régimen industrial de producción. La manufactura cedió el puesto a la gran industria moderna, y la clase media industrial hubo de dejar paso a los magnates de la industria, jefes de grandes ejércitos industriales, a los burgueses modernos.

La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial imprimió un gigantesco impulso al comercio, a la navegación, a las comunicaciones por tierra. A su vez, estos, progresos redundaron considerablemente en provecho de la industria, y en la misma proporción en que se dilataban la industria, el comercio, la navegación, los ferrocarriles, se desarrollaba la burguesía, crecían sus capitales, iba desplazando y esfumando a todas las clases heredadas de la Edad Media.

Vemos, pues, que la moderna burguesía es, como lo fueron en su tiempo las otras clases, producto de un largo proceso histórico, fruto de una serie de transformaciones radicales operadas en el régimen de cambio y de producción.

A cada etapa de avance recorrida por la burguesía corresponde una nueva etapa de progreso político. Clase oprimida bajo el mando de los señores feudales, la burguesía forma en la “comuna” una asociación autónoma y armada para la defensa de sus intereses; en unos sitios se organiza en repúblicas municipales independientes; en otros forma el tercer estado tributario de las monarquías; en la época de la manufactura es el contrapeso de la nobleza dentro de la monarquía feudal o absoluta y el fundamento de las grandes monarquías en general, hasta que, por último, implantada la gran industria y abiertos los cauces del mercado mundial, se conquista la hegemonía política y crea el moderno Estado representativo. Hoy, el Poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa.

La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario.

Dondequiera que se instauró, echó por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante, que no tiene entrañas. Echó por encima del santo temor de Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas. Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar. Sustituyó, para decirlo de una vez, un régimen de explotación, velado por los cendales de las ilusiones políticas y religiosas, por un régimen franco, descarado, directo, escueto, de explotación.

La burguesía despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acontecimiento. Convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia.

La burguesía desgarró los velos emotivos y sentimentales que envolvían la familia y puso al desnudo la realidad económica de las relaciones familiares .

La burguesía vino a demostrar que aquellos alardes de fuerza bruta que la reacción tanto admira en la Edad Media tenían su complemento cumplido en la haraganería más indolente. Hasta que ella no lo reveló no supimos cuánto podía dar de sí el trabajo del hombre. La burguesía ha producido maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas; ha acometido y dado cima a empresas mucho más grandiosas que las emigraciones de los pueblos y las cruzadas.

La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social. Lo contrario de cuantas clases sociales la precedieron, que tenían todas por condición primaria de vida la intangibilidad del régimen de producción vigente. La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes. Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás.

La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta o otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones.

La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de las fronteras, sino en todas las partes del mundo. Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras remotas. Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba así mismo y donde no entraba nada de fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece con la producción material, acontece también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común. Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional van pasando a segundo plano, y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una literatura universal.

La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los medios de producción, con las facilidades increíbles de su red de comunicaciones, lleva la civilización hasta a las naciones más salvajes. El bajo precio de sus mercancías es la artillería pesada con la que derrumba todas las murallas de la China, con la que obliga a capitular a las tribus bárbaras más ariscas en su odio contra el extranjero. Obliga a todas las naciones a abrazar el régimen de producción de la burguesía o perecer; las obliga a implantar en su propio seno la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas. Crea un mundo hecho a su imagen y semejanza.

La burguesía somete el campo al imperio de la ciudad. Crea ciudades enormes, intensifica la población urbana en una fuerte proporción respecto a la campesina y arranca a una parte considerable de la gente del campo al cretinismo de la vida rural. Y del mismo modo que somete el campo a la ciudad, somete los pueblos bárbaros y semibárbaros a las naciones civilizadas, los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente.

La burguesía va aglutinando cada vez más los medios de producción, la propiedad y los habitantes del país. Aglomera la población, centraliza los medios de producción y concentra en manos de unos cuantos la propiedad. Este proceso tenía que conducir, por fuerza lógica, a un régimen de centralización política. Territorios antes independientes, apenas aliados, con intereses distintos, distintas leyes, gobiernos autónomos y líneas aduaneras propias, se asocian y refunden en una nación única, bajo un Gobierno, una ley, un interés nacional de clase y una sola línea aduanera.

En el siglo corto que lleva de existencia como clase soberana, la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas. Basta pensar en el sometimiento de las fuerzas naturales por la mano del hombre, en la maquinaria, en la aplicación de la química a la industria y la agricultura, en la navegación de vapor, en los ferrocarriles, en el telégrafo eléctrico, en la roturación de continentes enteros, en los ríos abiertos a la navegación, en los nuevos pueblos que brotaron de la tierra como por ensalmo... ¿Quién, en los pasados siglos, pudo sospechar siquiera que en el regazo de la sociedad fecundada por el trabajo del hombre yaciesen soterradas tantas y tales energías y elementos de producción?

Hemos visto que los medios de producción y de transporte sobre los cuales se desarrolló la burguesía brotaron en el seno de la sociedad feudal. Cuando estos medios de transporte y de producción alcanzaron una determinada fase en su desarrollo, resultó que las condiciones en que la sociedad feudal producía y comerciaba, la organización feudal de la agricultura y la manufactura, en una palabra, el régimen feudal de la propiedad, no correspondían ya al estado progresivo de las fuerzas productivas. Obstruían la producción en vez de fomentarla. Se habían convertido en otras tantas trabas para su desenvolvimiento. Era menester hacerlas saltar, y saltaron.

Vino a ocupar su puesto la libre concurrencia, con la constitución política y social a ella adecuada, en la que se revelaba ya la hegemonía económica y política de la clase burguesa.

Pues bien: ante nuestros ojos se desarrolla hoy un espectáculo semejante. Las condiciones de producción y de cambio de la burguesía, el régimen burgués de la propiedad, la moderna sociedad burguesa, que ha sabido hacer brotar como por encanto tan fabulosos medios de producción y de transporte, recuerda al brujo impotente para dominar los espíritus subterráneos que conjuró. Desde hace varias décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de las modernas fuerzas productivas que se rebelan contra el régimen vigente de producción, contra el régimen de la propiedad, donde residen las condiciones de vida y de predominio político de la burguesía. Basta mencionar las crisis comerciales, cuya periódica reiteración supone un peligro cada vez mayor para la existencia de la sociedad burguesa toda. Las crisis comerciales, además de destruir una gran parte de los productos elaborados, aniquilan una parte considerable de las fuerzas productivas existentes. En esas crisis se desata una epidemia social que a cualquiera de las épocas anteriores hubiera parecido absurda e inconcebible: la epidemia de la superproducción. La sociedad se ve retrotraída repentinamente a un estado de barbarie momentánea; se diría que una plaga de hambre o una gran guerra aniquiladora la han dejado esquilmado, sin recursos para subsistir; la industria, el comercio están a punto de perecer. ¿Y todo por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propiedad; son ya demasiado poderosas para servir a este régimen, que embaraza su desarrollo. Y tan pronto como logran vencer este obstáculo, siembran el desorden en la sociedad burguesa, amenazan dar al traste con el régimen burgués de la propiedad. Las condiciones sociales burguesas resultan ya demasiado angostas para abarcar la riqueza por ellas engendrada. ¿Cómo se sobrepone a las crisis la burguesía? De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistándose nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos. Es decir, que remedia unas crisis preparando otras más extensas e imponentes y mutilando los medios de que dispone para precaverlas.

Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra ella.

Y la burguesía no sólo forja las armas que han de darle la muerte, sino que, además, pone en pie a los hombres llamados a manejarlas: estos hombres son los obreros, los proletarios.

En la misma proporción en que se desarrolla la burguesía, es decir, el capital, desarrollase también el proletariado, esa clase obrera moderna que sólo puede vivir encontrando trabajo y que sólo encuentra trabajo en la medida en que éste alimenta a incremento el capital. El obrero, obligado a venderse a trozos, es una mercancía como otra cualquiera, sujeta, por tanto, a todos los cambios y modalidades de la concurrencia, a todas las fluctuaciones del mercado.

La extensión de la maquinaria y la división del trabajo quitan a éste, en el régimen proletario actual, todo carácter autónomo, toda libre iniciativa y todo encanto para el obrero. El trabajador se convierte en un simple resorte de la máquina, del que sólo se exige una operación mecánica, monótona, de fácil aprendizaje. Por eso, los gastos que supone un obrero se reducen, sobre poco más o menos, al mínimo de lo que necesita para vivir y para perpetuar su raza. Y ya se sabe que el precio de una mercancía, y como una de tantas el trabajo , equivale a su coste de producción. Cuanto más repelente es el trabajo, tanto más disminuye el salario pagado al obrero. Más aún: cuanto más aumentan la maquinaria y la división del trabajo, tanto más aumenta también éste, bien porque se alargue la jornada, bien porque se intensifique el rendimiento exigido, se acelere la marcha de las máquinas, etc.

La industria moderna ha convertido el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del magnate capitalista. Las masas obreras concentradas en la fábrica son sometidas a una organización y disciplina militares. Los obreros, soldados rasos de la industria, trabajan bajo el mando de toda una jerarquía de sargentos, oficiales y jefes. No son sólo siervos de la burguesía y del Estado burgués, sino que están todos los días y a todas horas bajo el yugo esclavizador de la máquina, del contramaestre, y sobre todo, del industrial burgués dueño de la fábrica. Y este despotismo es tanto más mezquino, más execrable, más indignante, cuanta mayor es la franqueza con que proclama que no tiene otro fin que el lucro.

Cuanto menores son la habilidad y la fuerza que reclama el trabajo manual, es decir, cuanto mayor es el desarrollo adquirido por la moderna industria, también es mayor la proporción en que el trabajo de la mujer y el niño desplaza al del hombre. Socialmente, ya no rigen para la clase obrera esas diferencias de edad y de sexo. Son todos, hombres, mujeres y niños, meros instrumentos de trabajo, entre los cuales no hay más diferencia que la del coste.

Y cuando ya la explotación del obrero por el fabricante ha dado su fruto y aquél recibe el salario, caen sobre él los otros representantes de la burguesía: el casero, el tendero, el prestamista, etc.

Toda una serie de elementos modestos que venían perteneciendo a la clase media, pequeños industriales, comerciantes y rentistas, artesanos y labriegos, son absorbidos por el proletariado; unos, porque su pequeño caudal no basta para alimentar las exigencias de la gran industria y sucumben arrollados por la competencia de los capitales más fuertes, y otros porque sus aptitudes quedan sepultadas bajo los nuevos progresos de la producción. Todas las clases sociales contribuyen, pues, a nutrir las filas del proletariado.

El proletariado recorre diversas etapas antes de fortificarse y consolidarse. Pero su lucha contra la burguesía data del instante mismo de su existencia.

Al principio son obreros aislados; luego, los de una fábrica; luego, los de todas una rama de trabajo, los que se enfrentan, en una localidad, con el burgués que personalmente los explota. Sus ataques no van sólo contra el régimen burgués de producción, van también contra los propios instrumentos de la producción; los obreros, sublevados, destruyen las mercancías ajenas que les hacen la competencia, destrozan las máquinas, pegan fuego a las fábricas, pugnan por volver a la situación, ya enterrada, del obrero medieval.

En esta primera etapa, los obreros forman una masa diseminada por todo el país y desunida por la concurrencia. Las concentraciones de masas de obreros no son todavía fruto de su propia unión, sino fruto de la unión de la burguesía, que para alcanzar sus fines políticos propios tiene que poner en movimiento -cosa que todavía logra- a todo el proletariado. En esta etapa, los proletarios no combaten contra sus enemigos, sino contra los enemigos de sus enemigos, contra los vestigios de la monarquía absoluta, los grandes señores de la tierra, los burgueses no industriales, los pequeños burgueses. La marcha de la historia está toda concentrada en manos de la burguesía, y cada triunfo así alcanzado es un triunfo de la clase burguesa.

Sin embargo, el desarrollo de la industria no sólo nutre las filas del proletariado, sino que las aprieta y concentra; sus fuerzas crecen, y crece también la conciencia de ellas. Y al paso que la maquinaria va borrando las diferencias y categorías en el trabajo y reduciendo los salarios casi en todas partes a un nivel bajísimo y uniforme, van nivelándose también los intereses y las condiciones de vida dentro del proletariado. La competencia, cada vez más aguda, desatada entre la burguesía, y las crisis comerciales que desencadena, hacen cada vez más inseguro el salario del obrero; los progresos incesantes y cada día más veloces del maquinismo aumentan gradualmente la inseguridad de su existencia; las colisiones entre obreros y burgueses aislados van tomando el carácter, cada vez más señalado, de colisiones entre dos clases. Los obreros empiezan a coaligarse contra los burgueses, se asocian y unen para la defensa de sus salarios. Crean organizaciones permanentes para pertrecharse en previsión de posibles batallas. De vez en cuando estallan revueltas y sublevaciones.

Los obreros arrancan algún triunfo que otro, pero transitorio siempre. El verdadero objetivo de estas luchas no es conseguir un resultado inmediato, sino ir extendiendo y consolidando la unión obrera. Coadyuvan a ello los medios cada vez más fáciles de comunicación, creados por la gran industria y que sirven para poner en contacto a los obreros de las diversas regiones y localidades. Gracias a este contacto, las múltiples acciones locales, que en todas partes presentan idéntico carácter, se convierten en un movimiento nacional, en una lucha de clases. Y toda lucha de clases es una acción política. Las ciudades de la Edad Media, con sus caminos vecinales, necesitaron siglos enteros para unirse con las demás; el proletariado moderno, gracias a los ferrocarriles, ha creado su unión en unos cuantos años.

Esta organización de los proletarios como clase, que tanto vale decir como partido político, se ve minada a cada momento por la concurrencia desatada entre los propios obreros. Pero avanza y triunfa siempre, a pesar de todo, cada vez más fuerte, más firme, más pujante. Y aprovechándose de las discordias que surgen en el seno de la burguesía, impone la sanción legal de sus intereses propios. Así nace en Inglaterra la ley de la jornada de diez horas.

Las colisiones producidas entre las fuerzas de la antigua sociedad imprimen nuevos impulsos al proletariado. La burguesía lucha incesantemente: primero, contra la aristocracia; luego, contra aquellos sectores de la propia burguesía cuyos intereses chocan con los progresos de la industria, y siempre contra la burguesía de los demás países. Para librar estos combates no tiene más remedio que apelar al proletariado, reclamar su auxilio, arrastrándolo así a la palestra política. Y de este modo, le suministra elementos de fuerza, es decir, armas contra sí misma.

Además, como hemos visto, los progresos de la industria traen a las filas proletarias a toda una serie de elementos de la clase gobernante, o a lo menos los colocan en las mismas condiciones de vida. Y estos elementos suministran al proletariado nuevas fuerzas.

Finalmente, en aquellos períodos en que la lucha de clases está a punto de decidirse, es tan violento y tan claro el proceso de desintegración de la clase gobernante latente en el seno de la sociedad antigua, que una pequeña parte de esa clase se desprende de ella y abraza la causa revolucionaria, pasándose a la clase que tiene en sus manos el porvenir. Y así como antes una parte de la nobleza se pasaba a la burguesía, ahora una parte de la burguesía se pasa al campo del proletariado; en este tránsito rompen la marcha los intelectuales burgueses, que, analizando teóricamente el curso de la historia, han logrado ver claro en sus derroteros.

De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía no hay más que una verdaderamente revolucionaria: el proletariado. Las demás perecen y desaparecen con la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto genuino y peculiar.

Los elementos de las clases medias, el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el labriego, todos luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales clases. No son, pues, revolucionarios, sino conservadores. Más todavía, reaccionarios, pues pretenden volver atrás la rueda de la historia. Todo lo que tienen de revolucionario es lo que mira a su tránsito inminente al proletariado; con esa actitud no defienden sus intereses actuales, sino los futuros; se despojan de su posición propia para abrazar la del proletariado.

El proletariado andrajoso , esa putrefacción pasiva de las capas más bajas de la vieja sociedad, se verá arrastrado en parte al movimiento por una revolución proletaria, si bien las condiciones todas de su vida lo hacen más propicio a dejarse comprar como instrumento de manejos reaccionarios.

Las condiciones de vida de la vieja sociedad aparecen ya destruidas en las condiciones de vida del proletariado. El proletario carece de bienes. Sus relaciones con la mujer y con los hijos no tienen ya nada de común con las relaciones familiares burguesas; la producción industrial moderna, el moderno yugo del capital, que es el mismo en Inglaterra que en Francia, en Alemania que en Norteamérica, borra en él todo carácter nacional. Las leyes, la moral, la religión, son para él otros tantos prejuicios burgueses tras los que anidan otros tantos intereses de la burguesía. Todas las clases que le precedieron y conquistaron el Poder procuraron consolidar las posiciones adquiridas sometiendo a la sociedad entera a su régimen de adquisición. Los proletarios sólo pueden conquistar para sí las fuerzas sociales de la producción aboliendo el régimen adquisitivo a que se hallan sujetos, y con él todo el régimen de apropiación de la sociedad. Los proletarios no tienen nada propio que asegurar, sino destruir todos los aseguramientos y seguridades privadas de los demás.

Hasta ahora, todos los movimientos sociales habían sido movimientos desatados por una minoría o en interés de una minoría. El movimiento proletario es el movimiento autónomo de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa. El proletariado, la capa más baja y oprimida de la sociedad actual, no puede levantarse, incorporarse, sin hacer saltar, hecho añicos desde los cimientos hasta el remate, todo ese edificio que forma la sociedad oficial.

Por su forma, aunque no por su contenido, la campaña del proletariado contra la burguesía empieza siendo nacional. Es lógico que el proletariado de cada país ajuste ante todo las cuentas con su propia burguesía.

Al esbozar, en líneas muy generales, las diferentes fases de desarrollo del proletariado, hemos seguido las incidencias de la guerra civil más o menos embozada que se plantea en el seno de la sociedad vigente hasta el momento en que esta guerra civil desencadena una revolución abierta y franca, y el proletariado, derrocando por la violencia a la burguesía, echa las bases de su poder.

Hasta hoy, toda sociedad descansó, como hemos visto, en el antagonismo entre las clases oprimidas y las opresoras. Mas para poder oprimir a una clase es menester asegurarle, por lo menos, las condiciones indispensables de vida, pues de otro modo se extinguiría, y con ella su esclavizamiento. El siervo de la gleba se vio exaltado a miembro del municipio sin salir de la servidumbre, como el villano convertido en burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. La situación del obrero moderno es muy distinta, pues lejos de mejorar conforme progresa la industria, decae y empeora por debajo del nivel de su propia clase. El obrero se depaupera, y el pauperismo se desarrolla en proporciones mucho mayores que la población y la riqueza. He ahí una prueba palmaria de la incapacidad de la burguesía para seguir gobernando la sociedad e imponiendo a ésta por norma las condiciones de su vida como clase. Es incapaz de gobernar, porque es incapaz de garantizar a sus esclavos la existencia ni aun dentro de su esclavitud, porque se ve forzada a dejarlos llegar hasta una situación de desamparo en que no tiene más remedio que mantenerles, cuando son ellos quienes debieran mantenerla a ella. La sociedad no puede seguir viviendo bajo el imperio de esa clase; la vida de la burguesía se ha hecho incompatible con la sociedad.

La existencia y el predominio de la clase burguesa tienen por condición esencial la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos individuos, la formación e incremento constante del capital; y éste, a su vez, no puede existir sin el trabajo asalariado. El trabajo asalariado Presupone, inevitablemente, la concurrencia de los obreros entre sí. Los progresos de la industria, que tienen por cauce automático y espontáneo a la burguesía, imponen, en vez del aislamiento de los obreros por la concurrencia, su unión revolucionaria por la organización. Y así, al desarrollarse la gran industria, la burguesía ve tambalearse bajo sus pies las bases sobre que produce y se apropia lo producido. Y a la par que avanza, se cava su fosa y cría a sus propios enterradores. Su muerte y el triunfo del proletariado sin igualmente inevitables.

II
PROLETARIOS Y COMUNISTAS


¿Qué relación guardan los comunistas con los proletarios en general?

Los comunistas no forman un partido aparte de los demás partidos obreros.

No tienen intereses propios que se distingan de los intereses generales del proletariado. No profesan principios especiales con los que aspiren a modelar el movimiento proletario.

Los comunistas no se distinguen de los demás partidos proletarios más que en esto: en que destacan y reivindican siempre, en todas y cada una de las acciones nacionales proletarias, los intereses comunes y peculiares de todo el proletariado, independientes de su nacionalidad, y en que, cualquiera que sea la etapa histórica en que se mueva la lucha entre el proletariado y la burguesía, mantienen siempre el interés del movimiento enfocado en su conjunto.

Los comunistas son, pues, prácticamente, la parte más decidida, el acicate siempre en tensión de todos los partidos obreros del mundo; teóricamente, llevan de ventaja a las grandes masas del proletariado su clara visión de las condiciones, los derroteros y los resultados generales a que ha de abocar el movimiento proletario.

El objetivo inmediato de los comunistas es idéntico al que persiguen los demás partidos proletarios en general: formar la conciencia de clase del proletariado, derrocar el régimen de la burguesía, llevar al proletariado a la conquista del Poder.

Las proposiciones teóricas de los comunistas no descansan ni mucho menos en las ideas, en los principios forjados o descubiertos por ningún redentor de la humanidad. Son todas expresión generalizada de las condiciones materiales de una lucha de clases real y vívida, de un movimiento histórico que se está desarrollando a la vista de todos. La abolición del régimen vigente de la propiedad no es tampoco ninguna característica peculiar del comunismo.

Las condiciones que forman el régimen de la propiedad han estado sujetas siempre a cambios históricos, a alteraciones históricas constantes.

Así, por ejemplo, la Revolución francesa abolió la propiedad feudal para instaurar sobre sus ruinas la propiedad burguesa.

Lo que caracteriza al comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino la abolición del régimen de propiedad de la burguesía, de esta moderna institución de la propiedad privada burguesa, expresión última y la más acabada de ese régimen de producción y apropiación de lo producido que reposa sobre el antagonismo de dos clases, sobre la explotación de unos hombres por otros.

Así entendida, sí pueden los comunistas resumir su teoría en esa fórmula: abolición de la propiedad privada.

Se nos reprocha que queremos destruir la propiedad personal bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano, esa propiedad que es para el hombre la base de toda libertad, el acicate de todas las actividades y la garantía de toda independencia.

¡La propiedad bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano! ¿Os referís acaso a la propiedad del humilde artesano, del pequeño labriego, precedente histórico de la propiedad burguesa? No, ésa no necesitamos destruirla; el desarrollo de la industria lo ha hecho ya y lo está haciendo a todas horas.

¿O queréis referimos a la moderna propiedad privada de la burguesía?

Decidnos: ¿es que el trabajo asalariado, el trabajo de proletario, le rinde propiedad? No, ni mucho menos. Lo que rinde es capital, esa forma de propiedad que se nutre de la explotación del trabajo asalariado, que sólo puede crecer y multiplicarse a condición de engendrar nuevo trabajo asalariado para hacerlo también objeto de su explotación. La propiedad, en la forma que hoy presenta, no admite salida a este antagonismo del capital y el trabajo asalariado. Detengámonos un momento a contemplar los dos términos de la antítesis.

Ser capitalista es ocupar un puesto, no simplemente personal, sino social, en el proceso de la producción. El capital es un producto colectivo y no puede ponerse en marcha más que por la cooperación de muchos individuos, y aún cabría decir que, en rigor, esta cooperación abarca la actividad común de todos los individuos de la sociedad. El capital no es, pues, un patrimonio personal, sino una potencia social.

Los que, por tanto, aspiramos a convertir el capital en propiedad colectiva, común a todos los miembros de la sociedad, no aspiramos a convertir en colectiva una riqueza personal. A lo único que aspiramos es a transformar el carácter colectivo de la propiedad, a despojarla de su carácter de clase.

Hablemos ahora del trabajo asalariado.

El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario, es decir, la suma de víveres necesaria para sostener al obrero como tal obrero. Todo lo que el obrero asalariado adquiere con su trabajo es, pues, lo que estrictamente necesita para seguir viviendo y trabajando. Nosotros no aspiramos en modo alguno a destruir este régimen de apropiación personal de los productos de un trabajo encaminado a crear medios de vida: régimen de apropiación que no deja, como vemos, el menor margen de rendimiento líquido y, con él, la posibilidad de ejercer influencia sobre los demás hombres. A lo que aspiramos es a destruir el carácter oprobioso de este régimen de apropiación en que el obrero sólo vive para multiplicar el capital, en que vive tan sólo en la medida en que el interés de la clase dominante aconseja que viva.

En la sociedad burguesa, el trabajo vivo del hombre no es más que un medio de incrementar el trabajo acumulado. En la sociedad comunista, el trabajo acumulado será, por el contrario, un simple medio para dilatar, fomentar y enriquecer la vida del obrero.

En la sociedad burguesa es, pues, el pasado el que impera sobre el presente; en la comunista, imperará el presente sobre el pasado. En la sociedad burguesa se reserva al capital toda personalidad e iniciativa; el individuo trabajador carece de iniciativa y personalidad.

¡Y a la abolición de estas condiciones, llama la burguesía abolición de la personalidad y la libertad! Y, sin embargo, tiene razón. Aspiramos, en efecto, a ver abolidas la personalidad, la independencia y la libertad burguesa.

Por libertad se entiende, dentro del régimen burgués de la producción, el librecambio, la libertad de comprar y vender.

Desaparecido el tráfico, desaparecerá también, forzosamente el libre tráfico. La apología del libre tráfico, como en general todos los ditirambos a la libertad que entona nuestra burguesía, sólo tienen sentido y razón de ser en cuanto significan la emancipación de las trabas y la servidumbre de la Edad Media, pero palidecen ante la abolición comunista del tráfico, de las condiciones burguesas de producción y de la propia burguesía.

Os aterráis de que queramos abolir la propiedad privada, ¡cómo si ya en el seno de vuestra sociedad actual, la propiedad privada no estuviese abolida para nueve décimas partes de la población, como si no existiese precisamente a costa de no existir para esas nueve décimas partes! ¿Qué es, pues, lo que en rigor nos reprocháis? Querer destruir un régimen de propiedad que tiene por necesaria condición el despojo de la inmensa mayoría de la sociedad.

Nos reprocháis, para decirlo de una vez, querer abolir vuestra propiedad. Pues sí, a eso es a lo que aspiramos.

Para vosotros, desde el momento en que el trabajo no pueda convertirse ya en capital, en dinero, en renta, en un poder social monopolizable; desde el momento en que la propiedad personal no pueda ya trocarse en propiedad burguesa, la persona no existe.

Con eso confesáis que para vosotros no hay más persona que el burgués, el capitalista. Pues bien, la personalidad así concebida es la que nosotros aspiramos a destruir.

El comunismo no priva a nadie del poder de apropiarse productos sociales; lo único que no admite es el poder de usurpar por medio de esta apropiación el trabajo ajeno.

Se arguye que, abolida la propiedad privada, cesará toda actividad y reinará la indolencia universal.

Si esto fuese verdad, ya hace mucho tiempo que se habría estrellado contra el escollo de la holganza una sociedad como la burguesa, en que los que trabajan no adquieren y los que ad

Por : Arriba el puño don Eduardo! el Sábado 27 de Agosto de 2005

III
LITERATURA SOCIALISTA Y COMUNISTA


1. El socialismo reaccionario


a) El socialismo feudal

La aristocracia francesa e inglesa, que no se resignaba a abandonar su puesto histórico, se dedicó, cuando ya no pudo hacer otra cosa, a escribir libelos contra la moderna sociedad burguesa. En la revolución francesa de julio de 1830, en el movimiento reformista inglés, volvió a sucumbir, arrollada por el odiado intruso. Y no pudiendo dar ya ninguna batalla política seria, no le quedaba más arma que la pluma. Mas también en la palestra literaria habían cambiado los tiempos; ya no era posible seguir empleando el lenguaje de la época de la Restauración. Para ganarse simpatías, la aristocracia hubo de olvidar aparentemente sus intereses y acusar a la burguesía, sin tener presente más interés que el de la clase obrera explotada. De este modo, se daba el gusto de provocar a su adversario y vencedor con amenazas y de musitarle al oído profecías más o menos catastróficas.

Nació así, el socialismo feudal, una mezcla de lamento, eco del pasado y rumor sordo del porvenir; un socialismo que de vez en cuando asestaba a la burguesía un golpe en medio del corazón con sus juicios sardónicos y acerados, pero que casi siempre movía a risa por su total incapacidad para comprender la marcha de la historia moderna.

Con el fin de atraer hacia sí al pueblo, tremolaba el saco del mendigo proletario por bandera. Pero cuantas veces lo seguía, el pueblo veía brillar en las espaldas de los caudillos las viejas armas feudales y se dispersaba con una risotada nada contenida y bastante irrespetuosa.

Una parte de los legitimistas franceses y la joven Inglaterra, fueron los más perfectos organizadores de este espectáculo.

Esos señores feudales, que tanto insisten en demostrar que sus modos de explotación no se parecían en nada a los de la burguesía, se olvidan de una cosa, y es de que las circunstancias y condiciones en que ellos llevaban a cabo su explotación han desaparecido. Y, al enorgullecerse de que bajo su régimen no existía el moderno proletariado, no advierten que esta burguesía moderna que tanto abominan, es un producto históricamente necesario de su orden social.

Por lo demás, no se molestan gran cosa en encubrir el sello reaccionario de sus doctrinas, y así se explica que su más rabiosa acusación contra la burguesía sea precisamente el crear y fomentar bajo su régimen una clase que está llamada a derruir todo el orden social heredado.

Lo que más reprochan a la burguesía no es el engendrar un proletariado, sino el engendrar un proletariado revolucionario.

Por eso, en la práctica están siempre dispuestos a tomar parte en todas las violencias y represiones contra la clase obrera, y en la prosaica realidad se resignan, pese a todas las retóricas ampulosas, a recolectar también los huevos de oro y a trocar la nobleza, el amor y el honor caballerescos por el vil tráfico en lana, remolacha y aguardiente.

Como los curas van siempre del brazo de los señores feudales, no es extraño que con este socialismo feudal venga a confluir el socialismo clerical.

Nada más fácil que dar al ascetismo cristiano un barniz socialista. ¿No combatió también el cristianismo contra la propiedad privada, contra el matrimonio, contra el Estado? ¿No predicó frente a las instituciones la caridad y la limosna, el celibato y el castigo de la carne, la vida monástica y la Iglesia? El socialismo cristiano es el hisopazo con que el clérigo bendice el despecho del aristócrata.

b) El socialismo pequeñoburgués

La aristocracia feudal no es la única clase derrocada por la burguesía, la única clase cuyas condiciones de vida ha venido a oprimir y matar la sociedad burguesa moderna. Los villanos medievales y los pequeños labriegos fueron los precursores de la moderna burguesía. Y en los países en que la industria y el comercio no han alcanzado un nivel suficiente de desarrollo, esta clase sigue vegetando al lado de la burguesía ascensional.

En aquellos otros países en que la civilización moderna alcanza un cierto grado de progreso, ha venido a formarse una nueva clase pequeñoburguesa que flota entre la burguesía y el proletariado y que, si bien gira constantemente en torno a la sociedad burguesa como satélite suyo, no hace más que brindar nuevos elementos al proletariado, precipitados a éste por la concurrencia; al desarrollarse la gran industria llega un momento en que esta parte de la sociedad moderna pierde su substantividad y se ve suplantada en el comercio, en la manufactura, en la agricultura por los capataces y los domésticos.

En países como Francia, en que la clase labradora representa mucho más de la mitad de la población, era natural que ciertos escritores, al abrazar la causa del proletariado contra la burguesía, tomasen por norma, para criticar el régimen burgués, los intereses de los pequeños burgueses y los campesinos, simpatizando por la causa obrera con el ideario de la pequeña burguesía. Así nació el socialismo pequeñoburgués. Su representante más caracterizado, lo mismo en Francia que en Inglaterra, es Sismondi.

Este socialismo ha analizado con una gran agudeza las contradicciones del moderno régimen de producción. Ha desenmascarado las argucias hipócritas con que pretenden justificarlas los economistas. Ha puesto de relieve de modo irrefutable, los efectos aniquiladores del maquinismo y la división del trabajo, la concentración de los capitales y la propiedad inmueble, la superproducción, las crisis, la inevitable desaparición de los pequeños burgueses y labriegos, la miseria del proletariado, la anarquía reinante en la producción, las desigualdades irritantes que claman en la distribución de la riqueza, la aniquiladora guerra industrial de unas naciones contra otras, la disolución de las costumbres antiguas, de la familia tradicional, de las viejas nacionalidades.

Pero en lo que atañe ya a sus fórmulas positivas, este socialismo no tiene más aspiración que restaurar los antiguos medios de producción y de cambio, y con ellos el régimen tradicional de propiedad y la sociedad tradicional, cuando no pretende volver a encajar por la fuerza los modernos medios de producción y de cambio dentro del marco del régimen de propiedad que hicieron y forzosamente tenían que hacer saltar. En uno y otro caso peca, a la par, de reaccionario y de utópico.

En la manufactura, la restauración de los viejos gremios, y en el campo, la implantación de un régimen patriarcal: he ahí sus dos magnas aspiraciones.

Hoy, esta corriente socialista ha venido a caer en una cobarde modorra.


c) El socialismo alemán o "verdadero" socialismo

La literatura socialista y comunista de Francia, nacida bajo la presión de una burguesía gobernante y expresión literaria de la lucha librada contra su avasallamiento, fue importada en Alemania en el mismo instante en que la burguesía empezaba a sacudir el yugo del absolutismo feudal.

Los filósofos, pseudofilósofos y grandes ingenios del país se asimilaron codiciosamente aquella literatura, pero olvidando que con las doctrinas no habían pasado la frontera también las condiciones sociales a que respondían. Al enfrentarse con la situación alemana, la literatura socialista francesa perdió toda su importancia práctica directa, para asumir una fisonomía puramente literaria y convertirse en una ociosa especulación acerca del espíritu humano y de sus proyecciones sobre la realidad. Y así, mientras que los postulados de la primera revolución francesa eran, para los filósofos alemanes del siglo XVIII, los postulados de la “razón práctica” en general, las aspiraciones de la burguesía francesa revolucionaria representaban a sus ojos las leyes de la voluntad pura, de la voluntad ideal, de una voluntad verdaderamente humana.

La única preocupación de los literatos alemanes era armonizar las nuevas ideas francesas con su vieja conciencia filosófica, o, por mejor decir, asimilarse desde su punto de vista filosófico aquellas ideas.

Esta asimilación se llevó a cabo por el mismo procedimiento con que se asimila uno una lengua extranjera: traduciéndola.

Todo el mundo sabe que los monjes medievales se dedicaban a recamar los manuscritos que atesoraban las obras clásicas del paganismo con todo género de insubstanciales historias de santos de la Iglesia católica. Los literatos alemanes procedieron con la literatura francesa profana de un modo inverso. Lo que hicieron fue empalmar sus absurdos filosóficos a los originales franceses. Y así, donde el original desarrollaba la crítica del dinero, ellos pusieron: “expropiación del ser humano”; donde se criticaba el Estado burgués: “abolición del imperio de lo general abstracto”, y así por el estilo.

Esta interpelación de locuciones y galimatías filosóficos en las doctrinas francesas, fue bautizada con los nombres de “filosofía del hecho” , “verdadero socialismo”, “ciencia alemana del socialismo”, “fundamentación filosófica del socialismo”, y otros semejantes.

De este modo, la literatura socialista y comunista francesa perdía toda su virilidad. Y como, en manos de los alemanes, no expresaba ya la lucha de una clase contra otra clase, el profesor germano se hacía la ilusión de haber superado el “parcialismo francés”; a falta de verdaderas necesidades pregonaba la de la verdad, y a falta de los intereses del proletariado mantenía los intereses del ser humano, del hombre en general, de ese hombre que no reconoce clases, que ha dejado de vivir en la realidad para transportarse al cielo vaporoso de la fantasía filosófica.

Sin embargo, este socialismo alemán, que tomaba tan en serio sus desmayados ejercicios escolares y que tanto y tan solemnemente trompeteaba, fue perdiendo poco a poco su pedantesca inocencia.

En la lucha de la burguesía alemana, y principalmente, de la prusiana, contra el régimen feudal y la monarquía absoluta, el movimiento liberal fue tomando un cariz más serio.

Esto deparaba al “verdadero” socialismo la ocasión apetecida para oponer al movimiento político las reivindicaciones socialistas, para fulminar los consabidos anatemas contra el liberalismo, contra el Estado representativo, contra la libre concurrencia burguesa, contra la libertad de Prensa, la libertad, la igualdad y el derecho burgueses, predicando ante la masa del pueblo que con este movimiento burgués no saldría ganando nada y sí perdiendo mucho. El socialismo alemán se cuidaba de olvidar oportunamente que la crítica francesa, de la que no era más que un eco sin vida, presuponía la existencia de la sociedad burguesa moderna, con sus peculiares condiciones materiales de vida y su organización política adecuada, supuestos previos ambos en torno a los cuales giraba precisamente la lucha en Alemania.

Este “verdadero” socialismo les venía al dedillo a los gobiernos absolutos alemanes, con toda su cohorte de clérigos, maestros de escuela, hidalgüelos raídos y cagatintas, pues les servía de espantapájaros contra la amenazadora burguesía. Era una especie de melifluo complemento a los feroces latigazos y a las balas de fusil con que esos gobiernos recibían los levantamientos obreros.

Pero el “verdadero” socialismo, además de ser, como vemos, un arma en manos de los gobiernos contra la burguesía alemana, encarnaba de una manera directa un interés reaccionario, el interés de la baja burguesía del país. La pequeña burguesía, heredada del siglo XVI y que desde entonces no había cesado de aflorar bajo diversas formas y modalidades, constituye en Alemania la verdadera base social del orden vigente.

Conservar esta clase es conservar el orden social imperante. Del predominio industrial y político de la burguesía teme la ruina segura, tanto por la concentración de capitales que ello significa, como porque entraña la formación de un proletariado revolucionario. El “verdadero” socialismo venía a cortar de un tijeretazo -así se lo imaginaba ella- las dos alas de este peligro. Por eso, se extendió por todo el país como una verdadera epidemia.

El ropaje ampuloso en que los socialistas alemanes envolvían el puñado de huesos de sus “verdades eternas”, un ropaje tejido con hebras especulativas, bordado con las flores retóricas de su ingenio, empapado de nieblas melancólicas y románticas, hacía todavía más gustosa la mercancía para ese público.

Por su parte, el socialismo alemán comprendía más claramente cada vez que su misión era la de ser el alto representante y abanderado de esa baja burguesía.

Proclamó a la nación alemana como nación modelo y al súbdito alemán como el tipo ejemplar de hombre. Dio a todos sus servilismos y vilezas un hondo y oculto sentido socialista, tornándolos en lo contrario de lo que en realidad eran. Y al alzarse curiosamente contra las tendencias “barbaras y destructivas” del comunismo, subrayando como contraste la imparcialidad sublime de sus propias doctrinas, ajenas a toda lucha de clases, no hacía más que sacar la última consecuencia lógica de su sistema. Toda la pretendida literatura socialista y comunista que circula por Alemania, con poquísimas excepciones, profesa estas doctrinas repugnantes y castradas .


2. El socialismo burgués o conservador

Una parte de la burguesía desea mitigar las injusticias sociales, para de este modo garantizar la perduración de la sociedad burguesa.

Se encuentran en este bando los economistas, los filántropos, los humanitarios, los que aspiran a mejorar la situación de las clases obreras, los organizadores de actos de beneficencia, las sociedades protectoras de animales, los promotores de campañas contra el alcoholismo, los predicadores y reformadores sociales de toda laya.

Pero, ade