27 de Agosto de 2005

El Estatut

El coronel Macià, primer presidente de la Generalitat de Cataluña, era un revolucionario honesto y patriarcal. Lo tengo en la memoria como la primera imagen del catalanismo entre los madrileños: contradictoria. Hubo independencia unos días, a la proclamación de la República Española se otorgó Estatuto, y Macià fue presidente hasta que murió, diciembre de 1932. Francesc Macià y sus hombres pretendieron un tiempo la conquista de Cataluña por las armas; pidieron ayuda incluso a Moscú, aunque no fueran marxistas. El catalanismo fuerte había resurgido entre los escombros del imperio en 1898: la pérdida de Cuba y Filipinas la tomaban como ejemplo y decían que Cataluña era también una colonia y debía liberarse. Mi memoria envejecida, insegura, se reverdece esta vez en que se discute un Estatuto: no tiene hoy la grandeza con que la oía -aun por los no federales- y el gran esfuerzo actual no piensa en las armas: ya se encargó de ello Franco, que fusiló al siguiente presidente catalán, Lluís Companys, en la siniestra y humillante historia de la entrega por los alemanes ocupantes de Francia de exiliados españoles: él la coronó con su capacidad inagotable de matar.

No tiene esa grandeza por dos razones: una es que se ve como un intento oligárquico de posesión y no reparto de riqueza en el vaso comunicante con España en general. Lo que entonces parecía un adelanto y una justicia contra la vieja España reinante ahora parece (aquí) una secesión innecesaria cuando todo el territorio se va sumando a unidades mayores: Europa, la OTAN, hasta la pérfida globalización.

Otra razón es el astuto sistema de la derecha nacional de ridiculizar a alguien para destruirle. Risa falsa de amo ante el paleto. Ha creado hasta una mentalidad especial en un país que se vuelca a la caricatura y la risa de todo; y "ríe cuando ignora". Se ve palpablemente esa manera en el Parlamento cuando esta oposición -y antes, cuando era poder- estalla en carcajadas ante una frase del poder que no es de ninguna manera risible. Han cargado esta bomba tonta especialmente contra la Generalitat actual, sobre todo contra Carod Rovira y también contra Pasqual Maragall; algunas de sus risotadas falsas entran en la izquierda, y en el propio PSOE que encontró en el tripartito catalán una posibilidad de gobierno compartido. Quizá sea un buen momento para el estudio del Estatuto con seriedad y sin dejarse llevar por las carcajadas del señorito. Que luego mata a todos juntos.

Por eht en Visto/Oído el Sábado 27 de Agosto de 2005
Comentarios

No dudo de las buenas intenciones del coronel, pero las intenciones siempre son personales y no siempre coinciden con el bien general ni con la realidad, que se empecina en llevarnos la contraria mas de una y de dos veces.
El ejército, la oligarquía y los nacionalistas catalanes no dejaron de mirarse el ombligo desde Carlomagno y la Marca Hispánica hasta la actualidad, adaptando la historia y la economía y utilizando como tapadera el “bienestar del pueblo”.
Por muchas vueltas que les doy a mis libros de historia (pocos pero excelentes), no encuentro territorios independientes ni dependientes, desde Gargoris hasta las taifas, desde el reino de Aragón y Languedoc hasta Jaime I y desde Isabel la sanguinaria hasta la Semana Trágica.
En cuanto al tripartito y la mitificación de José Luis Carod por ansar, la dicotomía ideológica de Piqué (como dice la canción: …”como es posible querer dos mujeres a la vez y no estar loco”) para estar sin estar y pensar una cosa cuando está en Madrid y otra cuando está en Barcelona o los quiebros de Pascual con el PSOE. Otro que dice “arre” en Montserrat y “so” en la Castellana. Nada que decir de Arturo Mas y su tres por ciento donde se refleja donde tienen los sentimientos los nacionalistas. En fin, que con estos mimbres hay que darle forma a un cesto.
Y yo me hago la pregunta que me planteo siempre: a un peón de albañil, a un administrativo, a un empleado de la limpieza, a un minero o campesino, a un pescador o un camarero, a un director de banco, a un broker, a un gerente de Carrefour, a un director de Hotel *****, al dueño de una flota de camiones (no sigo), ¿Les importa lo que dice el “estatut”? ¿saben o conocen el texto?, o solo les importa a los 250 políticos que viven directamente del “chollo” y del 3% (vergonzoso y sin aclarar)
El PSOE y Pascual, deberían saber con que bases cuentan y que quieren sus bases y poner los pies en tierra y que la “exigencia de lealtad” sea mutua.
Entretanto da comienzo el circo de los 22 millonarios y un balón, diciendo estupideces para proporcionar el opio que les falta a las revistas viscerales, y ya un brasileño desata ríos de testosterona en miles de imbéciles. Saldrá el “estatut”

Por : trasgu el Sábado 27 de Agosto de 2005

Trasgu : tu comentario me recuerda a los tiempos de Franco.
YA está bien de decir que el "Estatut" no interesa a la gente catalana, y de insinuar que allí sólo importan los "intereses crematísticos" y los "futboleros".
Un poco de respeto, por favor, al sentimiento nacionalista de cataluña y Pais Vasco, donde te recuerdo que la mayoría del electorado vota opciones nacionalistas, y donde el Estatut será refrendado en referendúm, cosa que NI POR ASOMO se hizo con la sarta de Leyes Orgánicas que crearon las restantes Comunidades autónomas (muchas de ellas superfluas).
El odioso y carísimo "café para todos". Eso sí que no importa a nadie : ni a los madrileños, ni a los riojanos, ni a los extremeños, ni a los castellanos, a quienes de hoz y coz (NO VENIA EN LA CONSTITUCION QUE YO VOTé) se nos "ha impuesto" un modelo que propicia todo tipo de CORRUPCIONES y que genera, por ejemplo, unos "deficits sanitarios descomunales" que no existían antes de las trsferencias cuando funcionaba el INSALUD hace 3 años. Entonces ánsar sabía lo que hacía (quería cargarse lo público) y por eso transfirió la sanidad y cambió el modelo de financiación autonómica. Y el PSOE e IU LE HICIERON EL JUEGO, apoyando un modelo impresentable. Ahora se encuentran con que no hay dinero para pagar los despilfarros autonómicos (digo bien, pues la pasta se la han pulido en subirse los sueldos y en más aparato burocrático), y lo que quieren hacer es una chapuza : "ir a medias en la subida de impuestos" pero sin reconsiderar el reparto de poderes ni recortar los abusos del LAMELA de turno (así que dentro de tres años, cuando toquen elecciones autonómicas,más déficit y esta vez sí : más copagos)

Por : renato el Sábado 27 de Agosto de 2005

"No hay peor sordo que el que no quiere oír, Robertico.
"Y sobre todo entérate de cual es el pensamiento político de Ortega.". (yo mismo)
"Palabra clave: POLÍTICO.
"Ni siquiera has intentado demostrar que Ortega fuera de izquierdas.
Sólo dices que fue krausista, republicano, que no era franquista y que firmó manifiestos a favor de la República junto con otras personas también favorables a la República.
Por : Carpetano el Sábado 27 de Agosto de 2005"

Carpetano,
¿Y te parece poco? Krausista, republicano, firmó el manifiesto contra el levantamiento y no apoyó a Franco como hizo la mayoría de la Derecha española del momento ¡Y te parece poco! por lo menos te debería hacer dudar, supongo.
La única forma de saber cuáles eran las simpatías políticas de Ortega es analizando su comportamiento en esos años políticamente turbios, Carpetano, que es lo que yo hago, (si estuviera tan claro y Ortega hubiera militado en un partido esta polémica sobraría), mientras tú te limitas simplemente a negarlo todo con la fe del carbonero.
No, no me atrevo a afirmar taxativamente que Ortega era de izquierdas porque sería una irresponsabilidad por mi parte, como por la tuya sostener que era de derechas, porque sería suplantar su privilegiada y complicada mente, que por lo menos yo no me considero capaz. A lo mejor tú sí. Simplemente digo que me parece gratuita la adscripción de Ortega a la derecha porque sus actitudes la contradicen. Me recomiendas de que me entere de cuál era su pensamiento político y sin embargo tú no lo mencionas para nada. Dime por lo menos cuál crees tú que era su pensamiento político. (Eso, tú mismo).

Rebate pues las razones por las cuales yo creo que Ortega y Gasset en el fondo era un humanista de izquierdas, un humanista que tiene mucho más que ver con la izquierda de Antonio Machado, Azaña (aunque se odiaran) que con la derecha de Gil Robles o Alejandro Lerroux. Aunque fuera germanófilo y megalómano. Te copio otra vez mis opiniones para que te sea más fácil analizarlas y poderte oir por fin algún argumento serio a favor de su supuesta militancia en la Derecha:

Carpetano,
Otra vez te agradezco mucho tu recomendación de leer los dos artículos de EHT. Ya te he comentado la satisfacción que me ha dado ver una biografía de Azaña escrita con tanta sensibilidad y un analisis de los años de la República con una prosa magnífica y un contenido tan preciso.
Por supuesto que quien habla de "aristocracia" es EHT (hombre, es él el que ha escrito el artículo), pero se refiere a que una parte de la izquierda que hizo posible que llegara la república a España, esperaban una república al estilo de Pericles (no periclitada), con una "nueva aristocracia" del saber y del conocimiento, entre ellos Ortega y Gasset. Y lógicamente su decepción fue grande entre otras cosas porque esas repúblicas platónicas en la realidad no existen. Su caracter de filósofo irascible le hizo exclamar: "No es esto, no es esto". Pero sí era eso.
La opinión de Libertad Digital, como comprenderás, me tiene sin cuidado, es como si trataras de reforzar tus argumentos con lo que dice ese periodista pelín retrasado mental que es Fedeg, o el ex-grapo de Pio. ¡Faltaría más! hasta allí podíamos llegar querido Carpeto, espero no llegar nunca tan bajo, todavía tengo un poquito de dignidad.
De todas maneras, te repito que te agradezco mucho tus recomendaciones de leer los magníficos textos de EHT con los que he disfrutado. Podrías hacer extensivas tus recomendaciones a algunos descerebrados que participan en este blog, como el "para/Que Pais" a ver si adquieren por lo menos un barniz de cultura y dejan la zafiedad para su familia.

Carpetano,
se me olvidaba, hombre. Del 18 al 22 he leído tu polémica con AnaCreonte. He visto que sostiene lo mismo que yo apoyándose en el krausismo, que dio origen primero al partido reformista y luego a las distintas corrientes de la izquierda socialista, en donde participaron intelectuales como Fernando de los Ríos, Besteiro, Azaña y ORTEGA Y GASSET. Más claro, agua.
He visto que te resistes a admitirlo negándolo todo tozudamente pero sin aportar un sólo argumento como los aportados por AnaCreonte. Y te haces preguntas psicodélicas como por ejemplo si Borges también era de izquierdas!!! Vaya preguntita!!! no lo sabía ni él!!! O sacas algunas conclusiones esperpéticas como por ejemplo que "si era megalómano no podía ser de izquierdas" ¿?
Copias el artículo del "No es esto, no es esto". Creo que los motivos para decir esta frase ya han quedado suficientemente analizados. En ese artículo Ortega no se define ni de izquierdas ni de derechas (si no, no estaríamos discutiendo), igual que Unamuno, que nunca se definió, pero les soltó a los Nacionales la famosa frase: "Venceréis, pero no convenceréis", que en el fondo le costó la vida (murió 2 meses después).
En el artículo que copias, Ortega se muestra como un decidido partidario de la "reforma" (¡las reformas nunca son conservadoras, Carpetano! se trataba de reformar casi todo después de una monarquía ultraderechista) pero sin radicalismos. Ortega no era un radical.
Ortega tampoco era franquista. Una persona de izquierdas lógicamente no podía ser franquista, aunque no serlo no demuestra necesariamente que fuera de izquierdas, pero en todo caso la mayoría de intelectuales de la derecha apoyaron a Franco (J.M. Pemán, Ledesma Ramos etc.), Ortega no.
También he visto que confundes filosofía con ideología política ¡! Aquí no entro porque no soy filósofo ¿tú lo eres?
¿Para qué vamos a seguir? No sé si has visto que completé la información que proporcionó AnaCreonte sobre el manifiesto de los escritores antifascistas ¿No te has preguntado qué hacía allí Ortega entre tanto rojo? Pero no sólo lo firmó sino que fue él quien lo redactó!!! Esto no demuestra que él militara en un partido de izquierdas, por supuesto que no, pero blanco y en botella... ya sabes...
Ah! Y gracias por tu cariñoso "Robertico".

Por : Roberto el Sábado 27 de Agosto de 2005

Los nacionalistas catalanes, y no me refiero a Maragall, llevarán en septiembre al Congreso de los Diputados una propuesta para que el catalán, el gallego y el vasco sean lenguas cooficiales en toda España. La razón declarada de esta proposición, la “Ley de Lenguas”, es “normalizar” una situación pendiente, según Carod, desde 1977; a saber: el reconocimiento de la plurinacionalidad del Estado, basada en el plurilingüismo. Y, claro, no falta el victimismo: la medida tendría la virtud de compensar los años –¿por qué no milenios? ¿o eones?– de prohibición, e incluso persecusión de la “realidad plurilingüe”.

La consecución de un Estado de esta naturaleza sería para los nacionalistas catalanes la “normalización” de España. De esta manera, el Estado saldría de la anormalidad centralista y opresora de la que no supo, o no se quiso salir en 1977. Esto supone que la Constitución y todos los poderes que articula, la dereclaración de derechos, la soberanía depositada en la nación, el gobierno parlamentario, el Estado de las Autonomías, la Justicia, la naturaleza del Ejército, la institución de la Monarquía; esto es, la misma democracia española es, sí, anormal.

La anormalidad es, si no me equivoco, que un sistema democrático que funciona conjugue, tolere y amamante a los instrumentos y a los agentes que desean su destrucción. Anormal es, también, que quienes esto buscan determinen la política del gobierno del Estado siendo grupúsculos; es decir, pequeños partidos sin verdadera representación estatal. Lo anormal es que la ambición de un gobierno regional cuestione, y quiera subvertir por sí solo los principios sobre los que se asienta un país próspero, democrático y solidario. Tampoco es muy normal que el presidente de la nación, Zapatero, no conteste al líder de un partido, Carod, separatista pero aliado de su gobierno, cuando dice que es el primer presidente de España que no es nacionalista español.

Pero la “normalización” no es algo que se les haya ocurrido, desgraciadamente, a los nacionalistas. La victoria electoral del PSOE el 14-M de 2004, tras dos legislaturas populares, con una generación de políticos en su mayor parte inexpertos, y una intensa campaña de agitación y propaganda, determinaron las características del socialismo de Zapatero. Crearon entonces el concepto de “normalización”. Había sido anormal que gobernara la derecha, un error histórico que era necesario corregir. Llamazares –lábaro del castrismo– los llamó “los ocho años negros” de la democracia.

La normalización empezaba por cuestionar la Transición. Los socialistas hablaron de poderes fácticos –la Iglesia y el Ejército– como los obstáculos que impidieron entonces la verdadera democratización del país. Ahora, con un gobierno libre, y progresista, se revisaría aquella reforma para convertirla en ruptura. Era el momento de un nuevo pacto entre los pueblos de las Españas, y normalizar, así, el país. Incluso se podía pactar con los terroristas, fueran yihadistas, retirando las tropas de Irak, o etarras, devolviéndoles a las instituciones. Llegó la hora de romper con EEUU, lo que no pudo hacer ni González, decían, por no enfurecer a los militares. Ya se podía sacar la religión de la educación, que fue “un acuerdo preconstitucional”, en palabras de Peces-Barba. Y también deshacer el Estado de las Autonomías para que los nacionalistas marcaran, a voluntad, el contenido de su relación con España. Ahora contamos todos, que decía el de TVE.

Pero si usted, amable lector, cree haber perdido el juicio, o el sentido común, o descubre que tiene un concepto de normalidad, digamos, algo distraído, no se preocupe. La nueva fórmula, que no se da sin receta en la sanidad catalana, es: “hacer un poco de pedagogía, por favor”. Todo sea por normalizarnos.

Por : Mecachis el Sábado 27 de Agosto de 2005

Roberto, he leido y estudiado a Ortega y Gasset en innumerables ocasiones, y he de reconocer que en mi humilde opinion, y sin animo de ofender, su pensamiento politico esta mas cerca de la derecha que otra cosa. Y por supuesto que tambien era antifascista. Pero evidentemente, es solo una opinion. La mia.

Por : Calafell el Sábado 27 de Agosto de 2005

Mecachis,
El artículo que has pegado de forma anónima sobre el estatuto ha sido publicado hoy en Libertad Digital con el título: "Zapatero y el nacionalismo -
Normalización de España" escrito por un tal Vilches.
Se puede comprobar en:
http://www.libertaddigital.com/opiniones/opi_desa_26619.html

Creo, que por un mínimo de decencia y respeto a los lectores, cuando pegues algo deberías indicar la fuente y el autor, por lo menos, aunque te avergüences de su origen.

Por : AnaCreonte el Sábado 27 de Agosto de 2005

Bueno,Macia fue el primer presidente de la Generalitat moderna.

No estoy de acuerdo con trasgu,
Cataluña y otras partes de España han tenido instituciones de autogobierno propias,y leyes propias y cultura propia desde hace mucho tiempo,y se han rebelado cuando se les ha intentado quitar,Corpus de sangre,guerra de sucesión,lo que pasa es que en España no se cuenta lo que pasó en estas dos etapas historicas pej,se dice que despues del Corpus de sangre Cataluña estuvo separada en cierto modo de España,y se dice que volvió voluntariamente a España y que el rey español prometio respetar sus fueros,pero la verdad fue que tropas castellanas sitiaron Barcelona,haciendo morir a sus habitantes de hambre,sed y enfermedades,sitio que se repitió en 1714.

Y como dice Renato,Cataluña y Pais Vasco tienen capacidad y voluntad de autogobernarse,esto no es asi en otras partes de España,con ese café para todos que ha creado instituciones ocupadas por politiquillos corruptas,que ahora no saben como mantener.

Por : Lucio de Avellaneda el Sábado 27 de Agosto de 2005

Perdón,quise decir politquillos corruptos,no corruptas.

Por : Lucio de Avellaneda el Sábado 27 de Agosto de 2005

El tema de hoy es muy importante, ruego a los pegadores de tochos o discusiones atrasadas qu respeten el hilo del debate.

gracias y saludos

Por : jacinto el Sábado 27 de Agosto de 2005

Pudor

Me siento a ver 'Estravagario', el programa de literatura de Javier Rioyo en la televisión pública española. Siempre que puedo escucho a Rioyo en la cadena SER, y no dejo pasar ni un domingo sin leer su columna en El País.

Rioyo tiene tres invitados en la primera parte del programa con los que habla de, entre otras cosas, el pudor. Uno de esos invitados es Fernando Delgado, a quien sigo todos los fines de semana en sus programas matinales en la cadena SER.

Otro es Juan Cruz, periodista histórico del diario El País y autor de una magnífica columna dominical en ese mismo diario.

Recomiendan un libro que tiene muy buena pinta, titulado 'Los rojos de ultramar', escrito por Jordi Soler y editado por Alfaguara, la editorial del grupo PRISA.

También hablan maravillas del último libro de Iñaki Gabilondo, la voz de la cadena Ser con la que desayuno cada día, una recopilación de sus excelentes entrevistas editada por El País-Aguilar. "No me duelen prendas de hacer corporativismo amistoso", dice Juan Cruz con toda la razón del mundo.

En la segunda parte Rioyo nos ofrece otra interesante entrevista. El gran Rafael Azcona habla de la reedición de algunas de sus obras, mientras en la pantalla aparece la portada de sus cuentos completos, publicados por Alfaguara, la editorial del grupo PRISA. Después toca un grupo y se acaba el programa de libros de la televisión pública española.

Por : Mecachis el Sábado 27 de Agosto de 2005

Roberto, he leido y estudiado a Ortega y Gasset en innumerables ocasiones, y he de reconocer que en mi humilde opinion, y sin animo de ofender, su pensamiento politico esta mas cerca de la derecha que otra cosa. Y por supuesto que tambien era antifascista. Pero evidentemente, es solo una opinion. La mia.
Por : Calafell el Sábado 27 de Agosto de 2005"

Respeto su opinión, Calafell. Sin embargo creo que esa afirmación admite ser revisada, y en mi opinión Ortega se adelantó al pensamiento político visceral de los años 30 y se le podría situar hoy en día en una corriente humanista de izquierdas, más cercana de la actitud de Azaña que de la de Gil Robles.

Por : Roberto el Sábado 27 de Agosto de 2005

"El tema de hoy es muy importante, ruego a los pegadores de tochos o discusiones atrasadas qu respeten el hilo del debate."
Por : jacinto el Sábado 27 de Agosto de 2005"

¿Se atribuye usted la moderación del blog?
¿Quien es usted para determinar qué es lo importante, lo actual o lo atrasado?

Por : Roberto el Sábado 27 de Agosto de 2005

"El tema de hoy es muy importante, ruego a los pegadores de tochos o discusiones atrasadas qu respeten el hilo del debate."

Es acojonante que una persona que, cuando conviene, no tiene pudor en insultar a quien no piensa como el, se dedique ahora a rogar nada a nadie. Y mucho menos, como dice Roberto, a erigirse en moderador del blog, decidiendo que temas son importantes y cuales no.

Por : Calafell el Sábado 27 de Agosto de 2005

Respeto su opinión, Calafell. Sin embargo creo que esa afirmación admite ser revisada, y en mi opinión Ortega se adelantó al pensamiento político visceral de los años 30 y se le podría situar hoy en día en una corriente humanista de izquierdas, más cercana de la actitud de Azaña que de la de Gil Robles.
Por : Roberto el Sábado 27 de Agosto de 2005

Y yo respeto la suya, por supuesto. Aunque, evidentemente, disiento.

Saludos

Por : Calafell el Sábado 27 de Agosto de 2005

Sr. Retato

Por una vez, y sin que sirva de precedente le contestaré a lo que Ud. denomina “recuerdo franciscano temporal”
Si Ud. es decente y de izquierdas, nada mas lejos de mi intención que molestarle o traerela la mente infaustos recuerdos. Si Ud es un perrillo fascista no le habré molestado porque vivirá en la añoranza de tiempos pasados) Y dicho esto paso a explicarme si puedo.
Es “estatut” interesa tanto a la gente catalana como los estatutos de FC. Barcelona por poner un ejemplo de lectura farragosa e insulsa. Convendrá conmigo que a los 250 políticos de élite (puede que sean algunos mas) les interesa bastante. Y los intereses crematísticos (he degustado pocos postres tan sabrosos como la crema catalana) del 3 % sí que les interesa mucho. El añadido futbolero lo hace Ud., que no yo y no estoy de acuerdo con Ud. La gent catalá tiene otros intereses diversos que enriquecen a sus amistades (yo, uno).
Respeto mucho los sentimientos nacionalistas de Cataluña, Pais Vasco, y también los gallegos, andaluces, extremeños, asturianos…de los 17, vamos. Los respeto tremendamente, pero “boutades” como que la pluralidad del estado se basa en la pluralidad de lenguas, me conduce por la autopista de la hilaridad ante tanta ignorancia, y espero que todos los nacionalistas no comulguen con semejante estupidez y olviden aspectos culturales, geográficos, paisajísticos, sociológicos, etc., etc. El NACIONALISMO para mí que es otra cosa que lo que pide el Sr. Carod. Y eso de que la mayoría vota nacionalismo donde Ud. dice….pues que no me lo creo.
El resto de su aserto son divagaciones a las que no debo responder (mi salud intelectual), pero estoy bastante de acuerdo con Ud., en los casos de corrupción y del INSALUD, pero no todos los gastos se van en sueldos…..es largo y no tengo ganas de dar explicaciones, sobretodo ante la perspectiva de ir a tomarme unos culotes (no sé porque se dice ahora “culines”) de sidra, a la que gustoso invitaría a todas las gentes de bien de este foro.
Salud

¡Joder que ladrillo¡

Por : trasgu el Sábado 27 de Agosto de 2005

¡Joder, Robertico, qué pesado eres, pardiez!

Te dije que leyeras lo que dije el día 22 y no me has hecho caso. Lo copio aquí:


"Decía Ortega y Gasset ("de izquierdas" jejeje) que las causas de la decadencia de España se remontan a la invasión islámica, que impuso una uniformadora sumisión a Dios y una igualdad forzosa (con "llanuras sin eminencias" decía). Al contrario que en la Europa feudal, donde había una sociedad jerarquizada regida por los mejores según un ideal de libertad aristocrática y emulación.

El aristocratismo intelectual orteguiano se basa en una masa dócil y no rebelde regida por una minoría selecta e idealista, que a la vez sirva de ejemplo a imitar por aquella.

Según Ortega, por culpa del Islam no seguimos la misma evolución histórica que el resto de Europa y de ahí vino nuestra diferencia y nuestro atraso respecto a ella. Por eso tenemos ese igualitarismo incapacitante que nivela la sociedad a la baja y no valora la excelencia ni la preeminencia de los mejores.".

(Por : Carpetano el Lunes 22 de Agosto de 2005)


Mi "fe del carbonero", como tú la llamas, debe existir porque YO HE LEÍDO A ORTEGA, cosa que tú no has hecho. Pero lo puedes hacer ahora. "La rebelión de las masas" está en Internet. Leela y saca las conclusiones tú mismo:

http://www.laeditorialvirtual.com.ar/Pages/Ortega_y_Gasset/Ortega_LaRebelionDeLasMasas01.htm

Y si quieres conclusiones ya hechas afines a tu ideología, puedes leer una página de un sitio web llamado "España roja, amarilla y morada. Añoranza de la República Unitaria de Trabajadores de toda clase (www.eroj.org)".
La página en cuestión es esta:

http://www.eroj.org/lp/ortega.htm


Venga, a leer. Agur.

Por : Carpetano el Sábado 27 de Agosto de 2005

"No tiene esa grandeza por dos razones: una es que se ve como un intento oligárquico de posesión y no reparto de riqueza en el vaso comunicante con España en general. Lo que entonces parecía un adelanto y una justicia contra la vieja España reinante ahora parece (aquí) una secesión innecesaria cuando todo el territorio se va sumando a unidades mayores: Europa, la OTAN, hasta la pérfida globalización." (EHT)

Nadie ha hecho mención a este párrafo y es el fundamental. Por una vez alguien de la izquierda reconoce lo que otros "izquierdistas" se niegan a manifestar (profundo complejo) o les importa un pimiento (en ese caso, está claro que no serían de izquierdas).

Naciones, Estados, nacionalidades... Pura basura para esconder la rapiña y la insolidaridad.

Por : ciudadano el Sábado 27 de Agosto de 2005

Renato, el mismo respeto que exiges para el nacionalismo catalán y vasco, te lo pido yo para el resto de España. Te recuerdo que la arquitectura del estado autonómico que disfrutamos se construye a partir el Referendum por la Autonomía de Andalucía. Ni el Pais Vasco, ni Galicia, ni Cataluña definen nuestro actual estado descentralizado. El resto de comunidades autónomas "no históricas" no hicieron otra cosa que modificaciones de adaptación a la realidad de un estado autonómico SIMÉTRICO. No comparto tu percepción de la corrupción generalizada, la duplicidad de burocracia y el despilfarro en la estructura actual. ¿Cosas que mejorar? Muchísimas, sin duda. Pero esa imagen que transmites me retrotrae, y espero que no te sientas ofendido, me recuerda a los ríos de tinta vertidos por los fascistas contra la desmembración de España en los inicios de la transición, y que no ha cesado desde entonces. Siento por Cataluña, Euskadi y Galicia admiración y respeto. Me admiran sus historias y sus lenguas. Pero eso me enriquece como andaluz tanto como las historias y las gentes de la bellísima Extremadura, de la inmensa Castilla-León, de Murcia, de la Rioja. Pensar que los extremeños están chupando del bote de los catalanes es realmente necio. Seguro que sabes que en el abismal agujero de la sanidad catalana, al igual que en el desastre de las infraestructuras privadas y de la educación en Cataluña han tenido mucho, demasiado que ver tu respetable nacionalismo catalán gobernante durante veinte años. Me remito a los informes de Vicenç Navarro. Es mucho más fácil pensar que roban los demás que, y que los andaluces son remoras del progreso que darse cuenta que la oligarquía finaciera e industrial de tu territorio (nación, nacionalidad, ¿qué más dará? te sientes europeo, latinoamericano, asiático, norteamericano,... ¿qué carajo significa ser catalán sin ser murciano, ni portugués, ni alemán? Por supuesto que la cultura del lugar en que naces te condiciona, pero no disfruto más leyendo a Lorca que a Böll, ni comiendo un buen salmorejo que un delicioso pisto). En fin, la derecha ha conseguido que criticar a CiU sea de fachas, cuando uno puede reconocer el ejemplo admirable que dieron en la comisión de investigación del 11-M y a la vez criticar furiosamente su gestión de Cataluña. Puede uno respetar, incluso admirar, las capacidades oratorias y políticas de Anasagasti y el portavoz del PNV en la comisión del 11-M (¿Olabarría?) y no tragarse ninguna de las patrañas con las que construyen la gran Patría Vasca, reescribiendo la histroia para admirar como visionario a un nazi como Sabino Arana. El himno de Andalucia tiene una letra que me pone los pelos de punta, pero el himno de Alemania es una pieza musical de primer orden. Los políticos de Cataluña deberían volcarse en políticas sociales: por mucha intoxicación informativa que haya, no nos llega al resto de España iniciativas sociales de calado, como pasó, durante la legislatura pasada con Andalucía en algunos aspectos. Una gestión pésima de los derrumbes del Carmel, unas cuantas meteduras de pata, del tipo "¡quitame esa bandera de ahí que me ofende y pon la mía, que demasiados años nos hemos llevado con nuestros símbolos subyugados!", y un lío de mil demonios con el Estatuto es el balance que queda de todos estos meses de gobierno del tripartito en Cataluña. Estoy de acuerdo en que hay que modificar el sistema de financiación sanitaria, para que se reciba en función del número de habitantes. Debe haber representación de las comunidades (naciones, nacionalidades, regiones, como quieras llamarlas) en Europa y capacidad de decisión en los ámbitos que les afecten, pero apelar a derechos históricos para blindar competencias. ¿Y cuando paramos? En lugar de en el siglo XIX, ¿qué tal en el XV, o mejor aún, en el año 10000 a. c.?
P.D.: Sobre el papel de Andalucía en la organización actual de España, casi cualquier artículo del catedrático de Derecho Constitucional Pérez Royo es realmente esclarecedor.
P.D.2: Renato, te pido disculpas si me he pueto demasiado pesado. Creo que lo que nos pasa a Trasgu y a mí se llama cansancio: de la derecha franquista, de la izquierda ¿republicana?, de la derecha nacionalista catalana, de la derecha nacionalista vasca, de la izquierza abertzale (¿se escribe así?). De ese chivinismo estúpido, tan cateto (¡con todos los respetos a los catetos de mi pueblo, a los que demasiados políticos no les llegan ni a la suela de los zapatos en cuanto aperspicacia y claridad de ideas!), que enmascara los problemas reales que nos afectan. En cualquier caso, lo dicho, considera esto las divagaciones de un viejo.

Por : beta1 el Sábado 27 de Agosto de 2005

Permitan que entre en la discusión sobre Ortega, no para tomar partido sino para aportar otro punto de vista. Para mí el que este filósofo trate de introducirnos en el pensamiento europeo es revolucionario, para una sociedad que se encontraba en las cavernas. Es pesimista y displicente, respecto al rumbo que llevan los acontecimientos, desde el momento que considera nuestra falta de articulación como un defecto de origen (desda la Edad Media) y él mismo era una minoría selecta, desde su forma de ver las cosas,puesto que era artífice, y no mero espectador, de un proceso histórico. Su actitud, por tanto, es progresista como mínimo.

Por : Alfredo el Sábado 27 de Agosto de 2005

Estimado señor Don Eduardo Haro Tecglen
Como decía Muñoz Molina en una carta al director en EL PAIS, con motivo de las declaraciones de la arquitecta de origen napolitano Tagliabue, devenida en feroz catalanista tras su matrimonio con el arquitecto Enric Miralles:: “Acaba cansando la permanente denostación de Madrid -modelo y centro del paletismo y el cutrerío hispano- como forma de celebrar las virtudes de otras ciudades españolas, en las cuales priman al parecer la modernidad, el cosmopolitismo, la apertura generosa a lo forastero y a lo nuevo.
Algo similar se puede decir sobre las portentosas virtudes del catalanismo (victima una vez más de los desafueros del gobierno de Madrid) que, según usted “había resurgido entre los escombros del imperio en 1898” ya que “Cataluña era también una colonia y debía liberarse”.
Quizás fuese bueno recordar que la repentina fortaleza de ese catalanismo y sus afanes independentistas tuvieron su origen en al apoyo prestado por la burguesía catalana que acusaba al gobierno español de los perjuicios que les había ocasionado la pérdida de Cuba y Filipinas en las que tantos intereses tenían gracias, precisamente, a las medidas proteccionistas del gobienro español y que, a la postre, fueron una de las causas de la guerra en Cuba.
Y también creo que habría que recordar que esa misma burguesía había sido partidaria, mientras duró el conflicto en las colonias, de gastar hasta el último hombre (que no podía pagarse la redención en metálico) y la última peseta (del gobierno) en mantener la soberanía española Cuba y Filipinas.
Atentamente
Grimau

Por : Grimau el Sábado 27 de Agosto de 2005

Creo, que por un mínimo de decencia y respeto a los lectores, cuando pegues algo deberías indicar la fuente y el autor, por lo menos, aunque te avergüences de su origen.
Por : AnaCreonte el Sábado 27 de Agosto de 2005

No me sale de los güevos.

Por : Mecachis el Sábado 27 de Agosto de 2005

Mecachis, te estás pareciendo al paredes, pero en versión mala.
Este sí soy yo.Paredes
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Estoy con trasgu,mucha pandereta también en Cataluña.Sólo hay que ver la que arman en las Ramblas por meter una cosa redonda entre tres palos.El nacionalismo se cura viajando,y casi siempre las muestras viscerales de esa "cosa", se hacen para ponerse por encima de los otros, como si en todas partes no hubiera o hubiésemos imbéciles y gente guay.
Mi discurso parece anticatalanista, mas no lo es , es aplicable a cualquiera que se crea que por ser De, se es MAS.

Tanto apelar a las reivindicaciones históricas,sólo se hace buscando la pela,pues ahora mismo la idiosincrasia, nadie la niega ni la discute.
Cuando me lluevan las hostias, me extenderé más.
Un saludo a casi todos.

Por : paredes el Sábado 27 de Agosto de 2005

Me erijo en moderador¿qué pasa?
Espero que con la última,inteligente(como siempre) e imparcial intervención de Alfredo, se zanje EL CASO ORTEGA.
Salut y forca al canut.

Por : paredes el Sábado 27 de Agosto de 2005

Si,dejemonos de pasado y vamos a dia de hoy,y a dia de hoy en Cataluña y Pais Vasco hay intención de tener más autogobierno,ahí estan los votos mayoritarios a partidos que llevan en sus programas ese aumento del autogobierno,y en estos dos territorios el PP es residual.

Por : Lucio de Avellaneda el Sábado 27 de Agosto de 2005

Seria interesante conocer la reacción de los foreros de…por ejemplo” libertad digital” o “las faes” si me pongo de acuerdo con un amíguete en debatir sobre trotsky y estalin por ejemplo, en medio de una discusión sobre ortega….seria interesante, pero no haré por un mínimo de respeto. Bueno quizás no me dejarían.

El señor Haro dice…
Otra razón es el astuto sistema de la derecha nacional de ridiculizar a alguien para destruirle. Risa falsa de amo ante el paleto. Ha creado hasta una mentalidad especial en un país que se vuelca a la caricatura y la risa de todo; y "ríe cuando ignora". Se ve palpablemente esa manera en el Parlamento cuando esta oposición -y antes, cuando era poder- estalla en carcajadas ante una frase del poder que no es de ninguna manera risible. Han cargado esta bomba tonta especialmente contra la Generalitat actual, sobre todo contra Carod Rovira y también contra Pasqual Maragall; algunas de sus risotadas falsas entran en la izquierda, y en el propio PSOE que encontró en el tripartito catalán una posibilidad de gobierno compartido. Quizá sea un buen momento para el estudio del Estatuto con seriedad y sin dejarse llevar por las carcajadas del señorito. Que luego mata a todos juntos….
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El tripartito es como un puntapié en ese sitio a la derecha española y Tb. Catalana,( no solo el pp. Convergencia y unió son sus amigos naturales, ) que comparte con ellos los intereses económicos, mediáticos y culturales , la enseñanza privada y concertada fue un autentico escándalo en la forma de financiarla en detrimento de la pública en todos estos años pasados…
Todo esto les duele y les hace ponerse nerviosos, ¿ de donde sale sino el interés de convergencia en subir el listón? ¿ por que no lo planteó cuando tenia mayoría con apoyo de ERC? No es sino un intento de romper el tripartito, maragall tampoco ha estado a la altura y está en una posición comprometida, espero por el bien de los que vivimos y trabajamos aquí y la estabilidad de gobierno central que todo esto se acuerde sin romper la baraja.
Para ello confío en el seny y el interés que tienen, por lo menos algunos dirigentes de erc, en defender los intereses de los que siempre estuvimos mas marginados.
,Disculpas por las faltas,

Saludos

Por : jacinto el Sábado 27 de Agosto de 2005

Ese interes , en izquierda unida y parte del psoe se le supone tb.

saludos

Por : jacinto el Sábado 27 de Agosto de 2005

Pues yo soy catalán, tengo 26 años, y puedo prometer y prometo que me trae sin cuidado el nuevo Estatut, y me dan asco estos políticos que en lugar de solucionarnos a, entre otros, los jóvenes nuestros problemas, se inventan problemas para mantenerse en el poder. Vivo en Barcelona, gano 1300 euros al mes, y solo el alquiler de un piso de una o dos habitaciones en una zona normalita me cuesta 700 u 800 euros, con lo que me quedan para vivir 400 o 500 euros. Lo de comprar ya ni me lo planteo pues sencillamente no puedo. Y como yo, miles y miles de jóvenes catalanes. ¿De esto no hablan los periodistas? ¿De esto no opinan los tertulianos? ¿Donde está la socialdemocracia, Señor Clos, en materia de vivienda? Ojalá yo pudiera irme a vivir como usted a Sarrià, señor Clos.

Por : Robert26 el Sábado 27 de Agosto de 2005

Robert nació cuando habíamos votado unas leyes y una Constitución que para él, como para millones de jóvenes que nacieron en el "baby-boom" (1960-1975), son hoy papel mojado, el caso es que estos millones son los que van a tirar del carro durante bastantes años. Se les debería oír ¿no es cierto?

Por : Alfredo el Sábado 27 de Agosto de 2005

estos jóvenes tendran que elejir entre culpar a los políticos o HACER politica, yo diria de clase.

Por : jacinto el Sábado 27 de Agosto de 2005

Pues yo soy catalán, tengo 26 años, y puedo prometer y prometo que me trae sin cuidado el nuevo Estatut
.......
De esto no opinan los tertulianos
......

Sr. Renato, de esto habalaba yo, y de cantidad de jóvenes y no tan jóvenes que piensan como ROBERT 26. Pero si los políticos siguen creyendo que sus problemas son LOS PROBLEMAS.... mal la tenemos, porque ellos de seguir, claro que seguiran manipulando a la opinión mediante los medios.

Amigo Paredes te agradezco la coincidencia en esto y en otras cosas en las que coincido contigo.... y puestos ya me permito (¿permites?) decirte que no le des carne al troll. No se lo merece
En fin, salut y força n'el canut

Me corrijo: Quise poner Culetes de sidra y por mor del corrector de textos salió "culotes"

Por : trasgu el Sábado 27 de Agosto de 2005

K. Marx & F. Engels


Manifiesto del Partido Comunista


(1848)


Digitalizado para el Marx-Engels Internet Archive por José F. Polanco en 1998. Retranscrito para el Marxists Internet Archive por Juan R. Fajardo en 1999.

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PRÓLOGOS DE MARX Y ENGELS A VARIAS
EDICIONES DEL MANIFIESTO

1
PRÓLOGO DE MARX Y ENGELS A LA
EDICIÓN ALEMANA DE 1872

La Liga Comunista, una organización obrera internacional, que en las circunstancias de la época -huelga decirlo- sólo podía ser secreta, encargó a los abajo firmantes, en el congreso celebrado en Londres en noviembre de 1847, la redacción de un detallado programa teórico y práctico, destinado a la publicidad, que sirviese de programa del partido. Así nació el Manifiesto, que se reproduce a continuación y cuyo original se remitió a Londres para ser impreso pocas semanas antes de estallar la revolución de febrero. Publicado primeramente en alemán, ha sido reeditado doce veces por los menos en ese idioma en Alemania, Inglaterra y Norteamérica. La edición inglesa no vio la luz hasta 1850, y se publicó en el Red Republican de Londres, traducido por miss Elena Macfarlane, y en 1871 se editaron en Norteamérica no menos de tres traducciones distintas. La versión francesa apareció por vez primera en París poco antes de la insurrección de junio de 1848; últimamente ha vuelto a publicarse en Le Socialiste de Nueva York, y se prepara una nueva traducción. La versión polaca apareció en Londres poco después de la primera edición alemana. La traducción rusa vio la luz en Ginebra en el año sesenta y tantos. Al danés se tradujo a poco de publicarse.

Por mucho que durante los últimos veinticinco años hayan cambiado las circunstancias, los principios generales desarrollados en este Manifiesto siguen siendo substancialmente exactos. Sólo tendría que retocarse algún que otro detalle. Ya el propio Manifiesto advierte que la aplicación práctica de estos principios dependerá en todas partes y en todo tiempo de las circunstancias históricas existentes, razón por la que no se hace especial hincapié en las medidas revolucionarias propuestas al final del capítulo II. Si tuviésemos que formularlo hoy, este pasaje presentaría un tenor distinto en muchos respectos. Este programa ha quedado a trozos anticuado por efecto del inmenso desarrollo experimentado por la gran industria en los últimos veinticinco años, con los consiguientes progresos ocurridos en cuanto a la organización política de la clase obrera, y por el efecto de las experiencias prácticas de la revolución de febrero en primer término, y sobre todo de la Comuna de París, donde el proletariado, por vez primera, tuvo el Poder político en sus manos por espacio de dos meses. La comuna ha demostrado, principalmente, que “la clase obrera no puede limitarse a tomar posesión de la máquina del Estado en bloque, poniéndola en marcha para sus propios fines”. (V. La guerra civil en Francia, alocución del Consejo general de la Asociación Obrera Internacional, edición alemana, pág. 51, donde se desarrolla ampliamente esta idea) . Huelga, asimismo, decir que la crítica de la literatura socialista presenta hoy lagunas, ya que sólo llega hasta 1847, y, finalmente, que las indicaciones que se hacen acerca de la actitud de los comunistas para con los diversos partidos de la oposición (capítulo IV), aunque sigan siendo exactas en sus líneas generales, están también anticuadas en lo que toca al detalle, por la sencilla razón de que la situación política ha cambiado radicalmente y el progreso histórico ha venido a eliminar del mundo a la mayoría de los partidos enumerados.

Sin embargo, el Manifiesto es un documento histórico, que nosotros no nos creemos ya autorizados a modificar. Tal vez una edición posterior aparezca precedida de una introducción que abarque el período que va desde 1847 hasta los tiempos actuales; la presente reimpresión nos ha sorprendido sin dejarnos tiempo para eso.

Londres, 24 de junio de 1872.

K. MARX. F. ENGELS.


2
PROLOGO DE ENGELS A LA EDICION
ALEMANA DE 1883


Desgraciadamente, al pie de este prólogo a la nueva edición del Manifiesto ya sólo aparecerá mi firma. Marx, ese hombre a quien la clase obrera toda de Europa y América debe más que a hombre alguno, descansa en el cementerio de Highgate, y sobre su tumba crece ya la primera hierba. Muerto él, sería doblemente absurdo pensar en revisar ni en ampliar el Manifiesto. En cambio, me creo obligado, ahora más que nunca, a consignar aquí, una vez más, para que quede bien patente, la siguiente afirmación:

La idea central que inspira todo el Manifiesto, a saber: que el régimen económico de la producción y la estructuración social que de él se deriva necesariamente en cada época histórica constituye la base sobre la cual se asienta la historia política e intelectual de esa época, y que, por tanto, toda la historia de la sociedad -una vez disuelto el primitivo régimen de comunidad del suelo- es una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, a tono con las diferentes fases del proceso social, hasta llegar a la fase presente, en que la clase explotada y oprimida -el proletariado- no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime -de la burguesía- sin emancipar para siempre a la sociedad entera de la opresión, la explotación y las luchas de clases; esta idea cardinal fue fruto personal y exclusivo de Marx .

Y aunque ya no es la primera vez que lo hago constar, me ha parecido oportuno dejarlo estampado aquí, a la cabeza del Manifiesto.

Londres, 28 junio 1883.

F. ENGELS.


3
PRÓLOGO DE ENGELS A LA
EDICIÓN ALEMANA DE 1890


Ve la luz una nueva edición alemana del Manifiesto cuando han ocurrido desde la última diversos sucesos relacionados con este documento que merecen ser mencionados aquí.

En 1882 se publicó en Ginebra una segunda traducción rusa, de Vera Sasulich , precedida de un prologo de Marx y mío. Desgraciadamente, se me ha extraviado el original alemán de este prólogo y no tengo más remedio que volver a traducirlo del ruso, con lo que el lector no saldrá ganando nada. El prólogo dice así:

“La primera edición rusa del Manifiesto del Partido Comunista, traducido por Bakunin, vio la luz poco después de 1860 en la imprenta del Kolokol. En los tiempos que corrían, esta publicación no podía tener para Rusia, a lo sumo, más que un puro valor literario de curiosidad. Hoy las cosas han cambiado. El último capítulo del Manifiesto, titulado “Actitud de los comunistas ante los otros partidos de la oposición”, demuestra mejor que nada lo limitada que era la zona en que, al ver la luz por vez primera este documento (enero de 1848), tenía que actuar el movimiento proletario. En esa zona faltaban, principalmente, dos países: Rusia y los Estados Unidos. Era la época en que Rusia constituía la última reserva magna de la reacción europea y en que la emigración a los Estados Unidos absorbía las energías sobrantes del proletariado de Europa. Ambos países proveían a Europa de primeras materias, a la par que le brindaban mercados para sus productos industriales. Ambos venían a ser, pues, bajo uno u otro aspecto, pilares del orden social europeo.

Hoy las cosas han cambiado radicalmente. La emigración europea sirvió precisamente para imprimir ese gigantesco desarrollo a la agricultura norteamericana, cuya concurrencia está minando los cimientos de la grande y la pequeña propiedad inmueble de Europa. Además, ha permitido a los Estados Unidos entregarse a la explotación de sus copiosas fuentes industriales con tal energía y en proporciones tales, que dentro de poco echará por tierra el monopolio industrial de que hoy disfruta la Europa occidental. Estas dos circunstancias repercuten a su vez revolucionariamente sobre la propia América. La pequeña y mediana propiedad del granjero que trabaja su propia tierra sucumbe progresivamente ante la concurrencia de las grandes explotaciones, a la par que en las regiones industriales empieza a formarse un copioso proletariado y una fabulosa concentración de capitales.

Pasemos ahora a Rusia. Durante la sacudida revolucionaria de los años 48 y 49, los monarcas europeos, y no sólo los monarcas, sino también los burgueses, aterrados ante el empuje del proletariado, que empezaba a, cobrar por aquel entonces conciencia de su fuerza, cifraban en la intervención rusa todas sus esperanzas. El zar fue proclamado cabeza de la reacción europea. Hoy, este mismo zar se ve apresado en Gatchina como rehén de la revolución y Rusia forma la avanzada del movimiento revolucionario de Europa.

El Manifiesto Comunista se proponía por misión proclamar la desaparición inminente e inevitable de la propiedad burguesa en su estado actual. Pero en Rusia nos encontramos con que, coincidiendo con el orden capitalista en febril desarrollo y la propiedad burguesa del suelo que empieza a formarse, más de la mitad de la tierra es propiedad común de los campesinos.

Ahora bien -nos preguntamos-, ¿puede este régimen comunal del concejo ruso, que es ya, sin duda, una degeneración del régimen de comunidad primitiva de la tierra, trocarse directamente en una forma más alta de comunismo del suelo, o tendrá que pasar necesariamente por el mismo proceso previo de descomposición que nos revela la historia del occidente de Europa?

La única contestación que, hoy por hoy, cabe dar a esa pregunta, es la siguiente: Si la revolución rusa es la señal para la revolución obrera de Occidente y ambas se completan formando una unidad, podría ocurrir que ese régimen comunal ruso fuese el punto de partida para la implantación de una nueva forma comunista de la tierra.


Londres, 21 enero 1882.”


Por aquellos mismos días, se publicó en Ginebra una nueva traducción polaca con este título: Manifest Kommunistyczny.

Asimismo, ha aparecido una nueva traducción danesa, en la “Socialdemokratisk Bibliothek, Köjbenhavn 1885”. Es de lamentar que esta traducción sea incompleta; el traductor se saltó, por lo visto, aquellos pasajes, importantes muchos de ellos, que le parecieron difíciles; además, la versión adolece de precipitaciones en una serie de lugares, y es una lástima, pues se ve que, con un poco más de cuidado, su autor habría realizado un trabajo excelente.

En 1886 apareció en Le Socialiste de París una nueva traducción francesa, la mejor de cuantas han visto la luz hasta ahora .

Sobre ella se hizo en el mismo año una versión española, publicada primero en El Socialista de Madrid y luego, en tirada aparte, con este título: Manifiesto del Partido Comunista, por Carlos Marx y F. Engels (Madrid, Administración de El Socialista, Hernán Cortés, 8).

Como detalle curioso contaré que en 1887 fue ofrecido a un editor de Constantinopla el original de una traducción armenia; pero el buen editor no se atrevió a lanzar un folleto con el nombre de Marx a la cabeza y propuso al traductor publicarlo como obra original suya, a lo que éste se negó.

Después de haberse reimpreso repetidas veces varias traducciones norteamericanas más o menos incorrectas, al fin, en 1888, apareció en Inglaterra la primera versión auténtica, hecha por mi amigo Samuel Moore y revisada por él y por mí antes de darla a las prensas. He aquí el título: Manifesto of the Communist Party, by Karl Marx and Frederick Engels. Authorised English Translation, edited and annotated by Frederíck Engels. 1888. London, William Reeves, 185 Flett St. E. C. Algunas de las notas de esta edición acompañan a la presente.

El Manifiesto ha tenido sus vicisitudes. Calurosamente acogido a su aparición por la vanguardia, entonces poco numerosa, del socialismo científico -como lo demuestran las diversas traducciones mencionadas en el primer prólogo-, no tardó en pasar a segundo plano, arrinconado por la reacción que se inicia con la derrota de los obreros parisienses en junio de 1848 y anatematizado, por último, con el anatema de la justicia al ser condenados los comunistas por el tribunal de Colonia en noviembre de 1852. Al abandonar la escena Pública, el movimiento obrero que la revolución de febrero había iniciado, queda también envuelto en la penumbra el Manifiesto.

Cuando la clase obrera europea volvió a sentirse lo bastante fuerte para lanzarse de nuevo al asalto contra las clases gobernantes, nació la Asociación Obrera Internacional. El fin de esta organización era fundir todas las masas obreras militantes de Europa y América en un gran cuerpo de ejército. Por eso, este movimiento no podía arrancar de los principios sentados en el Manifiesto. No había más remedio que darle un programa que no cerrase el paso a las tradeuniones inglesas, a los proudhonianos franceses, belgas, italianos y españoles ni a los partidarios de Lassalle en Alemania . Este programa con las normas directivas para los estatutos de la Internacional, fue redactado por Marx con una maestría que hasta el propio Bakunin y los anarquistas hubieron de reconocer. En cuanto al triunfo final de las tesis del Manifiesto, Marx ponía toda su confianza en el desarrollo intelectual de la clase obrera, fruto obligado de la acción conjunta y de la discusión. Los sucesos y vicisitudes de la lucha contra el capital, y más aún las derrotas que las victorias, no podían menos de revelar al proletariado militante, en toda su desnudez, la insuficiencia de los remedios milagreros que venían empleando e infundir a sus cabezas una mayor claridad de visión para penetrar en las verdaderas condiciones que habían de presidir la emancipación obrera. Marx no se equivocaba. Cuando en 1874 se disolvió la Internacional, la clase obrera difería radicalmente de aquella con que se encontrara al fundarse en 1864. En los países latinos, el proudhonianismo agonizaba, como en Alemania lo que había de específico en el partido de Lassalle, y hasta las mismas tradeuniones inglesas, conservadoras hasta la médula, cambiaban de espíritu, permitiendo al presidente de su congreso, celebrado en Swansea en 1887, decir en nombre suyo: “El socialismo continental ya no nos asusta”. Y en 1887 el socialismo continental se cifraba casi en los principios proclamados por el Manifiesto. La historia de este documento refleja, pues, hasta cierto punto, la historia moderna del movimiento obrero desde 1848. En la actualidad es indudablemente el documento más extendido e internacional de toda la literatura socialista del mundo, el programa que une a muchos millones de trabajadores de todos los países, desde Siberia hasta California.

Y, sin embargo, cuando este Manifiesto vio la luz, no pudimos bautizarlo de Manifiesto socialista. En 1847, el concepto de “socialista” abarcaba dos categorías de personas. Unas eran las que abrazaban diversos sistemas utópicos, y entre ellas se destacaban los owenistas en Inglaterra, y en Francia los fourieristas, que poco a poco habían ido quedando reducidos a dos sectas agonizantes. En la otra formaban los charlatanes sociales de toda laya, los que aspiraban a remediar las injusticias de la sociedad con sus potingues mágicos y con toda serie de remiendos, sin tocar en lo más mínimo, claro está, al capital ni a la ganancia. Gentes unas y otras ajenas al movimiento obrero, que iban a buscar apoyo para sus teorías a las clases “cultas”. El sector obrero que, convencido de la insuficiencia y superficialidad de las meras conmociones políticas, reclamaba una radical transformación de la sociedad, se apellidaba comunista. Era un comunismo toscamente delineado, instintivo, vago, pero lo bastante pujante para engendrar dos sistemas utópicos: el del “ícaro” Cabet en Francia y el de Weitling en Alemania. En 1847, el “socialismo” designaba un movimiento burgués, el “comunismo” un movimiento obrero. El socialismo era, a lo menos en el continente, una doctrina presentable en los salones; el comunismo, todo lo contrario. Y como en nosotros era ya entonces firme la convicción de que “la emancipación de los trabajadores sólo podía ser obra de la propia clase obrera”, no podíamos dudar en la elección de título. Más tarde no se nos pasó nunca por las mentes tampoco modificarlo.

“¡Proletarios de todos los países, uníos!” Cuando hace cuarenta y dos años lanzamos al mundo estas palabras, en vísperas de la primera revolución de París, en que el proletariado levantó ya sus propias reivindicaciones, fueron muy pocas las voces que contestaron. Pero el 28 de septiembre de 1864, los representantes proletarios de la mayoría de los países del occidente de Europa se reunían para formar la Asociación Obrera Internacional, de tan glorioso recuerdo. Y aunque la Internacional sólo tuviese nueve años de vida, el lazo perenne de unión entre los proletarios de todos los países sigue viviendo con más fuerza que nunca; así lo atestigua, con testimonio irrefutable, el día de hoy. Hoy, primero de Mayo, el proletariado europeo y americano pasa revista por vez primera a sus contingentes puestos en pie de guerra como un ejército único, unido bajo una sola bandera y concentrado en un objetivo: la jornada normal de ocho horas, que ya proclamara la Internacional en el congreso de Ginebra en 1889, y que es menester elevar a ley. El espectáculo del día de hoy abrirá los ojos a los capitalistas y a los grandes terratenientes de todos los países y les hará ver que la unión de los proletarios del mundo es ya un hecho.

¡Ya Marx no vive, para verlo, a mi lado!

Londres, 1 de mayo de 1890.

F. ENGELS.


4
PRÓLOGO DE ENGELS A LA
EDICIÓN POLACA DE 1892
La necesidad de reeditar la versión polaca del Manifiesto Comunista, requiere un comentario.

Ante todo, el Manifiesto ha resultado ser, como se proponía, un medio para poner de relieve el desarrollo de la gran industria en Europa. Cuando en un país, cualquiera que él sea, se desarrolla la gran industria brota al mismo tiempo entre los obreros industriales el deseo de explicarse sus relaciones como clase, como la clase de los que viven del trabajo, con la clase de los que viven de la propiedad. En estas circunstancias, las ideas socialistas se extienden entre los trabajadores y crece la demanda del Manifiesto Comunista. En este sentido, el número de ejemplares del Manifiesto que circulan en un idioma dado nos permite apreciar bastante aproximadamente no sólo las condiciones del movimiento obrero de clase en ese país, sino también el grado de desarrollo alcanzado en él por la gran industria.

La necesidad de hacer una nueva edición en lengua polaca acusa, por tanto, el continuo proceso de expansión de la industria en Polonia. No puede caber duda acerca de la importancia de este proceso en el transcurso de los diez años que han mediado desde la aparición de la edición anterior. Polonia se ha convertido en una región industrial en gran escala bajo la égida del Estado ruso.

Mientras que en la Rusia propiamente dicha la gran industria sólo se ha ido manifestando esporádicamente (en las costas del golfo de Finlandia, en las provincias centrales de Moscú y Vladimiro, a lo largo de las costas del mar Negro y del mar de Azov), la industria polaca se ha concentrado dentro de los confines de un área limitada, experimentando a la par las ventajas y los inconvenientes de su situación. Estas ventajas no pasan inadvertidas para los fabricantes rusos; por eso alzan el grito pidiendo aranceles protectores contra las mercancías polacas, a despecho de su ardiente anhelo de rusificación de Polonia. Los inconvenientes (que tocan por igual los industriales polacos y el Gobierno ruso) consisten en la rápida difusión de las ideas socialistas entre los obreros polacos y en una demanda sin precedente del Manifiesto Comunista.

El rápido desarrollo de la industria polaca (que deja atrás con mucho a la de Rusia) es una clara prueba de las energías vitales inextinguibles del pueblo polaco y una nueva garantía de su futuro renacimiento. La creación de una Polonia fuerte e independiente no interesa sólo al pueblo polaco, sino a todos y cada uno de nosotros. Sólo podrá establecerse una estrecha colaboración entre los obreros todos de Europa si en cada país el pueblo es dueño dentro de su propia casa. Las revoluciones de 1848 que, aunque reñidas bajo la bandera del proletariado, solamente llevaron a los obreros a la lucha para sacar las castañas del fuego a la burguesía, acabaron por imponer, tomando por instrumento a Napoleón y a Bismarck (a los enemigos de la revolución), la independencia de Italia, Alemania y Hungría. En cambio, a Polonia, que en 1791 hizo por la causa revolucionaria más que estos tres países juntos, se la dejó sola cuando en 1863 tuvo que enfrentarse con el poder diez veces más fuerte de Rusia.

La nobleza polaca ha sido incapaz para mantener, y lo será también para restaurar, la independencia de Polonia. La burguesía va sintiéndose cada vez menos interesada en este asunto. La independencia polaca sólo podrá ser conquistada por el proletariado joven, en cuyas manos está la realización de esa esperanza. He ahí por qué los obreros del occidente de Europa no están menos interesados en la liberación de Polonia que los obreros polacos mismos.

Londres, 10 de febrero 1892.

F. ENGELS

5
PRÓLOGO DE ENGELS A LA
EDICIÓN ITALIANA DE 1893
La publicación del Manifiesto del Partido Comunista coincidió (si puedo expresarme así), con el momento en que estallaban las revoluciones de Milán y de Berlín, dos revoluciones que eran el alzamiento de dos pueblos: uno enclavado en el corazón del continente europeo y el otro tendido en las costas del mar Mediterráneo. Hasta ese momento, estos dos pueblos, desgarrados por luchas intestinas y guerras civiles, habían sido presa fácil de opresores extranjeros. Y del mismo modo que Italia estaba sujeta al dominio del emperador de Austria, Alemania vivía, aunque esta sujeción fuese menos patente, bajo el yugo del zar de todas las Rusias. La revolución del 18 de marzo emancipó a Italia y Alemania al mismo tiempo de este vergonzoso estado de cosas. Si después, durante el período que va de 1848 a 1871, estas dos grandes naciones permitieron que la vieja situación fuese restaurada, haciendo hasta cierto punto de “traidores de sí mismas”, se debió (como dijo Marx) a que los mismos que habían inspirado la revolución de 1848 se convirtieron, a despecho suyo, en sus verdugos.

La revolución fue en todas partes obra de las clases trabajadoras: fueron los obreros quienes levantaron las barricadas y dieron sus vidas luchando por la causa. Sin embargo, solamente los obreros de París, después de derribar el Gobierno, tenían la firme y decidida intención de derribar con él a todo el régimen burgués. Pero, aunque abrigaban una conciencia muy clara del antagonismo irreductible que se alzaba entre su propia clase y la burguesía, el desarrollo económico del país y el desarrollo intelectual de las masas obreras francesas no habían alcanzado todavía el nivel necesario para que pudiese triunfar una revolución socialista. Por eso, a la postre, los frutos de la revolución cayeron en el regazo de la clase capitalista. En otros países, como en Italia, Austria y Alemania, los obreros se limitaron desde el primer momento de la revolución a ayudar a la burguesía a tomar el Poder. En cada uno de estos países el gobierno de la burguesía sólo podía triunfar bajo la condición de la independencia nacional. Así se explica que las revoluciones del año 1848 condujesen inevitablemente a la unificación de los pueblos dentro de las fronteras nacionales y a su emancipación del yugo extranjero, condiciones que, hasta allí, no habían disfrutado. Estas condiciones son hoy realidad en Italia, en Alemania y en Hungría. Y a estos países seguirá Polonia cuando la hora llegue.

Aunque las revoluciones de 1848 no tenían carácter socialista, prepararon, sin embargo, el terreno para el advenimiento de la revolución del socialismo. Gracias al poderoso impulso que estas revoluciones imprimieron a la gran producción en todos los países, la sociedad burguesa ha ido creando durante los últimos cuarenta y cinco años un vasto, unido y potente proletariado, engendrando con él (como dice el Manifiesto Comunista) a sus propios enterradores. La unificación internacional del proletariado no hubiera sido posible, ni la colaboración sobria y deliberada de estos países en el logro de fines generales, si antes no hubiesen conquistado la unidad y la independencia nacionales, si hubiesen seguido manteniéndose dentro del aislamiento.

Intentemos representarnos, si podemos, el papel que hubieran hecho los obreros italianos, húngaros, alemanes, polacos y rusos luchando por su unión internacional bajo las condiciones políticas que prevalecían hacia el año 1848.

Las batallas reñidas en el 48 no fueron, pues, reñidas en balde. Ni han sido vividos tampoco en balde los cuarenta y cinco años que nos separan de la época revolucionaria. Los frutos de aquellos días empiezan a madurar, y hago votos porque la publicación de esta traducción italiana del Manifiesto sea heraldo del triunfo del proletariado italiano, como la publicación del texto primitivo lo fue de la revolución internacional.

El Manifiesto rinde el debido homenaje a los servicios revolucionarios prestados en otro tiempo por el capitalismo. Italia fue la primera nación que se convirtió en país capitalista. El ocaso de la Edad Media feudal y la aurora de la época capitalista contemporánea vieron aparecer en escena una figura gigantesca. Dante fue al mismo tiempo el último poeta de la Edad Media y el primer poeta de la nueva era. Hoy, como en 1300, se alza en el horizonte una nueva época. ¿Dará Italia al mundo otro Dante, capaz de cantar el nacimiento de la nueva era, de la era proletaria?

Londres, 1 de febrero de 1893.

F. ENGELS

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Manifiesto del Partido Comunista
Por
K. Marx & F. Engels


Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo. Contra este espectro se han conjurado en santa jauría todas las potencias de la vieja Europa, el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes.

No hay un solo partido de oposición a quien los adversarios gobernantes no motejen de comunista, ni un solo partido de oposición que no lance al rostro de las oposiciones más avanzadas, lo mismo que a los enemigos reaccionarios, la acusación estigmatizante de comunismo.

De este hecho se desprenden dos consecuencias:

La primera es que el comunismo se halla ya reconocido como una potencia por todas las potencias europeas.

La segunda, que es ya hora de que los comunistas expresen a la luz del día y ante el mundo entero sus ideas, sus tendencias, sus aspiraciones, saliendo así al paso de esa leyenda del espectro comunista con un manifiesto de su partido.

Con este fin se han congregado en Londres los representantes comunistas de diferentes países y redactado el siguiente Manifiesto, que aparecerá en lengua inglesa, francesa, alemana, italiana, flamenca y danesa.


I
BURGUESES Y PROLETARIOS
Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad , es una historia de luchas de clases.

Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes.

En los tiempos históricos nos encontramos a la sociedad dividida casi por doquier en una serie de estamentos , dentro de cada uno de los cuales reina, a su vez, una nueva jerarquía social de grados y posiciones. En la Roma antigua son los patricios, los équites, los plebeyos, los esclavos; en la Edad Media, los señores feudales, los vasallos, los maestros y los oficiales de los gremios, los siervos de la gleba, y dentro de cada una de esas clases todavía nos encontramos con nuevos matices y gradaciones.

La moderna sociedad burguesa que se alza sobre las ruinas de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase. Lo que ha hecho ha sido crear nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas modalidades de lucha, que han venido a sustituir a las antiguas.

Sin embargo, nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza por haber simplificado estos antagonismos de clase. Hoy, toda la sociedad tiende a separarse, cada vez más abiertamente, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado.

De los siervos de la gleba de la Edad Media surgieron los “villanos” de las primeras ciudades; y estos villanos fueron el germen de donde brotaron los primeros elementos de la burguesía.

El descubrimiento de América, la circunnavegación de Africa abrieron nuevos horizontes e imprimieron nuevo impulso a la burguesía. El mercado de China y de las Indias orientales, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria, un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición.

El régimen feudal o gremial de producción que seguía imperando no bastaba ya para cubrir las necesidades que abrían los nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto la manufactura. Los maestros de los gremios se vieron desplazados por la clase media industrial, y la división del trabajo entre las diversas corporaciones fue suplantada por la división del trabajo dentro de cada taller.

Pero los mercados seguían dilatándose, las necesidades seguían creciendo. Ya no bastaba tampoco la manufactura. El invento del vapor y la maquinaria vinieron a revolucionar el régimen industrial de producción. La manufactura cedió el puesto a la gran industria moderna, y la clase media industrial hubo de dejar paso a los magnates de la industria, jefes de grandes ejércitos industriales, a los burgueses modernos.

La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial imprimió un gigantesco impulso al comercio, a la navegación, a las comunicaciones por tierra. A su vez, estos, progresos redundaron considerablemente en provecho de la industria, y en la misma proporción en que se dilataban la industria, el comercio, la navegación, los ferrocarriles, se desarrollaba la burguesía, crecían sus capitales, iba desplazando y esfumando a todas las clases heredadas de la Edad Media.

Vemos, pues, que la moderna burguesía es, como lo fueron en su tiempo las otras clases, producto de un largo proceso histórico, fruto de una serie de transformaciones radicales operadas en el régimen de cambio y de producción.

A cada etapa de avance recorrida por la burguesía corresponde una nueva etapa de progreso político. Clase oprimida bajo el mando de los señores feudales, la burguesía forma en la “comuna” una asociación autónoma y armada para la defensa de sus intereses; en unos sitios se organiza en repúblicas municipales independientes; en otros forma el tercer estado tributario de las monarquías; en la época de la manufactura es el contrapeso de la nobleza dentro de la monarquía feudal o absoluta y el fundamento de las grandes monarquías en general, hasta que, por último, implantada la gran industria y abiertos los cauces del mercado mundial, se conquista la hegemonía política y crea el moderno Estado representativo. Hoy, el Poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa.

La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario.

Dondequiera que se instauró, echó por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante, que no tiene entrañas. Echó por encima del santo temor de Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas. Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar. Sustituyó, para decirlo de una vez, un régimen de explotación, velado por los cendales de las ilusiones políticas y religiosas, por un régimen franco, descarado, directo, escueto, de explotación.

La burguesía despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acontecimiento. Convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia.

La burguesía desgarró los velos emotivos y sentimentales que envolvían la familia y puso al desnudo la realidad económica de las relaciones familiares .

La burguesía vino a demostrar que aquellos alardes de fuerza bruta que la reacción tanto admira en la Edad Media tenían su complemento cumplido en la haraganería más indolente. Hasta que ella no lo reveló no supimos cuánto podía dar de sí el trabajo del hombre. La burguesía ha producido maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas; ha acometido y dado cima a empresas mucho más grandiosas que las emigraciones de los pueblos y las cruzadas.

La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social. Lo contrario de cuantas clases sociales la precedieron, que tenían todas por condición primaria de vida la intangibilidad del régimen de producción vigente. La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes. Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás.

La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta o otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones.

La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de las fronteras, sino en todas las partes del mundo. Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras remotas. Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba así mismo y donde no entraba nada de fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece con la producción material, acontece también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común. Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional van pasando a segundo plano, y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una literatura universal.

La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los medios de producción, con las facilidades increíbles de su red de comunicaciones, lleva la civilización hasta a las naciones más salvajes. El bajo precio de sus mercancías es la artillería pesada con la que derrumba todas las murallas de la China, con la que obliga a capitular a las tribus bárbaras más ariscas en su odio contra el extranjero. Obliga a todas las naciones a abrazar el régimen de producción de la burguesía o perecer; las obliga a implantar en su propio seno la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas. Crea un mundo hecho a su imagen y semejanza.

La burguesía somete el campo al imperio de la ciudad. Crea ciudades enormes, intensifica la población urbana en una fuerte proporción respecto a la campesina y arranca a una parte considerable de la gente del campo al cretinismo de la vida rural. Y del mismo modo que somete el campo a la ciudad, somete los pueblos bárbaros y semibárbaros a las naciones civilizadas, los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente.

La burguesía va aglutinando cada vez más los medios de producción, la propiedad y los habitantes del país. Aglomera la población, centraliza los medios de producción y concentra en manos de unos cuantos la propiedad. Este proceso tenía que conducir, por fuerza lógica, a un régimen de centralización política. Territorios antes independientes, apenas aliados, con intereses distintos, distintas leyes, gobiernos autónomos y líneas aduaneras propias, se asocian y refunden en una nación única, bajo un Gobierno, una ley, un interés nacional de clase y una sola línea aduanera.

En el siglo corto que lleva de existencia como clase soberana, la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas. Basta pensar en el sometimiento de las fuerzas naturales por la mano del hombre, en la maquinaria, en la aplicación de la química a la industria y la agricultura, en la navegación de vapor, en los ferrocarriles, en el telégrafo eléctrico, en la roturación de continentes enteros, en los ríos abiertos a la navegación, en los nuevos pueblos que brotaron de la tierra como por ensalmo... ¿Quién, en los pasados siglos, pudo sospechar siquiera que en el regazo de la sociedad fecundada por el trabajo del hombre yaciesen soterradas tantas y tales energías y elementos de producción?

Hemos visto que los medios de producción y de transporte sobre los cuales se desarrolló la burguesía brotaron en el seno de la sociedad feudal. Cuando estos medios de transporte y de producción alcanzaron una determinada fase en su desarrollo, resultó que las condiciones en que la sociedad feudal producía y comerciaba, la organización feudal de la agricultura y la manufactura, en una palabra, el régimen feudal de la propiedad, no correspondían ya al estado progresivo de las fuerzas productivas. Obstruían la producción en vez de fomentarla. Se habían convertido en otras tantas trabas para su desenvolvimiento. Era menester hacerlas saltar, y saltaron.

Vino a ocupar su puesto la libre concurrencia, con la constitución política y social a ella adecuada, en la que se revelaba ya la hegemonía económica y política de la clase burguesa.

Pues bien: ante nuestros ojos se desarrolla hoy un espectáculo semejante. Las condiciones de producción y de cambio de la burguesía, el régimen burgués de la propiedad, la moderna sociedad burguesa, que ha sabido hacer brotar como por encanto tan fabulosos medios de producción y de transporte, recuerda al brujo impotente para dominar los espíritus subterráneos que conjuró. Desde hace varias décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de las modernas fuerzas productivas que se rebelan contra el régimen vigente de producción, contra el régimen de la propiedad, donde residen las condiciones de vida y de predominio político de la burguesía. Basta mencionar las crisis comerciales, cuya periódica reiteración supone un peligro cada vez mayor para la existencia de la sociedad burguesa toda. Las crisis comerciales, además de destruir una gran parte de los productos elaborados, aniquilan una parte considerable de las fuerzas productivas existentes. En esas crisis se desata una epidemia social que a cualquiera de las épocas anteriores hubiera parecido absurda e inconcebible: la epidemia de la superproducción. La sociedad se ve retrotraída repentinamente a un estado de barbarie momentánea; se diría que una plaga de hambre o una gran guerra aniquiladora la han dejado esquilmado, sin recursos para subsistir; la industria, el comercio están a punto de perecer. ¿Y todo por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propiedad; son ya demasiado poderosas para servir a este régimen, que embaraza su desarrollo. Y tan pronto como logran vencer este obstáculo, siembran el desorden en la sociedad burguesa, amenazan dar al traste con el régimen burgués de la propiedad. Las condiciones sociales burguesas resultan ya demasiado angostas para abarcar la riqueza por ellas engendrada. ¿Cómo se sobrepone a las crisis la burguesía? De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistándose nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos. Es decir, que remedia unas crisis preparando otras más extensas e imponentes y mutilando los medios de que dispone para precaverlas.

Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra ella.

Y la burguesía no sólo forja las armas que han de darle la muerte, sino que, además, pone en pie a los hombres llamados a manejarlas: estos hombres son los obreros, los proletarios.

En la misma proporción en que se desarrolla la burguesía, es decir, el capital, desarrollase también el proletariado, esa clase obrera moderna que sólo puede vivir encontrando trabajo y que sólo encuentra trabajo en la medida en que éste alimenta a incremento el capital. El obrero, obligado a venderse a trozos, es una mercancía como otra cualquiera, sujeta, por tanto, a todos los cambios y modalidades de la concurrencia, a todas las fluctuaciones del mercado.

La extensión de la maquinaria y la división del trabajo quitan a éste, en el régimen proletario actual, todo carácter autónomo, toda libre iniciativa y todo encanto para el obrero. El trabajador se convierte en un simple resorte de la máquina, del que sólo se exige una operación mecánica, monótona, de fácil aprendizaje. Por eso, los gastos que supone un obrero se reducen, sobre poco más o menos, al mínimo de lo que necesita para vivir y para perpetuar su raza. Y ya se sabe que el precio de una mercancía, y como una de tantas el trabajo , equivale a su coste de producción. Cuanto más repelente es el trabajo, tanto más disminuye el salario pagado al obrero. Más aún: cuanto más aumentan la maquinaria y la división del trabajo, tanto más aumenta también éste, bien porque se alargue la jornada, bien porque se intensifique el rendimiento exigido, se acelere la marcha de las máquinas, etc.

La industria moderna ha convertido el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del magnate capitalista. Las masas obreras concentradas en la fábrica son sometidas a una organización y disciplina militares. Los obreros, soldados rasos de la industria, trabajan bajo el mando de toda una jerarquía de sargentos, oficiales y jefes. No son sólo siervos de la burguesía y del Estado burgués, sino que están todos los días y a todas horas bajo el yugo esclavizador de la máquina, del contramaestre, y sobre todo, del industrial burgués dueño de la fábrica. Y este despotismo es tanto más mezquino, más execrable, más indignante, cuanta mayor es la franqueza con que proclama que no tiene otro fin que el lucro.

Cuanto menores son la habilidad y la fuerza que reclama el trabajo manual, es decir, cuanto mayor es el desarrollo adquirido por la moderna industria, también es mayor la proporción en que el trabajo de la mujer y el niño desplaza al del hombre. Socialmente, ya no rigen para la clase obrera esas diferencias de edad y de sexo. Son todos, hombres, mujeres y niños, meros instrumentos de trabajo, entre los cuales no hay más diferencia que la del coste.

Y cuando ya la explotación del obrero por el fabricante ha dado su fruto y aquél recibe el salario, caen sobre él los otros representantes de la burguesía: el casero, el tendero, el prestamista, etc.

Toda una serie de elementos modestos que venían perteneciendo a la clase media, pequeños industriales, comerciantes y rentistas, artesanos y labriegos, son absorbidos por el proletariado; unos, porque su pequeño caudal no basta para alimentar las exigencias de la gran industria y sucumben arrollados por la competencia de los capitales más fuertes, y otros porque sus aptitudes quedan sepultadas bajo los nuevos progresos de la producción. Todas las clases sociales contribuyen, pues, a nutrir las filas del proletariado.

El proletariado recorre diversas etapas antes de fortificarse y consolidarse. Pero su lucha contra la burguesía data del instante mismo de su existencia.

Al principio son obreros aislados; luego, los de una fábrica; luego, los de todas una rama de trabajo, los que se enfrentan, en una localidad, con el burgués que personalmente los explota. Sus ataques no van sólo contra el régimen burgués de producción, van también contra los propios instrumentos de la producción; los obreros, sublevados, destruyen las mercancías ajenas que les hacen la competencia, destrozan las máquinas, pegan fuego a las fábricas, pugnan por volver a la situación, ya enterrada, del obrero medieval.

En esta primera etapa, los obreros forman una masa diseminada por todo el país y desunida por la concurrencia. Las concentraciones de masas de obreros no son todavía fruto de su propia unión, sino fruto de la unión de la burguesía, que para alcanzar sus fines políticos propios tiene que poner en movimiento -cosa que todavía logra- a todo el proletariado. En esta etapa, los proletarios no combaten contra sus enemigos, sino contra los enemigos de sus enemigos, contra los vestigios de la monarquía absoluta, los grandes señores de la tierra, los burgueses no industriales, los pequeños burgueses. La marcha de la historia está toda concentrada en manos de la burguesía, y cada triunfo así alcanzado es un triunfo de la clase burguesa.

Sin embargo, el desarrollo de la industria no sólo nutre las filas del proletariado, sino que las aprieta y concentra; sus fuerzas crecen, y crece también la conciencia de ellas. Y al paso que la maquinaria va borrando las diferencias y categorías en el trabajo y reduciendo los salarios casi en todas partes a un nivel bajísimo y uniforme, van nivelándose también los intereses y las condiciones de vida dentro del proletariado. La competencia, cada vez más aguda, desatada entre la burguesía, y las crisis comerciales que desencadena, hacen cada vez más inseguro el salario del obrero; los progresos incesantes y cada día más veloces del maquinismo aumentan gradualmente la inseguridad de su existencia; las colisiones entre obreros y burgueses aislados van tomando el carácter, cada vez más señalado, de colisiones entre dos clases. Los obreros empiezan a coaligarse contra los burgueses, se asocian y unen para la defensa de sus salarios. Crean organizaciones permanentes para pertrecharse en previsión de posibles batallas. De vez en cuando estallan revueltas y sublevaciones.

Los obreros arrancan algún triunfo que otro, pero transitorio siempre. El verdadero objetivo de estas luchas no es conseguir un resultado inmediato, sino ir extendiendo y consolidando la unión obrera. Coadyuvan a ello los medios cada vez más fáciles de comunicación, creados por la gran industria y que sirven para poner en contacto a los obreros de las diversas regiones y localidades. Gracias a este contacto, las múltiples acciones locales, que en todas partes presentan idéntico carácter, se convierten en un movimiento nacional, en una lucha de clases. Y toda lucha de clases es una acción política. Las ciudades de la Edad Media, con sus caminos vecinales, necesitaron siglos enteros para unirse con las demás; el proletariado moderno, gracias a los ferrocarriles, ha creado su unión en unos cuantos años.

Esta organización de los proletarios como clase, que tanto vale decir como partido político, se ve minada a cada momento por la concurrencia desatada entre los propios obreros. Pero avanza y triunfa siempre, a pesar de todo, cada vez más fuerte, más firme, más pujante. Y aprovechándose de las discordias que surgen en el seno de la burguesía, impone la sanción legal de sus intereses propios. Así nace en Inglaterra la ley de la jornada de diez horas.

Las colisiones producidas entre las fuerzas de la antigua sociedad imprimen nuevos impulsos al proletariado. La burguesía lucha incesantemente: primero, contra la aristocracia; luego, contra aquellos sectores de la propia burguesía cuyos intereses chocan con los progresos de la industria, y siempre contra la burguesía de los demás países. Para librar estos combates no tiene más remedio que apelar al proletariado, reclamar su auxilio, arrastrándolo así a la palestra política. Y de este modo, le suministra elementos de fuerza, es decir, armas contra sí misma.

Además, como hemos visto, los progresos de la industria traen a las filas proletarias a toda una serie de elementos de la clase gobernante, o a lo menos los colocan en las mismas condiciones de vida. Y estos elementos suministran al proletariado nuevas fuerzas.

Finalmente, en aquellos períodos en que la lucha de clases está a punto de decidirse, es tan violento y tan claro el proceso de desintegración de la clase gobernante latente en el seno de la sociedad antigua, que una pequeña parte de esa clase se desprende de ella y abraza la causa revolucionaria, pasándose a la clase que tiene en sus manos el porvenir. Y así como antes una parte de la nobleza se pasaba a la burguesía, ahora una parte de la burguesía se pasa al campo del proletariado; en este tránsito rompen la marcha los intelectuales burgueses, que, analizando teóricamente el curso de la historia, han logrado ver claro en sus derroteros.

De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía no hay más que una verdaderamente revolucionaria: el proletariado. Las demás perecen y desaparecen con la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto genuino y peculiar.

Los elementos de las clases medias, el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el labriego, todos luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales clases. No son, pues, revolucionarios, sino conservadores. Más todavía, reaccionarios, pues pretenden volver atrás la rueda de la historia. Todo lo que tienen de revolucionario es lo que mira a su tránsito inminente al proletariado; con esa actitud no defienden sus intereses actuales, sino los futuros; se despojan de su posición propia para abrazar la del proletariado.

El proletariado andrajoso , esa putrefacción pasiva de las capas más bajas de la vieja sociedad, se verá arrastrado en parte al movimiento por una revolución proletaria, si bien las condiciones todas de su vida lo hacen más propicio a dejarse comprar como instrumento de manejos reaccionarios.

Las condiciones de vida de la vieja sociedad aparecen ya destruidas en las condiciones de vida del proletariado. El proletario carece de bienes. Sus relaciones con la mujer y con los hijos no tienen ya nada de común con las relaciones familiares burguesas; la producción industrial moderna, el moderno yugo del capital, que es el mismo en Inglaterra que en Francia, en Alemania que en Norteamérica, borra en él todo carácter nacional. Las leyes, la moral, la religión, son para él otros tantos prejuicios burgueses tras los que anidan otros tantos intereses de la burguesía. Todas las clases que le precedieron y conquistaron el Poder procuraron consolidar las posiciones adquiridas sometiendo a la sociedad entera a su régimen de adquisición. Los proletarios sólo pueden conquistar para sí las fuerzas sociales de la producción aboliendo el régimen adquisitivo a que se hallan sujetos, y con él todo el régimen de apropiación de la sociedad. Los proletarios no tienen nada propio que asegurar, sino destruir todos los aseguramientos y seguridades privadas de los demás.

Hasta ahora, todos los movimientos sociales habían sido movimientos desatados por una minoría o en interés de una minoría. El movimiento proletario es el movimiento autónomo de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa. El proletariado, la capa más baja y oprimida de la sociedad actual, no puede levantarse, incorporarse, sin hacer saltar, hecho añicos desde los cimientos hasta el remate, todo ese edificio que forma la sociedad oficial.

Por su forma, aunque no por su contenido, la campaña del proletariado contra la burguesía empieza siendo nacional. Es lógico que el proletariado de cada país ajuste ante todo las cuentas con su propia burguesía.

Al esbozar, en líneas muy generales, las diferentes fases de desarrollo del proletariado, hemos seguido las incidencias de la guerra civil más o menos embozada que se plantea en el seno de la sociedad vigente hasta el momento en que esta guerra civil desencadena una revolución abierta y franca, y el proletariado, derrocando por la violencia a la burguesía, echa las bases de su poder.

Hasta hoy, toda sociedad descansó, como hemos visto, en el antagonismo entre las clases oprimidas y las opresoras. Mas para poder oprimir a una clase es menester asegurarle, por lo menos, las condiciones indispensables de vida, pues de otro modo se extinguiría, y con ella su esclavizamiento. El siervo de la gleba se vio exaltado a miembro del municipio sin salir de la servidumbre, como el villano convertido en burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. La situación del obrero moderno es muy distinta, pues lejos de mejorar conforme progresa la industria, decae y empeora por debajo del nivel de su propia clase. El obrero se depaupera, y el pauperismo se desarrolla en proporciones mucho mayores que la población y la riqueza. He ahí una prueba palmaria de la incapacidad de la burguesía para seguir gobernando la sociedad e imponiendo a ésta por norma las condiciones de su vida como clase. Es incapaz de gobernar, porque es incapaz de garantizar a sus esclavos la existencia ni aun dentro de su esclavitud, porque se ve forzada a dejarlos llegar hasta una situación de desamparo en que no tiene más remedio que mantenerles, cuando son ellos quienes debieran mantenerla a ella. La sociedad no puede seguir viviendo bajo el imperio de esa clase; la vida de la burguesía se ha hecho incompatible con la sociedad.

La existencia y el predominio de la clase burguesa tienen por condición esencial la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos individuos, la formación e incremento constante del capital; y éste, a su vez, no puede existir sin el trabajo asalariado. El trabajo asalariado Presupone, inevitablemente, la concurrencia de los obreros entre sí. Los progresos de la industria, que tienen por cauce automático y espontáneo a la burguesía, imponen, en vez del aislamiento de los obreros por la concurrencia, su unión revolucionaria por la organización. Y así, al desarrollarse la gran industria, la burguesía ve tambalearse bajo sus pies las bases sobre que produce y se apropia lo producido. Y a la par que avanza, se cava su fosa y cría a sus propios enterradores. Su muerte y el triunfo del proletariado sin igualmente inevitables.

II
PROLETARIOS Y COMUNISTAS


¿Qué relación guardan los comunistas con los proletarios en general?

Los comunistas no forman un partido aparte de los demás partidos obreros.

No tienen intereses propios que se distingan de los intereses generales del proletariado. No profesan principios especiales con los que aspiren a modelar el movimiento proletario.

Los comunistas no se distinguen de los demás partidos proletarios más que en esto: en que destacan y reivindican siempre, en todas y cada una de las acciones nacionales proletarias, los intereses comunes y peculiares de todo el proletariado, independientes de su nacionalidad, y en que, cualquiera que sea la etapa histórica en que se mueva la lucha entre el proletariado y la burguesía, mantienen siempre el interés del movimiento enfocado en su conjunto.

Los comunistas son, pues, prácticamente, la parte más decidida, el acicate siempre en tensión de todos los partidos obreros del mundo; teóricamente, llevan de ventaja a las grandes masas del proletariado su clara visión de las condiciones, los derroteros y los resultados generales a que ha de abocar el movimiento proletario.

El objetivo inmediato de los comunistas es idéntico al que persiguen los demás partidos proletarios en general: formar la conciencia de clase del proletariado, derrocar el régimen de la burguesía, llevar al proletariado a la conquista del Poder.

Las proposiciones teóricas de los comunistas no descansan ni mucho menos en las ideas, en los principios forjados o descubiertos por ningún redentor de la humanidad. Son todas expresión generalizada de las condiciones materiales de una lucha de clases real y vívida, de un movimiento histórico que se está desarrollando a la vista de todos. La abolición del régimen vigente de la propiedad no es tampoco ninguna característica peculiar del comunismo.

Las condiciones que forman el régimen de la propiedad han estado sujetas siempre a cambios históricos, a alteraciones históricas constantes.

Así, por ejemplo, la Revolución francesa abolió la propiedad feudal para instaurar sobre sus ruinas la propiedad burguesa.

Lo que caracteriza al comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino la abolición del régimen de propiedad de la burguesía, de esta moderna institución de la propiedad privada burguesa, expresión última y la más acabada de ese régimen de producción y apropiación de lo producido que reposa sobre el antagonismo de dos clases, sobre la explotación de unos hombres por otros.

Así entendida, sí pueden los comunistas resumir su teoría en esa fórmula: abolición de la propiedad privada.

Se nos reprocha que queremos destruir la propiedad personal bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano, esa propiedad que es para el hombre la base de toda libertad, el acicate de todas las actividades y la garantía de toda independencia.

¡La propiedad bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano! ¿Os referís acaso a la propiedad del humilde artesano, del pequeño labriego, precedente histórico de la propiedad burguesa? No, ésa no necesitamos destruirla; el desarrollo de la industria lo ha hecho ya y lo está haciendo a todas horas.

¿O queréis referimos a la moderna propiedad privada de la burguesía?

Decidnos: ¿es que el trabajo asalariado, el trabajo de proletario, le rinde propiedad? No, ni mucho menos. Lo que rinde es capital, esa forma de propiedad que se nutre de la explotación del trabajo asalariado, que sólo puede crecer y multiplicarse a condición de engendrar nuevo trabajo asalariado para hacerlo también objeto de su explotación. La propiedad, en la forma que hoy presenta, no admite salida a este antagonismo del capital y el trabajo asalariado. Detengámonos un momento a contemplar los dos términos de la antítesis.

Ser capitalista es ocupar un puesto, no simplemente personal, sino social, en el proceso de la producción. El capital es un producto colectivo y no puede ponerse en marcha más que por la cooperación de muchos individuos, y aún cabría decir que, en rigor, esta cooperación abarca la actividad común de todos los individuos de la sociedad. El capital no es, pues, un patrimonio personal, sino una potencia social.

Los que, por tanto, aspiramos a convertir el capital en propiedad colectiva, común a todos los miembros de la sociedad, no aspiramos a convertir en colectiva una riqueza personal. A lo único que aspiramos es a transformar el carácter colectivo de la propiedad, a despojarla de su carácter de clase.

Hablemos ahora del trabajo asalariado.

El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario, es decir, la suma de víveres necesaria para sostener al obrero como tal obrero. Todo lo que el obrero asalariado adquiere con su trabajo es, pues, lo que estrictamente necesita para seguir viviendo y trabajando. Nosotros no aspiramos en modo alguno a destruir este régimen de apropiación personal de los productos de un trabajo encaminado a crear medios de vida: régimen de apropiación que no deja, como vemos, el menor margen de rendimiento líquido y, con él, la posibilidad de ejercer influencia sobre los demás hombres. A lo que aspiramos es a destruir el carácter oprobioso de este régimen de apropiación en que el obrero sólo vive para multiplicar el capital, en que vive tan sólo en la medida en que el interés de la clase dominante aconseja que viva.

En la sociedad burguesa, el trabajo vivo del hombre no es más que un medio de incrementar el trabajo acumulado. En la sociedad comunista, el trabajo acumulado será, por el contrario, un simple medio para dilatar, fomentar y enriquecer la vida del obrero.

En la sociedad burguesa es, pues, el pasado el que impera sobre el presente; en la comunista, imperará el presente sobre el pasado. En la sociedad burguesa se reserva al capital toda personalidad e iniciativa; el individuo trabajador carece de iniciativa y personalidad.

¡Y a la abolición de estas condiciones, llama la burguesía abolición de la personalidad y la libertad! Y, sin embargo, tiene razón. Aspiramos, en efecto, a ver abolidas la personalidad, la independencia y la libertad burguesa.

Por libertad se entiende, dentro del régimen burgués de la producción, el librecambio, la libertad de comprar y vender.

Desaparecido el tráfico, desaparecerá también, forzosamente el libre tráfico. La apología del libre tráfico, como en general todos los ditirambos a la libertad que entona nuestra burguesía, sólo tienen sentido y razón de ser en cuanto significan la emancipación de las trabas y la servidumbre de la Edad Media, pero palidecen ante la abolición comunista del tráfico, de las condiciones burguesas de producción y de la propia burguesía.

Os aterráis de que queramos abolir la propiedad privada, ¡cómo si ya en el seno de vuestra sociedad actual, la propiedad privada no estuviese abolida para nueve décimas partes de la población, como si no existiese precisamente a costa de no existir para esas nueve décimas partes! ¿Qué es, pues, lo que en rigor nos reprocháis? Querer destruir un régimen de propiedad que tiene por necesaria condición el despojo de la inmensa mayoría de la sociedad.

Nos reprocháis, para decirlo de una vez, querer abolir vuestra propiedad. Pues sí, a eso es a lo que aspiramos.

Para vosotros, desde el momento en que el trabajo no pueda convertirse ya en capital, en dinero, en renta, en un poder social monopolizable; desde el momento en que la propiedad personal no pueda ya trocarse en propiedad burguesa, la persona no existe.

Con eso confesáis que para vosotros no hay más persona que el burgués, el capitalista. Pues bien, la personalidad así concebida es la que nosotros aspiramos a destruir.

El comunismo no priva a nadie del poder de apropiarse productos sociales; lo único que no admite es el poder de usurpar por medio de esta apropiación el trabajo ajeno.

Se arguye que, abolida la propiedad privada, cesará toda actividad y reinará la indolencia universal.

Si esto fuese verdad, ya hace mucho tiempo que se habría estrellado contra el escollo de la holganza una sociedad como la burguesa, en que los que trabajan no adquieren y los que ad

Por : Arriba el puño don Eduardo! el Sábado 27 de Agosto de 2005

III
LITERATURA SOCIALISTA Y COMUNISTA


1. El socialismo reaccionario


a) El socialismo feudal

La aristocracia francesa e inglesa, que no se resignaba a abandonar su puesto histórico, se dedicó, cuando ya no pudo hacer otra cosa, a escribir libelos contra la moderna sociedad burguesa. En la revolución francesa de julio de 1830, en el movimiento reformista inglés, volvió a sucumbir, arrollada por el odiado intruso. Y no pudiendo dar ya ninguna batalla política seria, no le quedaba más arma que la pluma. Mas también en la palestra literaria habían cambiado los tiempos; ya no era posible seguir empleando el lenguaje de la época de la Restauración. Para ganarse simpatías, la aristocracia hubo de olvidar aparentemente sus intereses y acusar a la burguesía, sin tener presente más interés que el de la clase obrera explotada. De este modo, se daba el gusto de provocar a su adversario y vencedor con amenazas y de musitarle al oído profecías más o menos catastróficas.

Nació así, el socialismo feudal, una mezcla de lamento, eco del pasado y rumor sordo del porvenir; un socialismo que de vez en cuando asestaba a la burguesía un golpe en medio del corazón con sus juicios sardónicos y acerados, pero que casi siempre movía a risa por su total incapacidad para comprender la marcha de la historia moderna.

Con el fin de atraer hacia sí al pueblo, tremolaba el saco del mendigo proletario por bandera. Pero cuantas veces lo seguía, el pueblo veía brillar en las espaldas de los caudillos las viejas armas feudales y se dispersaba con una risotada nada contenida y bastante irrespetuosa.

Una parte de los legitimistas franceses y la joven Inglaterra, fueron los más perfectos organizadores de este espectáculo.

Esos señores feudales, que tanto insisten en demostrar que sus modos de explotación no se parecían en nada a los de la burguesía, se olvidan de una cosa, y es de que las circunstancias y condiciones en que ellos llevaban a cabo su explotación han desaparecido. Y, al enorgullecerse de que bajo su régimen no existía el moderno proletariado, no advierten que esta burguesía moderna que tanto abominan, es un producto históricamente necesario de su orden social.

Por lo demás, no se molestan gran cosa en encubrir el sello reaccionario de sus doctrinas, y así se explica que su más rabiosa acusación contra la burguesía sea precisamente el crear y fomentar bajo su régimen una clase que está llamada a derruir todo el orden social heredado.

Lo que más reprochan a la burguesía no es el engendrar un proletariado, sino el engendrar un proletariado revolucionario.

Por eso, en la práctica están siempre dispuestos a tomar parte en todas las violencias y represiones contra la clase obrera, y en la prosaica realidad se resignan, pese a todas las retóricas ampulosas, a recolectar también los huevos de oro y a trocar la nobleza, el amor y el honor caballerescos por el vil tráfico en lana, remolacha y aguardiente.

Como los curas van siempre del brazo de los señores feudales, no es extraño que con este socialismo feudal venga a confluir el socialismo clerical.

Nada más fácil que dar al ascetismo cristiano un barniz socialista. ¿No combatió también el cristianismo contra la propiedad privada, contra el matrimonio, contra el Estado? ¿No predicó frente a las instituciones la caridad y la limosna, el celibato y el castigo de la carne, la vida monástica y la Iglesia? El socialismo cristiano es el hisopazo con que el clérigo bendice el despecho del aristócrata.

b) El socialismo pequeñoburgués

La aristocracia feudal no es la única clase derrocada por la burguesía, la única clase cuyas condiciones de vida ha venido a oprimir y matar la sociedad burguesa moderna. Los villanos medievales y los pequeños labriegos fueron los precursores de la moderna burguesía. Y en los países en que la industria y el comercio no han alcanzado un nivel suficiente de desarrollo, esta clase sigue vegetando al lado de la burguesía ascensional.

En aquellos otros países en que la civilización moderna alcanza un cierto grado de progreso, ha venido a formarse una nueva clase pequeñoburguesa que flota entre la burguesía y el proletariado y que, si bien gira constantemente en torno a la sociedad burguesa como satélite suyo, no hace más que brindar nuevos elementos al proletariado, precipitados a éste por la concurrencia; al desarrollarse la gran industria llega un momento en que esta parte de la sociedad moderna pierde su substantividad y se ve suplantada en el comercio, en la manufactura, en la agricultura por los capataces y los domésticos.

En países como Francia, en que la clase labradora representa mucho más de la mitad de la población, era natural que ciertos escritores, al abrazar la causa del proletariado contra la burguesía, tomasen por norma, para criticar el régimen burgués, los intereses de los pequeños burgueses y los campesinos, simpatizando por la causa obrera con el ideario de la pequeña burguesía. Así nació el socialismo pequeñoburgués. Su representante más caracterizado, lo mismo en Francia que en Inglaterra, es Sismondi.

Este socialismo ha analizado con una gran agudeza las contradicciones del moderno régimen de producción. Ha desenmascarado las argucias hipócritas con que pretenden justificarlas los economistas. Ha puesto de relieve de modo irrefutable, los efectos aniquiladores del maquinismo y la división del trabajo, la concentración de los capitales y la propiedad inmueble, la superproducción, las crisis, la inevitable desaparición de los pequeños burgueses y labriegos, la miseria del proletariado, la anarquía reinante en la producción, las desigualdades irritantes que claman en la distribución de la riqueza, la aniquiladora guerra industrial de unas naciones contra otras, la disolución de las costumbres antiguas, de la familia tradicional, de las viejas nacionalidades.

Pero en lo que atañe ya a sus fórmulas positivas, este socialismo no tiene más aspiración que restaurar los antiguos medios de producción y de cambio, y con ellos el régimen tradicional de propiedad y la sociedad tradicional, cuando no pretende volver a encajar por la fuerza los modernos medios de producción y de cambio dentro del marco del régimen de propiedad que hicieron y forzosamente tenían que hacer saltar. En uno y otro caso peca, a la par, de reaccionario y de utópico.

En la manufactura, la restauración de los viejos gremios, y en el campo, la implantación de un régimen patriarcal: he ahí sus dos magnas aspiraciones.

Hoy, esta corriente socialista ha venido a caer en una cobarde modorra.


c) El socialismo alemán o "verdadero" socialismo

La literatura socialista y comunista de Francia, nacida bajo la presión de una burguesía gobernante y expresión literaria de la lucha librada contra su avasallamiento, fue importada en Alemania en el mismo instante en que la burguesía empezaba a sacudir el yugo del absolutismo feudal.

Los filósofos, pseudofilósofos y grandes ingenios del país se asimilaron codiciosamente aquella literatura, pero olvidando que con las doctrinas no habían pasado la frontera también las condiciones sociales a que respondían. Al enfrentarse con la situación alemana, la literatura socialista francesa perdió toda su importancia práctica directa, para asumir una fisonomía puramente literaria y convertirse en una ociosa especulación acerca del espíritu humano y de sus proyecciones sobre la realidad. Y así, mientras que los postulados de la primera revolución francesa eran, para los filósofos alemanes del siglo XVIII, los postulados de la “razón práctica” en general, las aspiraciones de la burguesía francesa revolucionaria representaban a sus ojos las leyes de la voluntad pura, de la voluntad ideal, de una voluntad verdaderamente humana.

La única preocupación de los literatos alemanes era armonizar las nuevas ideas francesas con su vieja conciencia filosófica, o, por mejor decir, asimilarse desde su punto de vista filosófico aquellas ideas.

Esta asimilación se llevó a cabo por el mismo procedimiento con que se asimila uno una lengua extranjera: traduciéndola.

Todo el mundo sabe que los monjes medievales se dedicaban a recamar los manuscritos que atesoraban las obras clásicas del paganismo con todo género de insubstanciales historias de santos de la Iglesia católica. Los literatos alemanes procedieron con la literatura francesa profana de un modo inverso. Lo que hicieron fue empalmar sus absurdos filosóficos a los originales franceses. Y así, donde el original desarrollaba la crítica del dinero, ellos pusieron: “expropiación del ser humano”; donde se criticaba el Estado burgués: “abolición del imperio de lo general abstracto”, y así por el estilo.

Esta interpelación de locuciones y galimatías filosóficos en las doctrinas francesas, fue bautizada con los nombres de “filosofía del hecho” , “verdadero socialismo”, “ciencia alemana del socialismo”, “fundamentación filosófica del socialismo”, y otros semejantes.

De este modo, la literatura socialista y comunista francesa perdía toda su virilidad. Y como, en manos de los alemanes, no expresaba ya la lucha de una clase contra otra clase, el profesor germano se hacía la ilusión de haber superado el “parcialismo francés”; a falta de verdaderas necesidades pregonaba la de la verdad, y a falta de los intereses del proletariado mantenía los intereses del ser humano, del hombre en general, de ese hombre que no reconoce clases, que ha dejado de vivir en la realidad para transportarse al cielo vaporoso de la fantasía filosófica.

Sin embargo, este socialismo alemán, que tomaba tan en serio sus desmayados ejercicios escolares y que tanto y tan solemnemente trompeteaba, fue perdiendo poco a poco su pedantesca inocencia.

En la lucha de la burguesía alemana, y principalmente, de la prusiana, contra el régimen feudal y la monarquía absoluta, el movimiento liberal fue tomando un cariz más serio.

Esto deparaba al “verdadero” socialismo la ocasión apetecida para oponer al movimiento político las reivindicaciones socialistas, para fulminar los consabidos anatemas contra el liberalismo, contra el Estado representativo, contra la libre concurrencia burguesa, contra la libertad de Prensa, la libertad, la igualdad y el derecho burgueses, predicando ante la masa del pueblo que con este movimiento burgués no saldría ganando nada y sí perdiendo mucho. El socialismo alemán se cuidaba de olvidar oportunamente que la crítica francesa, de la que no era más que un eco sin vida, presuponía la existencia de la sociedad burguesa moderna, con sus peculiares condiciones materiales de vida y su organización política adecuada, supuestos previos ambos en torno a los cuales giraba precisamente la lucha en Alemania.

Este “verdadero” socialismo les venía al dedillo a los gobiernos absolutos alemanes, con toda su cohorte de clérigos, maestros de escuela, hidalgüelos raídos y cagatintas, pues les servía de espantapájaros contra la amenazadora burguesía. Era una especie de melifluo complemento a los feroces latigazos y a las balas de fusil con que esos gobiernos recibían los levantamientos obreros.

Pero el “verdadero” socialismo, además de ser, como vemos, un arma en manos de los gobiernos contra la burguesía alemana, encarnaba de una manera directa un interés reaccionario, el interés de la baja burguesía del país. La pequeña burguesía, heredada del siglo XVI y que desde entonces no había cesado de aflorar bajo diversas formas y modalidades, constituye en Alemania la verdadera base social del orden vigente.

Conservar esta clase es conservar el orden social imperante. Del predominio industrial y político de la burguesía teme la ruina segura, tanto por la concentración de capitales que ello significa, como porque entraña la formación de un proletariado revolucionario. El “verdadero” socialismo venía a cortar de un tijeretazo -así se lo imaginaba ella- las dos alas de este peligro. Por eso, se extendió por todo el país como una verdadera epidemia.

El ropaje ampuloso en que los socialistas alemanes envolvían el puñado de huesos de sus “verdades eternas”, un ropaje tejido con hebras especulativas, bordado con las flores retóricas de su ingenio, empapado de nieblas melancólicas y románticas, hacía todavía más gustosa la mercancía para ese público.

Por su parte, el socialismo alemán comprendía más claramente cada vez que su misión era la de ser el alto representante y abanderado de esa baja burguesía.

Proclamó a la nación alemana como nación modelo y al súbdito alemán como el tipo ejemplar de hombre. Dio a todos sus servilismos y vilezas un hondo y oculto sentido socialista, tornándolos en lo contrario de lo que en realidad eran. Y al alzarse curiosamente contra las tendencias “barbaras y destructivas” del comunismo, subrayando como contraste la imparcialidad sublime de sus propias doctrinas, ajenas a toda lucha de clases, no hacía más que sacar la última consecuencia lógica de su sistema. Toda la pretendida literatura socialista y comunista que circula por Alemania, con poquísimas excepciones, profesa estas doctrinas repugnantes y castradas .


2. El socialismo burgués o conservador

Una parte de la burguesía desea mitigar las injusticias sociales, para de este modo garantizar la perduración de la sociedad burguesa.

Se encuentran en este bando los economistas, los filántropos, los humanitarios, los que aspiran a mejorar la situación de las clases obreras, los organizadores de actos de beneficencia, las sociedades protectoras de animales, los promotores de campañas contra el alcoholismo, los predicadores y reformadores sociales de toda laya.

Pero, además, de este socialismo burgués han salido verdaderos sistemas doctrinales. Sirva de ejemplo la Filosofía de la miseria de Proudhon.

Los burgueses socialistas considerarían ideales las condiciones de vida de la sociedad moderna sin las luchas y los peligros que encierran. Su ideal es la sociedad existente, depurada de los elementos que la corroen y revolucionan: la burguesía sin el proletariado. Es natural que la burguesía se represente el mundo en que gobierna como el mejor de los mundos posibles. El socialismo burgués eleva esta idea consoladora a sistema o semisistema. Y al invitar al proletariado a que lo realice, tomando posesión de la nueva Jerusalén, lo que en realidad exige de él es que se avenga para siempre al actual sistema de sociedad, pero desterrando la deplorable idea que de él se forma.

Una segunda modalidad, aunque menos sistemática bastante más práctica, de socialismo, pretende ahuyentar a la clase obrera de todo movimiento revolucionario haciéndole ver que lo que a ella le interesa no son tales o cuales cambios políticos, sino simplemente determinadas mejoras en las condiciones materiales, económicas, de su vida. Claro está que este socialismo se cuida de no incluir entre los cambios que afectan a las “condiciones materiales de vida” la abolición del régimen burgués de producción, que sólo puede alcanzarse por la vía revolucionaria; sus aspiraciones se contraen a esas reformas administrativas que son conciliables con el actual régimen de producción y que, por tanto, no tocan para nada a las relaciones entre el capital y el trabajo asalariado, sirviendo sólo -en el mejor de los casos- para abaratar a la burguesía las costas de su reinado y sanearle el presupuesto.

Este socialismo burgués a que nos referimos, sólo encuentra expresión adecuada allí donde se convierte en mera figura retórica.

¡Pedimos el librecambio en interés de la clase obrera! ¡En interés de la clase obrera pedimos aranceles protectores! ¡Pedimos prisiones celulares en interés de la clase trabajadora! Hemos dado, por fin, con la suprema y única seria aspiración del socialismo burgués.

Todo el socialismo de la burguesía se reduce, en efecto, a una tesis y es que los burgueses lo son y deben seguir siéndolo... en interés de la clase trabajadora.


3. El socialismo y el comunismo crítico-utópico

No queremos referirnos aquí a las doctrinas que en todas las grandes revoluciones modernas abrazan las aspiraciones del proletariado (obras de Babeuf, etc.).

Las primeras tentativas del proletariado para ahondar directamente en sus intereses de clase, en momentos de conmoción general, en el período de derrumbamiento de la sociedad feudal, tenían que tropezar necesariamente con la falta de desarrollo del propio proletariado, de una parte, y de otra con la ausencia de las condiciones materiales indispensables para su emancipación, que habían de ser el fruto de la época burguesa. La literatura revolucionaria que guía estos primeros pasos vacilantes del proletariado es, y necesariamente tenía que serlo, juzgada por su contenido, reaccionaria. Estas doctrinas profesan un ascetismo universal y un torpe y vago igualitarismo.

Los verdaderos sistemas socialistas y comunistas, los sistemas de Saint-Simon, de Fourier, de Owen, etc., brotan en la primera fase embrionaria de las luchas entre el proletariado y la burguesía, tal como más arriba la dejamos esbozada. (V. el capítulo “Burgueses y proletarios”).

Cierto es que los autores de estos sistemas penetran ya en el antagonismo de las clases y en la acción de los elementos disolventes que germinan en el seno de la propia sociedad gobernante. Pero no aciertan todavía a ver en el proletariado una acción histórica independiente, un movimiento político propio y peculiar.

Y como el antagonismo de clase se desarrolla siempre a la par con la industria, se encuentran con que les faltan las condiciones materiales para la emancipación del proletariado, y es en vano que se debatan por crearlas mediante una ciencia social y a fuerza de leyes sociales. Esos autores pretenden suplantar la acción social por su acción personal especulativa, las condiciones históricas que han de determinar la emancipación proletaria por condiciones fantásticas que ellos mismos se forjan, la gradual organización del proletariado como clase por una organización de la sociedad inventada a su antojo. Para ellos, el curso universal de la historia que ha de venir se cifra en la propaganda y práctica ejecución de sus planes sociales.

Es cierto que en esos planes tienen la conciencia de defender primordialmente los intereses de la clase trabajadora, pero sólo porque la consideran la clase más sufrida. Es la única función en que existe para ellos el proletariado.

La forma embrionaria que todavía presenta la lucha de clases y las condiciones en que se desarrolla la vida de estos autores hace que se consideren ajenos a esa lucha de clases y como situados en un plano muy superior. Aspiran a mejorar las condiciones de vida de todos los individuos de la sociedad, incluso los mejor acomodados. De aquí que no cesen de apelar a la sociedad entera sin distinción, cuando no se dirigen con preferencia a la propia clase gobernante. Abrigan la seguridad de que basta conocer su sistema para acatarlo como el plan más perfecto para la mejor de las sociedades posibles.

Por eso, rechazan todo lo que sea acción política, y muy principalmente la revolucionaria; quieren realizar sus aspiraciones por la vía pacífica e intentan abrir paso al nuevo evangelio social predicando con el ejemplo, por medio de pequeños experimentos que, naturalmente, les fallan siempre.

Estas descripciones fantásticas de la sociedad del mañana brotan en una época en que el proletariado no ha alcanzado aún la madurez, en que, por tanto, se forja todavía una serie de ideas fantásticas acerca de su destino y posición, dejándose llevar por los primeros impulsos, puramente intuitivos, de transformar radicalmente la sociedad.

Y, sin embargo, en estas obras socialistas y comunistas hay ya un principio de crítica, puesto que atacan las bases todas de la sociedad existente. Por eso, han contribuido notablemente a ilustrar la conciencia de la clase trabajadora. Mas, fuera de esto, sus doctrinas de carácter positivo acerca de la sociedad futura, las que predican, por ejemplo, que en ella se borrarán las diferencias entre la ciudad y el campo o las que proclaman la abolición de la familia, de la propiedad privada, del trabajo asalariado, el triunfo de la armonía social, la transformación del Estado en un simple organismo administrativo de la producción.... giran todas en torno a la desaparición de la lucha de clases, de esa lucha de clases que empieza a dibujarse y que ellos apenas si conocen en su primera e informe vaguedad. Por eso, todas sus doctrinas y aspiraciones tienen un carácter puramente utópico.

La importancia de este socialismo y comunismo crítico-utópico está en razón inversa al desarrollo histórico de la sociedad. Al paso que la lucha de clases se define y acentúa, va perdiendo importancia práctica y sentido teórico esa fantástica posición de superioridad respecto a ella, esa fe fantástica en su supresión. Por eso, aunque algunos de los autores de estos sistemas socialistas fueran en muchos respectos verdaderos revolucionarios, sus discípulos forman hoy día sectas indiscutiblemente reaccionarias, que tremolan y mantienen impertérritas las viejas ideas de sus maestros frente a los nuevos derroteros históricos del proletariado. Son, pues, consecuentes cuando pugnan por mitigar la lucha de clases y por conciliar lo inconciliable. Y siguen soñando con la fundación de falansterios, con la colonización interior, con la creación de una pequeña Icaria, edición en miniatura de la nueva Jerusalén... . Y para levantar todos esos castillos en el aire, no tienen más remedio que apelar a la filantrópica generosidad de los corazones y los bolsillos burgueses. Poco a poco van resbalando a la categoría de los socialistas reaccionarios o conservadores, de los cuales sólo se distinguen por su sistemática pedantería y por el fanatismo supersticioso con que comulgan en las milagrerías de su ciencia social. He ahí por qué se enfrentan rabiosamente con todos los movimientos políticos a que se entrega el proletariado, lo bastante ciego para no creer en el nuevo evangelio que ellos le predican.

En Inglaterra, los owenistas se alzan contra los cartistas, y en Francia, los reformistas tienen enfrente a los discípulos de Fourier.


IV
ACTITUD DE LOS COMUNISTAS ANTE LOS
OTROS PARTIDOS DE LA OPOSICION
Después de lo que dejamos dicho en el capítulo II, fácil es comprender la relación que guardan los comunistas con los demás partidos obreros ya existentes, con los cartistas ingleses y con los reformadores agrarios de Norteamérica.

Los comunistas, aunque luchando siempre por alcanzar los objetivos inmediatos y defender los intereses cotidianos de la clase obrera, representan a la par, dentro del movimiento actual, su porvenir. En Francia se alían al partido democrático-socialista contra la burguesía conservadora y radical, mas sin renunciar por esto a su derecho de crítica frente a los tópicos y las ilusiones procedentes de la tradición revolucionaria.

En Suiza apoyan a los radicales, sin ignorar que este partido es una mezcla de elementos contradictorios: de demócratas socialistas, a la manera francesa, y de burgueses radicales.

En Polonia, los comunistas apoyan al partido que sostiene la revolución agraria, como condición previa para la emancipación nacional del país, al partido que provocó la insurrección de Cracovia en 1846.

En Alemania, el partido comunista luchará al lado de la burguesía, mientras ésta actúe revolucionariamente, dando con ella la batalla a la monarquía absoluta, a la gran propiedad feudal y a la pequeña burguesía.

Pero todo esto sin dejar un solo instante de laborar entre los obreros, hasta afirmar en ellos con la mayor claridad posible la conciencia del antagonismo hostil que separa a la burguesía del proletariado, para que, llegado el momento, los obreros alemanes se encuentren preparados para volverse contra la burguesía, como otras tantas armas, esas mismas condiciones políticas y sociales que la burguesía, una vez que triunfe, no tendrá más remedio que implantar; para que en el instante mismo en que sean derrocadas las clases reaccionarias comience, automáticamente, la lucha contra la burguesía.

Las miradas de los comunistas convergen con un especial interés sobre Alemania, pues no desconocen que este país está en vísperas de una revolución burguesa y que esa sacudida revolucionaria se va a desarrollar bajo las propicias condiciones de la civilización europea y con un proletariado mucho más potente que el de Inglaterra en el siglo XVII y el de Francia en el XVIII, razones todas para que la revolución alemana burguesa que se avecina no sea más que el preludio inmediato de una revolución proletaria.

Resumiendo: los comunistas apoyan en todas partes, como se ve, cuantos movimientos revolucionarios se planteen contra el régimen social y político imperante.

En todos estos movimientos se ponen de relieve el régimen de la propiedad, cualquiera que sea la forma más o menos progresiva que revista, como la cuestión fundamental que se ventila.

Finalmente, los comunistas laboran por llegar a la unión y la inteligencia de los partidos democráticos de todos los países.

Los comunistas no tienen por qué guardar encubiertas sus ideas e intenciones. Abiertamente declaran que sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la violencia todo el orden social existente. Tiemblen, si quieren, las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución comunista. Los proletarios, con ella, no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar.

¡Proletarios de todos los Países, uníos! .


Guia de Estudio | Archivo Marx-Engels
agosto 24, 2005 11:17 PM
Anonymous said...
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F. Engels

CARLOS MARX


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Escrito: A mediados de junio de 1877.
Primera edición: En Brunswick, Alemania, en el almanaque Volks-Kalender, 1878.
Edición electrónica: Marxists Internet Archive, marzo de 2000.

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Carlos Marx, el hombre que dio por vez primera una base científica al socialismo, y por tanto a todo el movimiento obrero de nuestros días, nació en Tréveris, en 1818. Comenzó a estudiar jurisprudencia en Bonn y en Berlín, pero pronto se entregó exclusivamente al estudio de la historia y de la filosofía, y se disponía, en 1842, a habilitarse como profesor de filosofía, cuando el movimiento político producido después de la muerte de Federico Guillermo III orientó su vida por otro camino. Los caudillos de la burguesía liberal renana, los Camphausen, Hansemann, etc., habían fundado en Colonia, con su cooperación, la "Reinische Zeitung" 1; y en el otoño de 1842, Marx, cuya crítica de los debates de la Dieta provincial renana había producido enorme sensación, fue colocado a la cabeza del periódico. La "Rheinische Zeitung" publicábase, naturalmente, bajo la censura, pero ésta no podía con ella 2. El periódico sacaba adelante casi siempre los artículos que le interesaba publicar: se empezaba echándole al censor cebo sin importancia para que lo tachase, hasta que, o cedía por sí mismo, o se veía obligado a ceder bajo la amenaza de que al día siguiente no saldría el periódico. Con diez periódicos que hubieran tenido la misma valentía que la "Rheinische Zeitung" y cuyos editores se hubiesen gastado unos cientos de táleros más en composición se habría hecho imposible la censura en Alemania ya en 1843. Pero los propietarios de los periódicos alemanes eran filisteos mezquinos y miedosos, y la "Rheinische Zeitung" batallaba sola. Gastaba a un censor tras otro, hasta que, por último, se la sometió a doble censura, debiendo pasar, después de la primera, por otra nueva y definitiva revisión del Regierungspräsident. Más tampoco esto bastaba. A comienzos de 1843, el gobierno declaró que no se podía con este periódico, y lo prohibió sin más explicaciones.

Marx, que entretanto se había casado con la hermana de von Westphalen, el que más tarde había de ser ministro de la reacción, se trasladó a París, donde editó con A. Ruge los "Deutsch-Französische Jahrbücher" 3, en los que inauguró la serie de sus escritos socialistas, con una "Crítica de la filosofía hegeliana del Derecho". Después, en colaboración con F. Engels, publicó "La Sagrada Familia. Contra Bruno Bauer y consortes", crítica satírica de una de las últimas formas en las que se había extraviado el idealismo filosófico alemán de la época.

El estudio de la Economía política y de la historia de la gran Revolución francesa todavía le dejaba a Marx tiempo para atacar de vez en cuando al Gobierno prusiano; éste se vengó, consiguiendo del ministerio Guizot, en la primavera de 1845 -y parece que el mediador fue el señor Alejandro de Humboldt-, que se le expulsase de Francia 4. Marx trasladó su residencia a Bruselas, donde, en 1847, publicó en lengua francesa la "Miseria de la Filosofía", crítica de la "Filosofía de la Miseria", de Proudhon, y, en 1848, su "Discurso sobre el libre cambio". Al mismo tiempo encontró ocasión de fundar en Bruselas una Asociación de obreros alemanes 5, con lo que entró en el terreno de la agitación práctica. Esta adquirió todavía mayor importancia para él al ingresar en 1847, en unión de sus amigos políticos, en la Liga de los Comunistas, liga secreta, que llevaba ya largos años de existencia. Toda la estructura de esta organización se transformó radicalmente; la que hasta entonces había sido una sociedad más o menos conspirativa, se convirtió en una simple organización de propaganda comunista -secreta tan sólo porque las circunstancias lo exigían-, y fue la primera organización del Partido Socialdemócrata Alemán. La Liga existía dondequiera que hubiese asociaciones de obreros alemanes; en casi todas estas asociaciones, en Inglaterra, en Bélgica, en Francia y en Suiza, y en muchas asociaciones de Alemania, los miembros dirigentes eran afiliados a la Liga, y la participación de ésta en el naciente movimiento obrero alemán era muy considerable. Además, nuestra Liga fue la primera que destacó, y lo demostró en la práctica, el carácter internacional de todo el movimiento obrero; contaba entre sus miembros a ingleses, belgas, húngaros, polacos, etc., y organizaba, principalmente en Londres, asambleas obreras internacionales.

La transformación de la Liga se efectuó en dos congresos celebrados en 1847, el segundo de los cuales acordó la redacción y publicación de los principios del partido, en un manifiesto que habían de redactar Marx y Engels. Así surgió el Manifiesto del Partido Comunista que apareció por vez primera en 1848, poco antes de la revolución de Febrero, y que después ha sido traducido a casi todos los idiomas europeos.

La "Deutsche-Brüsseler-Zeitung" 6, en la que Marx colaboraba y en la que se ponían al desnudo implacablemente las bienaventuranzas policíacas de la patria, movió nuevamente al Gobierno prusiano a maquinar para conseguir la expulsión de Marx, pero en vano. Mas, cuando la revolución de Febrero provocó también en Bruselas movimientos populares y parecía ser inminente en Bélgica una revolución, el Gobierno belga detuvo a Marx sin contemplaciones y lo expulsó. Entretanto, el gobierno provisional de Francia, por mediación de Flocon, le había invitado a reintegrarse a París, invitación que aceptó.

En París, se enfrentó ante todo con el barullo creado entre los alemanes allí residentes, por el plan de organizar a los obreros alemanes de Francia en legiones armadas, para introducir con ellas en Alemania la revolución y la república. De una parte, era Alemania la que tenía que hacer por sí misma la revolución, y de otra parte, toda legión revolucionaria extranjera que se formase en Francia nacía delatada, por los Lamartines del gobierno provisional, al gobierno que se quería derribar, como ocurrió en Bélgica y en Baden.

Después de la revolución de marzo, Marx se trasladó a Colonia y fundó allí la "Neue Rheinische Zeitung", que vivió desde el 1 de junio de 1848 hasta el 19 de mayo de 1849. Fue el único periódico que defendió, dentro del movimiento democrático de la época, la posición del proletariado, cosa que hizo ya, en efecto, al apoyar sin reservas a los insurrectos de junio de 1848 en París 7, lo que le valió la deserción de casi todos los accionistas. En vano la "Kreuz-Zeitung" 8 señalaba el "Chimborazo de insolencia" con que la "Neue Rheinische Zeitung" atacaba todo lo sagrado, desde el rey y el regente del imperio hasta los gendarmes, y esto en una fortaleza prusiana, que tenía entonces 8.000 hombres de guarnición: en vano clamaba el coro de filisteos liberales renanos, vuelto de pronto reaccionario, en vano se suspendió el estado de sitio decretado en Colonia, en el otoño de 1848; en vano el Ministerio de Justicia del imperio denunciaba desde Francfort al fiscal de Colonia artículo tras artículo, para que se abriese proceso judicial; el periódico seguía redactándose e imprimiéndose tranquilamente, a la vista de la Dirección General de Seguridad, y su difusión y su fama crecían con la violencia de los ataques contra el gobierno y la burguesía. Al producirse, en noviembre de 1848, el golpe de Estado de Prusia, la "Neue Rheinische Zeitung" incitaba al pueblo, en la cabecera de cada número, para que se negase a pagar los impuestos y contestase a la violencia con la violencia. Llevado ante el Jurado, en la primavera de 1849, por esto y por otro artículo, el periódico salió absuelto las dos veces. Por fin, al ser aplastadas las insurrecciones de mayo de 1849, en Dresde y la provincia del Rin 9, y al iniciarse la campaña prusiana contra la insurrección de Baden-Palatinado, mediante la concentración y movilización de grandes contingentes de tropas, el gobierno se creyó lo bastante fuerte para suprimir por la violencia la "Neue Rheinische Zeitung". El último número -impreso en rojo- apareció el 19 de mayo.

Marx se trasladó nuevamente a París, pero pocas semanas después de la manifestación del 13 de junio de 1849 10 el Gobierno francés lo colocó ante la alternativa de trasladar su residencia a la Bretaña o salir de Francia. Optó por esto último y se fue a Londres, donde ha vivido desde entonces sin interrupción.

La tentativa de seguir publicando la "Neue Rheinische Zeitung" en forma de revista (en Hamburgo, en 1850) 11, hubo de ser abandonada algún tiempo después, ante la violencia creciente de la reacción. Inmediatamente después del golpe de Estado de diciembre de 1851 en Francia, Marx publicó "El 18 Brumario de Luis Bonaparte" (Boston, 1852; segunda edición, Hamburgo, 1869, poco antes de la guerra). En 1853, escribió las "Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia" (obra impresa primeramente en Basilea, más tarde en Boston y reeditada recientemente en Leipzig).

Después de la condena de los miembros de la Liga de los Comunistas en Colonia 12, Marx se retiró de la agitación política y se consagró, de una parte, por espacio de diez años, a estudiar a fondo los ricos tesoros que encerraba la biblioteca del Museo Británico en materia de Economía política, y de otra parte, a colaborar en "New-York Tribune" 13, periódico que, hasta que estalló la guerra norteamericana de Secesión 14, no sólo publicó las correspondencias firmadas por él, sino también numerosos artículos editoriales sobre temas europeos y asiáticos salidos de su pluma. Sus ataques contra lord Palmerston, basados en minuciosos estudios de documentos oficiales ingleses, fueron editados en Londres como folletos de agitación.

Como primer fruto de sus largos años de estudios económicos apareció en 1859 la "Contribución a la crítica de la Economía política. Primer cuaderno" (Berlín, Duncker.) Esta obra contiene la primera exposición sistemática de la teoría del valor de Marx, incluyendo la teoría del dinero. Durante la guerra italiana 15, Marx combatió desde las columnas de "Das Volk" 16,periódico alemán que se publicaba en Londres, el bonapartismo, que por entonces se teñía de liberal y se las daba de libertador de las nacionalidades oprimidas, y la política prusiana de la época, que, bajo la manto de la neutralidad, procuraba pescar en río revuelto. A propósito de esto, hubo de atacar también al señor Karl Vogt, que por entonces hacía agitación en pro de la neutralidad de Alemania, más aún, de la simpatía de Alemania, por encargo del príncipe Napoleón (Plon-Plon) y a sueldo de Luis Napoleón. Como Vogt acumulase contra él las calumnias más infames, infundadas a sabiendas, Marx le contestó en "El señor Vogt" (Londres, 1860), donde se desenmascara a Vogt y a los demás señores de la banda bonapartista de seudo-demócratas, demostrando con pruebas de carácter externo e interno que Vogt estaba sobornado por el imperio decembrino. A los diez años justos, se tuvo la confirmación de esto; en la lista de las gentes a sueldo del bonapartismo, descubierta en las Tullerías en 1870 17 y publicada por el gobierno de septiembre 18, aparecía en la letra "V" esta partida: "Vogt: le fueron entregados, en agosto de 1859... 40.000 francos".

Por fin, en 1867, vio la luz en Hamburgo el tomo primero de "El Capital, Crítica de la Economía política", la obra principal de Marx, en la que se exponen las bases de sus ideas económico-socialistas y los rasgos fundamentales de su crítica de la sociedad existente, del modo de producción capitalista y de sus consecuencias. La segunda edición de esta obra que hace época se publicó en 1872; el autor se ocupa actualmente de la preparación del segundo tomo.

Entretanto, el movimiento obrero de diversos países de Europa había vuelto a fortalecerse en tal medida, que Marx pudo pensar en poner en práctica un deseo acariciado desde hacía largo tiempo: fundar una asociación obrera que abarcase los países más adelantados de Europa y América y que había de personificar, por decirlo así, el carácter internacional del movimiento socialista tanto ante los propios obreros como ante los burgueses y los gobiernos, para animar y fortalecer al proletariado y para atemorizar a sus enemigos. Dio ocasión para exponer la idea, que fue acogida con entusiasmo, un mitin popular celebrado en el Saint Martin's Hall de Londres, el 28 de septiembre de 1864, a favor de Polonia, que volvía a ser aplastada por Rusia. Quedó fundada así la Asociación Internacional de los Trabajadores. En la Asamblea se eligió un Consejo General provisional, con residencia en Londres. El alma de este Consejo General, como de los que le siguieron hasta el Congreso de La Haya 19, fue Marx. El redactó casi todos los documentos lanzados por el Consejo General de la Internacional, desde el Manifiesto Inaugural de 1864, hasta el manifiesto sobre la guerra civil de Francia en 1871. Exponer la actuación de Marx en la Internacional, equivaldría a escribir la historia de esta misma Asociación que, por lo demás, vive todavía en el recuerdo de los obreros de Europa.

La caída de la Comuna de París colocó a la Internacional en una situación imposible. Viose empujada al primer plano de la historia europea, en un momento en que por todas partes tenía cortada la posibilidad de una acción práctica y eficaz. Los acontecimientos que la erigían en séptima gran potencia le impedían, al mismo tiempo, movilizar y poner en acción sus fuerzas combativas, so pena de llevar a una derrota infalible al movimiento obrero y de contenerlo por varios decenios. Además, por todas partes pugnaban por colocarse en primera fila elementos que intentaban explotar, para fines de vanidad o de ambición personal, la fama, que tan súbitamente había crecido, de la Asociación, sin comprender la verdadera situación de la Internacional o sin preocuparse de ella. Había que tomar una decisión heroica, y fue, como siempre, Marx quien la tomó y la hizo prosperar en el Congreso de La Haya. En un acuerdo solemne, la Internacional se desentendió de toda responsabilidad por los manejos de los bakuninistas, que eran el eje de aquellos elementos insensatos y poco limpios; luego, ante la imposibilidad de cumplir también, frente a la reacción general, las exigencias redobladas que a ella se le planteaban y de mantener en pie su plena actividad, más que por medio de una serie de sacrificios, que necesariamente habrían desangrado el movimiento obrero, la Internacional se retiró provisionalmente de la escena, trasladando a Norteamérica el Consejo General. Los acontecimientos posteriores han venido a demostrar cuán acertado fue este acuerdo, tantas veces criticado por entonces y después. De una parte, quedaron cortadas de raíz, y siguieron cortadas en adelante, las posibilidades de organizar en nombre de la Internacional vanas intentonas, y de otra parte, las constantes y estrechas relaciones entre los partidos obreros socialistas de los distintos países demostraban que la conciencia de la identidad de intereses y de la solidaridad del proletariado de todos los países, despertada por la Internacional, llega a imponerse aun sin el enlace de una asociación internacional formal que, por el momento, se había convertido en traba.

Después del Congreso de La Haya, Marx volvió a encontrar, por fin, tiempo y sosiego para reanudar sus trabajos teóricos, y es de esperar que en un período de tiempo no muy largo pueda dar a la imprenta el segundo tomo de "El Capital".

De los muchos e importantes descubrimientos con que Marx ha inscrito su nombre en la historia de la ciencia, sólo dos podemos destacar aquí.

El primero es la revolución que ha llevado a cabo en toda la concepción de la historia universal. Hasta aquí, toda la concepción de la historia descansaba en el supuesto de que las últimas causas de todas las transformaciones históricas habían de buscarse en los cambios que se operan en las ideas de los hombres, y de que de todos los cambios, los más importantes, los que regían toda la historia, eran los políticos. No se preguntaban de dónde les vienen a los hombres las ideas ni cuáles son las causas motrices de los cambios políticos. Sólo en la escuela moderna de los historiadores franceses, y en parte también de los ingleses, se había impuesto la convicción de que, por lo menos desde la Edad Media, la causa motriz de la historia europea era la lucha de la burguesía en desarrollo contra la nobleza feudal por el Poder social y político. Pues bien, Marx demostró que toda la historia de la humanidad, hasta hoy, es una historia de luchas de clases, que todas las luchas políticas, tan variadas y complejas, sólo giran en torno al Poder social y político de unas u otras clases sociales; por parte de las clases viejas, para conservar el poder, y por parte de las ascendentes clases nuevas, para conquistarlo. Ahora bien, ¿qué es lo que hace nacer y existir a estas clases? Las condiciones materiales, tangibles, en que la sociedad de una época dada produce y cambia lo necesario para su sustento. La dominación feudal de la Edad Media descansaba en la economía cerrada de las pequeñas comunidades campesinas, que cubrían por sí mismas casi todas sus necesidades, sin acudir apenas al cambio, a las que la nobleza belicosa defendía contra el exterior y daba cohesión nacional o, por lo menos, política. Al surgir las ciudades y con ellas una industria artesana independiente y un tráfico comercial, primero interior y luego internacional, se desarrolló la burguesía urbana, y conquistó, luchando contra la nobleza, todavía en la Edad Media, una incorporación al orden feudal, como estamento también privilegiado. Pero, con el descubrimiento de los territorios no europeos, desde mediados del siglo XV, la burguesía obtuvo una zona comercial mucho más extensa, y, por tanto, un nuevo acicate para su industria. La industria artesana fue desplazada en las ramas más importantes por la manufactura de tipo ya fabril, y ésta, a su vez, por la gran industria, que habían hecho posible los inventos del siglo pasado, principalmente la máquina de vapor, y que a su vez repercutió sobre el comercio, desalojando, en los países atrasados, al antiguo trabajo manual y creando, en los más adelantados, los modernos medios de comunicación, los barcos de vapor, los ferrocarriles, el telégrafo eléctrico. De este modo, la burguesía iba concentrando en sus manos, cada vez más, la riqueza social y el poder social, aunque tardó bastante en conquistar el poder político, que estaba en manos de la nobleza y de la monarquía, apoyada en aquélla. Pero al llegar a cierta fase -en Francia, desde la gran Revolución-, conquistó también éste y se convirtió, a su vez, en clase dominante frente al proletariado y a los pequeños campesinos. Situándose en este punto de vista -siempre y cuando que se conozca suficientemente la situación económica de la sociedad en cada época; conocimientos de que, ciertamente, carecen en absoluto nuestros historiadores profesionales-, se explican del modo más sencillo todos los fenómenos históricos, y asimismo se explican con la mayor sencillez los conceptos y las ideas de cada período histórico, partiendo de las condiciones económicas de vida y de las relaciones sociales y políticas de ese período, condicionadas a su vez por aquéllas. Por primera vez se erigía la historia sobre su verdadera base; el hecho palpable, pero totalmente desapercibido hasta entonces, de que el hombre necesita en primer término comer, beber, tener un techo y vestirse, y por tanto, trabajar, antes de poder luchar por el mando, hacer política, religión, filosofía, etc.; este hecho palpable, pasaba a ocupar, por fin, el lugar histórico que por derecho le correspondía.

Para la idea socialista, esta nueva concepción de la historia tenía una importancia culminante. Demostraba que toda la historia, hasta hoy, se ha movido en antagonismos y luchas de clases, que ha habido siempre clases dominantes y dominadas, explotadoras y explotadas, y que la gran mayoría de los hombres ha estado siempre condenada a trabajar mucho y disfrutar poco. ¿Por qué? Sencillamente, porque en todas las fases anteriores del desenvolvimiento de la humanidad, la producción se hallaba todavía en un estado tan incipiente, que el desarrollo histórico sólo podía discurrir de esta forma antagónica y el progreso histórico estaba, en líneas generales, en manos de una pequeña minoría privilegiada, mientras la gran masa se hallaba condenada a producir, trabajando, su mísero sustento y a acrecentar cada vez más la riqueza de los privilegiados. Pero, esta misma concepción de la historia, que explica de un modo tan natural y racional el régimen de dominación de clase vigente hasta nuestros días, que de otro modo sólo podía explicarse por la maldad de los hombres, lleva también a la convicción de que con las fuerzas productivas, tan gigantescamente acrecentadas, de los tiempos modernos, desaparece, por lo menos en los países más adelantados, hasta el último pretexto para la división de los hombres en dominantes y dominados, explotadores y explotados; de que la gran burguesía dominante ha cumplido ya su misión histórica, de que ya no es capaz de dirigir la sociedad y se ha convertido incluso en un obstáculo para el desarrollo de la producción, como lo demuestran las crisis comerciales, y sobre todo el último gran crac 20 y la depresión de la industria en todos los países; de que la dirección histórica ha pasado a manos del proletariado, una clase que, por toda su situación dentro de la sociedad, sólo puede emanciparse acabando en absoluto con toda dominación de clase, todo avasallamiento y toda explotación; y de que las fuerzas productivas de la sociedad, que crecen hasta escapársele de las manos a la burguesía, sólo están esperando a que tome posesión de ellas el proletariado asociado, para crear un estado de cosas que permita a caba miembro de la sociedad participar no sólo en la producción, sino también en la distribución y en la administración de las riquezas sociales, y que, mediante la dirección planificada de toda la producción, acreciente de tal modo las fuerzas productivas de la sociedad y su rendimiento, que se asegure a cada cual, en proporciones cada vez mayores, la satisfacción de todas sus necesidades razonables.

El segundo descubrimiento importante de Marx consiste en haber puesto definitivamente en claro la relación entre el capital y el trabajo; en otros términos, en haber demostrado cómo se opera, dentro de la sociedad actual, con el modo de producción capialista, la explotación del obrero por el capitalista. Desde que la Economía política sentó la tesis de que el trabajo es la fuente de toda riqueza y de todo valor, era inevitable esta pregunta: ¿cómo se concilia esto con el hecho de que el obrero no perciba la suma total de valor creada por su trabajo, sino que tenga que ceder una parte de ella al capitalista? Tanto los economistas burgueses como los socialistas se esforzaban por dar a esta pregunta una contestación científica sólida; pero en vano, hasta que por fin apareció Marx con la solución. Esta solución es la siguiente: El actual modo de producción capitalista tiene como premisa la existencia de dos clases sociales: de una parte, los capitalistas, que se hallan en posesión de los medios de producción y de sustento, y de otra parte, los proletarios, que, excluidos de esta posesión, sólo tienen una mercancía que vender: su fuerza de trabajo, mercancía que, por tanto, no tienen más remedio que vender, para entrar en posesión de los medios de sustento más indispensables. Pero el valor de una mercancía se determina por la cantidad de trabajo socialmente necesario invertido en su producción, y también, por tanto en su reproducción; por consiguiente, el valor de la fuerza de trabajo de un hombre medio durante un día, un mes, un año, se determina por la cantidad de trabajo plasmada en la cantidad de medios de vida necesarios para el sustento de esta fuerza de trabajo durante un día, un mes o un año. Supongamos que los medios de vida para un día exigen seis horas de trabajo para su producción o, lo que es lo mismo, que el trabajo contenido en ellos representa una cantidad de trabajo de seis horas; en este caso, el valor de la fuerza de trabajo durante un día se expresará en una suma de dinero en la que se plasmen también seis horas de trabajo. Supongamos, además, que el capitalista para quien trabaja nuestro obrero le paga esta suma, es decir, el valor íntegro de su fuerza de trabajo. Ahora bien; si el obrero trabaja seis horas del día para el capitalista, habrá reembolsado a éste íntegramente su desembolso: seis horas de trabajo por seis horas de trabajo. Claro está que de este modo no quedaría nada para el capitalista; por eso éste concibe la cosa de un modo completamente distinto. Yo, dice él, no he comprado la fuerza de trabajo de este obrero por seis horas, sino por un día completo. Consiguientemente, hace que el obrero trabaje, según las circunstancias, 8, 10, 12, 14 y más horas, de tal modo que el producto de la séptima, de la octava y siguientes horas es el producto de un trabajo no retribuido, que, por el momento, se embolsa el capitalista. Por donde el obrero al servicio del capitalista no se limita a reponer el valor de su fuerza de trabajo, que se le paga, sino que, además crea una plusvalía que, por el momento, se apropia el capitalista y que luego se reparte con arreglo a determinadas leyes económicas entre toda la clase capitalista. Esta plusvalía forma el fondo básico del que emanan la renta del suelo, la ganancia, la acumulación de capital; en una palabra, todas las riquezas consumidas o acumuladas por las clases que no trabajan. De este modo, se comprobó que el enriquecimiento de los actuales capitalistas consiste en la apropiación del trabajo ajeno no retribuido, ni más ni menos que el de los esclavistas o de los señores feudales, que explotaban el trabajo de los esclavos o de los siervos, y que todas estas formas de explotación sólo se diferencian por el distinto modo de apropiarse el trabajo no pagado. Y con esto, se quitaba la base de todas esas retóricas hipócritas de las clases poseedoras de que bajo el orden social vigente reinan el derecho y la justicia, la igualdad de derechos y deberes y la armonía general de intereses. Y la sociedad burguesa actual se desenmascaraba, no menos que las que la antecedieron, como un establecimiento grandioso montado para la explotación de la inmensa mayoría del pueblo por una minoría insignificante y cada vez más reducida.

Estos dos importantes hechos sirven de base al socialismo moderno, al socialismo científico. En el segundo tomo de "El Capital" se desarrollan estos y otros descubrimientos científicos no menos importantes relativos al sistema social capitalista, con lo cual se revolucionan también los aspectos de la Economía política que no se habían tocado todavía en el primer tomo. Lo que hay que desear es que Marx pueda entregarlo pronto a la imprenta.

NOTAS
1 Rheinisehe Zeitung fiir Politik, Handel und Gewerbe («Periódico del Rin para cuestiones de política, comercio e industria»): diario que se publicó en Colonia del I de enero de 1842 al 31 de marzo de 1843. En abril de 1842, Marx comenzó a colaborar en él, y en octubre del mismo año pasó a ser uno de sus redactores; Engels colaboraba también en el periódico
2 "Kölnische Zeitung" («Periódico de Colonia»): diario alemán que se publicó con ese nombre desde 1802 en Colonia; en el período de la revolución de 1848-1849 y la reacción que le sucedió reflejaba la política de traición y cobardía de la burguesía liberal prusiana; en el último tercio del siglo XIX estuvo ligado al partido nacional-liberal.
3 "Deutsch-Französische Jahrbücher" («Anales franco-alemanes»): se publicaba en París, en alemán, bajo la redacción de C. Marx y A. Ruge. No salió más que el primer fascículo (doble) en febrero de 1844. En él se publicaron las obras de Carlos Marx: "Contribución al problema hebreo" y "Contribución a la critica de la filosofía del Derecho de Hegel. Introducción", así como las de Federico Engels: "Esbozos para la crítica de la Economía Política" y "Situación de Inglaterra. Tomás Carlyle, El pasado y el presente". Estas obras marcaban el paso definitivo de Marx y de Engels del democratismo revolucionario al materialismo y al comunismo. La causa principal del cese de la publicación del anuario residía en las divergencias en cuestiones de principio entre Marx y el radical burgués Ruge.
4 El Gobierno francés dispuso la expulsión de Marx de Francia el 16 de enero de 1845 bajo la presión del Gobierno de Prusia.
5 La "Asociación de Obreros Alemanes en Bruselas" fue fundada por Marx y Engels a fines de agosto de 1847, con el fin de educar políticamente a los obreros alemanes residentes en Bélgica. Bajo la dirección de Marx, Engels y sus compañeros, la Asociación se convirtió en un centro legal de unión de los proletarios revolucionarios alemanes en Bélgica. Los mejores elementos de la Asociación integraban la Organización de Bruselas de la Liga de los Comunistas. Las actividades de la Asociación de Obreros Alemanes en Bruselas se suspendieron poco después de la revolución de febrero de 1848 en Francia, debido a las detenciones y la expulsión de sus componentes por la policía belga.
6 "Deutsche-Brüsseler-Zeitung" («Periódico Alemán de Bruselas»): periódico fundado por los emigrados políticos alemanes en Bruselas; se publicó desde enero de 1847 hasta febrero de 1848. A partir de septiembre de 1847, Marx y Engels colaboraban permanentemente en él y ejercían una influencia directa en su orientación. Bajo la dirección de Marx y Engels, se hizo órgano de la Liga de los Comunistas.
7 Insurrección de junio: heroica insurrección de los obreros de París el 23-26 de junio de 1848, aplastada con excepcional crueldad por la burguesía francesa. Fue la primera gran guerra civil entre el proletariado y la burguesía.
8 "Kreuz-Zeitung" («Periódico de la Cruz»): nombre con que se conocía (por llevar en el título una cruz, emblema de las milicias, el landwehr) el diario alemán "Neue Preussische Zeitung" («Nuevo Periódico Prusiano»); se publicó en Berlín desde junio de 1848 hasta 1939, fue órgano de la camarilla contrarrevolucionaria de la corte y de los junkers prusianos.
9 Se trata de la insurrección armada en Dresde del 3 al 8 de mayo y de las insurrecciones en Alemania del Sur y del Oeste de mayo a julio de 1849 en defensa de la Constitución imperial aprobada por la Asamblea Nacional de Francfort el 28 de marzo de 1849, pero rechazada por varios Estados alemanes. Las insurrecciones tenían carácter aislado y espontáneo y fueron aplastadas hacia mediados de julio de 1849.
10 El 13 de junio de 1849, en París, el partido pequeñoburgués La Montaña organizó una manifestación pacífica de protesta contra el envío de tropas francesas para aplastar la revolución en Italia. La manifestación fue disuelta por las tropas. Muchos líderes de La Montaña fueron arrestados y deportados o tuvieron que emigrar de Francia.
11 "Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue" («Nuevo Periódico del Rin. Revista político-económica»): revista, órgano teórico de la Liga de los Comunistas, fundada por Marx y Engels. Se publicó desde diciembre de 1849 hasta noviembre de 1850; salieron seis números.
12 Se trata del proceso organizado en Colonia (del 4 de octubre al 12 de noviembre de 1852) con fines provocativos por el Gobierno de Prusia contra 11 miembros de la Liga de los Comunistas. Acusados de crimen de alta traición sobre la base de documentos falsos y perjurios, siete fueron condenados a reclusión en la fortaleza por plazos de 3 a 6 años.
13 "New-York Daily Tribune" («Tribuna diaria de Nueva York»): diario progresista burgués que se publicó de 1841 a 1924. Marx y Engels colaboraron en él desde agosto de 1851 hasta marzo de 1862.
14 La guerra civil de Norteamérica (1861-1865) se llevó a cabo entre los Estados industriales del Norte de los EE.UU. y los sublevados Estados esclavistas del Sur, que querían conservar la esclavitud y resolvieron en 1861 separarse de los Estados del Norte. La guerra fue resultado de la lucha de dos sistemas: el de la esclavitud y el del trabajo asalariado.
15 La guerra italiana: guerra de Francia y Piamonte contra Austria, desencadenada por Napoleón III so falso pretexto de liberación de Italia. Lo que quería Napoleón III, en realidad, era conquistar nuevos territorios y consolidar el régimen bonapartista en Francia. Sin embargo, asustado por la gran envergadura del movimiento de liberación nacional en Italia y empeñado en mantener el fraccionamiento político de ésta, Napoleón III concertó una paz separada con Austria. Francia se quedó con Saboya y Niza. Lombardía pasó a pertenecer a Cerdeña, y Venecia siguió bajo la dominación de Austria.
16 "Das Volk" («El pueblo»): semanario que se publicó en alemán en Londres desde el 7 de mayo hasta el 20 de agosto de 1859, con la más activa participación de Marx, el cual fue, en realidad, su redactor a partir de principios de julio.
17 Trátase del Palacio de las Tullerías, de París, residencia de Napoleón III durante el Segundo Imperio.
18 El 4 de septiembre de 1870 se produjo un alzamiento revolucionario de las masas populares que condujo al derrocamiento del régimen del Segundo Imperio, a la proclamación de la República y a la formación del Gobierno Provisional, en el que entraron monárquicos, además de republicanos moderados. Este Gobierno, encabezado por Trochu, gobernador militar de París, y Thiers, su auténtico inspirador, tomó el camino de la traición nacional y la componenda alevosa con el enemigo exterior.
19 El Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores de La Haya se celebró del 2 al 7 de septiembre de 1872, con la asistencia de 65 delegados de 15 organizaciones nacionales. Dirigían las labores del Congreso Marx y Engels. En él se dio cima a la lucha de largos años de Marx y Engels y sus compañeros contra toda clase de sectarismo pequeñoburgués en el movimiento obrero. La actuación escisionista de los anarquistas fue condenada, y sus líderes expulsados de la Internacional. Los acuerdos del Congreso de La Haya colocaron los cimientos para la futura fundación de partidos políticos de la clase obrera con existencia propia en los distintos países.
20 Trátase de la crisis económica mundial de 1873. En Alemania, la crisis comenzó con una «grandiosa bancarrota» en mayo de 1873, preludio de la crisis que duró hasta fines de los años 70.
agosto 24, 2005 11:18 PM
Anonymous said...
F. Engels

Discurso ante la tumba de Marx

(1883)


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Escrito: Discurso pronunciado en inglés por F. Engels en el cementerio de Highgate en Londres, el 17 de marzo de 1883.
Primera publicación: En alemán en el Sozialdemokrat del 22 de marzo de 1883.
Digitalizació:n: Por José Ángel Sordo para el Marxists Internet Archive, 1999.


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El 14 de marzo, a las tres menos cuarto de la tarde , dejó de pensar el más grande pensador de nuestros días. Apenas le dejamos dos minutos solo, y cuando volvimos, le encontramos dormido suavemente en su sillón, pero para siempre.

Es de todo punto imposible calcular lo que el proletariado militante de Europa y América y la ciencia histórica han perdido con este hombre. Harto pronto se dejará sentir el vacío que ha abierto la muerte de esta figura gigantesca.

Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana: el hecho, tan sencillo, pero oculto bajo la maleza idológica, de que el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc.; que, por tanto, la producción de los medios de vida inmediatos, materiales, y por consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo de un pueblo o una época es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres y con arreglo a la cual deben, por tanto, explicarse, y no al revés, como hasta entonces se había venido haciendo. Pero no es esto sólo. Marx descubrió también la ley específica que mueve el actual modo de producción capitalista y la sociedad burguesa creada por él . El descubrimiento de la plusvalía iluminó de pronto estos problemas, mientras que todas las investigaciones anteriores, tanto las de los economistas burgueses como las de los críticos socialistas, habían vagado en las tinieblas.

Dos descubrimientos como éstos debían bastar para una vida. Quien tenga la suerte de hacer tan sólo un descubrimiento así, ya puede considerarse feliz. Pero no hubo un sólo campo que Marx no sometiese a investigación -y éstos campos fueron muchos, y no se limitó a tocar de pasada ni uno sólo- incluyendo las matemáticas, en la que no hiciese descubrimientos originales. Tal era el hombre de ciencia. Pero esto no era, ni con mucho, la mitad del hombre. Para Marx, la ciencia era una fuerza histórica motriz, una fuerza revolucionaria. Por puro que fuese el gozo que pudiera depararle un nuevo descubrimiento hecho en cualquier ciencia teórica y cuya aplicación práctica tal vez no podía preverse en modo alguno, era muy otro el goce que experimentaba cuando se trataba de un descubrimiento que ejercía inmediatamente una influencia revolucionadora en la industria y en el desarrollo histórico en general. Por eso seguía al detalle la marcha de los descubrimientos realizados en el campo de la electricidad, hasta los de Marcel Deprez en los últimos tiempos.

Pues Marx era, ante todo, un revolucionario. Cooperar, de este o del otro modo, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones políticas creadas por ella, contribuir a la emancipación del proletariado moderno, a quién él había infundido por primera vez la conciencia de su propia situación y de sus necesidades, la conciencia de las condiciones de su emanci

Por : Arriba el puño don Eduardo! el Sábado 27 de Agosto de 2005

ACERCA DE LA CUESTION SOCIAL EN RUSIA
(ARTICULO II DE LA SERIE "LITERATURA DE LOS EMIGRADOS")[1]

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Escrito: Por Engels en abril de 1875, con adicion de "palabras finales" escritas en enero de 1894.
Primera edición: En el periódico Der Volksstaat, núms. 43, 44 y 45, del 16, 18 y 21 de abril de 1875 y en folleto aparte: F. Engels. Soziales aus Russland, Leipzig, 1875, así como en el libro: F. Engels. Internationales aus de «Volksstaat» (1871-1875), Berlin, 1894.
Esta Edición: Marxists Internet Archive, 2003.
Fuente: C. Marx & F. Engels, Obras Escogidas (en 3 tomos), Moscú, Editorial Progreso, 1974. Tomo II.


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El señor Tkachov comunica de pasada a los obreros alemanes que yo no tengo la «menor noticia» de lo que ocurre en Rusia y que, por el contrario, no hago más que poner de manifiesto mi «ignorancia» sobre el particular. Por ello se siente obligado a explicarles el verdadero estado de las cosas y, en particular, las causas en virtud de las cuales la revolución social puede ser hecha en Rusia, precisamente ahora, sin dificultad y como jugando, mucho más fácilmente que en la Europa Occidental.

«Es cierto que no tenemos proletariado urbano, pero, en compensación, tampoco tenemos burguesía... Nuestros obreros tendrán únicamente que luchar contra el poder político: aquí el poder del capital está todavía en embrión. Y usted, estimado señor, sabe que la lucha contra el primero es mucho más fácil que contra el segundo» [2].

La revolución a que aspira el socialismo moderno consiste, brevemente hablando, en la victoria del proletariado sobre la burguesía y en una nueva organización de la sociedad mediante la liquidación de las diferencias de clase. Para ello se precisa, además de la existencia del proletariado, que ha de llevar a cabo esta revolución, la existencia de la burguesía, en cuyas manos las fuerzas productivas de la sociedad alcanzan ese desarrollo que hace posible la liquidación definitiva de las diferencias de clase. Entre los salvajes y los semisalvajes tampoco suele haber diferencias de clase, y por ese estado han pasado todos los pueblos. Pero ni tan siquiera puede ocurrírsenos restablecerlo, aunque mo sea más que porque de este mismo estado surgen necesariamente, con el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad, las diferencias de clase. Sólo al llegar a cierto grado de desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad, muy alto hasta para nuestras condiciones presentes, se hace posible elevar la producción hasta un nivel en que la liquidación de las diferencias de clase represente un verdadero progreso, tenga consistencia y no traiga consigo el estancamiento o, incluso, la decadencia en el modo de producción de la sociedad. Pero, sólo en manos de la burguesía, han alcanzado las fuerzas productivas ese grado de desarrollo. Por consiguiente, la burguesía, es, también en este aspecto, una condición previa, y tan necesaria como el proletariado mismo, de la revolución socialista. Por tanto, quien sea capaz de afirmar que es más fácil hacer la revolución en un país donde, aunque no hay proletariado, no hay tampoco burguesía, demuestra exclusivamente que debe aún estudiar el abecé del socialismo.

Así, a los obreros rusos —obreros que son, según dice el mismo señor Tkachov, «labradores y como tales no proletarios, sino propietarios»— corresponderá una tarea más fácil porque no tendrán que luchar contra el poder del capital, sino «únicamente contra el poder político», contra el Estado ruso. Y este Estado

«sólo desde lejos parece fuerte... No tiene raíces en la vida económica del pueblo, no encarna los intereses de ningún estamento... En el país de ustedes el Estado no es una fuerza ficticia. Se apoya con todo su peso en el capital: encarna» (!) «determinados intereses económicos... En nuestro país la situación es todo lo contrario, la forma de nuestra sociedad debe su existencia al Estado, a un Estado que cuelga en el aire, por decirlo así, que no tiene nada de común con el orden social existente y cuyas raíces se hallan en el pasado, y no en el presente».

No nos detendremos en esta confusa noción de que los intereses económicos necesitan del Estado, por ellos mismos erigido, para tomar cuerpo. Tampoco hablaremos de la audaz afirmación respecto a que la «forma de sociedad rusa» (que incluye, naturalmente, la propiedad comunal de los campesinos) «debe su existencia al Estado», ni tampoco del contradictorio aserto de que el Estado «no tiene nada de común» con el régimen social existente, aunque éste, según el señor Tkachov, es obra de dicho Estado. Centremos nuestra atención en ese «Estado que cuelga en el aire», y que no representa los intereses de ningún estamento.

En la Rusia europea los campesinos poseen 105.000.000 de desiatinas y los nobles (llamo así para ser breve a los grandes terratenientes), 100.000.000, de las que casi la mitad pertenece a 15.000 nobles, que tienen consiguientemente, por término medio, unas 3.300 desiatinas cada uno. Las tierras de los campesinos son, por tanto, muy poco más que las de los nobles. ¡Como ustedes verán, los nobles no están ni pizca interesados en que exista el Estado ruso, que les asegura la posesión de la mitad del país! Sigamos. Los campesinos pagan anualmente por su mitad, en concepto de impuesto sobre la tierra, 195.000.000 de rublos, y los nobles, ¡13.000.000! Las tierras de los nobles son por término medio dos veces más fértiles que las de los campesinos, ya que por la distribución que siguió al rescate de la prestación personal el Estado quitó a los campesinos, para entregarla a los nobles, no sólo la mayor, sino también la mejor parte de las tierras. Con la particularidad de que los campesinos tuvieron que pagar a los nobles la peor tierra al precio de la mejor [*]. ¡Y se nos dice que la nobleza rusa no tiene el menor interés en la existencia del Estado ruso!

A consecuencia del rescate, los campesinos en su masa se ven en una situación de extraordinaria miseria y absolutamente insoportable. No sólo se les despojó de la parte más grande y mejor de sus tierras, sino que incluso en las regiones más fértiles del Imperio las parcelas campesinas son demasiado reducidas para que —en las condiciones de la agricultura rusa— puedan obtener de ellas su sustento. A los campesinos no sólo se les impuso por esta tierra un precio extraordinariamente elevado —que el Estado había adelantado por ellos y que ahora tienen que reintegrarle paulatinamente, sumados los intereses—; sobre los campesinos no sólo se ha cargado casi todo el peso del impuesto sobre la tierra, del que los nobles han quedado casi exentos, y que se traga e incluso sobrepasa el valor de la renta de la tierra de los campesinos, de modo que todos los demás pagos que debe satisfacer el campesino —de ellos hablaremos más adelante— son ya una deducción directa de la parte de sus ingresos que representa su salario, sino que: al impuesto sobre la tierra, a la amortización de las sumas adelantadas por el Estado y al pago de los intereses de las mismas se han sumado, desde que se introdujera la administración local, las cargas fiscales impuestas por las autoridades de las provincias y los distritos. La consecuencia principal de esta «reforma» han sido nuevas cargas para los campesinos. El Estado ha conservado sus ingresos íntegramente, pero una parte considerable de sus gastos los ha descargado sobre las provincias y los distritos, que para cubrirlos han introducido nuevos impuestos; y en Rusia, donde es una regla que los estamentos superiores estén casi exentos de impuestos, los campesinos tienen que pagar casi todo.

Esta situación parece especialmente creada en favor del usurero, y con el talento casi sin igual de los rusos para el comercio en sus formas más primitivas, para sacar provecho de la coyuntura favorable y para el engaño indisolublemente ligado con todo ello —no en vano Pedro I decía que un ruso es capaz de dársela a tres judíos—, el usurero abunda en todas partes. En cuanto se acerca la hora de pagar los impuestos, hace su aparición el usurero, el kulak —frecuentemente un campesino rico de la misma comunidad—, y ofrece su dinero contante y sonante. El campesino necesita la moneda a toda costa y se ve obligado a aceptar, sin protesta alguna, las condiciones del usurero. Con ello él mismo se aprieta el dogal, y cada vez necesita más dinero. A la hora de la siega se presenta el tratante en granos; la necesidad de dinero obliga al campesino a vender parte del cereal requerido para su sustento y el de su familia. El comerciante difunde rumores falsos que hacen bajar los precios, paga muy poco y, a veces, entrega por parte del grano mercancías de toda suerte y muy caras, pues el sistema de pago en mercancías (trucksystem) está en Rusia muy desarrollado. Como vemos, la gran exportación de trigo por Rusia se basa directamente en el hambre de la población rural. Otro modo de explotación del campesino es el siguiente: un especulador toma en arriendo por largo plazo una superficie de tierra del Gobierno y la cultiva él mismo mientras da buena cosecha sin necesidad de abonos; después, cuando está ya agotada, la divide en pequeñas parcelas y la arrienda, a precios muy elevados, a los campesinos vecinos que tienen poca tierra. Si arriba hemos podido ver la existencia del sistema inglés del pago en mercancías, aquí podemos apreciar una copia exacta de los intermediarios (middlemen) irlandeses. En una palabra: no existe ningún país en el que, a pesar del estado ultraprimitivo de la sociedad burguesa, el parasitismo capitalista esté tan desarrollado como en Rusia, donde todo el país y todas las masas populares se ven envueltas y oprimidas por sus redes. ¡Y se nos dice que todos esos vampiros que chupan la sangre de los campesinos no están interesados en la existencia del Estado ruso, cuyas leyes y tribunales protegen sus nada limpios y lucrativos trucos!

La gran burguesía de Petersburgo, de Moscú, de Odesa, que se ha desarrollado con inusitada rapidez en los últiinos diez años, a consecuencia, principalmente, de la construcción de ferrocarriles, y que se ha visto afectada de la manera más sensible por la última crisis; esos exportadores de trigo, de cáñamo, de lino y de sebo, cuyos negocios se basan todos en la miseria de los campesinos; la gran industria rusa, que sólo existe gracias a las tarifas aduaneras proteccionistas que le han sido acordadas por el Estado; ¿acaso todos estos importantes elementos de la población, que aumentan rápidamente, no están interesados en la existencia del Estado ruso? Y huelga hablar del incontable ejército de funcionarios que inunda y roba a Rusia, y que forma en el país un auténtico estamento. Por eso, cuando el señor Tkachov nos asegura que el Estado ruso «no tiene raíces en la vida económica del pueblo y no encarna los intereses de ningún estamento», que «cuelga en el aire», me parece que no es el Estado ruso lo que cuelga en el vacío, sino, más bien, el propio señor Tkachov.

Es evidente que a partir de la abolición de la servidumbre la situación de los campesinos rusos se ha hecho insoportable y que no puede continuar así mucho tiempo; que, por esta sola causa, en Rusia se avecina una revolución. Pero queda en pie la interrogante: ¿Cuál puede ser, cuál será el resultado de esta revolución? El señor Tkachov dice que será una revolución social. Esto es tautología pura. Toda verdadera revolución es social, porque lleva al poder a una nueva clase y permite a ésta transformar la sociedad a su imagen y semejanza. Pero el señor Tkachov quiere decir que la revolución será socialista, que implantará en Rusia, antes de que nosotros lo logremos en Occidente, la forma de sociedad hacia la que tiende el socialismo de la Europa Occidental, y ello ¡en una sociedad en la que el proletariado y la burguesía sólo aparecen, por el momento, esporádicamente y se encuentran en un bajo nivel de desarrollo! ¡Y se nos dice que esto es posible porque los rusos constituyen, por decirlo así, el pueblo escogido del socialismo al poseer arteles y la propiedad comunal de la tierra!

El señor Tkachov sólo de pasada ha mencionado el artel, pero nosotros nos detendremos en su análisis, ya que desde los tiempos de Herzen muchos rusos le atribuyen un papel misterioso. El artel es una forma de asociación muy extendida en Rusia, la forma más simple de cooperación libre, análoga a la que se da en las tribus cazadoras durante la caza. Por cierto, tanto la denominación como el contenido son de origen tártaro, y no eslavo. Tanto una cosa como la otra pueden hallarse entre los kirguizes, los yakutos, etc., de una parte, y, de la otra, entre los lapones, los samoyedos y otros pueblos fineses[**]. Por ello el artel se desarrolló primero en el Norte y el Este de Rusia, donde los rusos están en contacto con los fineses y los tártaros, y no en el Suroeste. El clima, riguroso, hace necesaria una actividad industrial variada, y la insuficiencia del desarrollo de las cindades, lo mismo que la escasez de capital son reemplazadas, en cuanto es posible, por esa forma de cooperación. Uno de los rasgos mas acusados del artel, la caución solidaria de sus miembros ante una tercera parte, tiene su base original en las relaciones de parentesco consanguíneo, como la garantía mutua (Gewere), de los antiguos germanos, la venganza de sangre, etc. Además, la palabra artel se aplica en Rusia no sólo a todo género de actividad conjunta, sino asimismo a las instituciones colectivas. Los arteles obreros eligen siempre un jefe (stárosta, starshiná), que cumple las funciones de cajero, contable, etc., y las de administrador, cuando es necesario, y recibe por ello un salario especial. Los arteles se forman:

1. para realizar trabajos temporales, después de cuyo cumplimiento se disuelven;

2. entre los individuos dedicados a un mismo oficio, por ejemplo entre los cargadores, etc.;

3. para trabajos permanentes, industriales, en el sentirlo propio de la palabra.

Los arteles se fundan sobre la base de un contrato firmado por todos sus componentes. Si sus miembros no pueden reunir el capital necesario, cosa que ocurre con frecuencia, por ejemplo, en la producción de quesos y en la pesca (para la compra de redes, embarcaciones, etc.), el artel cae en las garras del usurero, que le presta a intereses exorbitantes el dinero que precisa y que desde este momento se embolsa la mayor parte de los ingresos obtenidos por el artel con su trabajo. Pero aún son más ignominiosamente explotados los arteles que, en calidad de obreros asalariados, se alquilan colectivamente a un patrono. Ellos mismos dirigen su actividad industrial y ahorran así al capitalista los gastos de vigilancia. El capitalista les alquila los cuchitriles en que habitan y les adelanta medios de subsistencia, con lo que vemos aparecer aquí otra vez, y del modo más vil, el sistema del pago en mercancías. Así ocurre entre los leñadores y los resineros de la provincia de Arcángel, en muchas industrias de Siberia, etc. (Véase: Flerovski, "La situación de la clase obrera en Rusia", San Petersburgo, 1869.) Como vemos, el artel facilita mucho, en este caso, la explotación de los obreros asalariados por el capitalista. Por otra parte, hay, sin embargo, arteles que emplean ellos mismos obreros asalariados que no son miembros de la asociación.

Así pues, el artel es una forma primitiva, y por ello poco desarrollada, de asociación cooperativa, sin nada exclusivamente ruso o eslavo. Estas asociaciones se forman en todas partes donde son necesarias: en Suiza, en la industria lechera; en Inglaterra, entre los pescadores, y aquí reviste las formas más diversas. Los peones de pala de Silesia (los alemanes, no los polacos), que tantos ferrocarriles alemanes construyeran en la década del 40, estaban organizados en auténticos arteles. El predominio que esta forma tiene en Rusia prueba, naturalmente, que en el pueblo ruso alienta una acusada tendencia a la asociación, pero no demuestra, ni mucho menos, que este pueblo pueda saltar, ayudado por esta tendencia, del artel a la sociedad socialista. Para este salto se precisaría, ante todo, que el propio artel fuera capaz de desarrollarse, que se desprendiese de su forma primitiva —en la cual, como hemos podido ver, es más beneficioso para el capital que para los obreros— y que se elevase, por lo menos, al nivel de las asociaciones cooperativas de la Europa Occidental. Pero si esta vez creemos al señor Tkachov (cosa más que arriesgada, después do todo lo que precede), eso está aún muy lejos. Por el contrario, con un orgullo muy característico para su punto de vista, Tkachov nos asegura:

«En cuanto a las cooperativas y asociaciones de crédito al estilo alemán» (!) «que desde hace poco vienen implantándose artificialmente en Rusia, la mayoría de nuestros obreros las acogen con la mayor indiferencia, por lo que en casi todas partes han sido un verdadero fracaso».

La asociación cooperativa moderna ha demostrado, al menos, que puede regir por cuenta propia y con provecho grandes empresas industriales (de hilados y tejidos en Lancaster). Hasta ahora el artel no se ha mostrado capaz de ello, y si no se desarrolla será inevitablemente destruido por la gran industria.

La propiedad comunal de los campesinos rusos fue descubierta en 1845 por el consejero de Estado prusiano Haxthausen, que la proclamó a los cuatro vientos como algo verdaderamente maravilloso, aunque en su patria vestfaliana hubiera podido encontrar muchos restos de esta propiedad comunal que, como funcionario, incluso estaba obligado a conocer exactamente[3], Herzen, terrateniente ruso, se enteró por Haxthausen de que sus campesinos poseían la tierra en común y se aprovechó de ello para presentar a los campesinos rusos como a los auténticos portadores del socialismo, como a comunistas natos, en contraste con los obreros del senil y podrido Occidente europeo, obligados a estrujarse los sesos para asimilar artificialmente el socialismo. Estas ideas pasaron de Herzen a Bakunin y de Bakunin al señor Tkachov. Escuchemos a este último:

«Nuestro pueblo... en su inmensa mayoría... está penetrado de los principios de la posesión en común; nuestro pueblo, si puede uno expresarse así, es comunista por instinto, por tradición. La idea de la propiedad colectiva ha arraigado tan profundamente en la concepción que el pueblo ruso tiene del mundo» (más adelante veremos cuán inmenso es el mundo del campesino ruso), «que ahora, cuando el Gobierno empieza a comprender que esta idea es incompatible con los principios de la sociedad «bien ordenada» y en nombre de estos principios trata de inculcar la idea de la propiedad privada en la conciencia y en la vida del pueblo, mas únicamente puede lograrlo mediante las bayonetas y el knut. De aquí se desprende con toda claridad que nuestro pueblo, pese a su ignorancia, está más cerca del socialismo que los pueblos de la Europa Occidental, aunque éstos sean más cultos».

En realidad, la propiedad común de la tierra es una institución que podemos observar entre todos los pueblos indoeuropeos en las fases inferiores de su desarrollo, desde la India hasta Irlanda, e incluso entre los malayos, que se desarrollan bajo la influencia de la India, por ejemplo, en la isla de Java. En 1608, la propiedad común de la tierra, que existía de derecho en el Norte de Irlanda, región recién conquistada, sirvió a los ingleses de pretexto para declarar la tierra sin propietario y confiscarla, por ello, en favor de la Corona. En la India existen aún hoy día varias formas de propiedad común de la tierra. En Alemania era éste un fenómeno general; las tierras comunales que pueden encontrarse aún hoy son restos de ella. Huellas bien precisas —los repartos periódicos de las tierras comunales, etc.— pueden observarse con frecuencia, sobre todo, en las montañas. Indicaciones y detalles más concretos acerca de la propiedad común en la antigua Alemania pueden hallarse en varias obras de Maurer que, a este respecto, son verdaderamente clásicas. En la Europa Occidental, incluidas Polonia y la Pequeña Rusia [4], esta propiedad comunal se convirtió, al llegar a cierto grado del desarrollo de la sociedad, en una traba, en un freno para la producción agrícola, por lo que fue eliminada poco a poco. En la Gran Rusia (es decir, en Rusia, propiamente) se ha conservarlo hasta ahora, lo que demuestra que la producción agrícola y las relaciones sociales en el agro ruso se encuentran, realmente, muy poco desarrolladas. El campesino ruso vive y actúa exclusivamente en su comunidad; el resto del mundo sólo existe para él en la medida en que se mezcla en los asuntos de la comunidad. Esto es hasta tal punto cierto, que en ruso una misma palabra —mir— sirve para designar, de una parte, el «universo», y, de otra, la «comunidad campesina»... Vies mir [todo el mundo] significa en el lenguaje de los campesinos la reunión de los miembros de la comunidad. Por tanto, si el señor Tkachov habla de la «concepción del mundo» del campesino ruso, es evidente que ha traducido mal la palabra rusa mir. Este aislamiento absoluto entre las distintas comunidades, que ha creado en el país intereses, cierto es, iguales, pero en ningún modo comunes, constituye la base natural del despotismo oriental; desde la India hasta Rusia, en todas partes en donde ha predominado, esta forma social ha producido siempre el despotismo oriental, siempre ha encontrado en él su complemento. No sólo el Estado ruso en general, sino incluso su forma específica, el despotismo zarista, no cuelga, ni mucho menos, en el aire sino que es un producto, necesario y lógico, de las condiciones sociales rusas, con las que, según afirma el señor Tkachov, ¡«no tiene nada de común»! El desarrollo futuro de Rusia en una dirección burguesa destruiría también aquí, poco a poco, la propiedad común sin ninguna intervención de las «bayonetas y el knut» del Gobierno zarista. Y ello con mayor razón, por cuanto en Rusia los campesinos no trabajan la tierra comunal colectivamente, a fin de dividir sólo los productos, como ocurre todavía en ciertas regiones de la India. En Rusia, por el contrario, la tierra es repartida periódicamente entre los cabezas de familia y cada uno trabaja para sí mismo su parcela. Esta circunstancia hace posible una desigualdad muy grande en cuanto al bienestar de los distintos miembros de la comunidad, y esta desigualdad existe en efecto. Casi en todas partes hay entre los miembros de la comunidad campesinos ricos, a veces millonarios, que se dedican a la usura y chupan la sangre a la masa campesina. Nadie conoce esto mejor que el señor Tkachov. Al mismo tiempo que asegura a los obreros alemanes que sólo el knut y las bayonetas pueden obligar al campesino ruso, a este comunista por instinto, por tradición, a renunciar a la «idea de la propiedad colectiva», escribe en la página 15 de su folleto ruso:

«Entre los campesinos está naciendo la clase de los kulaks, gente que compra y toma en arriendo las tierras de los campesinos y de los terratenientes. Estos individuos forman la aristocracia campesina».

Estos son los vampiros de que hemos hablado más arriba.

El rescate de la prestación personal fue lo que asestó el golpe más recio a la propiedad comunal de la tierra. Los terratenientes se hicieron con la parte más grande y mejor de las tierras; a los campesinos apenas si les quedó lo suficiente —con frecarencia ni siquiera lo bastante— para poder alimentarse. Además, los bosques fueron entregados a los nobles; y los campesinos se vieron constreñidos a comprar la leña y la madera —que antes no les costaba nada— para sus aperos y para la construcción. Así pues, el campesino no tiene hoy nada aparte de su isba y su pelada parcela, para cuyo cultivo no dispone de aperos; por lo común, ni siquiera posee bastante tierra para subsistir con su familia de cosecha a cosecha. En tales condiciones, aplastada por las cargas fiscales y los usureros, la propiedad comunal de la tierra deja de ser una bendición para convertirse en una cruz. Los campesinos huyen frecuentemente de la comunidad, con sus familias o sin ellas, y abandonan la tierra para ganarse la vida, como obreros, fuera de su aldea[***].

Está claro que la propiedad comunal en Rusia se halla ya muy lejos de la época de su prosperidad y, por cuanto vemos, marcha hacia la descomposición. Sin embargo, no se puede negar la posibilidad de elevar esta forma social a otra superior, si se conserva hasta que las condiciones maduren para ello y si es capaz de desarrollarse de modo que los campesinos no laboren la tierra por separado, sino colectivamente[****]. Entonces, este paso a una forma superior se realizaría sin que los campesinos rusos pasasen por la fase intermedia de propiedad burguesa sobre sus parcelas. Pero ello únicamente podría ocurrir si en la Europa Occidental estallase, antes de que esta propiedad comunal se descompusiera por entero, una revolución proletaria victoriosa que ofreciese al campesino ruso las condiciones necesarias para este paso y, concretamente, los medios materiales que necesitaría para realizar en todo su sistema de agricultura la revolución necesariamente a ello vinculada. Por lo tanto, el señor Tkachov dice verdaderos absurdos al asegurar que los campesinos rusos, aunque son «propietarios», «están más cerca del socialismo» que los obreros de la Europa Occidental, privados de toda propiedad. Todo lo contrario. Si algo puede todavía salvar la propiedad comunal rusa y permitir que tome una forma nueva, viable, es precisamente la revolución proletaria en la Europa Occidental.

El señor Tkachov resuelve el problema de la revolución política con la misma facilidad que el de la económica. El pueblo ruso, dice Tkachov, «protesta incesantemente» contra su esclavización «organizando sectas religiosas... negándose a pagar los impuestos... formando cuadrillas de bandidos (los obreros alemanes pueden congratularse de que Schinderhannes [5] resulte ser el padre de la socialdemocracia alemana)... provocando incendios... amotinándose... y por ello puede afirmarse que es revolucionario por instinto». Todo esto convence al señor Tkachov de que «basta con despertar en varios lugares y simultáneamente el descontento y la furia acumulados... que siempre han latido en el corazón de nuestro pueblo». Entonces, «la unión de las fuerzas revolucionarias se producirá por sí misma, y la lucha... deberá terminar favorablemente para el pueblo. La necesidad práctica, el instinto de conservación» crearán ya de por sí «lazos estrechos e indisolubles entre las comunidades que protesten».

Imposible imaginarse una revolución más fácil y agradable. Basta con amotinarse simultáneamente en tres o cuatro sitios para que el «revolucionario por instinto», la «necesidad práctica», el «instinto de conservación» hagan, «por sí mismos», todo lo demás. No se puede comprender por qué, siendo todo tan increíblemente fácil, la revolución no ha estallado hace ya tiempo, el pueblo no ha sido liberado y el país convertido en un Estado socialista ejemplar.

En realidad, las cosas son muy otras. Es cierto que el pueblo ruso, ese «revolucionario por instinto», ha desencadenado muchas insurrecciones campesinas aisladas contra la nobleza y contra determinados funcionarios, pero nunca contra el zar, de no ser que a su cabeza se haya puesto un falso zar reclamando el trono. La última gran insurrección campesina, en el reinado de Catalina II, fue posible porque Emelián Pugachov se hacía pasar por su marido, Pedro III, a quien Catalina no habría dado muerte, sino destronado y recluido en una prisión de la que había logrado escapar. Para el campesino ruso el zar es, por el contrario, Dios en la Tierra. «Dios está muy alto y el zar muy lejos», exclama desesperado el campesino. No cabe duda de que las masas de la población campesina, especialmente desde que se rescataron de la prestación personal, se ven en una situación que las obliga más y más a luchar contra el Gobierno y contra el zar; pero que el señor Tkachov vaya a otro con su cuento acerca del «revolucionario por instinto».

Además, incluso si la masa de los campesinos rusos fuera, a más no poder, revolucionaria por instinto, incluso si nos imaginásemos que la revolución puede hacerse por encargo, como una pieza de percal rameado o un samovar; incluso en tal caso yo pregunto: ¿puede un hombre que pasa ya de los doce años tener una idea tan extraordinariamente infantil del curso de la revolución como la que observamos aquí? Parece mentira que esto haya podido ser escrito después del brillante fracaso de la revolución de 1873 en España, la primera llevada a cabo según este patrón bakuninista. Allí también empezaron la insurrección simultáneamente en varios lugares. Allí también confiaban en que la necesidad práctica y el instinto de conservación establecerían de por sí una ligazón sólida e indestructible entre las comunas insurgentes. ¿Y qué ocurrió? Cada comuna, cada ciudad sólo se defendía a sí misma, ni siquiera se hablaba de la ayuda mutua y Pavía, con sólo 3.000 hombres, sometió en quince días una ciudad tras otra y puso fin a toda la gloria de los anarquistas. (Véase mi artículo "Los bakuninistas en acción", donde esto se describe con detalle.)

Es indudable que Rusia se encuentra en vísperas de una revolución. Sus asuntos financieros se hallan en el más completo desbarajuste. La prensa de los impuestos ya no ayuda, los intereses de las viejas deudas públicas se pagan recurriendo a nuevos empréstitos, y cada nuevo empréstito tropieza con mayores dificultades; ¡únicamente se puede conseguir dinero pretextando que se va a construir más ferrocarriles! Hace ya mucho que la administración está corrompida hasta la médula; los funcionarios viven más del robo, de su venalidad y de la concusión que de su paga. La producción agrícola —la más importante en Rusia— se halla en pleno desorden debido al rescate de la prestación personal en 1861; a los grandes terratenientes les falta mano de obra; a los campesinos les falta tierra, los impuestos los tienen agobiados y los usureros los despluman; la agricultura rinde menos cada año. Todo esto lo mantiene unido con gran trabajo y sólo aparentemente un despotismo oriental de cuya arbitrariedad no tenemos idea en el Occidente; un despotismo que no solo se encuentra cada día en contradicción más flagrante con las ideas de las clases ilustradas, en particular con las de la burguesía de la capital —burguesía en rápido desarrollo—, sino que en la persona de su presente portador ha perdido la cabeza: hoy hace concesiones al liberalismo, mañana, aterrado, las cancela, y así aumenta su descrédito. Además, las capas más ilustradas de la nación, concentradas en la capital, van adquiriendo conciencia de que esta situación es insoportable y de que la revolución se acerca, pero al mismo tiempo acarician la ilusión de orientarla hacia un tranquilo cauce constitucional. Aquí se dan todas las condiciones para una revolución; esta revolución la iniciarán las clases superiores de la capital, incluso, quizá, el propio Gobierno, pero los campesinos la desarrollarán, sacándola rápidamente del marco de su primera fase, de la fase constitucional: esta revolución tendrá gran importancia para toda Europa aunque sólo sea porque destruirá de un solo golpe la última y aún intacta reserva de la reacción europea. Es indudable que esa revolución se acerca. Sólo dos acontecimientos pueden aplazarla para largo: o una guerra afortunada contra Turquía o contra [421] Austria, para lo que se necesita dinero y aliados seguros, o bien... una tentativa prematura de insurrección que lleve de nuevo a las clases poseedoras a arrojarse en brazos del Gobierno.

Escrito por F. Engels en abril de 1875.

Publicado en el periódico Der Volksstaat, núms. 43, 44 y 45, del 16, 18 y 21 de abril de 1875 y en folleto aparte: F. Engels. Soziales aus Russland, Leipzig, 1875, así como en el libro: F. Engels. Internationales aus de «Volksstaat» (1871-1875), Berlin, 1894.

Firmado: F. Engels.

PALABRAS FINALES AL TRABAJO
ACERCA DE LA CUESTION SOCIAL EN RUSIA [6]
Antes que nada debo hacer la enmienda de que el señor P. Tkachov, de hablar con propiedad, no era un bakuninista, es decir, anarquista, sino que se hacía pasar por «blanquista». El error era natural, ya que el mencionado señor Tkachov, siguiendo la costumbre de los emigrados rusos de la época se declaró ante la Europa Occidental solidario con toda la emigración rusa y, en su folleto [7] defendía efectivamente también a Bakunin y compañía contra mi crítica como si ésta estuviese dirigida contra él personalmente.

Las opiniones sobre la comunidad campesina comunista rusa, que él sostenía en la polémica conmigo, eran, en el fondo, opiniones de Herzen. Este último, hombre de letras paneslavista, al que se ha creado la fama de revolucionario, se enteró por los "Estudios de Rusia" de Haxthausen que los campesinos siervos de la gleba de sus posesiones no conocían la propiedad privada sobre la tierra y que, de tarde en tarde, procedían al reparto de las tierras de labor y de los prados entre sí. En su calidad de hombre de letras no tenía por qué estudiar lo que pronto se hizo del conocimiento de cada cual, a saber, que la propiedad comunal sobre la tierra era la forma de posesión dominante en los tiempos primitivos entre los germanos, los celtas, los indios, en fin, entre todos los pueblos indoeuropeos; que en la India existe aún hoy, en Irlanda y Escocia acaba de suprimirse por la fuerza, en Alemania se encuentra incluso hoy en algunos lugares; que es una forma agonizante de posesión, que, en la práctica, es un fenómeno común de todos los pueblos en cierta fase de desarrollo. Ahora bien, como paneslavista,que fue socialista, al menos de palabra, Herzen vio en la comunidad un nuevo pretexto para presentar ante el podrido Occidente, a una luz todavía más viva, a su «santa» Rusia y su misión: rejuvenecer, regenerar, en caso de necesidad incluso con la fuerza de las armas, este Occidente descompuesto, que había vivido ya su tiempo. Lo que no pueden hacer, pese a todos sus esfuerzos, los decrépitos franceses e ingleses, los rusos lo tienen ya hecho en su tierra.

«Conservar la comunidad y liberar al individuo, extender a las ciudades y a todo el Estato la autonomía de la aldea y el subdistrito, manteniendo la unidad nacional, tal es la cuestión del porvenir de Rusia, es decir, la cuestión de la misma antinomia social cuya solución preocupa a las mentes de Occidente» (Herzen. "Cartas a Linton").

Así, en Rusia existe, quizá, aún, la cuestión política; pero, su «cuestión social» está resuelta ya.

Tkachov, ciego imitador de Herzen, veía con igual sencillez el problema. Aunque en 1875 no podía afirmar ya que la «cuestión social» en Rusia estaba resuelta, decía que los campesinos rusos, comunistas innatos, se hallaban infinitamente más cerca del socialismo y, además, vivían incomparablemente mejor que los pobres proletarios de la Europa Occidental, abandonados por Dios. Si los republicanos franceses, en virtud de su centenaria actividad revolucionaria, consideraban que su pueblo era el pueblo elegido en el aspecto político, muchos socialistas rusos de la época proclamaron a Rusia el pueblo elegido en el aspecto social; no sería el proletariado de Europa Occidental el que aportaría con su lucha el renacimiento al viejo mundo económico, sino que este renacimiento vendría desde las entrañas mismas del campesinado ruso. Precisamente contra esta idea pueril estaba dirigida mi crítica.

No obstante, la comunidad rusa ha llamado la atención y se ha ganado el reconocirniento de hombres que se hallan incomparablemente por encima de los Herzen y los Tkachov. Entre ellos estaba Nikolái Chernyshevski, ese gran pensador, al que Rusia debe tanto y cuyo asesinato lento mediante los largos años de destierro entre los yakutos siberianos amancillará eternamente la memoria de Alejandro II el «Liberador».

En razón de la barrera intelectual que separaba a Rusia de la Europa Occidental, Chernyshevski jamás conoció las obras de Marx, y cuando apareció "El Capital" hacía ya mucho tiempo que se hallaba en Sredne-Viliúisk, entre los yakutos. Todo su desarrollo espiritual transcurrió en las condiciones creadas por esa barrera intelectual. Lo que no dejaba pasar la censura rusa no existía casi o en absoluto para Rusia. Por eso, si en unos u otros casos encontramos lugares débiles en él, cierta estrechez de horizontes, no podemos por menos de asombrarnos de que no sean mucho más frecuentes.

Chernyshevski ve también en la comunidad campesina rusa un medio para pasar de la forma social contemporánea a una nueva fase de desarrollo, superior, por una parte, a la comunidad rusa y, por otra, superior a la sociedad capitalista de la Europa Occidental con todos sus antagonismos de clases. Y en que Rusia posea ese medio, mientras que el Occidente no lo tiene, Chernyshevski advierte una venteja de Rusia.

«La implantación de un orden mejor resulta extraordinariamente difícil en la Europa Occidental debido a la extensión ilimitada de los derechos individuales... no es fácil renunciar, aunque no sea más que en una parte insignificante, a lo que uno ya está habituado a distrutar, y en el Occidente el individuo está acostumbrado ya a disponer de derechos privados sin restricción. Sólo una triste experiencia y largas meditaciones pueden convencer de la utilidad y la necesidad de concesiones mutuas. En el Occidente, un orden mejor de las relaciones económicas implicaría sacrificios, por cuya razón es muy difícil su institución. Es contrario a los hábitos de los aldeanos inglés y francés». Pero «lo que parece utopía en un país, existe en otro como una realidad... las costumbres cuya implantación en la vida nacional les parece extremamente difícil al inglés y al francés existen entre los rusos como un hecho de su vida nacional... El orden de cosas a que el Occidente quiere llegar hoy tras tan difícil y largo camino existe todavía entre nosotros como fuerte costumbre popular de la vida en el campo... Vemos hoy las tristes consecuencias de la pérdida de la propiedad comunal sobre la tierra en el Occidente y qué penoso les resulta a los pueblos occidentales el recuperar lo perdido. No debemos desaprovechar el ejemplo del Occidente» (Chernyshevski. "Obras". Edición de Ginebra, t. V, págs. 16-19; citado en el libro de Plejánov "Nashi raznoglasia" («Nuestras divergencias»), Ginebra, 1885).

Y en cuanto a los cosacos de los Urales, entre los que predominaba aún el trabajo en común de la tierra con el reparto del producto entre las familias, Chernyshevski dice:

«Si el pueblo de los Urales mantiene el orden actual hasta la época en que se empleen las máquinas en la agricultura, estará contento de haber conservado un sistema que permite el empleo de máquinas que requieren el laboreo en grande, en cientos de desiatinas». (Ibídem, pág. 131.)

No cabe olvidar que los campesinos de los Urales, con su cultivo en común de la tierra, preservado contra el hundimiento por consideraciones de orden militar (también en nuestro país existe el comunismo de cuartel), tienen en Rusia una situación muy especial, más o menos la que tienen nuestras comunidades de hogares [Gehöferschaften] en el Mosela, con sus repartos periódicos. Y si esta organización se mantiene hasta que se comience a emplear máquinas, la ventaja no será para los habitantes de los Urales, sino para el fisco militar ruso, al servicio del cual se encuentran.

En todo caso, una cosa es cierta: mientras en la Europa Occidental la sociedad capitalista se desintegra y las contradicciones insolubles de su propio desarrollo le amenazan con la muerte, en Rusia, cerca de la mitad de toda la tierra de labor se encuentra todavía en poder de las comunidades campesinas. Si en el Occidente, la solución de las contradicciones mediante una nueva organización de la sociedad implica, como condición indispensable, el paso de todos los medios de producción y, por consiguiente, de la tierra, en propiedad de toda la sociedad, ¿en qué razón respecto de esta propiedad común, que en el Occidente sólo se piensa crear, se halla la propiedad ya existente o, mejor dicho, todavía existente en Rusia? ¿No podría servir de punto de partida del movimiento popular que, saltándose todo el período capitalista, transformará de golpe el comunismo campesino ruso en propiedad común socialista moderna sobre todos los medios de producción, euriqueciéndolo con todos los adelantos técnicos de la era capitalista? O, como formula Marx en una carta que citamos a continuación la idea de Chernyshevski[*****]: «¿Debe Rusia, como lo quieren sus economistas liberales, comenzar por la destrucción de la comunidad rural, a fin de pasar al régimen capitalista, o, al contrario, puede, sin pasar por los sufrimientos que le acarrearía ese régimen, apropiarse todos sus frutos, desarrollando sus propias dotes históricas?»

Ya la sola manera de plantear la cuestión muestra el sentido en que debe buscarse su solución. La comunidad rusa ha existido centenares de años, y en su interior jamás ha surgido alguna tendencia a modificarse para llegar a una forma superior de propiedad común; exactamente lo mismo ha ocurrido con la marca germana, el clan celta, las comunidades indias y otras con su comunismo primitivo. Todas ellas, con el curso del tiempo, bajo la influencia de la producción mercantil y el cambio entre familias e individuos que les rodeaba, que surgía en su seno y se apoderaba paulatinamente de ellas, iban perdiendo más y más su carácter comunista para transformarse en comunidades de propietarios de tierra independientes el uno del otro. Por eso, si es que se puede, en general, plantear la cuestión de saber si a la comunidad rusa le espera un destino mejor, la causa de ello no radica en ella misma, sino únicamente en que, en un país europeo ha conservado cierta fuerza vital hasta una época en que en la Europa Oceidental, la producción mercantil y su forma última y superior —la producción capitalista— ha entrado en contradicción con las fuerzas productivas creadas por ella misma, una época en que resulta incapaz ya de dirigirlas y perece a consecuencia de dichas contradicciones internas y los conflictos de clases condicionados por estas últimas. Ya sólo eso prueba que la iniciativa de semejante transformación de la comunidad rusa únicamente puede partir del proletariado industrial del Occidente, y no de la comunidad misma. La victoria del proletariado de la Europa Occidental sobre la burguesía y la subsiguiente sustitución de la producción capitalista con la dirigida por la sociedad es la condición previa necesaria para que la comnnidad rusa alcance el mismo nivel de desarrollo.

En efecto: en ninguna parte y jamás el comunismo agrario, herencia del régimen gentilicio, ha engendrado por sí mismo algo que no sea su propia desintegración. La propia comunidad campesina rusa en 1861 era ya una forma debilitada de dicho comunismo; el trabajo en común de la tierra, existente aún en ciertas partes de la India y en la comunidad doméstica de los eslavos del Sur (la zadruga), antepasado probable de la comunidad rusa, debía ceder el lugar al cultivo por familias; la propiedad comunal no se manifestaba más que en los repetidos repartos de la tierra, que se practicaban, según el lugar, con muy distintos intervalos. Tan pronto como cesen estos repartos de por sí o por decreto especial, tendremos la aldea de campesinos parcelarios.

Ahora bien, el solo hecho de que la producción capitalista de la Europa Occidental, que existe al lado de la comunidad campesina rusa, se acerque, a la vez, al momento de su hundimiento, habiendo ya en ella el germen de la nueva forma de producción, en la que los medios de producción, convertidos en propiedad social, se emplearán con arreglo a un plan determinado, ya solo eso no puede por menos de dar a la comunidad rusa una fuerza que le permitirá engendrar por sí misma esta nueva forma social. ¿Cómo podrá la comunidad asimilar las gigantescas fuerzas productivas de la sociedad capitalista como propiedad social e instrumento social antes de que la propia sociedad capitalista realice esta revolución? ¿Cómo puede la comunidad rusa mostrar al mundo la manera de administrar la gran industria sobre principios sociales cuando ha perdido ya la capacidad de cultivar en común sus propias tierras?

Cierto es que en Rusia hay mucha gente que conoce bien la sociedad capitalista occidental, con todas sus contradicciones insolubles y conflictos, y posee una idea clara acerca de la salida de ese aparente atolladero. Pero, en primer lugar, esos contados miles de personas que lo comprenden no viven en la comunidad y los cincuenta millones largos que en Rusia propiamente dicha viven todavía bajo el régimen de la propiedad comunal sobre la tierra no tienen la menor noción de ello. Les son tan ajenas e incomprensibles las concepciones de estos contados miles de hombres como fueron ajenas e incomprensibles para los proletarios ingleses de 1800-1840 los planes que concebía para su salvación Robert Owen. Y entre los obreros que trabajaban en la fábrica de Owen en New Lanark, la mayoría se había educado en un ambiente y costumbres del régimen comunista gentilicio en proceso de desintegración, en el clan celta-escosez. Sin embargo, Owen no dijo una palabra acerca de que había encontrado una mejor comprensión [426] entre esos hombres. En segundo lugar, es históricamente imposible que una sociedad que se halla a un grado de desarrollo económico inferior tenga que resolver problemas y conflictos que surgen y pueden surgir sólo en una sociedad que se halla a un grado de desarrollo mucho más alto. El único rasgo común de todas las formas de comunidad gentilicia surgidas antes de aparecer la producción mercantil y el cambio privado, por un lado, y la futura sociedad socialista, por otro, consiste en que ciertas cosas, los medios de producción, son de propiedad común y se hallan en uso común de determinados grupos. No obstante, este rasgo común no hace que la forma social inferior sea capaz de dar vida, de por sí, a la propia sociedad socialista futura, último producto de la sociedad capitalista. Cada formación económica concreta tiene que resolver sus propios problemas, nacidos de su propio seno; acometer la solución de problemas que se plantean ante otra formación, completamente ajena, sería un contrasentido absoluto. Y esto no se refiere a la comunidad rusa menos que a la zadruga de los eslavos meridionales, a la comunidad gentilicia india o a cualquier otra forma social del período del salvajismo o la barbarie, a la que distinguía la posesión en común de los medios de producción.

En cambio, no es sólo posible, sino incluso indudable que después de la victoria del proletariado y del paso de los medios de producción a ser propiedad común de los pueblos de la Europa Occidental, los países que apenas han entrado por la vía de la producción capitalista y que han conservado costumbres del régimen gentilicio o restos del mismo puedan utilizar estas huellas de posesión comunal y las costumbres nacionales correspondientes como poderoso medio de reducir sustancialmente el proceso de su avance hacia la sociedad socialista y evitar la mayor parte de los sufrimientos y la lucha a través de los que tenemos que abrirnos paso en la Europa Occidental. Pero condiciones indispensables para ello son el ejemplo y el apoyo activo del Occidente todavía capitalista. Sólo cuando la economía capitalista esté superada en su país de origen y en los países en que ha alcanzado su florecimiento, cuando los países atrasados vean «cómo se hace eso», cómo hay que poner las fuerzas productivas de la industria moderna, hechas propiedad social, al servicio de toda la sociedad, sólo entonces podrán estos países atrasados emprender ese camino acortado de desarrollo. En compensación, tienen entonces el éxito asegurado. Y eso no se refiere sólo a Rusia, sino a todos los países que se hallan en la fase de desarrollo precapitalista. Sin embargo, en Rusia, eso será relativamente fácil porque, aquí, una parte de la población aborigen ha asimilado ya los resultados intelectuales del desarrollo capitalista, merced a lo cual, en el período de la revolución, [427] será posible llevar a cabo la reorganización de la sociedad casi al mismo tiempo que en el Occidente.

Marx y yo lo hemos dicho ya el 21 de enero de 1882, en el prefacio a la edición rusa del "Manifiesto del Partido Comunista" traducido por Plejánov. Nosotros decíamos:

«Pero en Rusia, al lado del florecimiento febril del fraude capitalista y de la propiedad territorial burguesa en vías de formación, más de la mitad de la tierra es posesión comunal de los campesinos. Cabe, entonces, la pregunta: ¿podría la comunidad rural rusa —forma por cierto ya muy desnaturalizada de la prinlitiva propiedad común de la tierra— pasar directamente a la forma superior de la propiedad colectiva, a la forma comunista, o, por el contrario, deberá pasar primero por el mismo proceso de disolución que constituye el desarrollo histórico del Occidente?

La única respuesta que se puede dar hoy a esta cuestión es la siguiente: si la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria en el Occidente, de modo que ambas se completen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia podrá servir de punto de partida a una evolución comunista» [******].

Sin embargo, no cabe olvidar que la mencionada descomposición avanzada de la propiedad comunal rusa ha dado desde entonces un considerable paso adelante. Las derrotas sufridas durante la guerra de Crimea mostraron claramente que Rusia tenía necesidad de un rápido desarrollo industrial. En primer término, hacían falta ferrocarriles, y la vasta extensión de éstos es imposible sin una gran industria patria. La condición preliminar de su aparición era la llamada emancipación de los campesinos; con ella comenzó para Rusia la era capitalista, pero, a la vez, la era de la rápida destrucción de la propiedad comunal de la tierra. Agobiados por el peso de los pagos de rescate y los grandes impuestos, los campesinos, al recibir terrenos menores y peores, se vieron inevitablemente en manos de los usureros, en la mayoría de los casos miembros enriquecidos de la comunidad campesina. Los ferrocarriles ofrecieron a muchos lugares antes lejanos el acceso a los mercados de venta de cereales; en cambio, por esos mismos ferrocarriles comenzaron a llevarse a dichos lugares productos baratos de la gran industria que desplazaban las industrias artesanas de los campesinos, que trabajaban, en parte, para el consumo propio y, en parte, para la venta. Las tradicionales relaciones económicas se alteraron, comenzó la desintegración de las conexiones que acompañaba por doquier el paso de la economía natural a la monetaria, entre los miembros de la comunidad aparecieron grandes diferencias de patrimonio: los pobres pasaban a depender por deuda de los ricos. En una palabra, comenzó la descomposición de la comunidad rusa debido al mismo proceso de penetración de la economía monetaria que, en Atenas, mucho tiempo antes de Solón, causó la descomposición de su gens [*******]. Es verdad que Solón podía, mediante una intromisión revolucionaria en el todavía reciente derecho de propiedad privada, liberar a los deudores esclavizados, anulando simplemente las deudas de estos últimos. Pero no podía resucitar la antigua gens ateniense, y del mismo modo no hay fuerza capaz de restablecer la comunidad rusa después de que el proceso de su disgregación ha alcanzado cierto nivel. Además, el Gobierno ruso ha prohibido los repartos entre los miembros de la comunidad más que una vez cada 12 años, a fin de que el campesino pierda cada vez más la costumbre de los repartos y se considere propietario privado de su lote.

Marx expuso su opinión en ese sentido ya en 1877 en una carta a Rusia [********]. Un cierto señor Zhukovski, el mismo que, en calidad de cajero del Banco del Estado, firma hoy los billetes de crédito para Rusia, publicó algo acerca de Marx en "Véstnik Evropy" («Mensajero de Europa»), otro escritor [********] le objetó en "Otéchestvennye Zapishi" [8] («Anales de la Patria»). A fin de hacer una corrección a este último artículo, Marx escribió al redactor de "Zapiski" una carta que circuló durante mucho tiempo en Rusia en copias manuscritas del original francés, siendo publicada luego en ruso, en 1886, en "Véstnik Narodnoi Voli" («Mensajero de la Voluntad del Pueblo») en Ginebra y después en Rusia misma [9]. La carta, al igual que todo lo que salía de la pluma de Marx, llamó mucha atención en los medios rusos y fue interpretada de las más distintas maneras; por eso resumiré aquí su contenido.

Ante todo, Marx rechaza la concepción que le atribuye "Otéchestvennye Zapiski" acerca de que él, lo mismo que los liberales rusos, considera que para Rusia no existe cosa más urgente que la destrucción de la propiedad comunal campesina para pasar precipitadamente al capitalismo. Su breve observación acerca de Herzen en la adición a la primera edición de "El Capital" no prueba absolutamente nada. La observación dice: «Si en el continente europeo, la influencia de la producción capitalista, que socava el género humano,... sigue desarrollándose como lo ha hecho hasta ahora, del brazo con la competencia en la hipertrofia del militarismo nacional, de las deudas del Estado, de los impuestos, en la manera elegante de librar guerras, etc., se llegará efectivamente a la necesidad inevitable de rejuvenecimiento de Europa con la ayuda del látigo y la inyección obligatoria de sangre calmuca, como lo profetiza tan seriamente el semirruso, pero, en cambio, puro moscovita Herzen (observemos, entre otras cosas, que este hombre de letras no ha hecho sus descubrimientos respecto del «comunismo ruso» en Rusia, sino en una obra del prusiano Haxthausen, consejero de Estado)» ("El Capital", t. I, primera edición alemana, pág. 763) [10]. Luego, Marx prosigue: este lugar «no puede servlr, de manera alguna, de clave para mis concepciones acerca de los esfuerzos» (sigue la cita en ruso) «de los rusos con vistas a hallar para su patria el camino de desarrollo diferente del que ha seguido y sigue la Europa Occidental», etc. «En las palabras finales para la segunda edición alemana de "El Capital" yo hablo del gran sabio y crítico ruso» (Chernyshevski) [**********] «con el profundo respeto que merece. Este sabio trata en sus notables artículos el problema de si debe Rusia, como lo quieren sus economistas liberales, comenzar por la destrucción de la comunidad rural, a fin de pasar al régimen capitalista, o, al contrario, puede, sin pasar por los sufrimientos que le acarrearía ese régimen, apropiarse todos sus frutos, desarrollando sus propias dotes históricas. Chernyshevski se pronuncia en el sentido de esta última solución».

«Por cierto, visto que no me gusta dejar «lugar a dudas», me expresaré sin ambages. A fin de poder opinar con conocimiento de causa acerca del desarrollo económico de Rusia, he aprendido el idioma ruso y estuve durante muchos años estudiando publicaciones especiales y de otro género referentes a este asunto. Llegué a la siguiente conclusión. Si Rusia marcha por el camino que viene siguiendo desde 1861, perderá la mejor oportunidad que la historia ha ofrecido jamás a algún pueblo y sufrirá todas las peripecias fatales del régimen capitalista» [***********].

Más adelante, Marx explica otros errores cometidos por su crítico; el único pasaje que tiene algo que ver con el problema que nos ocupa dice:

«Así pues, qué aplicación a Rusia ha podido hacer mi crítico de este esbozo histórico». (Trátase de la acumulación originaria de capital.) «Sólo la siguiente. Si Rusia tiende a ser una nación capitalista como las de la Europa Occidental —y en los últimos años ha hecho mucho en ese sentido— no lo logrará si no convierte previamente en proletarios a una parte considerable de sus campesinos; y después de eso, una vez en medio del régimen capitalista, se verá sujeta a sus leyes implacables, lo mismo que los otros pueblos profanos. Eso es todo».

Así escribía Marx en 1877. A la sazón había en Rusia dos gobiernos: el del zar y el del comité ejecutivo (ispolnítelnyi komitet) secreto de los conspiradores terroristas [11]. El poder de este segundo Gobierno, el secreto, iba en ascenso cada día. El derrocamiento del zarismo parecía inminente; la revolución en Rusia debía privar a toda la reacción europea de su más poderoso puntal, de su gran ejército de reserva, y dar así un fuerte impulso al movimiento político del Occidente, creando para él, además, unas condiciones de lucha incomparablemente más propicias. No es de extrañar, por tanto, que Marx, en su carta, aconseje a los rusos que no se apresuren con su salto al capitalismo.

La revolución rusa no se produjo. El zarismo ha triunfado sobre el terrorismo, el cual, en el momento presente ha empujado a todas las clases pudientes y «amigas del orden» a que se abracen con el zarismo. Y a lo largo de los 17 años transcurridos desde que fue escrita esta carta de Marx, tanto el desarrollo del capitalisino como la desintegración de la comunidad campesina en Rusia han progresado enormemente. ¿Cómo están las cosas hoy, en 1894?

Dado que el viejo despotismo zarista continuaba inmutable después de las derrotas sufridas en la guerra de Crimea y del suicidio de Nicolás I, no quedaba más que un solo camino: pasar lo más pronto posible a la industria capitalista. Acabaron con el ejército las vastas extensiones del Imperio, las largas marchas hacia el teatro de operaciones; era preciso superar estas distancias mediante la construcción de una red de ferrocarriles estratégicos. Pero, los ferrocarriles implican la creación de una industria capitalista y revolucionan la agricultura primitiva. Por una parte, los productos agrícolas de las regiones más apartadas del país entran en contacto directo con el mercado mundial; por otra, no se puede construir y explotar una amplia red ferroviaria sin disponer de una industria nacional capaz de suministrar rieles, locomotoras, vagones, etc. Pero es imposible crear una rama de la gran industria sin poner en marcha, a la vez, todo el sistema; la industria textil, de tipo relativamente moderno, que ya había arraigado en las provincias de Moscú y de Vladímir, así como en el territorio del Báltico, recibió un nuevo impulso. Siguió a la construcción de ferrocarriles y fábricas la ampliación de los bancos y la fundación de otros nuevos; el que los campesinos se vieran libres de la servidumbre engendraba la libertad de desplazamiento; cabía esperar que una parte considerable de esos campesinos se viese libre también de toda posesión de tierras. Así, en un breve período se colocaron en Rusia las bases del modo de producción capitalista. Pero, al propio tiempo, se dio con el hacha en las raíces de la comunidad campesina rusa.

Es inútil lamentarlo ahora. Si, después de la guerra de Crimea, el despotismo zarista hubiese sido sustituido con la dominación parlamentaria directa de la nobleza y la burocracia, ese proceso hubiera sido, posiblemente, algo más lento; si el poder hubiese sido tomado por la burguesía naciente, el proceso se hubiera acelerado indudablemente. En aquellas condiciones no había otra solución. Cuando en Francia existía el Segundo Imperio, cuando en Inglaterra prosperaba la industria capitalista, no se podía exigir que Rusia se lanzase de cabeza, a partir de la comunidad campesina, a realizar desde arriba experimentos de socialismo de Estado. Algo debía pasar. Y pasó lo que era posible en semejantes condiciones; lo mismo que siempre y en todas partes en los países de producción mercantil, los hombres actuaron, en la mayoría de los casos, sólo de modo semiconsciente o mecánicamente, sin darse cuenta de lo que hacían.

Mientras tanto sobrevino un período nuevo, inaugurado por Alemania, un período de revoluciones por arriba, un período de rápido crecimiento del socialismo en todos los países europeos. Rusia ha tomado parte en el movimiento general. Como era de esperar, aquí este movimiento ha adquirido la forma de asalto resuelto, con el fin de derrocar el despotismo zarista, con el fin de conquistar la libertad de desarrollo intelectual y político de la nación. La fe en la fuerza milagrosa de la comunidad campesina, de cuyo seno puede y debe venir el renacimiento social —fe de la que no estaba exento del todo, como vemos, el propio Chernyshevski—, esa fe ha hecho lo suyo, al estimular el entusiasmo y la energía de los heroicos combatientes rusos de vanguardia. A estos hombres, unos cuantos cientos, cuya abnegación y valor hicieron que el absolutismo zarista llegase a pensar en una capitulación eventual y en las condiciones de la misma, a estos hombres no les pediremos cuentas por haber considerado que su pueblo ruso era el pueblo elegido de la revolución social. Pero no tenemos por qué compartir con ellos su ilusión. El tiempo de los pueblos elegidos ha pasado para siempre.

Y mientras hervía esta lucha, el capitalismo progresaba en Rusia, acercándose más y más al objetivo que no habían logrado los terroristas: forzar al zarismo a capitular.

El zarismo necesitaba dinero. Y no sólo para el lujo de la corte, para la burocracia y, en primer término, para el ejército y la política exterior basada en sobornos, sino, sobre todo, para sus finanzas en estado lamentable y la política absurda en el dominio de la construcción de ferrocarriles. En el extranjero ya nadie quería ni podía cubrir los déficits del tesoro zarista; había que buscar ayuda dentro del país. Hubo que colocar una parte de las acciones ferroviarias dentro del país, al igual que una parte de los préstamos. La primera victoria de la burguesía rusa fue la adquisición de concesiones ferroviarias, que garantizaban todas las ganancias futuras a los accionistas, y todas las pérdidas, al Estado. Luego vinieron los subsidios y los premios por la institución de empresas industriales, como también las tarifas de protección de la industria nacional, tarifas que hicieron, en fin de cuentas, absolutamente imposible la importación de gran número de objetos. El Estado ruso, agobiado por las ilimitadas deudas y viendo su crédito en el extranjero casi anulado, tiene que ocuparse, en beneficio directo del fisco, en implantar artificialmente la industria nacional. El Estado ruso siente una necesidad constante de oro para pagar los intereses de sus deudas en el extranjero. Pero, en Rusia no hay oro en circulación, en ese país no circula más que papel moneda. Cierta cantidad de oro procede de las aduanas, que cobran los derechos sólo en oro, lo cual, por cierto, eleva en el 50% la magnitud de los aranceles. Ahora bien, las mayores cantidades de oro deben proceder de la diferencia entre el valor de la exportación de materias primas rusas y el de la importación de artículos de la industria extranjera; las letras de cambio libradas a los compradores extranjeros por valor de este excedente las compra el Gobierno ruso en el país con papel moneda y luego las cambia por oro. Por eso, si el Gobierno no quiere recurrir a nuevos préstamos extranjeros para pagar los intereses de deudas extranjeras, debe cuidar de que la industria rusa se consolide rápidamente para cubrir toda la demanda interior. De ahí la exigencia de que Rusia llegue a ser un país industrial capaz de abastecerse a sí mismo para no depender del extranjero; de alií los esfuerzos convulsivos del Gobierno empeñado en alcanzar en unos cuantos años el desarrollo máximo del capitalismo. Si no se logra eso, no quedará otra solución que tocar el fondo metálico de guerra acumulado en el Banco del Estado y en el Tesoro o ir a la quiebra. En uno u otro caso eso significaría el fin de la política exterior rusa.

Una cosa está clara: en estas circunstancias, la joven burguesía rusa tiene el Estado enteramente en sus manos. En todos los problemas económicos importantes, el Estado se ve forzado a someterse a sus deseos. El que la burguesía tolere todavía la autocracia despótica del zar y de los funcionarios de éste s

Por : Arriba el puño don Eduardo! el Sábado 27 de Agosto de 2005

IV
La primera tentativa de conspiración de los esclavistas para sojuzgar a París logrando su ocupación por los prusianos, fracasó ante la negativa de Bismarck. La segunda tentativa, la del 18 de marzo, terminó con la derrota del ejército y la huída a Versalles del gobierno, que ordenó a todo el aparato administrativo que abandonase sus puestos y le siguiese en la huida. Mediante la simulación de negociaciones de paz con París, Thiers ganó tiempo para preparar la guerra contra él. Pero, ¿de dónde sacar un ejército? Los restos de los regimientos de línea eran escasos en número e inseguros en cuanto a moral. Su llamamiento apremiante a las provincias para que acudiesen en ayuda de Versalles con sus guardias nacionales y sus voluntarios, tropezó con una negativa rotunda. Sólo Bretaña mandó a luchar bajo una bandera blanca a un puñado de chuans [90], con un corazón de Jesús en tela blanca so bre el pecho y gritando "Vive le roi! " ("¡Viva el rey!"). Así, Thiers se vio obligado a reunir a toda prisa una turba abiga rrada, compuesta por marineros, soldados de infantería de marina, zuavos pontificios, más los gendarmes de Valentin y los sergents de ville y mouchards [confidentes] de Pietri. Pero este ejército habría sido ridículamente ineficaz sin la incorporación de los prisioneros de guerra imperiales que Bismarck fue entregando a plazos en cantidad suficiente para mantener viva la guerra civil y para tener al Gobierno de Versalles en abyecta dependencia con respecto a Prusia. Durante la guerra misma, la policia versallesa tenía que vigilar al ejército de Versalles, mientras que los gendarmes tenían que arrastrarlo a la lucha, colocándose ellos siempre en los puestos de peligro. Los fuertes que cayeron no fueron conquistados, sino comprados. El heroismo de los federales convenció a Thiers de que para vencer la resistencia de París no bastaban su genio estratégico ni las bayonetas de que disponía.

Entretanto, sus relaciones con las provincias se hacían cada vez más difíciles. No llegaba un solo mensaje de adhesión para estimular a Thiers y a sus "rurales". Muy al contrario, llegaban de todas partes diputaciones y mensajes pidiendo, en un tono que tenía de todo menos de respetuoso, la recondliación con París sobre la base del reconocimiento inequívoco de la República, el reconocimiento de las libertades comunales y la disolución de la Asamblea Nacional, cuyo mandato había expirado ya. Estos mensajes afluían en tal número, que en su circular dirigida el 23 de abril a los fiscales, Dufaure, ministro de Justicia de Thiers, les ordenaba considerar como un crimen "el llamamiento a la conciliación". No obstante, en vista de las perspectivas desesperadas que se abrían ante su campaña militar, Thiers se decidió a cambiar de táctica, ordenando que el 30 de abril se celebrasen elecciones municipales en todo el país, sobre la base de la nueva ley municipal dictada por él mismo a la Asamblea Nacional. Utilizando, según los casos, las intrigas de sus prefectos y la intimidación policíaca, estaba completamente seguro de que el resultado de la votación en las provincias le permitiría ungir a la Asamblea Nacional con aquel poder moral que jamás había tenido, y obtener por fin de las provincias la fuerza material que necesitaba para la conquista de París.

Thiers se preocupó desde el primer momento en combinar su guerra de bandidaje contra París -- glorificada en sus propios boletines -- y las tentativas de sus ministros para instaurar de un extremo a otro de Francia el reinado del terror, con una pequeña comedia de conciliación, que había de servirle para más de un fin. Trataba con ello de engañar a las provincias, de seducir a la clase media de París y, sobre todo, de brindar a los pretendidos republicanos de la Asamblea Nacional la oportunidad de esconder su traición contra París detrás de su fe en Thiers. El 21 de marzo, cuando aún no disponía de un ejército, Thiers declaraba ante la Asamblea: "Pase lo que pase, jamás enviaré tropas contra París". El 27 de marzo, intervino de nuevo para decir: "Me he encontrado con la República como un hecho consumado y estoy firmemente decidido a mantenerla". En realidad, en Lyon y en Marsella[91] aplastó la revolución en nombre de la República, mientras en Versalles los bramidos de sus "rurales" ahogaban la simple mención de su nombre. Después de esta hazaña, rebajó el "hecho consumado" a la categoría de hecho hipotético. A los príncipes de Orleáns, que Thiers había alejado de Burdeos por precaución, se les permitía ahora intrigar en Dreux, lo cual era una violación flagrante de la ley. Las concesiones prometidas por Thiers, en sus interminables entrevistas con los delegados de París y provincias, aunque variaban constantemente de tono y de color, según el tiempo y las circunstancias, se reducían siempre, en el fondo, a la promesa de que su venganza se limitaría al "puñado de criminales complicados en los asesinatos de Lecomte y Clément Thomas", bien entendido que bajo la condición de que París y Francia aceptasen sin reservas al señor Thiers como la mejor de las repúblicas posibles, tal como él había hecho en 1830 con Luis Felipe. Pero hasta estas mismas concesiones, no sólo se cuidaba de ponerlas en tela de juicio mediante los comentarios oficiales que hacía a través de sus ministros en la Asamblea, sino que, además, tenía a su Dufaure para actuar. Dufaure, viejo abogado orleanista, había sido juez supremo de todos los estados de sitio, lo mismo ahora, en 1871, bajo Thiers, que en 1839, bajo Luis Felipe, y en 1849, bajo la presidencia de Luis Bonaparte.[92] Durante su cesantía de ministro, había reunido una fortuna defendiendo los pleitos de los capitalistas de París y había acumulado un capital político pleiteando contra las leyes elaboradas por él mismo. Ahora, no contento con hacer que la Asamblea Nacional votase a toda prisa una serie de leyes de represión que, después de la caída de París, habían de servir para extirpar los últimos vestigios de las libertades republicanas en Francia,[93] trazó de antemano la suerte que había de correr París, al abreviar los trámites de los Tribunales de Guerra,[94] que le parecían demasiado lentos, y al presentar una nueva ley draconiana de. deportación. La Revolución de 1848, al abolir la pena de muerte para los delitos políticos, la había sustituido por la deportación. Luis Bonaparte no se atrevió, por lo menos en teoría, a restablecer el régime de la guillotina. Y la Asamblea de los "rurales", que aún no se atrevía a insinuar siquiera que los parisinos no eran rebeldes sino asesinos, no tuvo más remedio que limitarse, en la venganza que preparaba contra París, a la nueva ley de deportaciones de Dufaure. Bajo todas estas circunstancias, Thiers no hubiera podido seguir representando su comedia de conciliación, si esta comedia no hubiese arrancado, como él precisamente quería, gritos de rabia entre los "rurales", cuyas cabezas rumiantes no podían comprender la farsa, ni todo lo que la farsa exigia en cuanto a hipocresia, tergiversación y dilaciones.

Ante la proximidad de las elecciones municipales del 30 de abril, el día 27 Thiers representó una de sus grandes escenas conciliatorias. En medio de un torrente de retórica sentimental, exclamó desde la tribuna de la Asamblea: "La única conspiración que hay contra la República es la de París, que nos obliga a derramar sangre francesa. No me cansaré de repetirlo: ¡que aquellas manos suelten las armas infames que empuñan y el castigo se detendrá inmediatamente mediante un acto de paz del que sólo quedará excluido un puñado de criminales!" Y como los "rurales" le interrumpieran violentamente, replicó: "Decidme, señores, os lo suplico, si estoy equivocado. ¿De veras deploráis que yo haya podido declarar aquí que los criminales no son en verdad más que un puñado? ¿No es una suerte, en medio de nuestras desgracias, que quienes fueron capaces de derramar la sangre de Clément Thomas y del general Lecomte sólo representan raras excepciones?"

Sin embargo, Francia no prestó oidos a aquellos discursos que Thiers creía eran cantos de sirena parlamentaria. De los 700.000 concejales elegidos en los 35.000 municipios que aún conservaba Francia, los legitimistas, orleanistas y bonapartistas coligados no obtuvieron siquiera 8.000. Las diferentes votaciones complementarias arrojaron resultados aún más hostiles. De este modo, en vez de sacar de las provincias la fuerza material que tanto necesitaba, la Asamblea perdía hasta su último título de fuerza moral: el de ser expresión del sufragio universal de la nación. Para remachar la derrota, los ayuntamientos recién elegidos amenazaron a la Asamblea usurpadora de Versalles con convocar una contraasamblea en Burdeos.

Por fin había llegado para Bismarck el tan esperado momento de lanzarse a la acción decisiva. Ordenó perentoriamente a Thiers que mandase a Francfort delegados plenipotenciarios para sellar definitivamente la paz. Obedeciendo humildemente a la llamada de su señor, Thiers se apresuró a enviar a su fiel Jules Favre, asistido por Pouyer-Quertier. Pouyer-Quertier, "eminente" hilandero de algodón de Ruán, ferviente y hasta servil partidario del Segundo Imperio, jamás había descubierto en éste ninguna falta, fuera de su tratado comercial con Inglaterra,[95] atentatorio para los intereses de su propio negocio. Apenas instalado en Burdeos como ministro de Hacienda de Thiers, denunció este "nefasto" tratado, sugirió su pronta derogación y tuvo incluso el descaro de intentar, aunque en vano (pues echó sus cuentas sin Bismarck), el inmediato restablecimiento de los antiguos aranceles protectores contra Alsacia, donde, según él no existía el obstáculo de ningún tratado internacional anterior. Este hombre, que veía en la contrarrevolución un medio para rebajar los salarios en Ruán, y en la entrega a Prusia de las provincias francesas un medio para subir los precios de sus artículos en Francia, ¿no era éste el hombre predestinado para ser elegido por Thiers, en su última y culminante traición, como digno auxiliar de Jules Favre?

A la llegada a Francfort de esta magnífica pareja de delegados plenipotenciarios, el brutal Bismarck los recibió con este dilema categórico: "¡O la restauración del Imperio, o la aceptación sin reservas de mis condiciones de paz!". Entre estas condiciones entraba la de acortar los plazos en que había de pagarse la indemnización de guerra y la prórroga de la ocupación de los fuertes de París por las tropas prusianas mientras Bismarck no estuviese satisfecho con el estado de cosas reinante en Francia. De este modo, Prusia era reconocida como supremo árbitro de la política interior francesa. A cambio de esto, ofrecía soltar, para que exterminase a París, al ejército bonapartista que tenía prisionero y prestarle el apoyo directo de las tropas del emperador Guillermo. Como prenda de su buena fe, se prestaba a que el pago del primer plazo de la indemnización se subordinase a la "pacificación" de París. Huelga decir que Thiers y sus delegados plenipotenciarios se apresuraron a tragar esta sabrosa carnada. El Tratado de Paz fue firmado por ellos el 10 de mayo y ratificado por la Asamblea de Versalles el 18 del mismo mes.

En el intervalo entre la conclusión de la paz y la llegada de los prisioneros bonapartistas, Thiers se creyó tanto más obligado a reanudar su comedia de reconciliación cuanto que los republicanos, sus instrumentos, estaban apremiantemente necesitados de un pretexto que les permitiese cerrar los ojos a los preparativos para la carnicería de París. Todavía el 8 de mayo contestaba a una comisión de conciliadores de la clase media: "Tan pronto como lo insurrectos se decidan a capitular, las puertas de París se abrirán de par en par durante una semana para todos, con la sola excepción de los asesinos de los generales Clément Thomas y Lecomte."

Pocos días después, interpelado violentamente por los "rurales" acerca de estas promesas, se negó a entrar en ningún género de explicaciones; pero no sin hacer esta alusión significativa: "Os digo que entre vosotros hay hombres impacientes, hombres que tienen demasiada prisa. Que aguarden otros ocho días; al cabo de ellos, el peligro habrá pasado y la tarea estará a la altura de su valentía y capacidad". Tan pronto como Mac-Mahon pudo garantizarle que en breve plazo podría entrar en París, Thiers declaró ante la Asamblea que "entraría en París con la ley en la mano y exigiendo una expiación cumplida a los miserables que habían sacrificado vidas de soldados y destruido monumentos públicos". Al acercarse el momento decisivo, dijo a la Asamblea Nacional: "¡Seré implacable!"; a París, que no había salvación para él; y a sus bandidos bonapartistas que se les daba carta blanca para vengarse de París a discreción. Por último, cuando el 21 de mayo la traición abrió las puertas de la ciudad al general Douay, Thiers pudo descubrir el día 22 a los "rurales" el "objetivo" de su comedia de reconciliación, que tanto se habían obstinado en no comprender: "Os dije hace pocos días que nos estábamos acercando a nuestro objetivo ; hoy vengo a deciros que el objetivo está alcanzado. ¡El triunfo del orden, de la justicia y de la civilización se consiguió por fin!".

Así era. La civilización y la justicia del orden burgués aparecen en todo su siniestro esplendor dondequiera que los esclavos y los parias de este orden osan rebelarse contra sus señores. En tales momentos, esa civilización y esa justicia se muestran como lo que son: salvajismo descarado y venganza sin ley. Cada nueva crisis que se produce en la lucha de clases entre los productores y los apropiadores hace resaltar este hecho con mayor claridad. Hasta las atrocidades cometidas por la burguesía en junio de 1848 palidecen ante la infamia indescriptible de 1871. El heroísmo abnegado con que la población de París -- hombres, mujeres y niños -- luchó por espacio de ocho días después de la entrada de los versalleses en la ciudad, refleja la grandeza de su causa, como las hazañas infernales de la soldadesca reflejan el espíritu innato de esa civilización, de la que es el brazo vengador y mercenario. ¡Gloriosa civilización ésta, cuyo gran problema estriba en saber cómo desprenderse de los montones de cadáveres hechos por ella después de haber cesado la batalla!

Para encontrar un paralelo con la conducta de Thiers y de sus perros de presa hay que remontarse a los tiempos de Sila y de los dos triunviratos romanos.[96] Las mismas matanzas en masa a sangre fría; el mismo desdén, en la matanza, para la edad y el sexo; el mismo sistema de torturas a los prisioneros; las mismas proscripciones pero ahora de toda una clase; la misma batida salvaje contra los jefes escondidos, para que ni uno solo se escape; las mismas delaciones de enemigos políticos y personales; la misma indiferencia ante la carnicería de personas completamente ajenas a la contienda. No hay más que una diferencia, y es que los romanos no disponían de mitrailleuses para despachar a los proscritos en masa y que no actuaban "con la ley en la mano" ni con el grito de "civilización" en los labios.

Y tras estos horrores, volvamos la vista a otro aspecto, todavía más repugnante, de esa civilización burguesa, tal como su propia prensa lo describe.

"Mientras a lo lejos -- escribe el corresponsal parisino de un periódico conservador de Londres -- se oyen todavía disparos sueltos y entre las tumbas del cementerio de Pére Lachaise agonizan infelices heridos abandonados; mientras 6.000 insurrectos aterrados vagan en una agonía de desesperación en el laberinto de las catacumbas y por las calles se ven todavía infelices llevados a rastras para ser segados en montón por las mitrailleuses resulta indignante ver los cafés llenos de bebedores de ajenjo y de jugadores de billar y de dominó; ver cómo las mujeres del vicio deambulan por los bulevares y oír cómo el estrépito de las orgías en los cabinets particuliers de los restaurantes distinguidos turban el silencio de la noche". El señor Edouard Hervé escribe en el Journal de París [97], periódico de Versalles suprimido por la Comuna: "El modo cómo la población de París (!) manifestó ayer su satisfacción era más que frívolo, y tememos que se agrave con el tiempo. París presenta ahora un aire de día de fiesta lamentablemente poco apropiado. Si no queremos que nos llamen los parisinos de la decadencia, debemos poner término a tal estado de cosas". Y a continuación cita el pasaje de Tácito: "Y sin embargo, a la mañana siguiente de aquella horrible batalla y aun antes de haberse terminado, Roma, degradada y corrompida, comenzó a revolcarse de nuevo en la charca de voluptuosidad que destruía su cuerpo y encenagaba su alma -- alibi proelia et vulnera, alibi balnea popinaeque (aquí combates y heridas, allí baños y festines)"[98]. El señor Hervé sólo se olvida de aclarar que la "población de París" de que él habla es, exclusivamente, la población del París del señor Thiers: los francs-fileurs que volvían en tropel de Versalles, de Saint Denis, de Rueil y de Saint Germain, el París de la "decadencia".

En cada uno de sus triunfos sangrientos sobre los abnegados paladines de una sociedad nueva y mejor, esta infame civilización, basada en la esclavización del trabajo, ahoga los gemidos de sus víctimas en un clamor salvaje de calumnias, que encuentran eco en todo el orbe. Los perros de presa del "orden" transforman de pronto en un infierno el sereno París obrero de la Comuna. ¿Y qué es lo que demuestra este tremendo cambio a las mentes burguesas de todos los países? ¡Demuestra, sencillamente, que la Comuna se ha amotinado contra la civilizaciónl El pueblo de París, lleno de entusiasmo, muere por la Comuna en número no igualado por ninguna batalla de la historia. ¿Qué demuestra esto? ¡Demuestra, sencillamente que la Comuna no era el gobierno propio del pueblo, sino la usurpación del Poder por un puñado de criminales! Las mujeres de París dan alegremente sus vidas en las barricadas y ante los pelotones de ejecución. ¿Qué demuestra esto? ¡Demuestra, sencillamente, que el demonio de la Comuna las ha convertido en Megeras y Hécates! La moderación de la Comuna durante los dos meses de su dominación indisputada sólo es igualada por el heroísmo de su defensa. ¿Qué demuestra esto? ¡Demuestra, sencillamente, que durante dos meses, la Comuna ocultó cuidadosamente bajo una careta de moderación y de humanidad la sed de sangre de sus instintos satánicos, para darle rienda suelta en la hora de su agonía!

En el momento del heroico holocausto de sí mismo, el París obrero envolvió en llamas edificios y monumentos. Cuando los esclavizadores del proletariado descuartizan su cuerpo vivo, no deben seguir abrigando la esperanza de retornar en triunfo a los muros intactos de sus casas. El Gobierno de Versalles grita: "¡Incendiarios!", y susurra esta consigna a todos sus agentes, hasta en la aldea más remota, para que acosen a sus enemigos por todas partes como incendiarios profesionales. La burguesía del mundo entero, que mira complacida la matanza en masa después de la lucha, ¡se estremece de horror ante la profanación del ladrillo y la argamasa!

Cuando los gobiernos dan a sus flotas de guerra carta blanca para "matar, quemar y destruir", ¿dan o no dan carta blanca a incendiarios? Cuando las tropas británicas prendieron fuego alegremente al Capitolio de Washington o al Palacio de Verano del Emperador de China,[99] ¿eran o no incendiarias? Cuando los prusianos, no por razones militares, sino por mero espíritu de venganza, hicieron arder con ayuda del petróleo poblaciones enteras como Chateaudun e innumerables aldeas, ¿eran o no incendiarios? Cuando Thiers bombardeó a París durante seis semanas, bajo el pretexto de que sólo quería prender fuego a las casas en que había gente, ¿era o no incendiario? En la guerra, el fuego es un arma tan legítima como cualquier otra. Los edificios ocupados por el enemigo son bombardeados para prenderles fuego. Y si sus defensores se ven obligados a evacuarlos, ellos mismos los incendian, para evitar que los atacantes se apoyen en ellos. El ser pasto de las llamas ha sido siempre el destino ineludible de los edificios situados en el frente de combate de todos los ejércitos regulares del mundo. ¡Pero he aquí que en la guerra de los esclavizados contra los esclavizadores -- la única guerra justificada de la historia -- este argumento ya no es válido en absoluto! La Comuna se sirvió del fuego pura y exclusivamente como de un medio de defensa. Lo empleó para cortar el avance de las tropas de Versalles por aquellas avenidas largas y rectas que Haussmann había abierto expresamente para el fuego de la artillería; lo empleó para cubrir la retirada, del mismo modo que los versalleses, al avanzar, emplearon sus granadas, que destruyeron, por lo menos, tantos edificios como el fuego de la Comuna. Todavía no se sabe a ciencia cierta cuáles edificios fueron incendiados por los defensores y cuáles por los atacantes. Y los defensores no recurrieron al fuego hasta que las tropas versallesas no habían comenzado su matanza en masa de prisioneros. Además, la Comuna había anunciado públicamente, desde hacía mucho tiempo, que, empujada al extremo, se enterraría entre las ruinas de París y haría de esta capital un segundo Moscú; cosa que el Gobierno de Defensa Nacional había prometido también hacer, claro que sólo como disfraz, para encubrir su traición. Trochu había preparado el petróleo necesario para esta eventualidad. La Comuna sabía que a sus enemigos no les importaban las vidas del pueblo de París, pero que en cambio les importaban mucho los edificios parisinos de su propiedad. Por otra parte, Thiers había hecho ya saber que sería implacable en su venganza. Apenas vio, de un lado, a su ejército en orden de batalla y del otro, a los prusianos cerrando la salida, exclamó: "¡Seré inexorable! ¡El castigo será completo y la justicia severa!". Si los actos de los obreros de París fueron de vandalismo, era el vandalismo de la defensa desesperada, no un vandalismo de triunfo, como aquel de que los cristianos dieron prueba al destruir los tesoros artísticos, realmente inestimables de la antiguedad pagana. Pero incluso este vandalismo ha sido justificado por los historiadores como un accidente inevitable y relativamente insignificante, en comparación con aquella lucha titánica entre una sociedad nueva que surgía y otra vieja que se derrumbaba. Y aún menos se parecía al vandalismo de un Haussmann, que arrasó el París histórico, para dejar sitio al París de los ociosos.

Pero, ¡y la ejecución por la Comuna de los sesenta y cuatro rehenes, con el Arzobispo de París a la cabeza! La burguesía y su ejército restablecieron en junio de 1848 una costumbre que había desaparecido desde hacía largo tiempo de las prácticas guerreras: la de fusilar a sus prisioneros indefensos. Desde entonces, esta costumbre brutal ha encontrado la adhesión más o menos estricta de todos los aplastadores de conmociones populares en Europa y en la India, demostrando con ello que constituye un verdadero "progreso de la civilización". Por otra parte, los prusianos restablecieron en Francia la práctica de tomar rehenes; personas inocentes a quienes se hacía responder con sus vidas de los actos de otros. Cuando Thiers, como hemos visto, puso en práctica desde el primer momento la humana costumbre de fusilar a los comunefos apresados, la Comuna, para proteger sus vidas, vióse obligada a recurrir a la práctica prusiana de tomar rehenes. Las vidas de estos rehenes ya habían sido condenadas repetidas veces por los incesantes fusilamientos de prisioneros a manos de las tropas versallesas. ¿Quién podía seguir guardando sus vidas después de la carnicería con que los pretorianos[100] de MacMahon celebraron su entrada en París? ¿Había de convertirse también en una burla la última medida -- la toma de rehenes -- con que se aspiraba a contener el salvajismo desenfrenado de los gobiernos burgueses? El verdadero asesino del arzobispo Darboy es Thiers. La Comuna propuso repetidas veces el canje del arzobispo y de otro montón de clérigos por un solo prisionero, Blanqui, que Thiers tenía entonces en sus garras. Y Thiers se negó tenazmente. Sabía que entregando a Blanqui daría a la Comuna una cabeza, mientras que el arzobispo seniría mejor a sus fines como cadáver. Thiers seguía aquí las huellas de Cavaignac. ¿Acaso en junio de 1848 Cavaignac y sus gentes del Orden no habían lanzado gritos de horror, estigmatizando a los insurrectos como asesinos del arzobispo Affre? Y ellos sabían perfectamente que el arzobispo había sido fusilado por las tropas del Partido del Orden.

Jacquemet, vicario general del arzobispo que había asistido a la ejecución, se lo había certificado inmediatamente después de ocurrir ésta.

Todo este coro de calumnias, que el Partido del Orden, en sus orgías de sangre, no deja nunca de alzar contra sus víctimas, sólo demuestra que el burgués de nuestros días se considera el legítimo heredero del antiguo señor feudal, para quien todas las armas eran buenas contra los plebeyos, mientras que en manos de éstos toda arma constituía por sí sola un crimen.

La conspiración de la clase dominante para aplastar la revolución por medio de una guerra civil montada bajo el patronato del invasor extranjero -- conspiración que hemos ido siguiendo desde el mismo 4 de septiembre hasta la entrada de los pretorianos de Mac-Mahon por la puerta de Saint-Cloud -- culminó en la carnicería de París. Bismarck se deleita ante las ruinas de París, en las que ha visto tal vez el primer paso de aquella destrucción general de las grandes ciudades que había sido su sueño dorado cuando no era más que un simple "rural" en los escaños de la Chambre introuvable prusiana de 1849[101]. Se deleita ante los cadáveres del proletariado de París. Para él, esto no es sólo el exterminio de la revolución, es además el aniquilamiento de Francia, que ahora queda decapitada de veras, y por obra del propio Gobierno francés. Con la superficialidad que caracteriza a todos los estadistas afortunados, no ve más que el aspecto externo de este formidable acontecimiento histórico. ¿Cuándo había brindado la historia el espectáculo de un conquistador que coronaba su victoria convirtiéndose, no solamente en el gendarme, sino también en el sicario del gobierno vencido? Entre Prusia y la Comuna de París no había guerra. Por el contrario, la Comuna había aceptado los preliminares de paz, y Prusia se había declarado neutral. Prusia no era, por tanto, beligerante. Desempeñó el papel de un matón; de un matón cobarde, puesto que no arrostraba ningún peligro; y de un matón a sueldo, porque se había estipulado de antemano que el pago de sus 500 millones teñidos en sangre no sería hecho hasta después de la caída de París. De este modo, se revelaba, por fin, el verdadero carácter de la guerra, de esa guerra ordenada por la Providencia como castigo de la impía y corrompida Francia por la muy moral y piadosa Alemania. Y esta violación sin precedente del derecho de las naciones, incluso en la interpretación de los juristas del viejo mundo, en vez de poner en pie a los gobiernos "civilizados" de Europa para declarar fuera de la ley internacional al felón gobierno prusiano, simple instrumento del gobierno de San Petersburgo, les incita únicamente a preguntarse ¡si las pocas víctimas que consiguen escapar por entre el doble cordón que rodea a París no deberán ser entregadas también al verdugo de Versalles!

El hecho sin precedente de que después de la guerra más tremenda de los tiempos modernos, el ejército vencedor y el vencido confraternicen en la matanza común del proletariado, no representa, como cree Bismarck, el aplastamiento definitivo de la nueva sociednd que avanza, sino el desmoronamiento completo de la sociedad burguesa. La empresa más heroica que aún puede acometer la vieja sociedad es la guerra nacional. Y ahora viene a demostrarse que esto no es más que una añagaza de los gobiernos destinada a aplazar la lucha de clases, y de la que se prescinde tan pronto como esta lucha estalla en forma de guerra civil. La dominación de clase ya no se puede disfrazar bajo el uniforme nacional; todos los gobiernos nacionales son uno solo contra el proletariado.

Después del domingo de Pentecostés de 1871, ya no puede haber paz ni trcgua posible entre los obreros de Francia y los que se apropian el producto de su trabajo. El puño de hierro de la soldadesca mercenaria podrá tener sujetas, durante cierto tiempo, a estas dos clases, pero la lucha volverá a estallar una y otra vez en proporciones crecientes. No puede caber duda sobre quién será a la postre el vencedor: si los pocos que viven del trabajo ajeno o la inmensa mayoría que trabaja. Y la clase obrera francesa no es más que la vanguardia del proletariado moderno.

Los gobiernos de Europa, mientras atestiguan así, ante París, el carácter internacional de su dominación de clase, braman contra la Asociación Internacional de los Trabajadores -- la contraorganización internacional del trabajo frente a la conspiración cosmopolita del capital --, como la fuente principal de todos estos desastres. Thiers la denunció como déspota del trabajo que pretende ser su libertador. Picard ordenó que se cortasen todos los enlaces entre los miembros franceses y extranjeros de la Internacional. El conde de Jaubert, una momia que fue cómplice de Thiers en 1835, declara que el exterminio de la Internacional es el gran problema de todos los gobiernos civilizados. Los "rurales" braman contra ella, y la prensa europea se agrega unánimemente al coro. Un escritor francés honrado, absolutamente ajeno a nuestra Asociación, se expresa en los siguientes términos: "Los miembros del Comité Central de la Guardia Nacional, así como la mayor parte de los miembros de la Comuna, son las cabezas más activas, inteligentes y enérgicas de la Asociación Internacional de los Trabajadores . . . Hombres absolutamente honrados, sinceros, inteligentes, abnegados, puros y fanáticos en el buen sentido de la palabra". Naturalmente, la mente burguesa, con su contextura policíaca, se figura a la Asociación Internacional de los Trabajadores como una especie de conspiración secreta con un organismo central que ordena de vez en cuando explosiones en diferentes países. En realidad, nuestra Asociación no es más que el lazo internacional que une a los obreros más avanzados de los diversos países del mundo civilizado. Dondequiera que la lucha de clases alcance cierta consistencia, sean cuales fueren la forma y las condiciones en que el hecho se produzca, es lógico que los miembros de nuestra Asociación aparezcan en la vanguardia. El terreno de donde brota nuestra Asociación es la propia sociedad moderna. No es posible exterminarla, por grande que sea la carniceria. Para hacerlo, los gobiernos tendrían que exterminar el despotismo del capital sobre el trabajo, base de su propia existencia parasitaria.

El París de los obreros, con su Comuna, será eternamente ensalzado como heraldo glorioso de una nueva sociedad. Sus mártires tienen su santuario en el gran corazón de la clase obrera. Y a sus exterminadores la historia los ha clavado ya en una picota eterna, de la que no lograrán redimirlos todas las preces de su clerigalla.

M. J. Boon
G. H. Buttery
Delahaye
A. Herman
Fred. Lessner
J. P. MacDonnel
Fred. Bradnick
Caihil
William Hales
Kolb
Lochner
George Milner

Thomas Mottershead
Charles Murray
Roach
Rühl
A. Serraillier
Alfred Taylor Charles Mills
Pfänder
Rochat
Sadler
Cowell Stepney
W. Townshend


SECRETARIOS CORRESPONDIENTES


Eugène Dupont, por Francia
Karl Marx, por Alemania y Holanda
Friederich Engels, por Bélgica y España
Hermann Jung, por Suiza
P. Giovacchini, por Italia
Antoni Zabicki, por Polania
James Cohen, por Dinamarca
J. G. Eccarius, por Estados Unidos de América


Herman Jung, Presidente
John Weston, Tesorero
George Harris, Secretario de Finanzas
John Hales, Secretario General


Oficina: 256, High Holborn, Londres, W.C.
30 de mayo de 1871.
agosto 24, 2005 11:25 PM
Anonymous said...
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C. Marx
EL CAPITAL
Capitulo XXIV
La llamada acumulación originaria


1. EL SECRETO DE LA ACUMULACION ORIGINARIA
Hemos visto cómo se convierte el dinero en capital, cómo sale de éste la plusvalía y de la plusvalía más capital. Sin embargo, la acumulación de capital presupone la plusvalía; la plusvalía, la producción capitalista, y ésta, la existencia en manos de los productores de mercancías de grandes masas de capital y fuerza de trabajo. Todo este proceso parece moverse dentro de un círculo vicioso, del que sólo podemos salir dando por supuesto una acumulación «originaria» anterior a la acumulación capitalista («previous accumulation», la denomina Adam Smith), una acumulación que no es fruto del régimen capitalista de producción, sino punto de partida de él.

Esta acumulación originaria viene a desempeñar en la Economía política más o menos el mismo papel que desempeña en la teología el pecado original. Adán mordió la manzana y con ello el pecado se extendió a toda la humanidad. Los orígenes de la primitiva acumulación pretenden explicarse relatándolos como una anécdota del pasado. En tiempos muy remotos —se nos dice—, había, de una parte, una élite trabajadora, inteligente y sobre todo ahorrativa, y de la otra, un tropel de descamisados, haraganes, que derrochaban cuanto tenían y aún más. Es cierto que la leyenda del pecado original teológico nos dice cómo el hombre fue condenado a ganar el pan con el sudor de su rostro; pero la historia del pecado original económico nos revela por qué hay gente que no necesita


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sudar para comer. No importa. Así se explica que mientras los primeros acumulaban riqueza, los segundos acabaron por no tener ya nada que vender más que su pelleja. De este pecado original arranca la pobreza de la gran masa que todavía hoy, a pesar de lo mucho que trabaja, no tiene nada que vender más que a sí misma y la riqueza de los pocos, riqueza que no cesa de crecer, aunque ya haga muchísimo tiempo que sus propietarios han dejado de trabajar. Estas niñerías insustanciales son las que al señor Thiers, por ejemplo, sirven todavía, con el empaque y la seriedad de un hombre de Estado a los franceses, en otro tiempo tan ingeniosos, en defensa de la propriété [propiedad]. Pero tan pronto como se plantea el problema de la propiedad, se convierte en un deber sacrosanto abrazar el punto de vista de la cartilla infantil, como el único que cuadra a todas las edades y a todos los grados de desarrollo. Sabido es que en la historia real desempeñan un gran papel la conquista, el esclavizamiento, el robo y el asesinato, la violencia, en una palabra. Pero en la dulce Economía política ha reinado siempre el idilio. Las únicas fuentes de riqueza han sido desde el primer momento el derecho y el «trabajo», exceptuando siempre, naturalmente, «el año en curso». En la realidad, los métodos de la acumulación originaria fueron cualquier cosa menos idílicos.

Ni el dinero ni la mercancía son de por sí capital, como no lo son tampoco los medios de producción ni los artículos de consumo. Hay que convertirlos en capital. Y para ello han de concurrir una serie de circunstancias concretas, que pueden resumirse así: han de enfrentarse y entrar en contacto dos clases muy diversas de poseedores de mercancías; de una parte, los propietarios de dinero, medios de producción y artículos de consumo deseosos de explotar la suma de valor de su propiedad mediante la compra de fuerza ajena de trabajo; de otra parte, los obreros libres, vendedores de su propia fuerza de trabajo y, por tanto, de su trabajo. Obreros libres en el doble sentido de que no figuran directamente entre los medios de producción, como los esclavos, los siervos, etc., ni cuentan tampoco con medios de producción de su propiedad como el labrador que trabaja su propia tierra, etc.; libres y desheredados. Con esta polarización del mercado de mercancías se dan las condiciones fundamentales de la producción capitalista. Las relaciones capitalistas presuponen el divorcio entre los obreros y la propiedad de las condiciones de realización del trabajo. Cuando ya se mueve por sus propios pies, la producción capitalista no sólo mantiene este divorcio, sino que lo reproduce en una escala cada vez mayor. Por tanto, el proceso que engendra el capitalismo sólo puede ser uno: el proceso de disociación entre el obrero y la propiedad de las condiciones de su trabajo, proceso que, de una


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parte, convierte en capital los medios sociales de vida y de producción, mientras que, de otra parte, convierte a los productores directos en obreros asalariados. La llamada acumulación originaria no es, pues, más que el proceso histórico de disociación entre el productor y los medios de producción. Se la llama «originaria» porque forma la prehistoria del capital y del modo capitalista de producción.

La estructura económica de la sociedad capitalista brotó de la estructura económica de la sociedad feudal. Al disolverse ésta, salieron a la superficie los elementos necesarios para la formación de aquélla.

El productor directo, el obrero, no pudo disponer de su persona hasta que no dejó de vivir encadenado a la gleba y de ser siervo dependiente de otra persona. Además, para poder convertirse en vendedor libre de fuerza de trabajo, que acude con su mercancía adondequiera que encuentre mercado, hubo de sacudir también el yugo de los gremios, sustraerse a las ordenanzas sobre aprendices y oficiales y a todos los estatutos que embarazaban el trabajo. Por eso, en uno de sus aspectos, el movimiento histórico que convierte a los productores en obreros asalariados representa la liberación de la servidumbre y la coacción gremial, y este aspecto es el único que existe para nuestros historiadores burgueses. Pero, si enfocamos el otro aspecto, vemos que estos trabajadores recién emancipados sólo pueden convertirse en vendedores de sí mismos, una vez que se vean despojados de todos sus medios de producción y de todas las garantías de vida que las viejas instituciones feudales les aseguraban. Y esta expropiación queda inscrita en los anales de la historia con trazos indelebles de sangre y fuego.

A su vez, los capitalistas industriales, estos potentados de hoy, tuvieron que desalojar, para llegar a este puesto, no sólo a los maestros de los gremios artesanos, sino también a los señores feudales, en cuyas manos se concentraban las fuentes de la riqueza. Desde este punto de vista, su ascensión es el fruto de una lucha victoriosa contra el poder feudal y sus indignantes privilegios, contra los gremios y las trabas que estos ponían al libre desarrollo de la producción y a la libre explotación del hombre por el hombre. Pero los caballeros de la industria sólo consiguieron desplazar por completo a los caballeros de la espada explotando sucesos en que no tenían la menor parte de culpa. Subieron y triunfaron por procedimientos no menos viles que los que en su tiempo empleó el liberto romano para convertirse en señor de su patrono.

El proceso de donde salieron el obrero asalariado y el capitalista, tuvo como punto de partida la esclavización del obrero. Este


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desarrollo consistía en el cambio de la forma de esclavización: la explotación feudal se convirtió en explotación capitalista. Para comprender la marcha de este proceso, no hace falta remontarse muy atrás. Aunque los primeros indicios de producción capitalista se presentan ya, esporádicamente, en algunas ciudades del Mediterráneo durante los siglos XIV y XV, la era capitalista sólo data, en realidad, del siglo XVI. Allí donde surge el capitalismo hace ya mucho tiempo que se ha abolido la servidumbre y que el punto de esplendor de la Edad Media, la existencia de ciudades soberanas, ha declinado y palidecido.

En la historia de la acumulación originaria hacen época todas las transformaciones que sirven de punto de apoyo a la naciente clase capitalista, y sobre todo los momentos en que grandes masas de hombres son despojadas repentina y violentamente de sus medios de subsistencia y lanzadas al mercado de trabajo como proletarios libres y desheredados. Sirve de base a todo este proceso la expropiación que priva de su tierra al productor rural, al campesino. Su historia presenta una modalidad diversa en cada país, y en cada uno de ellos recorre las diferentes fases en distinta gradación y en épocas históricas diversas. Reviste su forma clásica sólo en Inglaterra, país que aquí tomamos, por tanto, como modelo[*].

2. COMO FUE EXPROPIADA
DEL SUELO LA POBLACION RURAL
En Inglaterra, la servidumbre había desaparecido ya, de hecho, en los últimos años del siglo XIV. En esta época, y más todavía en el transcurso del siglo XV, la inmensa mayoría de la población[**]

_______________________

[*] En Italia, donde primero so desarrolla la producción capitalista, es también donde antes se descomponen las relaciones de servidumbre. El siervo italiano se emancipa antes de haber podido adquirir por prescripción ningún derecho sobre el suelo. Por eso, su emancipación le convierte directamente en proletario libre y desheredado, que además se encuentra ya con el nuevo señor hecho y derecho en la mayoría de las ciudades, procedentes del tiempo de los romanos. Al producirse, desde fines del siglo XV[1], la revolución del mercado mundial que arranca la supremacía comercial al Norte de Italia, se produjo un movimiento en sentido inverso. Los obreros de las ciudades se vieron empujados en masa hacia el campo, donde imprimieron a la pequeña agricultura allí dominante, explotada según los métodos de la horticultura, un impulso jamás conocido.
[**] «Los pequeños propietarios que trabajaban la tierra de su propiedad con su propio esfuerzo y que gozaban de un humilde bienestar... formaban por aquel entonces una parte mucho más importante de la nación que hoy... Nada menos que 160.000 propietarios, cifra que, con sus familias, debía constituir más de 1/7 de la población total, vivían del cultivo de sus pequeñas parcelas freehold» (freehold quiere decir propiedad plenamente libre). «La renta media de estos pequeños propietarios... se calcula en unas 60 ó 70 libras esterlinas. Se calculaba que el número de personas que trabajaban tierras de su propiedad era mayor que el de los que llevaban en arriendo tierras de otros». [Macaulay. History of England («Historia de Inglaterra»), 10th ed. London, 1854, v. I, pp. 333, 334]. Todavía en el último tercio del siglo XVII vivían de la agricultura los 4/5 de la masa del pueblo inglés (ob. cit., p. 413). Cito a Macaulay porque, como falsificador sistemático de la historia que es, procura «castrar» en lo posible esta clase de hechos.


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se componía de campesinos libres, dueños de la tierra que trabajaban, cualquiera que fuese la etiqueta feudal bajo la que ocultasen su propiedad. En las grandes fincas señoriales, el bailiff [gerente de finca], antes siervo, había sido desplazado por el arrendatario libre. Los jornaleros agrícolas eran, en parte, campesinos que aprovechaban su tiempo libre para trabajar a sueldo de los grandes terratenientes y, en parte, una clase especial relativa y absolutamente poco numerosa de verdaderos asalariados. Mas también éstos eran, de hecho, a la par que jornaleros, labradores independientes, puesto que, además del salario, se les daba casa y labranza con una cabida de 4 y más acres. Además, tenían derecho a compartir con los verdaderos labradores el aprovechamiento de los terrenos comunales en los que pastaban sus ganados y que, al mismo tiempo, les suministraban la madera, la leña, la turba, etc.[*]. La producción feudal se caracteriza, en todos los países de Europa, por la división del suelo entre el mayor número posible de tributarios. El poder del señor feudal, como el de todo soberano, no descansaba solamente en la longitud de su rollo de rentas, sino en el número de sus súbditos, que, a su vez, dependía de la cifra de campesinos independientes[**]. Por eso, aunque después de la conquista normanda[2] el suelo inglés se dividió en unas pocas baronías gigantescas, entre las que había algunas que abarcaban por sí solas hasta 900 lorazgos anglosajones antiguos, estaba salpicado de pequeñas explotaciones campesinas, interrumpidas sólo de vez en cuando por grandes fincas señoriales. Estas condiciones, combinadas con el esplendor de las ciudades característico del siglo

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[*] No debe olvidarse jamás que el mismo siervo no sólo era propietario, aunque sujeto a tributo, de la parcela de tierra asignada a su casa, sino además copropietario de los terrenos comunales. «Allí» (en Silesia), «el campesino vive sujeto a servidumbre». No obstante, estos siervos poseen tierras comunes. «Hasta hoy, no ha sido posible convencer a los silesianos de la conveniencia de dividir los terrenos comunales; en cambio, en las Nuevas Marcas no hay apenas un solo pueblo en que no se haya efectuado con el mayor de los éxitos esta división» [Mirabeau. De la Monarchie Prussienne («De la monarquía prusiana»), Londres, 1788, t. II, pp. 125 y 126].
[**] El Japón, con su organización puramente feudal de la propiedad inmueble y su régimen desarrollado de pequeña agricultura, nos brinda una imagen mucho más fiel de la Edad Media europea que todos nuestros libros de historia, dictados en su mayoría por prejuicios burgueses. Es demasiado cómodo ser «liberal» a costa de la Edad Media.


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XV, permitían que se desarrollase aquella riqueza nacional que el canciller Fortescue describe con tanta elocuencia en su Laudibus Legum Angliae («La superioridad de las leyes inglesas»), pero cerraban el paso a la riqueza capitalista.

El preludio de la transformación que había de echar los cimientos para el régimen de producción capitalista, coincide con el último tercio del siglo XV y los primeros decenios del XVI. El licenciamiento de las huestes feudales —que, como dice acertadamente Sir James Steuart, «llenaban inútilmente en todas partes casas y patios»[3]— lanzó al mercado de trabajo a una masa de proletarios libres y desheredados. El poder real, producto también del desarrollo burgués, en su deseo de conquistar la soberanía absoluta aceleró violentamente la disolución de estas huestes feudales, pero no fue ésa, ni mucho menos, la única causa que la produjo. Los grandes señores feudales, levantándose tenazmente contra la monarquía y el parlamento, crearon un proletariado incomparablemente mayor, al arrojar violentamente a los campesinos de las tierras que cultivaban y sobre las que tenían los mismos títulos jurídicos feudales que ellos, y al usurparles sus bienes comunales. El florecimiento de las manufacturas laneras de Frandes y la consiguiente alza de los precios de la lana, fue lo que sirvió de acicate directo para esto en Inglaterra. La antigua aristocracia había sido devorada por las guerras feudales, la nueva era ya una hija de sus tiempos, de unos tiempos en los que el dinero es la potencia de las potencias. Por eso enarboló como bandera la transformación de las tierras de labor en terrenos de pastos para ovejas. En su Description of England. Prefixed to Holinshed's Chronicles («Descripción de Inglaterra. Antepuesta a las Crónicas Holinshed»), Harrison describe cómo la expropiación de los pequeños agricultores arruina al país. «What care our great incroachers!» («¡Qué se les da de esto a nuestros grandes usurpadores!») Las casas de los campesinos y los cottages (chozas) de los obreros fueron violentamente arrasados o entregados a la ruina.

«Consultando los viejos inventarios de las fincas señoriales» —dice Harrison—, «vemos que han desaparecido innumerables casas y pequeñas haciendas de campesinos; que el campo sostiene a mucha menos gente; que muchas ciudades se han arruinado, aunque hayan florecido algo otras nuevas... También podríamos decir algo de las ciudades y los pueblos destruidos para convertirlos en pastos para ovejas y en los que sólo quedan en pie las casas de los señores».

Aunque exageradas siempre, las lamentaciones de estas viejas crónicas describen con toda exactitud la impresión que producía en los hombres de la época la revolución que se estaba operando en las condiciones de producción. Comparando las obras de Tomás Moro con las del canciller Fortescue es como mejor se


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ve el abismo que separa al siglo XV del XVI. Como observa acertadamente Thornton, la clase obrera inglesa se precipitó directamente, sin transición, de la edad de oro a la edad de hierro.

La legislación se echó a temblar ante la transformación que se estaba operando. No había llegado todavía a ese apogeo de la civilización en que la «Wealth of the Nation» [«la riqueza nacional»], es decir, la creación de capital y la despiadada explotación y depauperación de la masa del pueblo, se considera como la última Thule[*] de toda sabiduría política. En su historia de Enrique VII, dice Bacon:

«Por aquella época» (1489), «fueron haciéndose más frecuentes las quejas contra la transformación de las tierras de labranza en terrenos de pastos (pastos de ganado lanar, etc.), fáciles de atender con unos cuantos pastores; los arrendamientos temporales de por vida y por años» (de los que vivían una gran parte de los yeomen[**]) «fueron convertidos en fincas dominicales. Esto trajo la decadencia del pueblo y, con ella, la decadencia de ciudades, iglesias, diezmos... En aquella época, la sabiduría del rey y del parlamento para curar el mal fue verdaderamente maravillosa... Dictaron medidas contra esta usurpación, que estaba despoblando los terrenos comunales (depopulating inclosures), y contra el régimen despoblador de los pastos (depopulating pasturage), que seguía las huellas de aquélla».

Un decreto de Enrique VII, dictado en 1489, c. 19, prohibió la destrucción de todas las casas de labradores que tuviesen asignados más de 20 acres de tierra. Enrique VIII (el acto del año 25 de su reinado) confirma la misma ley. En este decreto se dice, entre otras cosas, que

«se acumulan en pocas manos muchas tierras arrendadas y grandes rebaños de ganado, principalmente de ovejas, lo que hace que las rentas de la tierra suban mucho y la labranza (tillage) decaiga extraordinariamente, que sean derruidas iglesias y casas, quedando asombrosas masas de pueblo incapacitadas para ganarse su vida y mantener a sus familias».

En vista de esto, la ley ordena que se restauren las granjas arruinadas, establece la proporción que debe guardarse entre las tierras de labranza y los terrenos de pastos, etc. Una ley de 1533 se queja de que haya propietarios que poseen hasta 24.000 cabezas de ganado lanar y limita el número de éstas a 2.000[***]. Ni las quejas del pueblo, ni la legislación prohibitiva, que comienza con Enrique VII y dura ciento cincuenta años, consiguieron absolutamente

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[*] Literalmente significa: la Tule extrema; frase, empleada en el sentido de «último extremo». (Tule es un país insular situado, según opinión de los antiguos, en el extremo septentrional de Europa.) (N. de la Edit.)
[**] Pequeños campesinos libres en la Inglaterra feudal. (N. de la Edit.)
[***] Tomás Moro habla en su Utopía, de un país singular en que «las ovejas devoran a los hombres». Utopía, trad. de Robinson ed. Arber, London, 1869, p. 41


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nada contra el movimiento de expropiación de los pequeños arrendatarios y campesinos. Bacon nos revela, sin saberlo, el secreto de este fracaso.

«El decreto de Enrique VII» —dice en sus Essays, civil and moral («Ensayos de lo civil y lo moral.), sect. 29— «encerraba un sentido profundo y maravilloso, puesto que creaba explotaciones agrícolas y casas de labranza de una determinada dimensión normal, es decir, les garantizaba una proporción de tierra que les permitía traer al mundo súbditos suficientemente ricos y sin posición servil, poniendo el arado en manos de propietarios y no de gentes a sueldo» («to keep the plough in the hand of the owners and not hirelings»)[*]

Precisamente lo contrario de lo que exigía, para instalarse, el sistema capitalista: la sujeción servil de la masa del pueblo, la transformación de éste en un tropel de gentes a sueldo y de sus medios de trabajo en capital. Durante este período de transición, la legislación procuró también mantener el límite de 4 acres de tierra para los cottages del jornalero del campo, prohibiéndole meter en su casa gentes a sueldo. Todavía en 1627, reinando Carlos I, fue condenado un Roger Crocker de Fontmill por haber construido en el manor (finca) de Fontmill un cottage sin asignarle como anejo permanente 4 acres de tierra; en 1638, reinando aún Carlos I, se nombró una comisión real encargada de imponer la ejecución de las antiguas leyes, principalmente la que exigía los 4 acres de tierra como mínimo; todavía Cromwell prohibe la construcción de casas en 4 millas a la redonda de Londres sin dotarlas de 4 acres de tierra. Más tarde, en la primera mitad del siglo

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[*] Bacon explica la relación que existe entre una clase campesina libre y acomodada y una buena infantería. «Para mantener el poder y las costumbres del Reino era de una importancia asombrosa que los arriendos guardasen las proporciones debidas para poner a los hombres sanos y capaces a salvo de la miseria y fijar una gran parte de las tierras del Reino en posesión de la yeomanry, es decir, de gentes de posición intermedia entre la de los nobles y los caseros (cottagers) y mozos de labranza... Pues los más competentes en materia guerrera opinan unánimemente... que la fuerza primordial de un ejército reside en la infantería o pueblo de a pie. Y para disponer de una buena infantería, hay que contar con gente que no se haya criado en la servidumbre ni en la miseria, sino en la libertad y con cierta holgura. Por eso, cuando en un Estado tienen importancia primordial la aristocracia y los señores distinguidos, siendo los campesinos y labradores simples gentes de trabajo o mozos de labranza, incluso caseros, es decir, mendigos alojados, ese Estado podrá tener una buena caballería, pero jamás tendrá una infantería resistente... Así lo vemos en Francia y en Italia y en algunas otras comarcas extranjeras, donde en realidad no hay más que nobles y campesinos míseros... hasta tal punto, que se ven obligados a emplear como batallones de infantería bandas de suizos a sueldo y otros elementos por el estilo, y así se explica que estas naciones tengan mucho pueblo y pocos soldados». [The Reign of Henry VII, etc. Verbatim Reprint from Kennet's England («El reinado de Enrique VII, etc. Reproducido literalmente de Inglaterra de Kennet»), ed. 1719, London, 1870, p. 308].


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XVIII, se formulan todavía quejas cuando el cottage de un jornalero del campo no tiene asignados, por lo menos, de 1 a 2 acres. Hoy día, el bracero del campo se da por satisfecho con tal de tener una casa con huerto o de poder arrendar dos varas de tierra a regular distancia.

«Terratenientes y arrendatarios» —dice el Dr. Hunter— «se dan la mano en este punto. Pocos acres de tierra bastarían para que el jornalero del campo disfrutase de demasiada independencia»[*].

La Reforma[4], con su séquito de colosales depredaciones de los bienes de la Iglesia, vino a dar, en el siglo XVI, un nuevo y espantoso impulso al proceso violento de expropiación de la masa del pueblo. Al producirse la Reforma, la Iglesia católica era propietaria feudal de una gran parte del suelo inglés. La persecución contra los conventos, etc., transformó a sus moradores en proletariado. Muchos de los bienes de la Iglesia fueron regalados a unos cuantos rapaces protegidos del rey o vendidos por un precio irrisorio a especuladores rurales y a personas residentes en la ciudad, quienes, reuniendo sus explotaciones, arrojaron de ellas en masa a los antiguos arrendatarios, que las venían cultivando de padres a hijos. El derecho de los labradores empobrecidos a percibir una parte de los diezmos de la Iglesia, derecho garantizado por la ley, había sido ya tácitamente confiscado[**]. Pauper ubique jacet[5], exclama la reina Isabel, después de recorrer Inglaterra. Por fin, en el año 43 de su reinado, el Gobierno no tuvo más remedio que dar estado oficial al pauperismo, creando el impuesto de pobreza.

«Los autores de esta ley no se atrevieron a proclamar sus razones y, rompiendo con la tradición de siempre, la promulgaron sin ningún preámbulo» (exposición de motivos).[***]

Por la ley promulgada al año 16 del reinado de Carlos I, 4, este impuesto fue declarado perpetuo, y sólo a partir de 1834 cobró

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[*] Dr. Hunter, Public Health, Seventh Report, 1864, («La salud pública. Informe 7, 1864»). London, p. 134. «La cantidad de tierra que se asignaba» (en las antiguas leyes) «se consideraría hoy excesiva para los obreros y más bien apropiada para convertirlos en pequeños colonos (farmers)» [George Roberts. The Social History of the People of the Southern Counties of England in Past Centuries («Historia social de la población de los condados meridionales de Inglaterra en los siglos pasados»), London, 1856, pp. 184, 185].
[**] «El derecho de los pobres a participar de los diezmos eclesiásticos se halla reconocido en la letra de todas las leyes» [Tuckett. A History of the Past and Present State of Labouring Population («Historia de la situación de la población trabajadora en el pasado y en el presente»), v. II, pp. 804, 805].
[***] William Cobbett. A History of the Protestant Reformation («Historia de la Reforma protestante»), §. 471.


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una forma nueva y más rigurosa[*]. Pero estas consecuencias inmediatas de la Reforma no fueron las más persistentes. El patrimonio eclesiástico era el baluarte religioso detrás del cual se atrincheraba el régimen antiguo de propiedad territorial. Al derrumbarse aquél, éste tampoco podía mantenerse en pie[**]

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[*] El «espíritu» protestante se revela, entre otras cosas, en lo siguiente. En el Sur de Inglaterra se juntaron a cuchichear diversos terratenientes y colonos ricos y decidieron presentar a la reina diez preguntas acerca de la exacta interpretación de la ley de los pobres, preguntas que hicieron dictaminar por un jurista famoso de la época, Sergeant Snigge (nombrado más tarde juez, bajo Jacobo I). «Pregunta novena: Algunos colonos ricos de la parroquia han cavilado un ingenioso plan cuya ejecución podría evitar todas las complicaciones a que pueda dar lugar la aplicación de la ley. Se trata de construir en la parroquia una cárcel, negando el derecho al socorro a todos los pobres que no accedan a recluirse en ella. Al mismo tiempo, se notificará a los vecinos que si quieren alquilar pobres de esta parroquia envíen en un determinado día su oferta, bajo sobre cerrado, indicando el precio último a que los tomarían. Los autores de este plan dan por supuesto que en los condados vecinos hay personas que no quieren trabajar y que no disponen de fortuna ni de crédito para arrendar una finca o comprar un barco, para poder, por tanto, vivir sin trabajar («so as to live without labour»). Estas personas podrían sentirse tentadas a hacer a la parroquia ofertas ventajosísimas. Si alguno que otro pobre se enfermase o muriese bajo la tutela de quien le contratase, la culpa sería de éste, pues la parroquia habría cumplido ya con su deber para con el pobre en cuestión. Tememos, sin embargo, que la vigente ley no permita ninguna medida de precaución (prudential measure) de esta clase; pero hacemos constar que los demás freeholders (campesinos libres) de este condado y de los inmediatos se unirán a nosotros para impulsar a sus diputados en la Cámara de los Comunes a que propongan una ley que autorice la reclusión y los trabajos forzados de los pobres, de modo que nadie que se niegue a ser recluido tenga derecho a solicitar socorro. Confiamos en que esto hará que las personas que se encuentren en mala situación se abstenga de reclamar ayuda» («will prevent persons in distress from wanting relief») [R. Blakey. The History of Political Literature from the Earliest Times («Historia de la literatura política desde los tiempos más antiguos»), London, 1855, v. II, pp. 84 and 85]. En Escocia, la servidumbre fue abolida varios siglos más tarde que en Inglaterra. Todavía en 1698, declaraba en el parlamento escocés Fletcher, de Saltoun: «Se calcula que el número de mendigos que circulan por Escocia no baja de 200.000. El único remedio que yo, republicano por principio, puedo proponer es restaurar el antiguo régimen de la servidumbre de la gleba y convertir en esclavos a cuantos sean incapaces de ganarse el pan». Así lo refiere también Eden, en The State of the Poor («La situación de los pobres»), v. I, ch. I, pp. 60, 61. «La libertad de los campesinos engendra el pauperismo. Las manufacturas y el comercio son los verdaderos progenitores de los pobres de nuestra nación». Eden, como aquel escocés «republicano por principio», sólo se olvida de una cosa: de que no es precisamente la abolición de la servidumbre de la gleba, sino la abolición de la propiedad del campesino sobre la tierra que trabaja la que le convierte en proletario o depauperado. A las leyes de los pobres de Inglaterra corresponde en Francia, donde la expropiación se llevó a cabo de otro modo, la Ordenanza de Moulins (1566) y el Edicto de 1656.
[**] El señor Rogers, aunque profesor, por aquel entonces, de Economía política en la Universidad de Oxford, la cuna de la ortodoxia protestante, subraya en su prólogo a la History of Agriculture («Historia de la agricultura») la pauperización de la masa del pueblo originada por la Reforma.


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Todavía en los últimos decenios del siglo XVII, la yeomanry, clase de campesinos independientes, era más numerosa que la clase de los arrendatarios. La yeomanry había sido el puntal más firme de Cromwell, y el propio Macaulay confiesa que estos labradores ofrecían un contraste muy ventajoso con aquellos hidalgüelos borrachos y sus lacayos, los curas rurales, cuya misión consistía en casar las «mozas predilectas». Todavía no se había despojado a los jornaleros del campo de su derecho de copropiedad sobre los bienes comunales. Alrededor de 1750, desapareció la yeomanry[*] y en los últimos decenios del siglo XVIII se borraron hasta los últimos vestigios de propiedad comunal de los agricultores. Aquí, prescindimos de ]os factores puramente económicos que intervinieron en la revolución de la agricultura y nos limitamos a indagar los factores de violencia que la impulsaron.

Bajo la restauración de los Estuardos[6], los terratenientes impusieron legalmente una usurpación que en todo el continente se había llevado también a cabo sin necesidad de los trámites de la ley. Esta usurpación consistió en abolir el régimen feudal del suelo, es decir, en transferir sus deberes tributarios al Estado, «indemnizando» a éste por medio de impuestos sobre los campesinos y el resto de las masas del pueblo, reivindicando la moderna propiedad privada sobre fincas en las que sólo asistían a los terratenientes títulos feudales y, finalmente, dictando aquellas leyes de residencia (laws of settlement) que, mutatis mutandis, [con cambios correspondientes] ejercieron sobre los labradores ingleses la misma influencia que el edicto del tártaro Borís Godunov sobre los campesinos rusos[7].

La «glorious Revolution» (Revolución gloriosa)[8] entregó e] poder, al ocuparlo Guillermo III de Orang[**], a los terratenientes

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[*] A letter to Sir T. C. Bunbury, Brt.: On the High Price of Provisions. By a Suffolk Gentleman («Una carta a Sir T. C. Bunbury. Acerca de los altos precios de los víveres»), Ipswich, 1795, p. 4. Hasta el más fanático defensor del régimen de arrendamientos, el autor de la Inquiry into the Connection between the Present Price of Provisions and the Size of Farms etc. («Investigación de la conexión entre

Por : Arriba el puño don Eduardo! el Sábado 27 de Agosto de 2005

[*] He aquí la composición, por nacionalidades, de este Consejo: 20 ingleses, 15 franceses, 7 alemanes (cinco de ellos fundadores de la Internacional), dos suizos, dos húngaros, un polaco, un belga, un irlandés, un danés y un italiano.
[**] Véase el presente tomo, págs. 14-17. (N. de la Edit.)

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en casos tales, el fallo emitido por un tribunal de arbitraje, constituido en Suiza, no fue reconocido. El 15 de febrero de 1870, la sección de formación reciente se dirigió al Consejo, no solicitando simplemente que resolviera este conflicto según la resolución del VII Congreso de Basilea, sino enviándole un fallo listo para su publicación, en el que se expulsaba y se ponía el sello de la infamia a los miembros de la sección de 1865, fallo que el Consejo había de firmar y devolver a vuelta de correo. El Consejo censuró este procedimiento inaudito y requirió documentos justificativos. A este requerimiento, la sección de 1865 respondió que los documentos acusadores contra Albert Richard sometidos al tribunal de arbitraje habían caído en manos de Bakunin el cual se negaba a devolverlos y que, por consiguiente, la sección no podía satisfacer de un modo completo los deseos del Consejo General. La decisión del Consejo sobre este asunto, fechada el 8 de marzo, no suscitó objeción alguna de ninguna de las dos partes.

3) Habiendo admitido en su seno la rama francesa de Londres a elementos más que dudosos, se había convertido poco a poco en una comandita del señor Felix Pyat. Le servía a éste para organizar manifestaciones comprometedoras pidiendo el asesinato de Luis Bonaparte, etc., y para difundir por Francia sus manifiestos ridículos, publicados en nombre de la Internacional. El Consejo General se limitó a declarar en los órganos de la Asociación que, no siendo el Sr. Pyat miembro de la Internacional, ésta no podía responder de sus actos ni de sus genialidades. Entonces, la rama francesa declaró no reconocer al Consejo General ni a los congresos; pegó pasquines en las paredes de Londres, diciendo que la Internacional, con la sola excepción de esta rama francesa, era una sociedad antirrevolucionaria. La detención de los internacionalistas franceses la víspera del plebiscito[34], con el pretexto de una conspiración, que en realidad había urdido la policía y a la cual dieron visos de verosimilitud los manifiestos pyatistas, obligó al Consejo General a publicar en la Marseillaise[35] y en el Réveil[36] su resolución del 10 de mayo de 1870. En ella declaraba que la llamada rama francesa no pertenecía a la Internacional desde hacía más de dos años y que su actuación era obra de agentes policíacos. La necesidad de dar este paso está demostrada por la declaración del Comité federal de París en los mismos periódicos y por la de los internacionalistas parisinos durante su proceso; ambas se apoyaban en la resolución del Consejo. La rama francesa desapareció al principio de la guerra, pero, igual que la Alianza en Suiza, había de reaparecer más tarde en Londres, con nuevos aliados y bajo nombres diferentes.

En los últimos días de la Conferencia, fue formada en Londres por proscritos de la Comuna una Sección francesa de 1871, compues-

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ta de unos 35 miembros. El primer acto «autoritario» del Consejo General consistió en denunciar públicamente al secretario de esta sección, Gustave Durand, como espía de la policía francesa. Los documentos que obran en nuestro poder demuestran la intención de la policía francesa de hacer primero asistir a Durand a la Conferencia y después introducirlo en el seno del Consejo General. Como los Estatutos de la nueva sección exigían de sus miembros «no aceptar más delegación al Consejo General que la de su propia sección», los ciudadanos Theisz y Bastelica se retiraron del Consejo.

El 17 de octubre, la sección envió a dos de sus miembros como delegados al Consejo con mandato imperativo. Uno de ellos era nada menos que M. Chautard, ex miembro del comité de artillería, que el Consejo no quiso aceptar sin haber examinado antes los Estatutos de la sección de 1871[*]. Basta recordar aquí los puntos principales del debate promovido a causa de estos Estatutos. En el artículo 2 se dice:

«Para ser admitido como miembro de la sección, hay que justificar los medios de vida, presentar garantías de moralidad, etc.».

En su resolución del 17 de octubre de 1871, el Consejo propuso suprimir las palabras:justificar los medios de vida.

«En casos dudosos», decía el Consejo, «una sección puede informarse de los medios de vida como «garantía de moralidad», mientras que en otros casos, como los de los refugiados, obreros en huelga, etc., la ausencia de medios de vida puede muy bien ser una garantía de moralidad. Pero pedir a los candidatos la justificación de sus medios de vida como condición general para ser admitidos en la Internacional sería una innovación burguesa contraria al espíritu y a la letra de los Estatutos generales». La sección respondió

«que los Estatutos generales hacen responsables a las secciones de la moralidad de sus miembros y les reconocen, por consiguiente, el derecho a tomar garantías a este respecto en la forma que entiendan conveniente».

A esto, el Consejo General replicaba el 7 de noviembre:

«Siguiendo este criterio, una sección de la Internacional compuesta de teetotallers (asociación de abstemios) podría incluir en sus Estatutos particulares un artículo concebido en estos o parecidos términos: «Para ser admitido como miembro de la sección,


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[*] Poco después, este Chautard, que habían querido imponer al Consejo General, era expulsado de su sección como agente de la policía de Thiers. Sus acusadores eran los mismos que lo habían juzgado como la persona más digna de representarlos en el Consejo General.

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hay que jurar abstenerse de toda bebida alcohólica». En una palabra: los Estatutos particulares de las secciones podrían imponer las condiciones más absurdas y disparatadas para el ingreso en la Internacional, pretextando, en cada caso, que la sección entiende que de esta manera adquieren seguridades sobre la moralidad de sus miembros... «Los medios de existencia de los huelguistas, agrega la Sección francesa de 1871, consisten en la caja de resistencia». A esto se puede responder en primer lugar que esa caja suele ser ficticia... Además, encuestas oficiales británicas han demostrado que la mayoría de los obreros ingleses... está obligada —por las huelgas, por el paro, por la insuficiencia de los jornales, por el vencimiento del plazo de pagos y por otras múltiples causas— a recurrir constantemente al monte de piedad y a las deudas, medios de existencia cuya justificación no se podría exigir sin inmiscuirse de un modo incalificable en la vida privada de los ciudadanos. Y una de dos: o bien la sección sólo busca en los medios de existencia una garantía de moralidad... y, en este caso, la proposición del Consejo General cubre el objetivo deseado... o bien la sección en el artículo 2 de sus Estatutos ha hablado de la justificación de los medios de existencia como condición de admisión, aparte de las garantías de moralidad... y, en este caso, el Consejo afirma que es una innovación burguesa, contraria a la letra y al espíritu de los Estatutos generales»[*].

En el artículo 11 de los Estatutos, se dice:

«Serán enviados al Consejo General uno o varios delegados».

El Consejo pidió la supresión de este artículo, «porque los Estatutos generales de la Internacional no reconocen a las secciones ningún derecho a enviar delegados al Consejo General». «Los Estatutos generales —añadía— sólo reconocen dos modos de elección para los miembros del Consejo General: su elección por el Congreso o su cooptación por el Consejo...»

Bien es verdad que las diferentes secciones existentes en Londres habían sido invitadas a enviar delegados al Consejo General, el cual, para no infringir los Estatutos generales ha procedido siempre del modo siguiente: ha empezado por fijar el número de delegados a enviar por cada sección, reservándose el derecho a aceptarlos o rechazarlos según los juzgara, o no, aptos para las funciones generales que habían de desempeñar. Estos delegados llegaban a ser miembros del Consejo General, no en virtud de la delegación concedida por sus secciones, sino en virtud del derecho a incorporarse nuevos miembros, concedido al Consejo


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[*] C. Marx. Proyecto de resolución del Consejo General sobre la Sección francesa de 1871. (N. de la Edit.)

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General por los Estatutos. El Consejo de Londres, habiendo funcionado, hasta la resolución tomada por la última Conferencia, como Consejo General de la Asociación Internacional y como Consejo central para Inglaterra, consideró útil admitir, además de los miembros que se incorporaba directamente, miembros delegados en primera instancia por sus secciones respectivas. Sería un craso error querer comparar el método de elección del Consejo General con el del Consejo federal de París, que no era siquiera un Consejo nacional, nombrado por un Congreso nacional, como por ejemplo, el Consejo federal de Bruselas o el de Madrid. El Consejo federal de París no era más que una delegación de las secciones parisinas... El método de elección del Consejo General está determinado por los Estatutos generales y sus miembros no pueden aceptar más mandato imperativo que el de los Estatutos y reglamentos generales... Si se toma en consideración el párrafo que le antecede, el artículo 11 no tiene más sentido que el de cambiar completamente la composición del Consejo General y convertirlo, en contra del artículo 3 de los Estatutos generales, en una delegación de las secciones de Londres y en la que la influencia de los grupos locales sustituiría a la de toda la Asociación Internacional de los Trabajadores. Por fin, el Consejo General, cuyo deber primordial consiste en ejecutar las resoluciones de los Congresos (véase el artículo I del reglamento administrativo del Congreso de Ginebra), dijo que «considera completamente ajenas al asunto de que se trata... las ideas emitidas por la Sección francesa de 1871, tendentes a introducir un cambio radical en los artículos de los Estatutos generales relativos a su constitución».

Además, el Consejo General declaró que admitiría dos delegados de la sección en las mismas condiciones que los de las restantes secciones de Londres.

Lejos de conformarse con esta respuesta, la sección de 1871 publicó el 14 de diciembre una declaración firmada por todos sus miembros, incluido el nuevo secretario que fue poco después expulsado de la sociedad de los refugiados, como indigno de pertenecer a ella. Según esta declaración, el Consejo General, al negarse a usurpar funciones legislativas, se hizo culpable «de una burda retrogradación de la idea social».

He aquí ahora algunas muestras de la buena fe que ha presidido la elaboración de este documento.

La Conferencia de Londres había aprobado la conducta de los obreros alemanes durante la guerra[37]. Era evidente que esta resolución, propuesta por un delegado suizo[*], apoyada por un


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[*] N. Utin. (N. de la Edit.)

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delegado belga y aprobada por unanimidad, sólo se refería a los internacionalistas alemanes, que han expiado en la cárcel, y que expían aún su conducta antichovinista durante la guerra. Además, para salir al paso de toda interpretación malévola, el secretario del Consejo General para Francia[*] acababa de explicar el auténtico sentido de la resolución en una carta publicada por el Qui Vive!, la Constitution, Le Radical, L'Emancipation, L'Europe, etc. No obstante, ocho días después, el 20 de noviembre de 1871, quince miembros de la Sección francesa de 1871 insertaban en el Qui Vive! una «protesta», llena de injurias contra los obreros alemanes y denunciando la resolución de la Conferencia como una prueba irrecusable del «pangermanismo» del Consejo General. Por su parte, toda la prensa feudal, liberal y policíaca de Alemania atrapó con avidez este incidente para demostrar a los obreros alemanes la nulidad de sus sueños internacionalistas. Después de todo esto, la protesta del 20 de noviembre fue respaldada por toda la sección de 1871 en su declaración del 14 de diciembre.

Para poner de manifiesto «la pendiente sin fin del autoritarismo, por la que se desliza el Consejo General», cita «la publicación por este Consejo General de una edición oficial de los Estatutos generales,revisados por él».

¡Basta echar una ojeada a la nueva edición de los Estatutos para ver que, para cada apartado, se encuentra en el apéndice la cita de las fuentes que atestiguan su autenticidad! En cuanto a las palabras «edición oficial», el primer Congreso de la Internacional había decidido que «el texto oficial y obligatorio de los Estatutos y reglamentos generales sería publicado por el Consejo General». (Véase: «Congreso Obrero de la Asociación Internacional de los Trabajadores, celebrado en Ginebra del 3 al 8 de septiembre de 1866, pág. 27, nota».)

Huelga decir que la sección de 1871 estaba en constante relación con los disidentes de Ginebra y de Neuchâtel. Uno de sus miembros, Chalain, que había desplegado en sus ataques al Consejo General una energía que jamás había mostrado en la defensa de la Comuna, se encontró de repente rehabilitado por B. Malon, quien poco antes hacía acusaciones muy graves contra él en una carta dirigida a un miembro del Consejo. Por lo demás, apenas había lanzado su declaración la Sección francesa de 1871, cuando en sus filas estalló la guerra civil. Empezaron por separarse de ella Theisz, Avrial y Camélinat. Desde entonces se fraccionó en varios grupitos. Uno de ellos está dirigido por el señor Pierre Vésinier, expulsado del Consejo General por sus calumnias contra


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[*] A. Serrailler. (N. de la Edit.)

pág. 282
Varlin y otros y echado después de la Internacional por la comisión belga, nombrada por el Congreso de Bruselas de 1868. Otro de estos grupos fue fundado por B. Landeck, a quien la fuga imprevista del prefecto de policía Pietri, el 4 de septiembre, ha liberado de su compromiso.

«escrupulosamente cumplido de no volver a ocuparse de asuntos políticos ni de la Internacional en Francia». (Véase: Tercer proceso de la Asociación Internacional de los Trabajadores de París, 1870, p. 4.)

Por otra parte, la masa de los refugiados franceses en Londres ha formado una sección que está completamente de acuerdo con el Consejo General.

IV

Los hombres de la Alianza escondidos tras el Comité federal de Neuchâtel quisieron hacer un nuevo esfuerzo, en un plano más amplio, para desorganizar la Internacional y convocaron un Congreso de sus secciones en Sonvillier para el 12 de noviembre de 1871. Ya en julio, dos cartas del maître Guillaume a su amigo Robin amenazaban al Consejo General con una campaña de este tipo si no accedía a darles la razón «contra los facinerosos de Ginebra».

El Congreso de Sanvillier se componía de dieciséis delegados, que pretendían representar en conjunto a nueve secciones, entre ellas a la nueva «Sección de propaganda y agitación socialista» de Ginebra.

Los Dieciséis se estrenaron con el decreto anarquista que declaraba disuelta la Federación de la Suiza francesa, la cual se apresuró a devolver a los aliancistas su «autonomía», expulsándolos de todas las secciones. Por lo demás, el Consejo tiene que reconocer que un destello de buen sentido les hizo aceptar el nombre de Federación del Jura, que la Conferencia de Londres les había dado.

A continuación, el Congreso de los Dieciséis procedió a la «reorganización de la Internacional» dirigiendo una «circular a todas las federaciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores» contra la Conferencia y contra el Consejo General.

Los autores de la circular acusan en primer lugar al Consejo General de haber convocado en 1871 una conferencia en lugar de un congreso. De las explicaciones dadas anteriormente se deduce que esos ataques van dirigidos, de lleno, contra toda la Internacional que, en su totalidad, había aceptado la convocatoria. Por otra parte, en la Conferencia, la Alianza estaba debidamente representada por los ciudadanos Robin y Bastelica.

pág. 283
En cada congreso, el Consejo General ha tenido sus delegados; en el Congreso de Basilea, por ejemplo, había seis. Los Dieciséis pretenden que

«la mayoría de la Conferencia ha sido falsificada de antemano con la admisión de seis delegados del Consejo General con voz y voto».

En realidad, entre los delegados del Consejo General a la Conferencia, los proscritos franceses eran los representantes de la Comuna de París, mientras que sus miembros ingleses y suizos pudieron tomar parte en las sesiones en ocasiones muy contadas, como lo atestigua el diario de sesiones que será sometido al próximo Congreso. Un delegado del Consejo tenía credencial de una federación nacional. A otro, según una carta dirigida a la Conferencia, no le fue enviada la credencial, porque los periódicos habían anunciado su muerte[*]. Queda, pues, un delegado, de modo que los belgas solos estaban respecto al Consejo en la proporción de 6 a 1.

La policía internacional, a la que en la persona de Gustave Durand no se había dejado asistir a la Conferencia, se quejó amargamente de que se hubieran violado los Estatutos generales convocando una Conferencia «secreta». Ella no estaba todavía bastante al corriente de nuestros reglamentos generales para saber que las sesiones administrativas de los Congresos son obligatoriamente privadas.

No obstante, sus quejas hallaron un eco de simpatía en los Dieciséis de Sonvillier que exclamaron:

«Y, como broche, una decisión de esta Conferencia dice que el Consejo General fijará él mismo la fecha y el lugar del próximo Congreso o de la Conferencia que lo sustituya, de modo que henos aquí amenazados con la supresión de los Congresos generales, esos grandes comicios públicos de la Internacional».

Los Dieciséis no han querido ver que esta decisión no tiene más finalidad que afirmar frente a los gobiernos que, pese a todas las medidas represivas, la Internacional está inquebrantablemente resuelta a celebrar sus reuniones generales, sea como sea.

En la Asamblea general de las secciones ginebrinas del 2 de diciembre de 1871, asamblea que acogía con desagrado a los ciudadanos Malon y Lefrançais, estos últimos presentaron una proposición que tendía a confirmar los decretos dados por los Dieciséis de Sonvillier y que encerraba una censura contra el Consejo General y la desautorización de la Conferencia. Esta última había decidido que «las resoluciones de la Conferencia no destinadas a la publicidad serán comunicadas a los Consejos


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[*] Trátase de Marx. (N. de la Edit.)

pág. 284
federales de los diferentes países por los secretarios correspondientes del Consejo General».

Esta resolución, conforme en un todo con los Estatutos y reglamentos generales, fue falsificada por B. Malon y sus amigos del siguiente modo:

«Una parte de las resoluciones de la Conferencia sólo será comunicada a los Consejos federales y a los secretarios correspondientes».

Acusan encima al Consejo General de haber «faltado al principio de la sinceridad», al negarse a entregar a la policía, mediante «su publicación», aquellas resoluciones cuyo exclusivo objeto era la reorganización de la Internacional en los países de donde está proscrita.

Los ciudadanos Malon y Lefrançais se quejan además de que

«la Conferencia ha atentado a la libertad de pensamiento y de expresión... dando al Consejo General el derecho a denunciar y desautorizar todo órgano de sección o de federación que trate, sea de los principios sobre los que descansa la Asociación, sea de los intereses respectivos de las secciones y federaciones, sea, en fin, de los intereses generales de toda la Asociación (véase: Égalité del 21 de diciembre)».

¿Y qué encontramos en este mismo número de la Égalité? Una resolución de la Conferencia en la que «recomienda que el Consejo General, de ahora en adelante, denuncie y desautorice públicamente a todos los periódicos que, diciéndose órganos de la Internacional y siguiendo el ejemplo del Progrès y de la Solidarité, discutan en sus columnas, ante el público burgués, problemas que sólo se deben discutir en el seno de los comités locales, de los comités federales y del Consejo General, o en las sesiones privadas y administrativas de los congresos federales o generales».

Para apreciar lo que vale la lamentación agridulce de B. Malon, hay que considerar que esa resolución acaba de una vez con las tentativas de algunos periodistas de suplantar a los comités responsables de la Internacional y de jugar en sus medios el mismo papel que la bohemia periodística juega en el mundo burgués. A consecuencia de una tentativa de este tipo, el Comité federal de Ginebra había visto a miembros de la Alianza redactar el órgano oficial de la Federación, la Égalité, en un sentido que le era completamente hostil.

Además, el Consejo General no necesitaba la Conferencia de Londres para «denunciar y desautorizar públicamente» los abusos del periodismo, porque el Congreso de Basilea ha decidido (resolución II) que:

«Todos los periódicos que contengan ataques contra la Asociación deben ser enviados inmediatamente por las secciones al Consejo General».

pág. 285
«Es evidente» —dice el Comité federal de la Suiza francesa en su declaración del 20 de diciembre de 1871 (Égalité del 24 de diciembre)— «que este artículo no está redactado con vistas a que el Consejo General guarde en sus archivos los periódicos que ataquen a la Asociación, sino para que conteste y destruya, si hace falta, el efecto pernicioso de las calumnias y de cuanto tienda malévolamente a denigrar. Es evidente también que este artículo se refiere, en general, a todos los periódicos y que, si no queremos tolerar gratuitamente los ataques de los periódicos burgueses, con más razón debemos desautorizar, por medio de nuestra delegación central, el Consejo General, a los periódicos cuyos ataques contra nosotros se encubren con el nombre de nuestra Asociación».

Fijémonos de paso en que el Times, ese Leviatán de la prensa capitalista, el Progrès (de Lyon), periódico de la burguesía liberal, y el Journal de Genève[38], periódico ultrarreaccionario, abrumaron a la Conferencia con los mismos reproches y empleando casi los mismos términos que los ciudadanos Malon y Lefrançais.

Después de haberse pronunciado contra la convocatoria de la Conferencia y luego contra su composición y su pretendido carácter secreto, la circular de los Dieciséis la emprende contra las resoluciones mismas.

Constata primero que el Congreso de Basilea hizo una dejación de poderes

«al conceder al Consejo General el derecho a rechazar, admitir o suspender a las secciones de la Internacional

¡y luego imputa este pecado a la Conferencia!

«¡¡Esa Conferencia... ha tomado resoluciones... tendentes a convertir la Internacional, libre federación de secciones autónomas, en una organización jerárquica y autoritaria de secciones disciplinadas, entregadas enteramente en manos de un Consejo General que puede, a su antojo, rechazar su admisión o suspender su actividad!!».

Más adelante vuelve al Congreso de Basilea que, a su entender, ha «desnaturalizado las atribuciones del Consejo General».

Todas estas contradicciones de la circular de los Dieciséis vienen a parar a lo siguiente: la Conferencia de 1871 es responsable de la votación del Congreso de Basilea de 1869 y el Consejo General es culpable de haber cumplimentado los Estatutos que le ordenan ejecutar las resoluciones de los Congresos.

En realidad, el verdadero móvil de todos estos ataques contra la Conferencia es de naturaleza más íntima. En primer lugar, con sus resoluciones, la Conferencia acababa de contrarrestar las intrigas de los hombres de la Alianza en Suiza. Además, los promotores de la Alianza habían sembrado y mantenido, con persistencia excepcional, en Italia, en España y en una parte de Suiza y de Bélgica, una confusión calculada entre el programa de ocasión de Bakunin y el programa de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

pág. 286
La Conferencia puso de relieve este equívoco intencionado mediante sus dos resoluciones sobre la política proletaria y sobre las secciones sectarias. La primera, condenando en justicia el abstencionismo político predicado por el programa bakuninista, está plenamente justificada en sus considerandos, apoyados en los Estatutos generales, en la resolución del Congreso de Lausanne y en otros precedentes[*].


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[*] He aquí la resolución de la Conferencia sobre la acción política de la clase obrera:

«Vistos los considerandos de los Estatutos originales, en los que se dice: «La emancipación económica de los trabajadores es el gran objetivo, al cual todo movimiento político debe estar subordinado como medio»

Visto el Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores (1864) que dice: «Los señores de la tierra y los señores del capital se valdrán siempre de sus privilegios políticos para defender y perpetuar sus monopolios económicos. Muy lejos de contribuir a la emancipación del trabajo, continuarán oponiéndole todos los obstáculos posibles... La conquista del poder político ha venido a ser, por lo tanto, el gran deber de la clase obrera»;

Vista la resolución del Congreso de Lausanne (1867) a este respecto: «La emancipación social de los trabajadores es inseparable de su emancipación política»;

Vista la declaración del Consejo General sobre el supuesto complot de los internacionalistas franceses en la víspera del plebiscito (1870), en la que se dice: «De acuerdo con lo que se contiene en nuestros Estatutos, ciertamente todas nuestras secciones en Inglaterra, en el continente europeo y en América tienen la especial misión de no sólo servir como centros de la organización militante de la clase obrera, sino también sostener en sus países respectivos todo movimiento político que tienda a la consecución de nuestro objetivo final: la emancipación económica de la clase obrera»;

Teniendo en cuenta que traducciones tergiversadas de los Estatutos originales han dado lugar a falsas interpretaciones, que han sido nocivas para el desarrollo y la actividad de la Asociación Internacional de los Trabajadores;

Encontrándonos en presencia de una reacción desenfrenada que ahoga violentamente todo esfuerzo de emancipación hecho por parte de los trabajadores y pretende mantener por la fuerza bruta la diferenciación de clases y la consiguiente dominación política de las clases poseedoras.

Considerando, además:

Que, contra ese poder colectivo de las clases poseedoras, el proletariado sólo puede actuar como clase constituyéndose en partido político diferenciado, opuesto a todos los antiguos partidos formados por las clases poseedoras;

Que esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y permitir alcanzar su objetivo supremo: la abolición de las clases;

Que la coalición de las fuerzas obreras, ya obtenido merced a las luchas económicas, debe servir también como palanca en manos de esta clase, en su lucha contra el poder político de sus explotadores.

La Conferencia recuerda a los miembros de la Internacional:

Que para la clase obrera militante, el movimiento económico y la acción política están indisolublemente unidos».

pág. 287
Pasemos ahora a los grupos sectarios.

La primera etapa de la lucha del proletariado contra la burguesía se desarrolló bajo el signo del movimiento sectario. Este tiene su razón de ser en una época en que el proletariado no está aún suficientemente desarrollado para actuar como clase. Pensadores individuales hacen la crítica de los antagonismos sociales y dan para ellos soluciones fantásticas que la masa de los obreros no tiene más que aceptar, propagar y poner en práctica. Por naturaleza, las sectas formadas por estos iniciadores son abstencionistas, extrañas a todo movimiento real, a la política, a las huelgas, a las coaliciones; en una palabra, a todo movimiento de conjunto. La masa del proletariado se mantiene siempre indiferente o incluso hostil a su propaganda. Los obreros de París y de Lyon sentían tanto despego hacia los saint-simonianos, los fourieristas y los icaristas[39], como los cartistas y los tradeunionistas ingleses hacia los owenistas. Estas sectas, palancas del movimiento en sus orígenes, lo obstaculizan en cuanto las sobrepasa; entonces se vuelven reaccionarias. Testimonio de esto dan las sectas de Francia y de Inglaterra y últimamente los lassalleanos en Alemania, los cuales, después de haber entorpecido durante años la organización del proletariado, han acabado por ser simples instrumentos de la policía. En resumen, las sectas son la infancia del movimiento proletario, como la astrología y la alquimia son la infancia de la ciencia. Hasta que el proletariado no hubo superado esta fase, no fue posible la fundación de la Internacional.

Frente a las organizaciones de las sectas fantaseadoras y rivales, la Internacional es la organización real y militante de la clase proletaria en todos los países, ligado entre sí en su lucha común contra los capitalistas y los terratenientes y contra su poder de clase, organizado en el Estado. Así, los Estatutos de la Internacional no reconocen más que simples sociedades «obreras», todas las cuales persiguen el mismo objetivo y aceptan el mismo programa. Programa que se limita a trazar los rasgos generales del movimiento proletario y deja su elaboración teórica a cargo de las secciones, que aprovecharán para ello el impulso dado por las necesidades de la lucha práctica y el intercambio de ideas que se efectúa. En los órganos de las secciones y en sus congresos se admiten indistintamente todas las convicciones socialistas.

En toda nueva etapa histórica, los viejos errores reaparecen un instante para desaparecer poco después. Del mismo modo, la Internacional ha visto renacer en su seno secciones sectarias, aunque en una forma poco acentuada.

La Alianza, al considerar como un inmenso progreso la resurrección de las sectas, es, en sí misma, una prueba concluyente de que el tiempo de las sectas ha pasado. Pues, mientras las sectas,

pág. 288
en su origen, representaban elementos de progreso, el programa de la Alianza, a remolque de un «Mahoma sin Korán»[40], sólo representa un amasijo de ideas de ultratumba, disfrazadas con frases sonoras y que sólo pueden asustar a burgueses idiotas o servir como piezas de convicción contra los internacionalistas a los fiscales de Bonaparte u otros[*].

La Conferencia, en la que estaban representados todos los matices socialistas, aprobó por aclamación la resolución contra las secciones sectarias, convencida de que esta resolución, al volver a colocar a la Internacional en su verdadero terreno, marcaría una nueva fase en su marcha. Los partidarios de la Alianza, sintiéndose heridos de muerte por esta resolución, la consideraron sencillamente como una victoria del Consejo General sobre la Internacional; victoria, por medio de la cual, según su circular, hizo «que predominara el programa especial» de algunos de sus miembros, «su doctrina personal», «la doctrina ortodoxa», «la teoría oficial, única que tiene derecho de ciudadanía en la Asociación». Por lo demás, no era culpa de esos miembros, era la consecuencia necesaria, el «efecto corruptor» de su calidad de miembros del Consejo General, pues

«es absolutamente imposible que un hombre que tiene poder» (!) «sobre sus semejantes, siga siendo un hombre moral. El Consejo General se convierte en un semillero de intrigas».

Según la opinión de los Dieciséis, se podría ya reprochar a los Estatutos generales un grave defecto: el de dar al Consejo General derecho a incorporarse nuevos miembros. Provisto de este poder, dicen:

«el Consejo podría luego incorporarse todo un personal que modificase completamente su mayoría y sus tendencias».

Según parece, para ellos, el mero hecho de que unos hombres pertenezcan al Consejo General, basta para modificar, no sólo su moralidad, sino también su sentido común. De otro modo, ¿cómo se puede suponer que una mayoría se transforme, por sí misma, en minoría mediante la incorporación voluntaria de nuevos miembros?

Por lo demás, los mismos Dieciséis no parecen muy convencidos de todo esto, porque, más adelante, se quejan de que el Consejo General haya estado


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[*] Los escritos policíacos publicados en el último tiempo sobre la Internacional, incluidos la circular de Julio Favre a las potencias extranjeras y el informe del rural Sacase sobre el proyecto Dufaure, están repletos de citas tomadas de los pomposos manifiestos de la Alianza[41]. La fraseología de estos sectarios, cuyo radicalismo consiste sólo en pronunciar palabras altisonantes, sirve espléndidamente los designios de la reacción.

pág. 289
«compuesto, durante cinco años seguidos,por los mismos hombres que eran siempre reelegidos».

E inmediatamente después repiten:

«la mayor parte de ellos no son nuestros mandatarios regulares, puesto que no han sido elegidos por un Congreso».

El hecho es que el personal del Consejo General ha cambiado constantemente, aunque algunos de los fundadores hayan permanecido siempre en él, lo mismo que ocurre en los Consejos federales belga, suizo-francés, etc.

El Consejo General está sometido a tres condiciones esenciales para el cumplimiento de su mandato. En primer lugar, exige un personal bastante numeroso para ejecutar sus múltiples tareas; en segundo, una composición de «trabajadores pertenecientes a las diferentes naciones representadas en la Asociación Internacional» y, por último, la preponderancia del elemento obrero. Siendo las exigencias del trabajo para el obrero una causa permanente de cambios en el personal del Consejo General, ¿cómo podría éste reunir esas condiciones indispensables sin el derecho de cooptación? Sin embargo, le parece necesaria una definición más exacta de este derecho, y así, en la última Conferencia ha expresado su deseo de que se haga esta definición.

La reelección del Consejo General, tal como estaba compuesto, por los congresos sucesivos en los que Inglaterra estaba apenas representada, parece que debía probar que ha cumplido su deber en la medida de sus posibilidades. Pero no: los Dieciséis sólo ven en esto la prueba de la «confianza ciega de los congresos», confianza llevada en Basilea

«hasta una especie de dejación voluntaria de sus derechos en manos del Consejo General».

Según ellos, el «papel normal» del Consejo debe ser «el de una simple oficina de correspondencia y estadística». Basan esta definición en varios artículos sacados de una falsa traducción de los Estatutos.

En oposición a los Estatutos de todas las sociedades burguesas, los Estatutos generales de la Internacional apenas tratan de su organización administrativa. Encomiendan su desarrollo a la práctica y su regulación a los futuros congresos. No obstante, como la unidad y la coordinación de actividades de las secciones de los diferentes países son los únicos elementos que pueden darles la característica de internacionalismo, los Estatutos se ocupan más del Consejo General que de las otras partes de la organización.

El artículo 5 de los Estatutos originales[42] dice:

pág. 290
«El Consejo General funcionará como agente internacional entre los diferentes grupos nacionales y locales».

y da a continuación algunos ejemplos del modo cómo debe actuar. Entre estos ejemplos, se encuentra la instrucción dada al Consejo para hacer de modo

«que, cuando se exija la acción inmediata, como en el caso de los conflictos internacionales, todas las agrupaciones de la Asociación, puedan actuar simultáneamente y de una manera uniforme».

El artículo continúa diciendo:

«Cuando lo juzgue oportuno, el Consejo General tomará la iniciativa en las proposiciones que haya que someter a las sociedades locales y nacionales».

Además, los Estatutos definen el papel del Consejo en la convocatoria y preparación de los congresos y le encargan de ciertos trabajos que habrá de someter a estos congresos. Los Estatutos originales no presentan la acción espontánea de los grupos en contraposición con la unidad de acción de la Asociación; hasta tal punto que el artículo 6 dice:

«Puesto que el movimiento obrero en cada país sólo puede ser asegurado mediante la fuerza procedente de la unión y de la asociación; puesto que, por otra parte, la acción del Consejo General será más eficaz..., los miembros de la Internacional deberán hacer todo lo posible para reunir a las sociedades obreras de sus respectivos países, que aún están aisladas, en asociaciones nacionales, representadas por organismos centrales».

La primera resolución administrativa del Congreso de Ginebra (art. 1) dice:

«El Consejo General está obligado a ejecutar las resoluciones de los congresos».

Esta resolución legalizó la actitud mantenida por el Consejo desde un principio: la de delegaciones ejecutivas de la Asociación. Sería difícil ejecutar órdenes sin «autoridad» moral, a falta de otra «autoridad libremente consentida». El Congreso de Ginebra, al mismo tiempo, encargó al Consejo General la publicación del «texto oficial y obligatorio de los Estatutos».

El mismo Congreso resolvió (Resolución administrativa de Ginebra, art. 14):

«Cada sección tiene derecho a redactar sus Estatutos y reglamentos particulares, adaptados a las circunstancias locales y a las leyes de su país pero no deben ser contrarios en nada a los Estatutos y reglamento generales».

Fijémonos primero en que aquí no hay la más ligera alusión a declaraciones particulares de principios, ni a misiones especiales,

pág. 291
de las que se encargaría esta o la otra sección, aparte de las tareas encaminadas al objetivo común de todos los grupos de la Internacional. Se trata simplemente del derecho de las secciones a adaptar los Estatutos y reglamento generales «a las circunstancias locales y a las leyes de sus países».

En segundo lugar, ¿quién debe comprobar la conformidad de los Estatutos particulares con los Estatutos generales? Evidentemente, si no hubiera «autoridad» encargada de esta función, la resolución sería nula y sin efecto. No solamente podrían constituirse secciones policíacas u hostiles, sino que la intrusión de sectarios desclasados y de filántropos burgueses en la Asociación podría desvirtuar su carácter y, por el número de aquéllos, aplastar a los obreros en los congresos.

Desde su origen, las federaciones nacionales y locales se atribuyeron en sus países respectivos ese derecho a admitir o rechazar nuevas secciones, según sus Estatutos estuvieran o no conformes con los Estatutos generales. El ejercicio de la misma función por el Consejo General está previsto en el artículo 6 de los Estatutos generales. Este artículo deja a las sociedades locales independientes, es decir, a sociedades constituidas fuera de los lazos federales de sus países, el derecho a ponerse en relación con el Consejo directamente. La Alianza no tuvo a menos el ejercer este derecho a fin de reunir las condiciones que se requerían para enviar sus delegados al Congreso de Basilea.

El artículo 6 de los Estatutos prevé también los obstáculos legales para la formación de federaciones nacionales en ciertos países, en los cuales, por consiguiente, el Consejo General está llamado a funcionar como Consejo federal. (Véase: Diario de sesiones del Congreso de Lausanne, etc., 1867, pág. 13[43].)

Desde la caída de la Comuna, esos obstáculos legales no han cesado de aumentar en diversos países y de hacer en ellos aún más indispensable la actuación del Consejo General, para mantener al margen de la Asociación a los elementos indeseables. Así, últimamente, ha habido comités en Francia que han pedido la intervención del Consejo General para librarse de los confidentes y, en otro gran país[*], los internacionalistas le han pedido que no reconozca ninguna sección si no es fundada por ellos mismos o por sus mandatarios directos. Basaban su petición en la necesidad de apartar a los agentes provocadores, cuyo ardiente celo se manifestaba en la precipitada formación de secciones de un radicalismo inaudito. Por otra parte, secciones que se dicen antiautoritarias no vacilan en requerir al Consejo, cuando surge un conflicto en su seno, ni incluso en pedirle que aniquile de un mazazo


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[*] Austria. (N. de la Edit.)

pág. 292
a sus adversarios, como ha ocurrido en el conflicto lyonés. Más recientemente, después de la Conferencia, la Federación obrera de Turín decidió declararse sección de la Internacional. A consecuencia de una escisión, la minoría fundó la sociedad Emancipación del Proletario[44]. Se adhirió a la Internacional y debutó con una resolución en favor de los de Jura. Su periódico Il Proletario hierve en frases indignadas contra todo autoritarismo. Al enviar las cotizaciones de la sociedad, su secretario[*] previno al Consejo General que la antigua federación enviaría también probablemente sus cotizaciones, y añadía:

«Como habréis leído en el Proletario, la sociedad Emancipación del Proletario... ha declarado... rehusar toda solidaridad con la burguesía disfrazada con máscara obrera que compone la Federación obrera».

y rogaba al Consejo General

«que comunicara esta resolución a todas las secciones y rechazara los 10 céntimos de las cotizaciones, en el caso en que les fueran enviados»[**].

Lo mismo que todos los grupos internacionalistas, el Consejo General tiene la obligación de hacer propaganda. La ha cumplido mediante sus manifiestos y mediante sus mandatarios, que han puesto las primeras piedras de la Internacional en Norteamérica, en Alemania y en muchas ciudades de Francia.

Otra función del Consejo General consiste en prestar apoyo a las huelgas, asegurándoles la ayuda de toda la Internacional. (Véanse los informes del Consejo General en los diferentes congresos). El hecho siguiente, entre otros, prueba el peso de su intervención en las huelgas: la Sociedad de resistencia de los fundidores de hierro ingleses es, de por sí, una tradeunión internacional, con ramas en otros países, especialmente en Norteamérica. No obstante, en una huelga de fundidores americanos, éstos juzgaron necesaria la intervención del Consejo General para impedir la importación de fundidores ingleses a su país.

El desarrollo de la Internacional impuso al Consejo General, así como a los Consejos federales, la función de árbitro.

El Congreso de Bruselas resolvió:

«Los Consejos federales están obligados a enviar cada trimestre al Consejo General un informe sobre la administración y la situación financiera de sus secciones». (Resolución administrativa, N 3.)


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[*] C. Terzaghi. (N. de la Edit.)
[**] Tales eran en aquel momento las opiniones aparentes de la sociedad Emancipación del Proletario representada por su secretario corresponsal, amigo de Bakunin. En realidad, las tendencias de esta sección eran bien distintas. Después de haber expulsado, por malversación de fondos y por sus amistosas relaciones con el jefe de la policía de Turín, a este representante doblemente infiel, esta sociedad ha hecho aclaraciones que han hecho desaparecer todo equívoco entre ella y el Consejo General.

pág. 293
Por último, el Congreso de Basilea, que provoca la furia biliosa de los Dieciséis, no hizo sino regular las relaciones administrativas nacidas del desarrollo de la Asociación. Si amplió excesivamente los límites de las atribuciones del Consejo General, ¿de quién es la culpa sino de Bakunin, Schwitzgebel, F. Robert, Guilleume y otros delegados de la Alianza que lo pidieron a gritos? ¿Se acusarán acaso a sí mismos de «confianza ciega» en el Consejo General de Londres?

He aquí dos de las resoluciones del Congreso de Basilea:

«IV. Cada nueva sección o sociedad que se forme y quiera hacer parte de la Internacional, debe comunicar inmediatamente al Consejo General su adhesión» y

«V. El Consejo General tiene derecho a admitir o rechazar la adhesión de toda nueva sociedad o grupo, a reserva de apelación al Congreso siguiente».

En cuanto a las sociedades locales independientes, formadas fuera de los lazos federativos, estos artículos no hacen más que confirmar la práctica seguida desde los orígenes de la Internacional, y cuyo mantenimiento es una cuestión de vida o muerte para la Asociación. Pero se ha ido demasiado lejos al generalizar esta práctica, aplicándola indistintamente a toda sección o sociedad en vías de formación. En efecto, estos artículos dan al Consejo General derecho a inmiscuirse en la vida interior de las federaciones; pero jamás los ha aplicado en este sentido. El Consejo desafía a los Dieciséis a citar un solo caso de intromisión suya en las cuestiones de secciones nuevas que quisieran afiliarse a grupos o federaciones existentes.

Las resoluciones que acabamos de citar se refieren a las secciones en vías de formación, y las resoluciones siguientes, a las secciones ya reconocidas:

«VI. El Consejo General tiene igualmente derecho a dejar en suspenso, hasta el siguiente Congreso, a una sección de la Internacional».

«VII. Cuando se susciten diferencias entre sociedades o ramas de un grupo nacional, o entre grupos de diferentes nacionalidades, el Consejo General tendrá derecho a decidir en el conflicto, a reserva de la apelación ante el Congreso siguiente, que resolverá en definitiva».

Estos dos artículos son necesarios para casos extremos, aunque hasta ahora, el Consejo General no haya recurrido nunca a ellos. La relación de hechos que figura en las páginas anteriores, prueba que no ha dejado en suspenso a ninguna sección y que, en caso de conflicto, se ha limitado a actuar como árbitro invocado por ambas partes.

Nos acercamos, en fin de cuentas, a una función impuesta al Consejo General por las necesidades de la lucha. Por muy doloroso que sea para los partidarios de la Alianza, el Consejo General,

pág. 294
precisamente por la persistencia con que le atacan todos los enemigos del movimiento proletario, se halla en la vanguardia de los defensores de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

V

Después de haber juzgado a la Internacional tal como es, los Dieciséis nos dicen cómo debe ser.

En primer lugar, el Consejo General sería nominalmente una simple oficina de correspondencia y estadística. Pero, como cesarían sus funciones administrativas, su correspondencia se reduciría necesariamente a la reproducción de los informes ya publicados por los periódicos de la Asociación. Por lo tanto, se acabaría por hacer desaparecer la oficina de correspondencia. En cuanto a la estadística, es un trabajo irrealizable sin una potente organización y, sobre todo, como dicen expresamente los Estatutos originales, sin una dirección común. Ahora bien, como todo esto huele mucho a «autoritarismo», puede ser que haya una oficina, pero, desde luego, no habrá estadística. En una palabra, el Consejo General desaparece. Con este mismo razonamiento, se liquidan los Consejos federales, comités locales y otros centros «autoritarios». Sólo quedan las secciones autónomas.

¿Y cuál será la misión de estas «secciones autónomas», libremente federadas y felizmente liberadas de toda autoridad, «incluso de una autoridad que fuera elegido y constituida por los trabajadores»?

Aquí hay que completar la circular con el informe del Consejo del Jura sometido al Congreso de los Dieciséis.

«Para convertir a la clase obrera en el verdadero representante de los intereses nuevos de la humanidad», es preciso que su organización «esté guiada por la idea que debe triunfar.Deducir esta idea de las necesidades de nuestra época, de las tendencias íntimas de la humanidad mediante un estudio continuado de los fenómenos de la vida social,inculcar después esta idea a nuestras organizaciones obreras: tal debe ser el objetivo, etc.». En resumen, hay que formar, «en el seno de nuestra población obrera, una verdadera escuela socialista revolucionaria».

Así, las secciones autónomas de obreros se convierten de golpe en escuelas, cuyos maestros serán estos señores de la Alianza. Ellos deducen la idea, «mediante estudios continuados», que no dejan el menor rastro; «se inculca después a nuestras organizaciones obreras». Para ellos, la clase obrera es un material en bruto, un caos que, para tomar forma, necesita el soplo de su Espíritu Santo.

Todo esto no es más que una paráfrasis del antiguo programa de la Alianza, que empezaba con estas palabras:

pág. 295
«La minoría socialista de la Liga de la paz y de la libertad, habiéndose separado de esta Liga», se propone fundar «una nueva Alianza de la Democracia Socialista... que se impone como misión especial, estudiar los problemas políticos y filosóficos...»

¡Ya está aquí la idea «deducida»!

«Una empresa tal... dará a los demócratas socialistas sinceros de Europa y América el medio de entenderse y de afirmar sus ideas»[*].

Así, por confesión propia, la minoría de una sociedad burguesa se ha infiltrado en la Internacional, poco antes del Congreso de Basilea, sólo para servirse de él como medio de situarse respecto a las masas obreras, en la categoría de hierofantes de una ciencia oculta, una ciencia de cuatro frases, cuyo punto culminante es «la igualdad económica y social de las clases».

Aparte de esta «misión teórica», la nueva organización propuesta para la Internacional tiene también su aspecto práctico.

«La sociedad futura» —dice la circular de los Dieciséis— «no debe ser sino la universalización de la organización que la Internacional se haya dado. Debemos, pues, cuidar de que esta organización se aproxime lo más posible a nuestro ideal».

«¿Puede concebirse que una sociedad igualitaria y libre salga de una organización autoritaria? Esto es imposible. La Internacional, embrión de la futura sociedad humana, tiene que ser, desde ahora, imagen fiel de nuestros principios de libertad y de federación».

Dicho en otros términos: así como los conventos de la Edad Media representan la imagen de la vida celestial, la Internacional debe ser la imagen de la nueva Jerusalén, cuyo «embrión» lleva la Alianza en su seno. ¡Los confederados de París no hubieran sucumbido si, comprendiendo que la Comuna era el «embrión de la futura sociedad humana», hubieran arrojado lejos de sí la disciplina y las armas, cosas ambas que deben desaparecer, pero sólo cuando se hayan acabado las guerras!

Pero para poner bien en claro que, a pesar de sus «estudios continuados», no han sido los Dieciséis los que han incubado este bello proyecto, que tiende a desorganizar y desarmar a la Internacional en el momento en que lucha por su existencia, Bakunin


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[*] Los hombres de la Alianza, que no cesan de reprochar al Consejo General la convocatoria de una conferencia reservada, en un momento en que la reunión de un congreso público hubiera sido el colmo de la traición o de la estupidez; esos partidarios cerrados del alboroto y de hacer las cosas a la luz del día, han organizado, desdeñando nuestros Estatutos, una verdadera sociedad secreta en el seno de la Internacional, sociedad dirigida contra la Internacional y que aspira a colocar a sus secciones bajo su férula, bajo la dirección sacerdotal de Bakunin.

El Consejo General se propone reclamar del próximo congreso una encuesta sobre esta organización secreta y sobre sus promotores en ciertos países, por ejemplo, en España.

pág. 296
acaba de publicar el texto original en su memoria sobre la organización de la Internacional. (Véase: Almanach du Peuple pour 1872, Ginebra.)

VI

Ahora leed el informe presentado por el Comité del Jura al Congreso de los Dieciséis.

«Su lectura» —dice su periódico oficial, La Révolution Sociale (16 de noviembre)— «dará la medida exacta de lo que se puede esperar de los afiliados a la federación del Jura, en cuanto a abnegación e inteligencia práctica».

Empieza por atribuir a estos «terribles acontecimientos» (la guerra franco-alemana y la guerra civil en Francia) una influencia «en parte desmoralizadora... sobre la situación de las secciones de la Internacional».

Si bien, en efecto, la guerra franco-alemana, al enrolar a gran número de obreros en ambos ejércitos, debió haber tendido a la desorganización de las secciones, no es menos cierto que la caída del Imperio y la proclamación abierta de la guerra de conquista hecha por Bismarck provocaron en Alemania y en Inglaterra una lucha enconada entre la burguesía, que se colocó junto a los prusianos, y el proletariado, que afirmó más que nunca sus sentimientos internacionalistas. Por eso mismo, la Internacional había de ganar terreno en esos dos países. En América, el mismo hecho produjo una escisión en la inmensa emigración proletaria alemana; la fracción internacionalista se separó sin equívocos de la chovinista.

Por otra parte, el advenimiento de la Comuna de París ha dado un impulso sin precedentes al desarrollo exterior de la Internacional y a la reivindicación viril de sus principios por las secciones de todas las nacionalidades. Pero de esto son una excepción los del Jura, cuyo informe continúa así: «...desde el principio de la gigantesca lucha... la reflexión se ha impuesto... Unos se apartan, para esconder su debilidad... Para muchos, esta situación» (en las filas de ellos) «es un síntoma de vejez», pero, «muy al contrario... es una situación propicia para transformar completamente la Internacional»... a su imagen y semejanza. Este modesto deseo se comprenderá después de examinar a fondo lo próspero de su situación.

Prescindiendo de la disuelta Alianza, reemplazada desde su disolución por la sección de Malon, el Comité tenía que justificar la situación de veinte secciones. De ellas, siete le vuelven limpiamente la espalda; he aquí lo que se dice de ellas en el informe:

«La sección de engastadores y la de grabadores y pulidores de Bienne no han contestado a ninguna de las comunicaciones que les hemos dirigido».

pág. 297
«Las secciones profesionales de Neuchâtel, es decir, las de carpinteros, engastadores, grabadores y pulidores, no han enviado respuesta ninguna a las comunicaciones del Comité federal».

«No hemos podido conseguir ninguna noticia de la sección de Val-de-Ruz».

«La sección de grabadores y pulidores del Locle no ha dado respuesta alguna a las comunicaciones del Comité federal».

He aquí lo que se llama un comercio libre de secciones autónomas con su Comité federal.

Otra sección,

«la de grabadores y pulidores del distrito de Courtelary, después de tres años de tenaz persistencia... se constituye en sociedad de resistencia».

fuera de la Internacional, lo que no le impide en absoluto hacerse representar por dos delegados en el Congreso de los Dieciséis.

Después vienen cuatro secciones bien muertas.

«La sección central de Bienne ha caído por el momento; sin embargo, uno de sus miembros abnegados nos escribía últimamente que no se han perdido todas las esperanzas de ver renacer la Internacional en Bienne».

«La sección en Saint-Blaise ha caído».

«La sección de Catébat, después de una asistencia brillante ha tenido que ceder ante las intrigas urdidas por los señores» (!) «de esta localidad para disolver tan valiente» (!) «sección»

«Por último, la sección de Corgémont también fue víctima de las intrigas patronales».

Viene a continuación la sección central del distrito de Courtelary, que

«tomó una medida de prudencia:suspendió su actuación»;

lo cual no le impidió enviar dos delegados al Congreso de los Dieciséis.

Después vienen cuatro secciones de existencia más que problemática.

«La sección de Grange se encuentra reducida a un pequeño núcleo de obreros socialistas... Lo reducido de su contingente paraliza su actuación en la localidad».

«Los acontecimientos han quebrantado mucho a la sección central de Neuchâtel y, a no ser por la abnegación, por la actividad de algunos de sus miembros,su caída hubiera sido segura».

«La sección central del Locle, después de pasar varios meses entre la vida y la muerte, había acabado por disolverse. En fecha muy reciente, se ha vuelto a constituir»;

evidentemente, con el único fin de enviar dos delegados al Congreso de los Dieciséis.

«La sección de propaganda socialista de La Chaux-de-Fonds, está en una situación crítica... Su posición, lejos de mejorar,tiende más bien a empeorar».

pág. 298
Hay a continuación dos secciones, los círculos de estudios de Saint-Imier y de Sonvillier, que no se mencionan más que de pasada y sobre cuya situación no se dice una palabra.

Y queda, por último, la sección modelo, la cual a juzgar por su nombre de sección central, no es sino residuo de otras secciones desaparecidas.

«La sección central de Moutier es, sin duda, la menos quebrantada... Su Comité ha estado constantemente en relación con el Comité federal...Todavía no se han fundado secciones».

Y todo esto se explica así:

«La actuación de la sección de Moutier está particularmente favorecida por la excelente disposición de una población obrera... de costumbres populares; nos gustaría ver a la clase obrera de esta región hacerse aún más independiente de los elementos políticos».

Se ve que, en efecto, este informe

«da la medida exacta de lo que se puede esperar de los afiliados a la federación del Jura, en cuanto a abnegación e inteligencia práctica».

Hubieran podido completarlo añadiendo que los obreros de La Chaux-de-Fonds, sede primitiva de su Comité, han rehusado siempre toda comunicación con ellos. En fecha aún reciente, en la asamblea general del 18 de enero de 1872, han contestado a la circular de los Dieciséis con votaciones unánimes confirmando las resoluciones de la Conferencia de Londres, así como la resolución tomada por el Congreso de la Suiza francesa en mayo de 1871

«de expulsar para siempre de la Internacional a los Bakunin, Guillaume y sus adeptos».

¿Es preciso decir algo más sobre el peso de ese pretendido Congreso de Sonvillier, que, según él, ha «desencadenado la guerra, la guerra abierta en el seno de la Internacional»?

Es cierto que esos hombres que hacen más ruido cuanto más insignificantes son han obtenido un éxito innegable. Toda la prensa liberal y policíaca se ha puesto abiertamente de su parte. En sus calumnias personales contra el Consejo General y en sus ataques anodinos contra la Internacional, han sido secundados por los sedicentes reformadores de todos los países: en Inglaterra, por los republicanos burgueses, cuyas intrigas ha frustrado el Consejo General; en Italia, por los librepensadores dogmáticos que, bajo la bandera de Stefanoni, acaban de fundar una «sociedad universal de los racionalistas», cuya sede obligatoria está en Roma (organización «autoritaria» y «jerárquica» de conventos de frailes y monjas ateos y cuyos Estatutos conceden un busto de mármol en la sala

pág. 299
del Congreso a todo burgués que haga un donativo de diez mil francos)[45]; por último, en Alemania, por los socialistas bismarckianos que, aparte de editar un periódico policíaco, el Der Neuer Social-Demokrat[46], hacen de camisas blancas[47] del Imperio pruso-alemán.

El cónclave de Sonvillier pide a todas las secciones internacionalistas, en un llamamiento patético, que insistan sobre la urgencia de un Congreso «para reprimir», como dicen los ciudadanos Malon y Lefrançais, «las constantes extralimitaciones depresivas del Consejo de Londres»; en realidad, para sustituir a la Internacional por la Alianza. Este llamamiento ha obtenido un eco tan alentador, que en seguida se han visto reducidos a tener que falsificar una votación del último Congreso belga. En su órgano oficial (Révolution Sociale, del 4 de enero de 1872), dicen:

«Por último, una cosa más grave: las secciones belgas se han reunido en un congreso, en Bruselas, los días 24 y 25 de diciembre y han votado por unanimidad una resolución idéntica a la del Congreso de Sonvillier sobre la urgencia de convocar un Congreso General».

Hay que hacer constar que el Congreso belga ha votado todo lo contrario. Ha encargado al próximo Congreso belga, que no se reunirá hasta junio, la elaboración de un proyecto de nuevos Estatutos generales para someterlo al próximo Congreso de la Internacional.

De acuerdo con la inmensa mayoría de la Internacional, el Consejo General no convocará el Congreso anual inmediatamente, sino en septiembre de 1872.

VII

Algunas semanas después de la Conferencia, llegaron a Londres los caballeros Albert Richard y Gaspard Blanc, los miembros más influyentes y más ardientes de la Alianza, encargados de reclutar, entre los refugiados franceses, auxiliares dispuestos a trabajar por la restauración del Imperio, único medio, según ellos, de desembarazarse de Thiers y de llenar el estómago. El Consejo General previno contra sus manejos bonapartistas a los interesados, entre otros, al Consejo federal de Bruselas.

En enero de 1872 se quitaron la careta, publicando el folleto «E l I m p e r i o y l a n u e v a F r a n c i a. Llamamiento del pueblo y de la juventud a la conciencia francesa», por Albert Richard y Gaspard Blanc. Bruselas, 1872.

Con la acostumbrada modestia de los charlatanes de la Alianza, espetan el reclamo siguiente:

pág. 300
«Nosotros, que habíamos formado el gran ejército del proletariado francés... nosotros, los jefes más influyentes de la Internacional en Francia[*], afortunadamente no hemos sido fusilados, y aquí estamos para enarbolar frente a ellos (los parlamentarios ambiciosos,los republicanos bien cebados,los sedicentes demócratas de toda especie), la bandera bajo cuyos pliegues combatimos y para lanzar a la Europa atónita, a pesar de las calumnias, a pesar de las amenazas, a pesar de los ataques de toda índole que nos esperan, este grito que emerge del fondo de nuestra conciencia y que resonará muy pronto en el corazón de todos los franceses:«¡Viva el emperador!»

«A Napoleón III, difamado y escarnecido, hay que rehabilitarlo con todo esplendor».

Y los señores Albert Richard y Gaspard Blanc, pagados con cargo a los fondos secretos de Invasión III, tienen el encargo especial de obtener esta rehabilitación.

Por lo demás, confiesan:

«El desarrollo normal de nuestras ideas nos ha hecho imperialistas».

He aquí una confesión que debe agradar a sus correligionarios de la Alianza. Como en los dichosos días de la Solidarité, A. Richard y G. Blanc endilgan sus viejas frases sobre el «abstencionismo político» que, según les dicta su «desarrollo normal» no es un hecho sino bajo el despotismo más absoluto: cuando los trabajadores se abstienen de toda ingerencia política como el preso se abstiene de pasearse al sol.

«El tiempo de los revolucionarios» —dicen— «ha pasado... El comunismo ha sido desterrado a Alemania y a Inglaterra; sobre todo a Alemania. Es por cierto allí donde ha sido elaborado seriamente, desde hace tiempo,


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[*] Bajo el título «¡A la picota!», la Egalité (de Ginebra) del 15 de febrero de 1872, dice: «Aún no ha

Por : Arriba el puño don Eduardo! el Sábado 27 de Agosto de 2005

. Engels
EL ORIGEN DE LA FAMILIA,
LA PROPIEDAD PRIVADA
Y EL ESTADO

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II
La Familia
Morgan, que pasó la mayor parte de su vida entre los iroqueses - establecidos aún actualmente en el Estado de Nueva York- y fue adoptado por una de sus tribus (la de los senekas), encontró vigente entre ellos un sistema de parentesco en contradicción con sus verdaderos vínculos de familia. Reinaba allí esa especie de matrimonio, fácilmente disoluble por ambas partes, llamado por Morgan "familia sindiásmica". La descendencia de una pareja conyugal de esta especie era patente y reconocida por todo el mundo; ninguna duda podía quedar acerca de a quién debían aplicarse los apelativos de padre, madre, hijo, hija, hermano, hermana. Pero el empleo de estas expresiones estaba en completa contradicción con lo antecedente. El iroqués no sólo llama hijos a hijas a los suyos propios, sino también a los de sus hermanos, que, a su vez, también le llamam a él padre. Por el contrario, llama sobrinos y sobrinas a los hijos de sus hermanas, los cuales le llaman tío. Inversamente, la iroquesa, a la vez que a los propios, llama hijos e hijas a los de sus hermanas, quienes le dan el nombre de madre. Pero llama sobrinos y sobrinas a los hijos de sus hermanos, que la llaman tía. Del mismo modo, los hijos de hermanos se llaman entre sí hermanos y hermanas, y lo mismo hacen los hijos de hermanas. Los hijos de una mujer y los del hermano de ésta se llaman mutuamente primos y primas. Y no son simples nombres, sino expresión de las ideas que se tiene de lo próximo o lo lejano, de lo igual o lo desigual en el parentesco consanguíneo; ideas que sirven de base a un parentesco completamente elaborado y capaz de expresar muchos centenares de diferentes relaciones de parentesco de un sólo individuo. Más aún: este sistema no sólo se halla en pleno vigor entre todos los indios de América (hasta ahora no se han encontrado excepciones), sino que existe también, casi sin cambio ninguno, entre los aborígenes de la India, las tribus dravidianas del Decán y las tribus gauras del Indostán. Los nombres de parentesco de las familias del Sur de la India y los de los senekas iroqueses del Estado de Nueva York aun hoy coinciden en más de doscientas relaciones de parentesco diferentes. Y en estas tribus de la India, como entre los indios de América, las relaciones de parentesco resultantes de la vigente forma de la familia están en contradicción con el sistema de parentesco.

¿A qué se debe este fenómeno?. Si tomamos en consideración el papel decisivo que la consanguinidad desempeña en el régimen social entre todos los pueblos salvajes y bárbaros, la importancia de un sistema tan difundido no puede ser explicada con mera palabrería. Un sistema que prevalece en toda América, que existe en Asia entre pueblos de raza completamente distinta, y que en formas más o menos modificadas suele encontrarse por todas partes en Africa y en Australia, requiere ser explicado históricamente y no con frases hueras como quiso hacerlo, por ejemplo, MacLennan. Los apelativos de padre, hijo, hermano, hermana, no son simples títulos honoríficos, sino que, por el contrario, traen consigo serios deberes recíprocos perfectamente definidos y cuyo conjunto forma una parte esencial del régimen social de esos pueblos. Y se encontró la explicación del hecho. En las islas Sandwich (Hawaí) había aún en la primera mitad de este siglo una forma de familia en la que existían los mismos padres y madres, hermanos y hermanas, hijos e hijas, tios y tias, sobrinos y sobrinas que requiere el sistema de parentesco de los indios americanos y de los aborígenes de la India. Pero -¡cosa extraña!- el sistema de parentesco vigente en Hawaí tampoco respondía a la forma de familia allí existente. Concretamente: en este país todos los hijos de hermanos y hermanas, sin excepción, son hermanos y hermanas entre sí y se reputan como hijos comunes, no solo de su madre y de las hermanas de ésta o de su padre y de los hermanos de éste, sino que también de todos sus hermanos y hermanas de dus padres y madres sin distinción. Por tanto, si el sistema de parentesco presupone una forma más primitiva de la familia, que ya no existe en América, pero que encontramos aún en Hawaí, el sistema hawaiano, por su parte, nos apunta otra forma aún más rudimentaria de la familia, que si bien no hallamos hoy en ninguna parte, ha debido existir, pues de lo contrario no hubiera podido nacer el sistema de parentesco que le corresponde. "La familia, dice Morgan, es el elemento activo; nunca permanece estacionada, sino que pasa de una forma inferior a una forma superior a medida que la sociedad evoluciona de un grado más bajo a otro más alto. Los sistemas de parentesco, por el contrario, son pasivos; sólo después de largos intervalos registran los progresos hechos por la familia y no sufren una modificación radical sino cuando se ha modificado radicalmente la familia". "Lo mismo -añade Carlos Marx- sucede en general con los sistemas políticos, jurídicos, religiosos y filosóficos". Al paso que la familia sigue viviendo, el sistema de parentesco se osifica; y mientras éste continúa en pie por la fuerza de la costumbre, la familia rebasa su marco. Pero, por el sistema de parentesco legado históricamente hasta nuestros dias, podemos concluir que existió una forma de familia a él correspondiente y hoy extinta, y lo podemos concluir con la misma certidumbre con que dedujo Cuvier por los huesos de un didelfo hallado cerca de París que le esqueleto pertenecía a un didelfo y que allí existieron en un tiempo didelfos, hoy extintos.

Los sistemas de parentesco y las normas de familia a que acabamos de referirnos difieren de los reinantes hoy en que cada hijo tenía varios padres y madres. En el sistema americano de parentesco, al cual corresponde la familia hawaiana, un hermano y una hermana no pueden ser padre y madre de un mismo hijo; el sistema de parentesco hawaiano presupone una familia en la que, por el contrario, esto es la regla. Tenemos aquí una serie de formas de familia que están en contradicción directa con las admitidas hasta ahora como únicas valederas. La concepción tradicional no conoce más que la monogamia, al lado de la poligamia del hombre, y, quizá, la poliandría de la mujer, pasando en silencio -como corresponde al filisteo moralizante- que en la práctica se salta tácitamente y sin escrúpulos por encima de las barreras impuestas por la sociedad oficial. En cambio, el estudio de la historia primitiva nos revela un estado de cosas en que los hombres practican la poligamia y sus mujeres la poliandría y en que, por consiguiente, los hijos de unos y otros se consideran comunes. A su vez, ese mismo estado de cosas pasa por toda una serie de cambios hasta que se resuelve en la monogamia. Estas modificaciones son de tal especie, que el círculo comprendido en la unión conyugal común, y que era muy amplio en su origen, se estrecha poco a poco hasta que, por último, ya no comprende sino la pareja aislada que predomina hoy.

Reconstituyendo retrospectivamente la historia de la familia, Morgan llega, de acuerdo con la mayor parte de sus colegas, a la conclusión de que existió un estadio primitivo en el cual imperaba en el seno de la tribu el comercio sexual promiscuo, de modo que cada mujer pertenecía igualmente a todos los hombres y cada hombre a todas las mujeres. En el siglo pasado habíase ya hablado de tal estado primitivo, pero sólo de una manera general; Bachofen fue el primero -y éste es uno de sus mayores méritos- que lo tomó en serio y buscó sus huellas en las tradiciones históricas y religiosas. Sabemos hoy que las huellas descubiertas por él no conducen a ningún estado social de promiscuidad de los sexos, sino a una forma muy posterior; al matrimonio por grupos. Aquel estadio social primitivo, aun admitiendo que haya existido realmente, pertenece a una época tan remota, que de ningún modo podemos prometernos encontrar pruebas directas de su existencia, ni aun en los fósiles sociales, entre los salvajes más atrasados. Corresponde precisamente a Bachofen el mérito de haber llevado a primer plano el estudio de esta cuestión[1].

En estos últimos tiempos se ha hecho moda negar ese período inicial en la vida sexual del hombre. Se quiere ahorrar esa "vergüenza" a la humanidad. Y para ello apóyanse, no sólo en la falta de pruebas directas, sino, sobre todo, en el ejemplo del resto del reino animal. De éste ha sacado Letourneau ("La evolución del matrimonio y de la familia, 1888[2]) numerosos hechos, con arreglo a los cuales la promiscuidad sexual completa no es propia sino de las especies más inferiores. Pero de todos estos hechos yo no puedo inducir más conclusión que ésta: no prueban absolutamnte nada respecto al hombre y a sus primitivas condiciones de existencia. El emparejamiento por largo plazo entre los vertebrados puede ser plenamente explicado por razones fisiológicas; en las aves, por ejemplo, se debe a la necesidad de asistir a la hembra mientras incuba los huevos; los ejemplos de fiel monogamia que se encuentran en las aves no prueban nada respecto al hombre, puesto que éste no desciende precisamente del ave. Y si la estricta monogamia es la cumbre de la virtud, hay que ceder la palma a la tenia solitaria, que en cada uno de sus cincuenta a doscientos anillos posee un aparato sexual masculino y femenino completo, y se pasa la existencia entera cohabitando consigo misma en cada uno de esos anillos reproductores. Pero si nos limitamos a los mamíferos, encontramos en ellos todas las formas de la vida sexual: la promiscuidad, la unión por grupos, la poligamia, la monogamia; sólo falta la poliandría, a la cual nada más que seres humanos podían llegar. Hasta nuestros parientes más próximos, los cuadrumanos, presentan todas las variedades posibles de agrupamiento entre machos y hembras; y si nos encerramos en límites aún más estrechos y no ponemos mientes sino en las cuatro especies de monos antropomorfos, Letourneau sólo puede decirnos de ellos que viven cuándo en la monogamia cuándo en la poligamia; mientras que Saussure, según Giraud-Teulon, declara que son monógamos. También distan mucho de probar nada los recientes asertos de Westermarck ("La historia del matrimonio humano", 1891[3]) acerca de la monogamia del mono antropomorfo. En resumen, los datos son de tal naturaleza, que el honrado Letourneau conviene en que "no hay en los mamíferos ninguna relación entre el grado de desarrollo intelectual y la forma ed la unión sexual". Y Espinas dice con franqueza ("Las sociedades animales", 1877[4]): "La horda es el más elevado de los grupos sociales que hemos podido observar en los animales. Parece compuesto de familias, pero ya en su origen la familia y el rebaño son antagónicos; se desarrollan en razón inversa una y otro".

Según acabamos de ver, no sabemos nada positivo acerca de la familia y otras agrupaciones sociales de los monos antropomorfos; los datos que poseemos se contradicen diametralmente, y no hay que extrañarlo. ¡Cuán contradictorias son y cuán necesitadas están de ser examinadas y comprobadas cíticamente incluso las noticias que poseemos respecto a las tribus humanas en estado salvaje!. Pues bien, las sociedades de los monos son mucho más difíciles de observar que las de los hombres. Por tanto, hasta tener una información amplia debemos rechazar toda conclusión sacada de datos que no merecen ningún crédito.

Por el contrario, el pasaje de Espinas que hemos citado nos da mejor punto de apoyo. La horda y la familia, en los animales superiores, no son complementos recíprocos, sino fenómenos antagónicos. Espinas describe muy bien cómo la rivalidad de los machos durante el período de celo relaja o suprime momentáneamente los lazos sociales de la horda' "Allí donde está íntimamente unida la familia no vemos formarse hordas, salvo raras excepciones. Por el contrario, las hordas se constituyen casi de un modo natural donde reinan la promiscuidad o la poligamia... Para que se produzca la horda se precisa que los lazos familiares se hayan relajado y que el individuo haya recobrado su libertad. Por eso tan rara vez observamos entre las aves bandadas organizadas... En cambio, entre los mamíferos es donde encontramos sociedades más o menos organizadas precisamente porque en este caso el individuo no es absorvido por la familia... Así, pues, la conciencia colectiva de la horda no puede tener en su origen enemigo mayor que la conciencia colectiva de la familia. No titubeemos en decirlo: si se ha desarrollado una sociedad superior a la familia, ha podido deberse únicamente a que se han incorporado a ella familias profundamente alteradas, aunque ello no excluye que, precisamente por esta razón, dichas familias puedan más adelante reconstituirse bajo condiciones infinítamente más favorables". (Espinas, cap. I, citado por Giraud-Teulon: "Origen del matrimonio y de la familia, 1884[5] págs. 518-520).

Como vemos, las sociedades animales tienen cierto valor para sacar conclusiones respecto a las sociedades humanas, pero sólo en un sentido negativo. Por todo lo que sabemos, el vertebrado superior no conoce sino dos formas de familia: la poligamia y la monogamia. En ambos casos sólo se admite un macho adulto, un marido. Los celos del macho, a la vez lazo y límite de la familia, oponen ésta a la horda; la horda, la forma social más elevada, se hace imposible en unas ocasiones, y en otras, se relaja o se disuelve durante el período del celo; en el mejor de los casos, su desarrollo se ve frenado por los celos de los machos. Esto basta para probar que la familia animal y la sociedad humana primitiva son cosas incompatibles; que los hombres primitivos, en la época en que pugnaban por salir de la animalidad, o no tenía ninguna nocióni de la familia o, a lo sumo, conocían una forma que no se da en los animales. Un animal tan inerme como la criatura que se estaba convirtiendo en hombre pudo sobrevivir en pequeño número incluso en una situación de aislamiento, en la que la forma de sociabilidad más elevada es la pareja, forma que, basándose en relatos de cazadores, atribuye Westermarck al gorila y al chimpancé. Mas, para salir de la animalidad, para realizar el mayor progreso que conoce la naturaleza, se precisaba un elemento más; remplazar la carencia de poder defensivo del hombre aislado por la unión de fuerzas y la acción común de la horda. Partiendo de las condiciones en que viven hoy los monos antropomorfos, sería sencillamente inexplicable el tránsito a la humanidad; estos monos producen más bien el efectos de líneas colaterales desviadas en vías de extinción y que, en todo caso, se encuentran en un proceso de decadencia. Con esto basta para rechazar todo paralelo entre sus formas de familia y las del hombre primitivo. La tolerancia recíproca entre los machos adultos y la ausencia de celos constituyeron la primera condición para que pudieran formarse esos grupos extensos y duraderos en cuyo seno únicamente podía operarse la transformación del animal en hombre. Y, en efecto, ¿qué encontramos como forma más antigua y primitiva de la familia, cuya existencia indudablemente nos demuestra la historia y que aun podemos estudiar hoy en algunas partes?. El matrimonio por grupos, la forma de matrimonio en que grupos enteros de hombres y grupos enteros de mujeres se pertenecen recíprocamente y que deja muy poco margen para los celos. Además, en un estadio posterior de desarrollo encontramos la poliandria, forma excepcional, que excluye en mayor medida aún los celos y que, por ello, es desconocida entre los animales. Pero, como las formas de matrimonio por grupos que conocemos van acompañadas por condiciones tan peculiarmente complicadas que nos indican necesariamente la existencia de formas anteriores más sencillas de relaciones sexuales, y con ello, en último término, un período de promiscuidad correspondiente al tránsito de la animalidad a la humanidad, las referencias a los matrimonios animales nos llevan de nuevo al mismo punto del que debíamos haber partido de una vez para siempre.

¿Qué significa lo de comercio sexual sin trabas? Es significa que no existían los límites prohibitivos de ese comercio vigentes hoy o en una época anterior. Ya hemos visto caer las barreras de los celos. Si algo se ha podido establecer irrefutablemente, es que los celos son un sentimiento que se ha desarrollado relativamente tarde. Lo mismo sucede con la idea del incesto. No sól en la época primitiva eran marido y mujer el hermano y la hermana, sino que aun hoy es lícito en muchos pueblos un comercio sexual entre padres e hijos. Bancroft ("Las razas indígenas de los Estados de la costa del Pacífico de América del Norte, 1885, tomo I[6]) atestigua la existencia de tales relaciones entre los kaviatos del Estrecho de Behring, los kadiakos de cerca de Alaska y los tinnehs, en el interior de la América del Norte británica; Letourneau ha reunido numerosos hechos idénticos entre los indios chippewas, los cucús de Chile, los caribes, los karens de la Indochina; y esto, dejando a un lado los relatos de los antiguos griegos y romanos acerca de los partos, los persas, los escitas, los hunos, etc.. Antes de la invención del incesto (porque es una invención, y hasta de las más preciosas), el comercio sexual entre padres e hijos no podía ser más repugnante que entre otras personas de generaciones diferentes, cosa que ocurre en nuestros días, hasta en los países más mojigatos, sin producir gran horror. Viejas "doncellas" que pasan de los sesenta se casan, si son lo bastante ricas, con hombres jóvenes de unos treinta años. Pero si despojamos a las formas de la familia más primitivas que conocemos de las ideas de incesto que les corresponden (ideas que difieren en absoluto de las nuestras y que a menudo las contradicen por completo), vendremos a parar a una forma de relaciones carnales que sólo puede llamarse promiscuidad sexual, en el sentido de que aún no existían las restricciones impuestas más tarde por la costumbre. Pero de esto no se deduce, en ningún modo, que en la práctica cotidiana dominase inevitablemente la promiscuidad. De ningún modo queda excluida la unión de parejas por un tiempo determinado, y así ocurre, en la mayoría de los casos, aun en el matrimonio por grupos. Y si Westermarck, el último en negar este estado primitivo, da el nombre de matrimonio a todo caso en que ambos sexos conviven hasta el nacimiento de un vástago, puede decirse que este matrimonio podía muy bien tener lugar en las condiciones de la promiscuidad sexual sin contradecir en nada a ésta, es decir, a la carencia de barreras impuestas por la costumbre al comercio sexual. Verdad es que Westermarck parte del punto de vista de que "la promiscuidad supone la supresión de las inclinaciones individuales", de tal suerte, que "su forma por excelencia es la prostitución". Paréceme más bien que es imposible formarse la menor idea de las condiciones primitivas, mientras se las mire por la ventana de un lupanar. Cuadno hablemos del matrimonio por grupos volveremos a tratar de este asunto.

Según Morgan, salieron de este estado primitivo de promiscuidad, probablemente en época muy temprana:

1. La familia consanguínea, la primera etapa de la familia. Aquí los grupos conyugales se clasifican por generaciones: todos los abuelos y abuelas, en los límites de la familia, son maridos y mujeres entre sí; lo mismo sucede con sus hijos, es decir, con los padres y las madres; los hijos de éstos forman, a su vez, el tercer círculo de cónyuges comunes; y sus hijos, es decir, los biznietos de los primeros, el cuarto. En esta forma de la familia, los ascendientes y los descendientes, los padres y los hijos, son los únicos que están excluídos entre sí de los derechos y de los deberes (pudiéramos decir) del matrimonio. Hermanos y hermanas, primos y primas en primero, segundo y restantes grados, son todos ellos entre sí hermanos y hermanas, y por eso mismo todos ellos maridos y mujeres unos de otros. El vínculo de hermano y hermana presupone de por sí en este período el comercio carnal recíproco[7].

Ejemplo típico de tal familia serían los descendientes de una pareja en cada una de cuyas generaciones sucesivas todos fuesen entre sí hermanos y hermanas y, por ello mismo, maridos y mujeres unos de otros.

La família consanguínea ha desaparecido. Ni aun los pueblos más salvajes de que habla la historia presentan algún ejemplo indudable de ella. Pero lo que nos obliga a reconocer que debió existir, es el sistema de parentesco hawaiano que aún reina hoy en toda la Polinesia y que expresa grados de parentesco consanguíneo que sólo han podido nacer con esa forma de familia; nos obliga también a reconocerlo todo el desarrollo ulterior de la familia, que presupone esa forma como estadio preliminar necesario.

2. La familia punalúa. Si el primer progreso en la organización de la familia consistió en excluir a los padres y los hijos del comercio sexual recíproco, el segundo fue en la exclusión de los hermanos. Por la mayor igualdad de edades de los participantes, este progreso fue infinitamente más importante, pero también más difícil que el primero. Se realizó poco a poco, comenzando, probablemente, por la exclusión de los hermanos uterinos (es decir, por parte de madre), al principio en casos aislados, luego, gradualmente, como regla general (en Hawaí aún había excepciones en el presente siglo), y acabando por la prohibición del matrimonio hasta entre hermanos colaterales (es decir, según nuestros actuales nombres de parentesco, los primos carnales, primos segundos y primos terceros). Este progreso constituye, según Morgan, "una magnífica ilustración de cómo actúa el principio de la selección natural". Sin duda, las tribus donde ese progreso limitó la reproducción consanguínea, debieron desarrollarse de una manera más rápida y más completa que aquéllas donde el matrimonio entre hermanos y hermanas continuó siendo una regla y una obligación. Hasta qué punto se hizo sentir la acción de ese progreso lo demuestra la institución de la gens, nacida directamente de él y que rebasó, con mucho, su fin inicial. La gens formó la base del orden social de la mayoría, si no de todos los pueblos bárbaros de la Tierra, y de ella pasamos en Grecia y en Roma, sin transiciones, a la civilización.

Cada familia primitiva tuvo que escindirse, a lo sumo después de algunas generaciones. La economía doméstica del comunismo primitivo, que domina exclusivamente hasta muy entrado el estadio medio de la barbarie, prescribía una extensión máxima de la comunidad familiar, variable según las circunstancias, pero más o menos determinada en cada localidad. Pero, apenas nacida, la idea de la impropiedad de la unión sexual entre hijos de la misma madre debió ejercer su influencia en la escisión de las viejas comunidades domésticas (Hausgemeinden) y en la formación de otras nuevas que no coincidían necesariamente con el grupo de familias. Uno o más grupos de hermanas convertíanse en el núcleo de una comunidad, y sus hermanos carnales, en el núcleo de otra. De la familia consanguínea salió, así o de una manera análoga, la forma de familia a la que Morgan da el nombre de familia punalúa. Según la costumbre hawaiana, cierto número de hermanas carnales o más lejanas (es decir, primas en primero, segundo y otros grados), eran mujeres comunes de sus maridos comunes, de los cuales quedaban excluidos, sin embargo, sus propios hermanos. Esos maridos, por su parte, no se llamaban entre sí hermanos, pues ya no tenían necesidad de serlo, sino "punalúa", es decir, compañero íntimo, como quien dice associé. De igual modo, una serie de hermanos uterinos o más lejanos tenían en matrimonio común cierto número de mujeres, con exclusión de sus propias hermanas, y esas mujeres se llamaban entre sí "punalúa". Este es el tipo clásico de una formación de la familia (Familienformation) que sufrió más tarde una serie de variaciones y cuyo rasgo característico esencial era la comunidad recíproca de maridos y mujeres en el seno de un determinado círculo familiar, del cual fueron excluidos, sin embargo, al principio los hermanos carnales y, más tarde, también los hermanos más lejanos de las mujeres, ocurriendo lo mismo con las hermanas de los maridos.

Esta forma de la familia nos indica ahora con la más perfecta exactitud los grados de parentesco, tal como los expresa el sistema americano. Los hijos de las hermanas de mi madre son también hijos de ésta, como los hijos de los hermanos de mi padre lo son también de éste; y todos ellos son hermanas y hermanos míos. Pero los hijos de los hermanos de mi madre son sobrinos y sobrinas de ésta, como los hijos de las hermanas de mi padre son sobrinos y sobrinas de éste; y todos ellos son primos y primas míos. En efecto, al paso que los maridos de las hermanas de mi madre son también maridos de ésta, y de igual modo las mujeres de los hermanos de mi padre son también mujeres de éste -de derecho, si no siempre de hecho-, la prohibición por la sociedad del comercio sexual entre hermanos y hermanas ha conducido a la división de los hijos de hermanos y de hermanas, considerados indistintamente hasta entonces como hermanos y hermanas, en dos clases: unos siguen siendo como lo eran antes, hermanos y hermanas (colaterales); otros - los hijos de los hermanos en un caso, y en otro los hijos de las hermanas-no pueden seguir siendo ya hermanos y hermanas, ya no pueden tener progenitores comunes, ni el padre, ni la madre, ni ambos juntos; y por eso se hace necesaria, por primera vez, la clase de los sobrinos y sobrinas, de los primos y primas, clase que no hubiera tenido ningún sentido en el sistema familiar anterior. El sistema de parentesco americano, que parece sencillamente absurdo en toda forma de familia que descanse, de esta o la otra forma, en la monogamia, se explica de una manera racional y está justificado naturalmente hasta en sus más íntimos detalles por la familia punalúa. La familia punalúa, o cualquier otra forma análoga, debió existir, por lo menos en la misma medida en que prevaleció este sistema de consanguinidad.

Esta forma de la familia, cuya existencia en Hawaí está demostrada, habría sido también probablemente demostrada en toda la Polinesia si los piadosos misioneros, como antaño los frailes españoles en América, hubiesen podido ver en estas relaciones anticristianas algo más que una simple "abominación"[8]. Cuadno César nos dice que los bretones, que se hallaban por aquel entonces en el estadio medio de la barbarie, que "cada diez o doce hombres tienen mujeres comunes, con la particularidad de que en la mayoría de los casos son hermanos y hermanas y padres e hijos", la mejor explicación que se puede dar es el matrimonio por grupos. Las madres bárbaras no tienen diez o doce hijos en edad de poder sostener mujeres comunes; pero el sistema americano de parentesco, que corresponde a la familia punalúa, suministra gran número de hermanos, puesto que todos los primos carnales o remotos de un hombre son hermanos, puesto que todos los primos carnales o remotos de un hombre son hermanos suyos. Es posible que lo de "padres con sus hijos" sea un concepto erróneo de César; sin embargo, este sistema no excluye absolutamente que puedan encontrarse en el mismo grupo conyugal padre e hijo, madre e hija, pero sí que se encuentren en él padre e hija, madre e hijo. Esta forma de la familia suministra también la más fácil explicación de los relatos de Heródoto y de otros escritores antiguos acerca de la comunidad de mujeres en los pueblos salvajes y bárbaros. Lo mismo puede decirse de lo que Watson y Kaye cuentan de los tikurs del Audh, al norte del Ganges, en su libro "La población de la India"[9]. "Cohabitan (es decir, hacen vida sexual) casi sin distinción, en grandes comunidades; y cuando dos individuos se consideran como marido y mujer, el vínculo que les une es puramente nominal".

En la inmensa mayoría de los casos, la institución de la gens parece haber salido directamente de la familia punalúa. Cierto es que el sistema de clases[1-] australiano también representa un punto de partida para la gens; los australianos tienen la gens, pero aún no tienen familia punalúa, sino una forma más primitiva de grupo conyugal.

En ninguna forma de familia por grupos puede saberse con certeza quién es el padre de la criatura, pero sí se sabe quién es la madre. Aun cuando ésta llama hijos suyos a todos los de la familia común y tiene deberes maternales para con ellos, no por eso deja de distinguir a sus propios hijos entre los demás. Por tanto, es claro que en todas partes donde existe el matrimonio por grupos, la descendencia sólo puede establecerse por la línea materna, y por consiguiente, sólo se reconoce la línea femenina. En ese caso se encuentran, en efecto, todos los pueblos salvajes y todos los que se hallan en el estadio inferior de la barbarie; y haberlo descubierto antes que nadie es el segundo mérito de Bachofen. Este designa el reconocimiento exclusivo de la filiación maternal y las relaciones de herencia que después se han deducido de él con el nombre de derecho materno; conservo esta expresión en aras de la brevedad. Sin embargo, es inexacta, porque en ese estadio de la sociedad no existe aún derecho en el sentido jurídico de la palabra.

Tomemos ahora en la familia punalúa uno de los dos grupos típicos, concretamente el de una especie de hermanas carnales y más o menos lejanas (es decir, descendientes de hermanas carnales en primero, segundo y otros grados), con sus hijos y sus hermanos carnales y más o menos lejanos por línea materna (los cuales, con arreglo a nuestra premisa, no son sus maridos), obtendremos exáctamente el círculo de los individuos que más adelante aparecerán como miembros de una gens en la primitiva forma de esta institución. Todos ellos tienen por tronco común una madre, y en virtud de este origen, los descendientes femeninos forman generaciones de hermanas. Pero los maridos de estas hermanas ya no pueden ser sus hermanos; por tanto, no pueden descender de aquel tronco materno y no pertenecen a este grupo consanguíneo, que más adelante llega a ser la gens, mientras que sus hijos pertenecen a este grupo, pues la descendencia por línea materna es la única decisiva, por ser la única cierta. En cuanto queda prohibido el comercio sexual entre todos los hermanos y hermanas -incluso los colaterales más lejanos- por línea materna, el grupo antedicho se transforma en una gens, es decir, se constituye como un círculo cerrado de parientes consanguíneos por línea femenina, que no pueden casarse unos con otros; círculo oque desde ese momento se consolida cada vez más por medio de instituciones comunes, de orden social y religioso, que lo distinguen de las otras gens de la misma tribu. Más adelante volveremos a ocuparnos de esta cuestión con mayor detalle. Pero si estimamos que la gens surge en la familia punalúa no sólo necesariamente, sino incluso como cosa natural, tendremos fundamento para estimar casi indudable la existencia anterior de esta forma de familia en todos los pueblos en que se puede comprobar instituciones gentilicias, es decir, en casi todos los pueblos bárbaros y civilizados.

Cuando Morgan escribió su libro, nuestros conocimientos acerca del matrimonio por grupos eran muy limitados. Se sabía alguna cosa del matrimonio por grupos entre los australianos organizados en clases, y, además, Morgan había publicado ya en 1871 todos los datos que poseía sobre la familia punalúa en Hawaí. La familia punalúa, por un lado, suministraba la explicación completa del sistema de parentesco vigente entre los indios americanos y que había sido el punto de partida de todas las investigaciones de Morgan; por otro lado, constituía el punto de arranque para deducir la gens de derecho materno; por último, era un grado de desarrollo mucho más alto que las clases australianas. Se comprende, por tanto, que Morgan la concibiese como el estadio de desarrollo inmediatamente anterior al matrimonio sindiásmico y le atribuyese una difusión general en los tiempos primitivos. De entonces acá, hemos llegado a conocer otra serie de formas de matrimonio por grupos, y ahora sabemos que Morgan fue demasiado lejos en este punto. Sin embargo, en su familia punalúa tuvo la suerte de encontrar la forma más elevada, la forma clásica del matrimonio por grupos, la forma que explica de la manera más sencilla el paso a una forma superior.

Si las nociones que tenemos del matrimonio por grupos se han enriquecido, lo debemos sobre todo al misionero inglés Lorimer Fison, que durante años ha estudiado esta forma de la familia en su tierra clásica, Australia. Entre los negros australianos del monte Gambier, en el Sur de Australia, es donde encontró el grado más bajo de desarrollo. La tribu entera se divide allí en dos grandes clases: los krokis y los kumites. Está terminantemente prohibido el comercio sexual en el seno de cada una de estas dos clases; en cambio, todo hombre de una de ellas es marido nato de toda mujer de la otra, y recíprocamente. No son los individuos, sino grupos enteros, quienes están casados unos con otros, clase con clase. Y nótese que allí no hay en ninguna parte restricciones por diferencia de edades o de consanguinidad especial, salvo la que se desprende de la división en dos clases exógamas. Un kroki tiene de derecho por esposa a toda mujer kumite; y como su propia hija, como hija de una mujer kumite, es también kumite en virtud del derecho materno, es, por ello, esposa nata de todo kroki, incluído su padre. En todo caso, la organización por clases, tal como se nos presenta, no opone a esto ningún obstáculo. Así, pues, o esta organización apareció en una época en que, a pesar de la tendencia instintiva de limitar el incesto, no se veía aún nada malo en las relaciones sexuales entre hijos y padres, y entonces el sistema de clases debió nacer directamente de las condiciones del comercio sexual sin restricciones, o, por el contrario, cuando se crearon las clases estaban ya prohibidas por la costumbre las relaciones sexuales entre padres e hijos, y entonces la situación actual señala la existencia anterior de la familia consanguínea y constituye el primer paso dado para salir de ella. Esta última hipótesis es la más verosimil. Que yo sepa, no se dan ejemplos de unión conyugal entre padres e hijos en Australia; y, aparte de eso, la forma posterior de la exogamia, la gens basada en el derecho materno, presupone tácitamente la prohibición de este comercio, como una cosa que había encontrado ya establecida antes de su surgimiento.

Además de la región del monte Gambier, en el Sur de Australia, el sistema de las clases se encuentra a orillas del río Darling, más al este, y en Queensland, en el nordeste; de modo que está muy difundido. Este sistema sólo excluye el matrimonio entre hermanos y hermanas, entre hijos de hermanos y entre hijos de hermanas por línea materna, porque éstos pertenecen a la misma clase; por el contrario, los hijos de hermano y de hermana pueden casarse unos con otros. Un nuevo paso hacia la prohibición del matrimonio entre consanguíneos lo observamos entre los kamilarois, en las márgenes del Darling, en la Nueva Gales del Sur, donde las dos clases originarias se han escindido en cuatro, y donde cada una de estas cuatro clases se casa, entera, con otra determinada. Las dos primeras clases son esposos natos una de otra; pero según pertenezca la madre a la primera o a la segunda, pasan los hijos a la tercera o a la cuarta. Los hijos de estas dos últimas clases, igualmente casadas una con otra, pertenecen de nuevo a la primera y a la segunda. De suerte que siempre una generación pertenece a la primera y a la segunda clase, la siguiente a la tercera y a la cuarta, y la que viene inmediatamente después, de nuevo a la primera y a la segunda. Dedúcese de aquí que hijos de hermano y hermana (por línea materna) no pueden ser marido y mujer, pero sí pueden serlo los nietos de hermano y hermana. Este complicado orden se enreda aún más porque se injerta en él más tarde la gens basada en el derecho materno; pero aquí no podemos entrar en detalle. Observamos, pues, que la tendencia a impedir el matrimonio entre consanguíneos se manifiesta una y otra vez, pero de modo espontáneo, a tientas, sin conciencia clara del fin que se persigue.

El matrimonio por grupos, que en Australia es además un matrimonio por clases, la unión conyugal en masa de toda una clase de hombres, a menudo esparcida por todo el continente, con una clase entera de mujeres no menos diseminada; este matrimonio por grupos, visto de cerca, no es tan monstruoso como se lo representa la fantasía de los filisteos, influenciada por la prostitución. Por el contrario, transcurrieron muchísimos años antes de que se tuviese ni siquiera noción de su existencia, la cual, por cierto, se ha puesto de nuevo en duda hace muy poco. A los ojos del observador superficial, se presenta como una monogamia de vínculos muy flojos y, en algunos lugares, como una poligamia acompañada de una infidelidad ocasional. Hay que consagrarle años de estudio, como lo han hecho Fison y Howitt, para descubrir en esas relaciones conyugales (que, en la práctica, recuerdan más bien a la generalidad de los europeos las costumbres de su patria), la ley en virtud de la cual el negro australiano, a miles de kilómetros de sus lares, entre gente cuyo lenguaje no comprende -y a menudo en cada campamento, en cada tribu-, mujeres que se le entregan voluntariamente, sin resistencia; ley en virtud de la cual, quien tiene varias mujeres, cede una de ellas a su huésped para la noche. Allí donde el europeo ve inmoralidad y falta de toda ley, reina de hecho una ley muy rigurosa. Las mujeres pertenecen a la clase conyugal del forastero y, por consiguiente, son sus esposas natas; la misma ley moral que destina el uno a al otra, prohibe, so pena de infamia, todo comercio sexual fuera de las clases conyugales que se pertenecen recíprocamente. Aun allí donde se practica el rapto de las mujeres, que ocurre a menudo y en parte de Australia es regla general, se mantiene escrupulosamente la ley de las clases.

En el rapto de las mujeres se encuentra ya indicios del tránsito a la monogamia, por lo menos en la forma del matrimonio sindiásmico; cuando un joven, con ayuda de sus amigos, se ha llevado de grado o por fuerza a una joven, ésta es gozada por todos, uno tras otro, pero después se considera como esposa del promotor del rapto. Y a la inversa, si la mujer robada huye de casa de su marido y la recoge otro, se hace esposa de este último y el primero pierde sus prerrogativas. Al lado y en el seno del matrimonio por grupos, que, en general, continúa existiendo, se encuentran, pues, relaciones exclusivistas, uniones por parejas, a plazo más o menos largo, y también la poligamia; de suerte que también aquí el matrimonio por grupos se va extingiendo, quedando reducida la cuestión a saber quién, bajo la influencia europea, desaparecerá antes de la escena: el matrimonio por grupos o los negros australianos que lo practican.

El matrimonio por clases enteras, tal como existe en Australia, es, en todo caso, una forma muy atrasada y muy primitiva del matrimonio por grupos, mientras que la familia punalúa constituye, en cuanto no es dado conocer, su grado superior de desarrollo. El primero parece ser la forma correspondiente al estado social de los salvajes errantes; la segunda supone ya el establecimiento fijo de comunidades comunistas, y conduce directamente al grado inmediato superior de desarrollo. Entre estas dos formas de matrimonio hallaremos aún, sin duda alguna, grados intermedios; éste es un terreno de investigaciones que acaba de descubrirse, y en el cual no se han dado todavía sino los primeros pasos.

3. La familia sindiásmica. En el régimen de matrimonio por grupos, o quizás antes, formábanse ya parejas conyugales para un tiempo más o menos largo; el hombre tenía una mujer principal (no puede aún decirse que una favorita) entre sus numerosas, y era para ella el esposo principal entre todos los demás. Esta circunstancia ha contribuído no poco a la confusión producida en la mente de los misioneros, quienes en el matrimonio por grupos ven ora una comunidad promiscua de la mujeres, ora un adulterio arbitrario. Pero conforme se desarrollaba la gens e iban haciéndose más numerosas las clases de "hermanos" y "hermanas", entre quienes ahora era imposible el matrimonio, esta unión conyugal por parejas, basada en la costumbre, debió ir consolidándose. Aún llevó las cosas más lejos el impulso dado por la gens a la prohibición del matrimonio entre parientes consanguíneos. Así vemo que entre los iroqueses y entre la mayoría de los demás indios del estadio inferior de la barbarie, está prohibido el matrimonio entre todos los parientes que cuenta su sistema, y en éste hay algunos centenares de parentescos diferentes. Con esta creciente complicación de las prohibiciones del matrimonio, hiciéronse cada vez más imposibles las uniones por grupos, que fueron sustituidas por la familia sindiásmica. En esta etapa un hombre vive con una mujer, pero de tal suerte que la poligamia y la infidelidad ocasional siguen siendo un derecho para los hombres, aunque por causas económicas la poligamia se observa raramente; al mismo tiempo, se exige la más estricta fidelidad a las mujeres mientras dure la vida común, y su adulterio se castiga cruelmente. Sin embargo, el vínculo conyugal se disuelve con facilidad por una y otra parte, y después, como antes, los hijos sólo pertenecen a la madre.

La selección natural continúa obrando en esta exclusión cada vez más extendida de los parientes consanguíneos del lazo conyugal. Según Morgan, "el matrimonio entre gens no consanguíneas engendra una raza más fuerte, tanto en el aspecto físico como en el mental; mezclábanse dos tribus avanzadas, y los nuevos cráneos y cerebros crecían naturalmente hasta que comprendían las capacidades de ambas tribus. Las tribus que habían adoptado el régimen de la gens, estaban llamadas, pues, a predominar sobre las atrasadas do a arrastrarlas tras de sí con su ejemplo.

Por tanto, la evolución de la familia en los tiempos prehistóricos consiste en una constante reducción del círculo en cuyo seno prevalece la comunidad conyugal entre los dos sexos, círculo que en su origen abarcaba la tribu entera. La exclusión progresiva, primero de los parientes cercanos, después de los lejanosd y, finalmente, de las personas meramente vinculadas por alianza, hace imposible en la práctica todo matrimonio por grupos; en último término no queda sino la pareja, unida por vínculos frágiles aún, esa molécula con cuya disociación concluye el matrimonio en general. Esto prueba cuán poco tiene que ver el origen de la monogamia con el amor sexual individual, en la actual concepción de la palabra. Aun prueba mejor lo dicho la práctica de todos los pueblos que se hallan en este estado de desarrollo. Mientras que en las anteriores formas de la familia los hombres nunca pasaban apuros para encontrar mujeres, antes bien tenían más de las que les hacían falta, ahora las mujeres escaseaban y había que buscarlas. Por eso, con el matrimonio sindiásmico empiezan el rapto y la compra de las mujeres, síntomas muy difundidos, pero nada más que síntomas, de un cambio mucho más profundo que se había efectuado; MacLennan, ese escocés pedante, ha transformado por arte de su fantasía esos síntomas, que no son sino simples métodos de adquirir mujeres, en distintas clases de familias, bajo la forma de "matrimonio por rapto" y "matrimonio por compra". Además, entre los indios de América y en otras partes (en el mismo estadío), el convenir en un matrimonio no incumbe a los interesados, a quienes a menudo ni aun se les consulta, sino a sus madres. Muchas veces quedan prometidos así dos seres que no se conocen el uno al otro, y a quienes no se comunica el cierre del trato hasta que no llega el momento del enlace matrimonial. Antes de la boda, el futuro hace regalos a los parientes gentiles de la prometida (es decir, a los parientes por parte de la madre de ésta, y no al padre ni a los parientes de éste). Estos regalos se consideran como el precio por el que el hombre compra a la joven núbil que le ceden. El matrimonio es disoluble a voluntad de cada uno de los dos cónyuges; sin embargo, en numerosas tribus, por ejemplo, entre los iroqueses, se ha formado poco a poco una opinión pública hostil a esas rupturas; en caso de haber disputas entre los cónyuges, median los parientes gentiles de cada carte, y sólo si esta mediación no surte efecto, se lleva a cabo la separación, en virtud de la cual se queda la mujer con los hijos y cada una de las partes es libre de casarse de nuevo.

La familia sindiásmica, demasiado débil e inestable por sí misma para hacer sentir la necesidad o, aunque sólo sea, el deseo de un hogar particular, no suprime de ningún modo el hogar comunista que nos presenta la época anterior. Pero el hogar comunista significa predominio de la mujer en la casa, lo mismo que el reconocimiento exclusivo de una madre propia, en la imposibilidad de conocer con certidumbre al verdadero padre, significa profunda estimación de las mujeres, es decir, de las madres. Una de las ideas más absurdas que nos ha transmitido la filosofía del siglo XVIII es la opinión de que en el origen de la sociedad la mujer fue la esclava del hombre. Entre todos los salvajes y en todas las tribus que se encuentran en los estadios inferior, medio y, en parte, hasta superior de la barbarie, la mujer no sólo es libre, sino que está muy considerada. Arthur Wright, que fue durante muchos años misionero entre los iroqueses-senekas, puede atestiguar cual es aún esta situación de la mujer en el matrimonio sindiásmico. Wright dice: "Respecto a sus familias, en la época en que aún vivían en las antiguas casas grandes (domicilios comunistas de muchas familias)... predominaba siempre allí un clan (una gens), y las mujeres tomaban sus maridos en otros clanes (gens)... Habitualmente, las mujeres gobernaban en la casa; las provisiones eran comunes, pero ¡desdichado del pobre marido o amante que era demasiado holgazán o torpe para aportar su parte al fondo de provisiones de la comunidad!. Por más hijos o enseres personales que tuviese en la casa, podía a cada instante verse conminado a liar los bártulos y tomar el portante. Y era inútil que intentase oponer resistencia, porque la casa se convertía para él en un infierno; no le quedaba más remedio sino volverse a su propio clan (gens) o, lo que solía suceder más a menudo, contraer un nuevo matrimonio en otro. Las mujeres constituían una gran fuerza dentro de los clanes (gens), lo mismo que en todas partes. Llegado el caso, no vacilaban en destituir a un jefe y rebajarle a simple guerrero". La economía doméstica comunista, donde la mayoría, si no la totalidad de las mujeres, son de una misma gens, mientras que los hombres pertenecen a otras distintas, es la base efectiva de aquella preponderancia de las mujeres, que en los tiempos primitivos estuvo difundida por todas partes y el descubrimiento de la cual es el tercer mérito de Bachofen. Puedo añadir que los relatos de los viajeros y de los misioneros a cerca del excesivo trabajo con que se abruma a las mujeres entre los salvajes y los bárbaros, no están en ninguna manera en contradicción con lo que acabo de decir. La división del trabajo entre los dos sexos depende de otras causas que nada tienen que ver con la posición de la mujer en la sociedad. Pueblos en los cuales las mujeres se ven obligadas mucho más de lo que, según nuestras ideas, les corresponde, tienen a menudo mucha más consideración real hacia ellas que nuestros europeos. La señora de la civilización, rodeada de aparentes homenajes, extraña a todo trabajo efectivo, tiene una posición social muy inferior a la de la mujer de la barbarie, que trabaja de firme, se ve en su pueblo conceptuada como una verdadera dama (lady, frowa, frau = señora) y lo es efectivamente por su propia disposición.

Nuevas investigaciones acerca de los pueblos del Noroeste y, sobre todo, del Sur de América, que aún se hallan en el estadio superior del salvajismo, deberán decirnos si el matrimonio sindiásmico ha remplazado o no por completo hoy en América al matrimonio por grupos. Respecto a los sudamericanos, se refieren tan variados ejemplos de licencia sexual, que se hace difícil admitir la desaparición completa del antiguo matrimonio por grupos. En todo caso, aún no han desaparecido todos sus vestigios. Por lo menos, en cuarenta tribus de América del Norte el hombre que se casa con la hermana mayor tiene derecho a tomar igualmente por mujeres a todas las hermanas de ella, en cuanto llegan a la edad requerida. Esto es un vestigio de la comunidad de maridos para todo un grupo de hermanas. De los habitantes de la península de California (estadio superior del salvajismo) cuenta Bancroft que tienen ciertas festividades en que se reunen varias "tribus" para practicar el comercio sexual más promiscuo. Con toda evidencia, son gens que en estas fiestas conservan un oscuro recuerdo del tiempo en que las mujeres de una gens tenían por maridos comunes a todos los hombres de otra, y recíprocamente. La misma costumbre impera aún en Australia. En algunos pueblos acontece que los ancianos, los jefes y los hechiceros sacerdotes practican en provecho propio la comunidad de mujeres y monopolizan la mayor parte de éstas; pero, en cambio, durante ciertas fiestas y grandes asambleas populares están obligados a admitir la antigua posesión común y a permitir a sus mujeres que se solacen con los hombres jóvenes. Westermarck (páginas 28- 29) aporta una serie de ejemplos de saturnales de este género, en las que recobra vigor por corto tiempo la antigua libertad del comercio sexual: entre los hos, los santalas, los pandchas, y los cotaros de la India, en algunos pueblos africanos, etc. Westermarck deduce de un modo extraño que estos hechos constituyen restos, no del matrimonio por grupos, que él niega, sino del período del celo, que los hombres primitivos tuvieron en común con los animales.

Llegamos al cuarto gran descubrimiento de Bachofen: el de la gran difusión de la forma del tránsito del matrimonio por grupos al matrimonio sindiásmico. Lo que Bachofen representa como una penitencia por la transgresión de los antiguos mandamientos de los dioses, como una penitencia impuesta a la mujer para comprar su derecho a la castidad, no es, en resumen, sino la expresión mística del rescate por medio del cual se libra la mujer de la antigua comunidad de maridos y adquiere el derecho de no entregarse más que a uno solo. Ese rescate consiste en dejarse poseer en determinado periodo: las mujeres babilónicas estaban obligadas a entregarse una vez al año en el templo de Mylitta; otros pueblos del Asia Menor enviaban a sus hijas al templo de Anaitis, donde, durante años enteros, debían entregarse al amor libre con favoritos elegidos por ellas antes de que se les permitiera casarse; en casi todos los pueblos asiáticos entre el Mediterráneo y el Ganges hay análogas usanzas, disfrazadas de costumbres religiosas. El sacrificio expiatorio que desempeña el papel de rescate se hace cada vez más ligero con el tiempo, como lo ha hecho notar Bachofen: "La ofrenda, repetida cada año, cede el puesto a un sacrificio hecho sólo una vez; al heterismo de las matronas sigue el de las jóvenes solteras; se practica antes del matrimonio, en vez de ejercitarlo durante éste; en lugar de abandonarse a todos, sin tener derecho de elegir, la mujer ya no se entrega sino a ciertas personas". ("Derecho materno", pág. XIX). En otros pueblos no existe ese disfraz religioso; en algunos -los tracios, los celtas, etc., en la antigüedad, en gran número de aborígenes de la India, en los pueblos malayos, en los insulares de Oceanía y entre muchos indios americanos hoy día -las jóvenes gozan de la mayor libertad sexual hasta que contraen matrimonio. Así sucede, sobre todo, en la América del Sur, como pueden atestiguarlo cuantos han penetrado algo en el interior. De una rica familia de origen indio refiere Agassiz ("Viaje por el Brasil, Boston y Nueba York"[11] 1886, pág. 266) que, habiendo conocido a la hija de la casa, preguntó por su padre, suponiendo que lo sería el marido de la madre, oficial del ejército en campaña contra el Paraguay; pero la madre le respondió sonriéndose: "Naod tem pai, he filha da fortuna" (no tiene padre, es hija del acaso). "Las mujeres indias o mestizas hablan siempre en este tono, sin vergüenza ni censura, de sus hijos ilegítimos; y esto es la regla, mientras que lo contrario parece ser la excepción. Los hijos... a menudo sólo conocen a su madre, porque todos los cuidados y toda la responsabilidad recaen sobre ella; nada saben acerca de su padre, y tampoco parece que la mujer tuviese nunca la idea de que ella o sus hijos pudieran reclamarle la menor cosa". Lo que aquí parece pasmoso al hombre civilizado, es sencillamente la regla en el matriarcado y en el matrimonio por grupos.

En otros pueblos, los amigos y parientes del novio o los convidados a la boda ejercen con la novia, durante la boda misma, el derecho adquirido por usanza inmemorial, y al novio no le llega el turno sino el último de todos: así sucedía en las islas Baleares y entre los augilas africanos en la antigüedad, y así sucede aún entre los bareas en Abisinia. En otros, un personaje oficial, sea jefe de la tribu o de la gens, cacique, shamán, sacerdote o príncipe, es quien representa a la colectividad y quien ejerce en la desposada el derecho de la primera noche ("jus primae noctis"). A pesar de todos los esfuerzos neorrománticos de cohonestarlo, ese "jus primae noctis" existe hoy aún como una reliquia del matrimonio por grupos entre la mayoría de los habitantes del territorio de Alaska (Bancroft: "Tribus Nativas", 1, 81), entre los tahus del Norte de México (ibid, pág. 584) y entre otros pueblos; y ha existido durante toda la Edad Media, por lo menos en los países de origen céltico, donde nació directamente del matrimonio por grupos; en Aragón, por ejemplo. Al paso que en Castilla el campesino nunca fue siervo, la servidumbre más abyecta reinó en Aragón hasta la sentencia o bando arbitral de Fernando el Católico de 1486, documento donde se dice: "Juzgamos y fallamos que los señores (senyors, barones) susodichos no podrán tampoco pasar la primera noche con la mujer que haya tomado un campesino, ni tampoco podrán durante la noche de boda, después que se hubiere acostado en la cama la mujer, pasar la pierna encima de la cama ni de la mujer, en señal de su soberanía; tampoco podrán los susodichos señores servirse ade las hijas o lo hijos de los campesinos contra su voluntad, con y sin pago". (Citado, según el texto original en catalán, por Sugenheim, "La servidumbre", San Petersburgo 1861[12], pág. 35).

Aparte de esto, Bachofen tiene razón evidente cuando afirma que el paso de lo que él llama "heterismo" o "Sumpfzeugung" a la monogamia se realizó esencialmente gracias a las mujeres. Cuanto más perdían las antiguas relaciones sexuales su candoroso carácter primitivo selvático a causa del desarrollo de las condiciones económicas y, por consiguiente, a causa de la descomposición del antiguo comunismo y de la densidad, cada vez mayor, de la población, más envilecedoras y opresivas debieran parecer esas relaciones a las mujeres y con mayor fuerza debieron de anhelar, como liberación, el derecho a la castidad, el derecho al matrimonio temporal o definitivo con un solo hombre. Este progreso no podía salir del hombre, por la sencilla razón, sin buscar otras, de que nunca, ni aun en nuestra época, le ha pasado por las mientes la idea de renunciar a los goces del matrimonio efectivo por grupos. Sólo después de efectuado por la mujer el tránsito al matrimonio sindiásmico, es cuando los hombres pudieron introducir la monogamia estricta, por supuesto, sólo para las mujeres.

La familia sindiásmica aparece en el límite entre el salvajismo y la barbarie, las más de las veces en el estadio superior del primero, y sólo en algunas partes en el estadio inferior de la segunda. Es la forma de familia característica de la barbarie, como el matrimonio por grupos lo es del salvajismo, y la monogamia lo es de la civilización. Para que la familia sindiásmica evolucione hasta llegar a una monogamia estable fueron menester causas diversas de aquéllas cuya acción hemos estudiado hasta aquí. En la familia sindiásmica el grupo había quedado ya reducido a su última unidad, a su molécula biatómica: a un hombre y una mujer. La selección natural había realizado su obra reduciendo cada vez más la comunidad de los matrimonios, nada le quedaba ya que hacer en este sentido. Por tanto, si no hubieran entrado en juego nuevas fuerzas impulsivas de "orden social", no hubiese habido ninguna razón para que de la familia sindiásmica naciera otra nueva forma de familia. Pero entraron en juego esas fuerzas impulsivas.

Abandonemos ahora América, tierra clásica de la familia sindiásmica. Ningún indicio permite afirmar que en ella se halla desarrollado una forma de familia más perfecta, que haya existido allí una monogamia estable en ningún tiempo antes del descubrimiento y de la conquista. Lo contrario sucedió en el viejo mundo.

Aquí la domesticación de los animales y la cría de ganado habían abierto manantiales de riqueza desconocidos hasta entonces, creando relaciones sociales enteramente nuevas. Hasta el estadio inferior de la barbarie, la riqueza duradera se limitaba poco más o menos a la habitación, los vestidos, adornos primitivos y los enseres necesarios para obtener y preparar los alimentos: la barca, las armas, los utensilios caseros más sencillos. El alimento debía ser conseguido cada día nuevamente. Ahora, con sus manadas de caballos, camellos, asnos, bueyes, carneros, cabras y cerdos, los pueblos pastores, que iban ganando terreno (los arios en el País de los Cinco Ríos y en el valle del Ganges, así como en las estepas del Oxus y el Jaxartes, a la sazón mucho más espléndidamente irrigadas, y los semitas en el Eufrates y el Tigris), habían adquirido riquezas que sólo necesitaban vigilancia y los cuidados más primitivos para reproducirse en una proporción cada vez mayor y suministrar abundantísima alimentación en carne y leche. Desde entonces fueron relegados a segundo plano todos los medios con anterioridad empleados; la caza que en otros tiempos era una necesidad, se trocó en un lujo.

Pero, ¿a quién pertenecía aquella nueva riqueza?. No cabe duda alguna de que, en su origen, a la gens. Pero muy pronto debió de desarrollarse la propiedad privada de los rebaños. Es difícil decir si el autor de lo que se llama el primer libro de Moisés consideraba al patriarca Abraham propietario de sus rebaños por derecho propio, como jefe de una comunidad familiar, o en virtud de su carácter de jefe hereditario de una gens. Sea como fuere, lo cierto es que no debemos imaginárnoslo como propietario, en el sentido moderno de la palabra. También es indudable que en los unbrales de la historia auténtica encontramos ya en todas partes los rebaños como propiedad particular de los jefes de familia, con el mismo título que los productos del arte de la barbarie, los enseres de metal, los objetos de lujo y, finalmente, el ganado humano, los esclavos.

La esclavitud había sido ya inventada. El esclavo no tenía valor ninguno para los bárbaros del estadio inferior. Por eso los indios americanos obraban con sus enemigos vencidos de una manera muy diferente de como se hizo en el estadio superior. Los hombres eran muertos o los adoptaba como hermanos la tribu vencedora; las mujeres eran tomadas como esposas o adoptadas, con sus hijos supervivientes, de cualquier otra forma. En este estadio, la fuerza de trabajo del hombre no produce aún excedente apreciable sobre sus gastos de mantenimiento. Pero al introducirse la cria de ganado, la elaboración de los metales, el arte del tejido, y, por último, la agricultura, las cosas tomaron otro aspecto. Sobre todo desde que los rebaños pasaron definitivamente a ser propiedad de la familia, con la fuerza de trabajo pasó lo mismo que había pasado con las mujeres, tan fáciles antes de adquirir y que ahora tenían ya su valor de cambio y se compraban. La familia no se multiplicaba con tanta rapidez como el ganado. Ahora se necesitaban más personas para la custodia de éste; podía utilizarse para ello el prisionero de guerra, que además podía multiplicarse, lo mismo que el ganado.

Convertidas todas estas riquezas en propiedad particular de las familias, y aumentadas después rápidamente, asestaron un duro golpe a la sociedad fundada en el matrimonio sindiásmico y en la gens basada en el matriarcado. El matrimonio sindiásmico había introducido en la fmailia un elemento nuevo. Junto a la verdadera madre había puesto le verdadero padre, probablemente mucho más auténtico que muchos "padres" de nuestros días. Con arreglo a la división del trabajo en la familia de entonces, correspondía al hombre procurar la alimentación y los instrumentos de trabajo necesarios para ello; consiguientemente, era, por derecho, el propietario de dichos instrumentos y en caso de separación se los llevaba consigo, de igual manera que la mujer conservaba sus enseres domésticos. Por tanto, según las costumbres de aquella sociedad, el hombre era igualmente propietario del nuevo manantial de alimentación, el ganado, y más adelante, del nuevo instrumento de trabajo, el esclavo. Pero según la usanza de aquella misma sociedad, sus hijos no podían heredar de él, proque, en cuanto a este punto, las cosas eran como sigue.

Con arreglo al derecho materno, es decir, mientras la descendencia sólo se contaba por línea femenina, y según la primitiva ley de herencia imperante en la gens, los miembros de ésta heredaban al principio de su pariente gentil fenecido. Sus bienes debían quedar, pues, en la gens. Por efecto de su poca importancia, estos bienes pasaban en la práctica, desde los tiempos más remotos, a los parientes más próximos, es decir, a los consanguíneos por línea materna. Pero los hijos del difunto no pertenecían a su gens, sino a la de la madre; al principio heredaban de la madre, con los demás consanguíneos de ésta; luego, probablemente fueran sus primeros herederos, pero no podían serlo de su padre, porque no pertenecían a su gens, en la cual debían quedar sus bienes. Así, a la muerte del propietario de rebaños, estos pasaban en primer término a sus hermanos y hermanas y a los hijos de estos últimos o a los descendientes de las hermanas de su madre; en cuanto a sus propios hijos, se veían desheredados.

Así, pues, las riquezas, a medida que iban en aumento, daban, por una parte, al hombre una posición más importante que a la mujer en la familia y, por otra parte, hacían que naciera en él la idea de valerse de esta ventaja para modificar en provecho de sus hijos el orden de herencia establecido. Pero esto no podía hacerse mientras permaneciera vigente la filiación según el derecho materno. Este tenía que ser abolido, y lo fue. Ello no resultó tan difícil como hoy nos parece. Aquella revolución -una de las más profundas que la humanidad ha conocido- no tuvo necesidad de tocar ni a uno solo de los miembros vivos de la gens. Todos los miembros de ésta pudieron seguir siendo lo que hasta entonces habían sido. Bastó decidir sencillamente que en lo venidero los descendientes de un miembro masculino permanecerían en la gens, pero los de un miembro femenino saldrían de ella, pasando a la gens de su padre. Así quedaron abolidos al filiación femenina y el derecho hereditario materno, sustituyéndolos la filiación masculina y el derecho hereditario paterno. Nada sabemos respecto a cómo y cuando se produjo esta revolución en los pueblos cultos, pues se remonta a los tiempos prehistóricos. Pero los datos reunidos, sobre todo por Bachofen, acerca de los numerosos vestigios del derecho materno, demuestran plenamente que esa revolución se produjo; y con qué facilidad se verifica, lo vemos en muchas tribus indias donde acaba de efectuarse o se está efectuando, en parte por influjo del incremento de las riquezas y el cambio de género de vida (emigración desde los bosques a las praderas), y en parte por la influencia moral de la civilización y de los misioneros. De ocho tribus del Misur

Por : Arriba el puño don Eduardo! el Sábado 27 de Agosto de 2005

Espero que el administrador haga lo que tenga que hacer.

Trasgu, soy persona dialogante y prefiero a quien me corrije a quien me adula.Por eso no sólo te permito sino que te agradezco.
Yo me enfrento a los trolls,no para dialogar, sino para desahogarme y decirles lo mal que pienso de ellos.Otros, sí que les dan más carne que yo, pues creo que les doy mas palos que comida.Ahí les duele.

Un saludo , y espero tomarnos una sidrina.

Por : paredes el Sábado 27 de Agosto de 2005

prefiero a quien me corrije......no
prefiero quien me corrije ....si

Por : paredes el Sábado 27 de Agosto de 2005

Hola, buenas.

Creo que algunos catalanes vivimos sumidos en un eterno vaivén que nos hace decir continuamente "sí pero no". Intentaré explicarme aunque no sé si sabré:

Sí. Que respeten mi lengua propia, mi derecho a sentirme en algo diferente porque desde mi tierra se gobernó la Corona de Aragón durante un tiempo que algunos nos han hecho creer más largo y productivo de lo que en realidad fue. Que fuimos y somos parte del motor de España. Que fuimos y somos tierra de paso y tierra de acogida, pero no por ello dispuestos a perder nuestras raíces, aunque no sean exactamente las que nos han enseñado durante veinte años. Que durante veinte años nos enseñaron unas raíces trucadas para compensar un entuerto de cuarenta años, y ahora ha llegado el momento de decir que ni tanto ni tan calvo. Pero que se respete nuestra decisión y no se nos ridiculice. ¿Que salió un tripartito? Mirad si somos originales. Por llegar a un acuerdo, somos capaces de unir a cinco formaciones que deberán tirar y ceder cuerda por un texto consensuado. Que se ganen el sueldo parlamentando, que para eso les pagamos. ¿Que montaron un panfletero autobús recogiendo sugerencias para el Estatut? Pues vale. Yo no aporté nada, pero hay gente que sí. A lo mejor hasta estaban interesados en el texto.

No. No queremos enemistarnos con el resto de España, puesto que cada uno debe empujar un poco para que el motor global funcione. No queremos ser insolidarios, ni quedarnos con la pasta, ni que nos acusen de las siete plagas de Egipto. Pero tampoco nos hace gracia ver que trabajamos como lelos y luego llamas a cualquier compañero de otra comunidad y se te descojona porque estás haciendo el primo quedándote hasta las tantas para cerrar una tarea que se podía haber trasferido a otra delegación con menos carga de trabajo (tómese como ejemplo real o como metáfora, tanto da). No queremos oír hablar de los catalanes de forma despectiva, puesto que durante años ya nos tocó ese mochuelo (como a muchos otros), y no queremos aguantarlo más. Sólo es eso, creo yo.

Insisto en que estas ideas me vienen por algunas personas. No sólo es una paranoia mía, pero seguramente no representan una idea global de lo que piensa toda una comunidad autónoma. En cualquier caso, ese vaivén del "sí pero no" nos hace aparecer como bicéfalos o esquizofrénicos en ocasiones; siento que es aquella idea del "a ver cómo lo explico yo para que me entiendan y no se líe la de Dios es Cristo", sobre todo cuando te encuentras con interlocutores acostumbrados a ver las cosas en blanco o negro, sin matices. Otro ejemplo al respecto: tuve un compañero de trabajo monolingüe que se escandalizaba porque, según él, nos complicábamos la vida teniendo dos lenguas. Si ya teníamos el castellano, ¿para qué usar el catalán? Este es el tipo de visión sin matices al que me refiero.

Una aportación particular a todo esto: aunque no me gusten ni un pelo sus formas, no deja de tener razón Rodríguez Ibarra cuando dice que nos gastamos el presupuesto en televisiones. Yo mismo comienzo a pensar que menos pagar banderitas y más inversión en sanidad y educación. Pero por otra parte, nos toca pagar ahora todas las banderitas que durante cuarenta años nos quemaron. Joder, otra vez el vaivén. Sí pero no.

Perdón por el tostón.

Por : Josep el Sábado 27 de Agosto de 2005

El coronel Macià era un hombre de pensamiento fascistoide, muy influido por la formación recibida en el Ejército español de finales del XIX y por los movimientos políticos autoritarios de la Europa de los años 20 del pasado siglo (parece que admiraba por igual a Mussolini y a Stalin), lo cual resulta bastante coherente.

Macià fundó el primer partido fascista catalán, Estat Català -verdadero núcleo duro de ERC en los años 30-, y a su sombra medraron fascistas como el conseller del Interior Josep Dencàs -el mismo que el 6 de octubre de 1934 huyó del palacio de la Generalitat por las alcantarillas yendo a refugiarse en la Italia de Musssolini, a cuyo lado apareció y fue fotografiado en el balcón de Piazza del Popolo unos días después-, y asesinos como los hermanos Badía, que dirigieron la policía autonómica y empleaban pistoleros para asesinar a dirigentes obreros hasta que la FAI les pagó con la misma moneda.

En ERC siempre hubo un componente fascista, en lucha interna con otro amplio sector de demócratas burgueses e incluso personas verdaderamente de izquierdas, como Lluís Companys y pocos más.

La ERC actual poco o nada tiene que ver con la del pasado. La apuesta independentista sirve hoy para dar coherencia a grupos muy heterogéneos y con intereses muy diversos. En realidad, ERC es un partido de pequeños burgueses sin demasiado bagaje ideológico, que se agrupan alrededor del nacionalismo como única justificación de su actividad política. Hay muchas contradicciones ahí dentro y poca definición política, pero se han encontrado en el sitio preciso en el momento preciso: al producirse el derrumbe de CiU -un proyecto personalista de Pujol, que probablemente morirá antes que él-, ERC está recogiendo a los huérfanos del nacionalismo "democrático", después de haber quitado el malpelo a los que anteriormente formaban en el nacionalismo "antidemocrático".

En fin, que simplemente estamos asistiendo a la recomposición política del espacio de la pequeña y mediana burguesía catalana (lo del PP es otra cosa, ahí no tienen nada que rascar: su electorado catalán se compone a medias de ricachos y de lumpen).

Ah, y eso sí: el fascismo catalán sigue excelentemente representado en ERC (el español lo está en el PP, obviamente), sobre todo en sus Juventudes y en organizaciones afines, aunque tengan poco poder real en el partido. Basta darse una vuelta por la Red en catalán y darle un vistazo a sus webs, para descubrir que el lenguaje e "ideas" de "els nois" a veces dejan en pañales a los cabezas rapadas españolistas.

Por : Joaquim el Sábado 27 de Agosto de 2005

"Decía Ortega y Gasset ("de izquierdas" jejeje) que las causas de la decadencia de España se remontan a la invasión islámica, que impuso una uniformadora sumisión a Dios y una igualdad forzosa (con "llanuras sin eminencias" decía). Al contrario que en la Europa feudal, donde había una sociedad jerarquizada regida por los mejores según un ideal de libertad aristocrática y emulación.
"Por : Carpetano el Sábado 27 de Agosto de 2005"

¡Vaya, Carpetano! ¡Y ahora salió el Islam! Tienes una empanada mental que no te aclaras, hasta que no hayas digerido lo que has leído de Ortega estás incapacitado para tener una visión fuera de los tópicos al uso.
Lo siento, muchacho.

Por : Roberto el Sábado 27 de Agosto de 2005

Yo me lo he leído todo, pero hay una cosa que no entiendo. ¿Por qué en la Comuna de París Engels fue el secretario correspondiente de Bélgica y España?

Y aparte de esto, creo que la teoría de la tasa de rendimientos decrecientes del capital no está bien explicada. Además, en lo referente a la familia, hay cosas demasiado superfluas y no se centra en la teoría de Malthus.

Por : Triquitrán el Sábado 27 de Agosto de 2005

Ostia, y yo pidiendo perdón por el rollo que he soltao. Pero ande vais con estos libroooosss??? Y no, no soy el moderador.

Por : Josep el Sábado 27 de Agosto de 2005

¿Otra vez tú, Roberto?

Mencioné el Islam porque el texto correspondiente de EHT de ese día trataba precisamente de ello, y asimismo de la guerra civil. Por eso era pertinente en ese caso, y me pareció muy oportuno, sacar a colación la teoría de Ortega a ese respecto. Y más aún habida cuenta que los días anteriores estuvimos discutiendo sobre Ortega en el blog. Todo estaba relacionado. Si hubieras ido tú mismo (como te recomendé) a la entrada del artículo de EHT del día 22, ya lo sabrías.

Por : Carpetano el Sábado 27 de Agosto de 2005

"Permitan que entre en la discusión sobre Ortega"
Por : Alfredo el Sábado 27 de Agosto de 2005"

Alfredo,
Bienvenido a la polémica, no hacía falta que lo preguntaras.
Totalmente de acuerdo con lo que dices.
Yo no entiendo "ser de izquierdas" como militar en IU o el PSOE. Ser de izquierdas o de derechas es una actitud ante la sociedad. Si la actitud es conservadora (y a veces inmovilista para no perder los privilegios adquiridos), se es de derechas. Si en cambio la actitud es de reforma y progreso social, entonces se es de izquierdas. Por eso sostengo que Ortega y Gasset era decididamente de izquierdas. Cosa que es muy dificil de comprender para la gente de derechas, que está acostumbrada a apropiarse de pensadores de izquierdas (léase Azaña o Alberti, por Aznar), mucho más cuando alguien opina que un intelectual como Ortega, (que a mi modo de ver se le ha colocado en la derecha sin mucho fundamento)tenía un pensamiento progresista de izquierdas.
Gracias por tu aportación y como dice Paredes yo doy por zanjada esta cuestión.

Por : Roberto el Sábado 27 de Agosto de 2005

Joder con los del puño, estan preparadisimos con contrapropaganda de alto nivel, puede que el pio ande por alli.

Eso, espero que el moderador haga algo.

Os acordais de la contra en nicaragua?

se ve que hay cales, pasta, de por medio, lo necesitan para poder hacer comulgar con las ruedas de molino que sirven.

Por : jacinto el Sábado 27 de Agosto de 2005

Para más señas, el artículo se llama "Malos contra malos".

No sé si es un tópico o no lo del Islam, pero desde luego no lo "saqué" yo. A mí no me mires, colega, que fue tu magister.

Por : Carpetano el Sábado 27 de Agosto de 2005

"No me sale de los güevos.
Por : Mecachis el Sábado 27 de Agosto de 2005"

Plagiario Mecachis,
la próxima vez que trates de engañar metiendo en el blog un panfleto de Libertad Digital haciéndolo pasar como tuyo, se menos inocentón.

Por : AnaCreonte el Sábado 27 de Agosto de 2005

"Manifiesto comunista
Por : Arriba el puño don Eduardo! el Sábado 27 de Agosto de 2005"

Muchas gracias por transcribir el Manifiesto Comunista, pero a mí felizmente no me faltan los 8 euros para comprarlo en cualquier mercadillo y leerlo tranquilamente en mi casa.
Por mi te hubieras podido ahorrar el trabajo.

Por : AnaCreonte el Sábado 27 de Agosto de 2005

"Por : Arriba el puño don Eduardo! el Sábado 27 de Agosto de 2005"

Gracioso el chiquillo. Este debe ser de los de las JONS que iban a tirar tinteros a las pantallas de los cines cuando traían las primeras películas sin censura. No soportan la libertad.

Por : faeston el Sábado 27 de Agosto de 2005

Los problemas que cuenta robert26 no son solo exclusivos de Cataluña,se dan en toda España,y tb en zonas donde no hay debate por un nuevo estatuto.

La cuestión no es quien gestione los asuntos públicos,sino que se gestionen bien,que se resuelvan esos problemas a los que alude robert,y otros claro,pero es lícito que desde territorios con voluntad y capacidad de autogobierno se reivindique ese autogobierno,quizás ellos lo harian mejor que desde Madrid,y luego está la cuestión que no hay que olvidar que la generalitat y el gobierno vasco son instituciones del Estado español,no ajenas a él,no hay que tener miedo a delegarles competencias y poderes.

Por : Lucio de Avellaneda el Sábado 27 de Agosto de 2005

Sencillamente extraordinario el "PIE DE FOTO" de Juan José Millás en EL PAIS de hoy.

La foto que comenta es la de Rafael Hernando aullando en el pasillo del Congreso que le iba a dar "dos hostias"(sic) a Pérez Rubalcaba.

En el artículo, Millás despanzurra la "dialéctica de los puños y las pistolas" esgrimida por este matón asilvestrado y chuleta, uno de los señoritos más fanáticamente ultraderechistas entre los seguidores del Ausente (el Fundadador de la FAES y de las JONS).

Que aproveche.

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Hasta aquí hemos llegado

Juan José Millás

EL PAÍS - 27-08-2005

El diputado de la foto, al que sujetan para que no golpee a su adversario político, todavía está esperando que su víctima le pida disculpas. Y no se las pide, increíblemente. El agredido no se ha dado cuenta de que este hombre es un señorito de los de toda la vida; un individuo de los de no sabe usted con quién está hablando; un sujeto de los de eso no me lo dice usted en la calle.
Lleva el fenotipo y el genotipo a pecho descubierto, de manera que es evidente que se trata también de un demócrata de los de hasta cierto punto. Yo soy demócrata hasta que me tocan los cojones, de modo que si no me sujetan le doy a este rojo de mierda dos hostias que lo mato. Y luego os quejáis de que haya Pinochets y Francos y Videlas. Si es que fíjense ustedes hasta qué extremo de exasperación me ha llevado este imbécil que he estado a punto de mancharme las manos con la sangre de sus narices, porque está claro que le habría roto las narices.
Y aquí llevo más de un mes esperando que me pida perdón el desgraciado. Las fotos no mienten, y de la lectura de esta foto se deduce que el agresor era yo. De modo que está claro quién es el que debe pedir perdón y entregar su acta de diputado: él. ¿Que me he acalorado? De acuerdo, me he acalorado, pero es que uno es español y tiene sangre en las venas. Bastante hemos aguantado con el desmantelamiento de España, con las bodas de los maricas, con el Gobierno paritario, que llevamos un año de provocaciones sin pegar a nadie, sin salir a la calle, excepto el día aquel de los obispos. Pero salimos en plan nenaza, sin tanques ni pistolas. ¿Creen que nos lo agradecen? En vez de eso, nos queman los bosques impunemente, porque sabemos quién estuvo detrás del incendio de Guadalajara y de las 11 muertes que provocó. Por eso no quieren comisiones de investigación, porque saben que les tenemos pillados, como con el 11-M. Por favor, si le olían las manos a Zapatero a gasolina. Y aún pretenden, mientras se reparten España, España, España, e incendian nuestros bosques, bosques, bosques, que los españoles de bien nos quedemos sentados. Si algo me toca a mí los cojones es la gente radical como Zapatero.

Para radical aquí estoy yo. Ya me ha salido el español que llevo dentro, me cago en todo. Bastante tiempo llevo reprimiéndolo para guardar las formas. Hasta aquí hemos llegado. Fíjate en mi cara, chaval, en mi pecho, en mi fenotipo, en mi actitud camorrista, pendenciera, matona. Soy de la raza de los Pujalte, de los Aznar, de los Zaplana, de los Acebes, y con esa raza, pocas bromas. Pregúntaselo a Rajoy, que, siendo de los nuestros, no se atreve a saltarse una línea del guión.

Se acabó el templar gaitas. Os atrevéis a ganarnos las elecciones cuando era evidente que nos tocaba gobernar a nosotros dos o tres legislaturas más, y encima os pasáis el día provocando. Una cosa es aceptar el veredicto de las urnas (vaya expresión de maricones, por cierto, la de veredicto de las urnas) y otra que os tengamos respeto. Como no me pidas disculpas por haber estado a punto de pegarte, la próxima vez que nos crucemos en un pasillo del Congreso te voy a dar yo veredicto de las urnas hasta en el carné de identidad, payaso, que eres un payaso.

Por : Joaquim el Sábado 27 de Agosto de 2005

"Luego está la cuestión que no hay que olvidar que la generalitat y el gobierno vasco son instituciones del Estado español,no ajenas a él,no hay que tener miedo a delegarles competencias y poderes."
Por : Lucio de Avellaneda el Sábado 27 de Agosto de 2005

Eso intenta explicárselo a una persona que ni siquiera entiende la riqueza que supone disponer de más de un idioma. Te dirá (como me dijo a mí): "¿pero qué más te da que quien arregle tus asuntos esté más o menos cerca de ti? Mientras los arregle..."

Hay una mezcla algo interesada de desconocimiento, incomprensión, miedo y desdén en la oposición a la delegación de competencias. Pero también es cierto que durante 20 años hemos dado una imagen muy llena de banderas y poca cosa más, cuando se supone que la cercanía del 'govern' debía haber sido providencial para resolver los problemas endémicos de cualquier sociedad: sanidad, educación, empleo.

Y si el problema era que había competencias pero no recursos, como ha manifestado más de tres veces Jordi Pujol, quizá hubiera sido más productivo readministrar lo que llegaba de Madrid en vez de pasar el platillo por la Moncloa con una senyera colgando. En mi casa, cuando no llegamos a fin de mes, priorizamos. No me sirve de nada ir a mi jefe reclamándole un aumento si él no está por la labor. Parece mentira que una de las frases predilectas de Pujol para neutralizar preguntas incómodas por parte de los periodistas fuera "Això ara no toca" ("Esto ahora no toca").

Por : Josep el Sábado 27 de Agosto de 2005

Sobre el conato de agresión entre diputados, narrado por Juan José Millás:

¡Qué chupiguay! ¡Vivo en Taiwan y yo sin saberlo!

Ejem... ¿y los diputados cobran por trabajar "así"?

Por : Josep el Sábado 27 de Agosto de 2005

Y bien que cobran,ellos no tienen que ir a ningún jefe a pedir aumento de sueldo,se lo suben y punto.Pero me ha gustado el artículo de Millas,fue increible el comportamiento agresivo de Rafael Hernando.

Lo que dices Josep que a lo mejor es un problema que en Cataluña no hay recursos,volvemos a lo mismo,los recursos de Cataluña son los recursos de España,y entonces tampoco los tiene España para dar solucion a estos problemas de los que hablamos,pero para mi sigue siendo lícito pedir mas autogobierno,a lo mejor estos politicos lo hacen mejor que otros,con otras medidas para hacer llegar recursos,pero si no hay instrumentos,estatutos,leyes,ete,poco se puede hacer.

Por : Lucio de Avellaneda el Sábado 27 de Agosto de 2005

Que alguien me explique:

¿Que es una NACIONALIDAD HISTÓRICA?
¿Cuándo comienza esa "Historia"?
¿Cúales y porqué son comunidades históricas?
¿Que quieren decir Ibarretxe y Carod cuando hablan de independencia?

Si hablan de una pieza del motor que mueve a España.... es que soy muy torpe y entiendo mal los eufemismos. Tambien soy daltónico y confundo las banderas y los semáforos (esto ya es de puro tonto) y como he visto cientos de historias de banderas y religión y ...¿económicas? que acabaron en guerra, pues como que soy un poco escéptico cuando oigo a los políticos (fascistas o comunistas: totalitarios) y a los curas (islamistas, católicos, budistas, protestantes o adventistas....) hablar de honor y patria y nación, porque siempre me estan hablando de CARTERA.
Si los políticos periféricos quieren mas dinero porque les pertenece, que lo expliquen sin amenazas.
Si el centrallismo es malo...pues que la capital de "españa" (con minúscula, que me importa un huevo como se llame) sea Barcelona, Coruña, Ceuta, Getxo o Mérida.
Pero sin disfraces por favor

Por : trasgu el Sábado 27 de Agosto de 2005

Cierto, Lucio, son necesarios los recursos, pero la reina no sólo debe ser honrada, sino parecerlo. Hay formas y formas. A algunas personas puede no parecerles serio pedir más cuando por otra parte no se tiene reparo en "derrochar" (ese "derrochar" dicho sea con todos los respetos; creo que ya me he explicado antes). Queda muy feo de cara a los demás. Y me da a mí que la imagen, también en política, es fundamental.

Por : Josep el Sábado 27 de Agosto de 2005

--para mi estos nuevos estatutos q se van a refornar son un nuevo reparto del dinero. cataluña,q tiene una economia casi igual a la de madrid se le ha quedao chica ese antiguo estatuto.al resto de las comunidades tambien. madrid se queda con toa la pasta y de esa pasta casi todos los madrileños ni la huelen.ya sabemos quien se quea tó: espe,koplowitz,...
--en andalucia el patetico manolo chaves se quedo callao como una puta conformandose con loq nos quiseran dar.tuvo q alzar la voz el de siempre,RAFAEL ESCUDERO,para q ese silencio no se entendiera como una sumision a los dictados de castilla,q como se sabe,su oligarquia nos quieren tanto a los andaluces....
--mu buena el chaval de cataluña quejandose de la economia feroz y salvaje q sufrimos en españa,sobre to los urbanos cualificados.q no es invento mio. precios anglosajones,salarios casi magrebíes. q panda mas repugnante e hipocrita los puretas de 50-60 años q son los q tienen el poder. los q lloraban (aun lloran) por lo mal q lo pasaban con franco. y economicamente nos estan reventando y dando preferencia en bienestar a los cabrones rubios del norte,esos q en cuanto pueden(1936-76,o con el imperio español,) nos meten un puro por el c. y despues se toman una pinta tan trankilos. y esos puretas, ná ,mas preocupados de perseguir lagartas de 20-30 años a solucionar problemas de verdad: LA PRECARIEDAD LABORAL Y ESTABILIDAD DE PRECIOS. todos salimos beneficiados: inmigrantes,jovenes,jubilados,...eso si q es estado del bienestar como en holanda,francia,alemania. y al sangrante liberalismo economico Q LE VAYAN METIENDO UN PALO POR El CULO.
--respecto a ortega no soy un espècialista,lei el rebelion de las masas y estaba bien. lo unico q se es q ortega era Señorito. en fotos salia vacilando con un coche y en esos tiempos eso significaba tener $$$.de ahi q esa frase estupida de "no es eso,no es eso". no estaba de acuerdo con "el periodo alegre y palabrero" de la republica como decia Baroja. con la Niña se estaba cuajando una revolcion trankila. aki el tecglen,70 años despues le respondio bien a ortega:"q esperaban q fuese!?". ortega tuvo un papel muy destacado en la politica republicana siendo diputado en el congreso.vi algunas documentales de sus intervenciones y lo hacia apasionada y seguro acertadamente.obviamente ortega era un republicano de centro-derecha(monarchia delenda est),q tuvo q haberse alzado junto a nosotros los comunistas y demas rojos democratas contra LA BESTIA,EL PERRO,EL CAN.pero esa derecha-moderada callo como una puta entre 1936-39 y asi le va aun. y me hace gracia q cuando se habla de filosofia solo se mente a ortega como el mas destacado. por q se olvidan de los andaluces seneca,averroes o maimonides? eran paganos y munsulmanes y por eso no son españoles aunq son punta de lanza en ese campo e incluso en otros mas?.
--mu buen articlo sr.tecglen,mu clarito este tema tan espinoso q no se explica bien porq no convendra,claro esta.un saludo.
tambien el mas calido afecto a los de siempre: jacinto,paredes,alfredo,trasgu,lucio,..
salud y republica

calé,trol de izquierdas

Por : el calé el Sábado 27 de Agosto de 2005

MECACHIS :
¿Acaso fue Carod Rovira quien obligó por Decreto a todos los españoles a denominar como LLeida,A coruña o Girona lo que toa la vida habíamos llamao Lerida, La coruña y Gerona?
BETA 1 :
¿Para qué quieres que todas nuestras Comunidades autónomas reciban la misma financiación por habitante si sus necesidades son diferentes? ¿Pretendes acaso que en 17 sitios distintos se hagan trasplantes de corazón y en ninguno se realicen con la calidad y garantías debidas? sólo para que el gobernante regional de turno haga clientelismo
A TODOS : Alguien conoce si nuestros autonómicos gobernantes han mejorado la "trasparencia política " y la "rendición de cuentas al ciudadano"?

Por : renato el Sábado 27 de Agosto de 2005

Joder, Trasgu, es que la política sin disfraces se queda en nada, coño.

Yo no me atrevo a decir qué comunidades son históricas y cuáles no, por varios motivos:
1. Porque no lo sé.
2. Porque luego me llaman pedante y que me las doy de catedrático y no sé qué más.
3. Porque supongo que cada cual se conoce mejor su historia que la del otro. Yo sé que Navarra fue un reino, pero no me suena que Cantabria tuviera un "rango" parecido. O igual yo te digo que me suena a mí que Andalucía tiene un peso histórico mayor que el de Extremadura y me oye un emeritense y me manda al cuerno. Yo más o menos me defiendo con lo que hay por mi zona, y de ahí mi exposición anterior.

Conclusión: yo, más que de comunidades nacionales versus otro tipo de comunidades, hablaría de comunidades comosequieranllamar versus Estadoquetodolocentraliza. ¿Acaso no somos cada cual lo suficientemente mayorcitos como para saber por dónde tirar con los cuartos? Es que esto de un Estado que decide por los demás gobiernos siempre me ha sonado a sistema provisional entre la larga noche y un futuro normalizado donde cada cual se maneje con lo suyo y con los apoyos necesarios para tirar adelante.

No sé si el dinero absorbido por Madrid desaparece en manos de aquellos a quien apunta El Calé, pero en cualquier caso está claro que un equilibrio solidario entre autonomías debe comenzar con una puesta sobre la mesa de las cartas de cada cual, sin ases en las mangas. Y hablando se entiende la gente. Me vienen a la cabeza varias preguntas:

¿Cómo se puede debatir sobre un modelo de estado sin que se constituya de forma verdadera una institución que realmente represente a todas las partes que componen ese estado y decida cuál debe ser su formato? ¿Senado? ¿Qué es eso?

¿Por qué no acuden a una reunión seria todos los gobernantes autonómicos con sus libros de cuentas y el gobernante central con el suyo propio, a pasar auditoría, y a partir de ahí se establecen las balanzas y las resoluciones pertinentes?

¿Qué hay de malo en que España se transforme en un estado federal? ¿No funciona así Alemania? Ya sé que nuestras autonomías tienen más competencias que los modélicos länden (o como se llamen) germánicos pero... ¿cuentan también con el mismo sistema financiero y organizativo?

Como veis, mi nivel cultural es muy bajo. Desconozco las respuestas a todas estas preguntas, aunque estoy seguro de que alguno sabrá echarme una mano, porque yo ando un poco liado... Ni siquiera sé que no sé nada, o sea que voy apañao.

Por : Josep el Sábado 27 de Agosto de 2005

Hoy no he participado en tan bello debate por dos razones:

a) Como español, lo único que puedo decir del Cupo, Estatutos, etc. es que son una puta mierda, que sólo sirven de excusa para no ser solidarios con el resto, y reivindicar chorradas como el idioma, cultura autónomo, y gilipolleces varias, sin sentido en un mundo tan globalizado.

b) Como vasco, estoy encantado de pagar pocos impuestos para que no vayan a muchos vagos del sur. Es verdad que hay muchos que curran, pero lo del PER y demás... vamos, ¿por qué Andalucía y no Castilla y León?.

Por : Qué país... el Sábado 27 de Agosto de 2005

Que País se debate entre dos amores: como español desea que haya solidaridad, como vasco no, luego se aprovechan los vagos.

Por : Alfredo el Sábado 27 de Agosto de 2005

Como el Sr Haro tampoco yo comparto lo que, en los procesos de autoafirmación o autodeterminación, pueda haber de "...intento oligárquico de posesión y no reparto de riqueza...".

Pero entiendo que merece la pena correr con ese riesgo si, desde una nueva izquierda superadora de los pasados errores dirigistas o autoritarios, queremos contribuir a la necesaria deconstrucción del viejo Estado burocrático y corrompido.

Y no me basta la superación de ese viejo Estado a través de su integración "...en unidades mayores: Europa, la OTAN, hasta la pérfida globalización", porque la participación de las gentes o mejora de la democracia tiene que venir de abajo arriba.

La solución es, tal como plantea el confederalismo, la organización en redes, en base a pequeñas unidades autónomas: desde el propio individuo libre de asociarse o no, hasta la gran confraternidad mundial.

Por : José Luis el Sábado 27 de Agosto de 2005

mi derecho a sentirme en algo diferente porque desde mi tierra se gobernó la Corona de Aragón durante un tiempo
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Como veis, mi nivel cultural es muy bajo.
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Por : Josep el Sábado 27 de Agosto de 2005
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Derecho a sentirte diferente? Y los aragoneses no? En el segundo parrafo estoy totalmente de acuerdo.

Por : Calafell el Sábado 27 de Agosto de 2005

"La solución es [...] la organización en redes, en base a pequeñas unidades autónomas: desde el propio individuo libre de asociarse o no, hasta la gran confraternidad mundial."
Por : José Luis el Sábado 27 de Agosto de 2005

¿Utópico? Quizá. Pero, contra el reparo, el paso adelante. ¿Qué puede ocurrir?

El problema real es el miedo a lo desconocido, el reparo ante el cambio y el desdén por las cosas que para el otro son importantes (véase el comentario de Qué país). Una vez superado este problema, la solución queda más o menos cercana.

Por : Josep el Sábado 27 de Agosto de 2005

Calafell: como has visto, yo no excluyo a nadie. No tergiverses lo que digo, por favor.

Por : Josep el Sábado 27 de Agosto de 2005

PArece que lo inevitable de la globalización seduce hasta incapacitarnos para salir de sus trampas. A medida que se desploma la territorialidad nación - Estado nos despeñamos por una pendiente, sin leyes fijas ni pautas, que impide pensar en alternativas.

Por : Alfredo el Sábado 27 de Agosto de 2005

"b) Como vasco, estoy encantado de pagar pocos impuestos para que no vayan a muchos vagos del sur. Es verdad que hay muchos que curran, pero lo del PER y demás... vamos, ¿por qué Andalucía y no Castilla y León?.
Por : Qué país... el Sábado 27 de Agosto de 2005"

Yo desde el sur tengo la impresión de que pago demasiados impuestos que van a mantener a PPijitos vagos del norte. ¡Que curioso! ¡Lo que es la perspectiva!

Por : AnaCreonte el Domingo 28 de Agosto de 2005

Como vasco, estoy encantado de pagar pocos impuestos para que no vayan a muchos vagos del sur. Es verdad que hay muchos que curran, pero lo del PER y demás...
Por : Qué país... el Sábado 27 de Agosto de 2005"

El P.E.R. no representa ni el 2 % de lo que recibe el país vasco para mantener su industria, esa industria pesada obsoleta que sostenemos toda España con nuestros impuestos. Que además es la herencia que les dejó Franco y ¡encima se queja el facherío vasco!

Por : Paloquito el Domingo 28 de Agosto de 2005

JOSEP : Con qué libro de cuentas deben reunirse los políticos autonómicos?
PARA Empezar : NO HAY LIBRO DE CUENTAS (hay contabilidad A y contabilidad B). Cuando a Pujol se le acababa el dinero (la contabilidad A), su interventor firmaba "un pagaré" al hospital concertado de turno con el que éste recibia financiación adelantada por la "caixa" amiga. Chaves por su parte iba a la ONCE o al Corte Inglés (gente que te anticipa bienes y no le importa cobrar tarde, pues tiene cash en abundancia)Y el colmo es el sistema ESPERANCIA@GALLARDÖN que quiere "construir un hospital" en cada pueblo (con alcalde PP) sin invertir un céntimo : ya se pagará un canon astronómico al concesionario durante 30 años.
Lo que quiero decir es que aquí NINGUNA AUTONOMÏA INFORMA DE NADA DE LO QUE HACE CON LA PASTA (no sólo a Madrid, tampoco a sus conciudadanos).LA CLAVE ESTÁ EN QUE LA PASTA SE Dá y RECIBE (tras el pertinente chalaneo) SIN CONDICIONES Y SIN RENDIR CUENTAS DE NADA NI A NADIE :para eso son "autónomos" (salvo en lo tocante a la autofinanciación, que sólo lo son unas pocas regiones/naciones)

Por : renato el Domingo 28 de Agosto de 2005

Renato: pues de eso hablo, cojone, de eso hablo. De sentar de una vez las cosas sobre la mesa para poder llegar a algún sitio. ¿O acaso es mejor perpetuar los casos de caciquismo y cuñaísmo que tanto nos tocan las narices a todos? Porque si se trata de eso, pues nada, seguimos como estábamos, y todos a base de pan y circo y que visca el Barça y que hala Madrid (sin que nadie se ofenda, que yo paso del fútbol).

Hala, buenas noches a tod@s, que ya es tarde.

Por : Josep el Domingo 28 de Agosto de 2005

"Yo desde el sur tengo la impresión de que pago demasiados impuestos que van a mantener a PPijitos vagos del norte. ¡Que curioso! ¡Lo que es la perspectiva!"
Por : AnaCreonte el Domingo 28 de Agosto de 2005

¿Una faraona como tú no es pijita? Vaya, yo pensaba que el "señorío andalú", el Farruquito, y todas las Ferias que se pagan a costa de los impuestos españoles no son pijitos...

Por : Qué país... el Domingo 28 de Agosto de 2005

mi derecho a sentirme en algo diferente porque desde mi tierra se gobernó la Corona de Aragón durante un tiempo
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Calafell: como has visto, yo no excluyo a nadie. No tergiverses lo que digo, por favor.
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Por : Josep el Sábado 27 de Agosto de 2005
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No es que tergiverse, es que no veo la relacion en la argumentacion de tu frase. ¿Derecho a sentirte diferente? No lo comprendo. ¿Reclamo yo mi derecho a sentirme diferente por que en mi pueblo se fabrican morcillas por ejemplo? ¿Los de Sans no tienen derecho a sentirse diferentes por que tienen la estacion de tren alli? Es que de verdad no entiendo lo que quieres decir. Cada individuo es diferente de los demas, pero entonces, ¿que tiene que ver lo de la capital del Reino de Aragon? ¿Quieres tener mas derecho que los aragoneses por que establecieron la capital en Barcelona por una boda? ¿No deberia entonces Barcelona pertenecer a la Comunidad Autonoma de Aragon? El derecho a sentirte diferente, ¿en que consiste exactamente? No acabo de entender muy bien tu frase.

Por : Calafell el Domingo 28 de Agosto de 2005

En un entrevista a Radio Euskadi, el presidente de ERC Josep Lluis Carod Rovira declaró que "el Parlamento español poco debe hacer con el Estatut porque ya lo hemos hecho todo aquí" y advirtió al Gobierno de que su apoyo en el Congreso de los Diputados dependerá del "retoque" que la Cámara baja dé al Estatuto. De esta manera, manifestó que "si ahora el Estatut pasa en Cataluña con el consenso de todos, con al menos 120 de 135 diputados, y si el resultado del consenso tampoco se aprobara en Madrid o quedara tan desfigurado que nadie lo pudiera reconocer, quitaría toda credibilidad al proyecto de la España plural que dice Zapatero".

El líder ERC recordó que los cinco partidos que están en la Cámara catalana lo están también en las Cortes Generales españolas, por lo que "las reglas del juego ya sabemos cuáles son y, lo que teníamos que decir, ya lo hemos dicho en Cataluña". Según indicó, "no tiene sentido volver a empezar en el Parlamento español todo el recorrido tortuoso y el camino inacabable del artículo 1, enmiendas, artículo 2, enmiendas, etc, porque nos va a pillar la jubilación personal y colectiva como país mientras se hace el Estatut".

A su juicio, en el Congreso de los diputados debe pactarse "algún aspecto de carácter técnico más que político, que deba ser tomado en consideración y, básicamente, esta Cámara lo que tiene que hacer es decir si aprueba o desaprueba lo que antes ha acordado el Parlamento de Cataluña".

Por otro lado, el dirigente independentista catalán se refirió a un informe encargado por el Ministerio de Administraciones Públicas a juristas expertos en el que se afirma que la ampliación de competencias que pide Cataluña es "masiva, injustificada y claramente contraria a la Constitución". En su opinión, "hay quien plantea España como si fuera una religión y como un libro único, su biblia es la Constitución, con lo cual es inmutable, pero todo se puede cambiar en esta vida y adaptar a las circunstancias".

Casi la Inquisición

En este sentido, apuntó que "hay demasiada gente con vocación de Tribunal Constitucional. Una cosa es un Tribunal Constitucional y otra casi la Inquisición, la Constitución la puede interpretar todo el mundo, ya dirá en su momento el Tribunal Constitucional qué es constitucional y lo que no". "Las cosas deben hacerse más bien al revés, no como se plantean ahora", criticó.

Preguntado por las negociaciones para redactar el futuro Estatuto de Cataluña, Carod Rovira se mostró convencido de que habrá Estatuto, a pesar de la "teatralización excesiva" de las diferencias entre unas formaciones políticas y otras. "Todos estamos en la fase final del Estatut intentando marcar territorio propio", dijo. Tras mostrar su confianza en que se va reconducir la situación, señaló que, en caso contrario, "sería un fracaso como país y Cataluña no se lo puede permitir".

El líder de ERC insistió en que la apelación a los derechos históricos de Cataluña es "incuestionable". "Otra cosa –precisó– es a qué nos dan derecho, eso se puede negociar". Así, recordó que las dos principales diferencias a la hora de redactar el Estatuto son los derechos históricos y el sistema de financiación. "Tenemos que hacer un esfuerzo para ponernos de acuerdo", destacó.

Por : Mecachis el Domingo 28 de Agosto de 2005

--mira,josep,en madrid, hay mas dineroq en malasya,shangai,...eso es un huevo de pasta...el 75% de la inversion a españa va pa la capital. madrid ccaa, es de las zonas mas ricas de europa,rebasando la media EU-15(la unica veraz) de largo.todos son datos,no opiniones mias. y la mayoria de madrileños estan boqueroni de $$. y peor q eso: callaos. el golpe de estadoq dieron en el 2003 los impresentables de la extrema-derecha. el tecglen lo dijo: por q la gente no salio la calle?. eso si,viene carlinhos brown con una manta reliá en la cabeza a lo carmen miranda y to madrid a meneá el pandero en la calles al son de los timbales y batucadas. a ver si dentro de 2 años salimos los rojos en Madrid y se despeja en cielos azules y vuelve a resplandecer un esperanzador sol.
--bueno,lo dicho por el impresentable del q pais,no me lo tomo en serio,es un mongolico fascista. pero despues se queja alguno deq llamo paleto a estos cenutrios de mala baba,porq ademas es q lo son para un cordobes,un sevillano o un granaíno. por mucho q se hayan mudao a la capital,hayan ido a un concierto de los U2 o se hayan vuelto bisexuales, la berza aldeana la llevan encima esos votantes del PP q nos dicen vagos a los capitalinos del sur. vamos es q un vasco me dice algo,y la carcajá se oye hasta en Maracaibo. q se queden con las montañas,el estilista Athletic y sus maitetxus. como cuando salio el repeinao del Michavila diciendo q "en andalucia teniaq ser".un grupo de amigos entre todos dijimos: "michavilla pa nosotros ES UN PALETO!!". lo siento,hay q defenderse. es q siempre es iguá. aguantamos loq no hay en los escritos.
--q lujo hoy El pais,chavá!!.en babelia,salio na menos q una interviú a mory kante(yeke-yeke) y la historia de la fania all-star.musica africana y latina en estado puro. syr

calé,trol de izquierdas

Por : el calé el Domingo 28 de Agosto de 2005


Como español, lo único que puedo decir...

Como vasco, estoy encantado de...

Como tonto del culo, una sustancia negra...


En fin. Que el índice de majaderia medioambiental sigue siendo un asunto pendiente de resolver desde que la historia existe.

Como vasco... Como español... Como tonto del culo...se te proclama "homo stolidus".

Voy a acostarm de nuevo, a ver si en sueños, la realidad mejora.

Por : mazuste el Domingo 28 de Agosto de 2005

lo diras por tu impresentable y fascista paisano,no,mazuste? q es el q empezo a ofender con la berza y violencia q lleva encima!

Por : el calé el Domingo 28 de Agosto de 2005

Josep, no puedo estar mas de acuerdo contigo. Claro que con el Calé tb.
Es que al final, los pobres siempre queremos lo mismo, y los ricachos tambien, paro a costa nuestra.

¿Qué haríamos si estuviéramos arriba?

Paredes... la esencia de los troll y su realización en foros "enemigos" consiste en insultar y que les insulten, no en que nadie rebata sus estupideces y nosotros deberíamos saber que es imposible demostrar la existencia de algo que no existe

Por : trasgu el Domingo 28 de Agosto de 2005

Joaquim muy bueno el artículo de Juan José Millás, viendo la foto me recuerda los refránes
“Va más anchu qu’una gocha con torga”
“Una vegada que m’arremangué tol culo se me vio”

Magnífico artículo, aparecido ayer en rebelión.org por parte de D. Ramón Roig -vecino del calé, y también como él con las ideas muy claras- titulado “Comunicación y terrorismo”
No me resisto a la tentación de entresacar unos párrafos
“El terrorismo es el efecto, no la causa. Podemos echarle la culpa a "los moros", a los fanáticos, a los fundamentalistas, pero la causa profunda de todo hay que buscarla en casa, no fuera.
Nosotros, los occidentales, hemos sido los primeros en ser fanáticos y fundamentalistas.
¿Por qué se ha invadido Irak? Porque los EEUU viven muy por encima de sus posibilidades, no se conforman con su propio petróleo sino que precisan el petróleo y el gas y el agua de otros lugares: Venezuela, México, Irak... Para ello no se duda en exagerar peligros y en falsear informes.
Hugo Chávez ha sacado los pies del plato, y ahí lo tienen: condenado por la Comunicación occidental. En Brasil, Lula está intentando hacer una tortilla sin romper los huevos. Y una vez más, los intereses privados económicos se superponen a la voluntad popular. La Comunicación y el Marketing tratan de conducir el voto, pero si, por desgracia para "ellos", se produce lo que se llama una disfuncionalidad comunicacional (es decir, que la gente vote o haga lo que no está previsto) entonces hay que atenerse a las consecuencias.
Entonces, ¿contra quién apuntan las armas de la OTAN? ¿Contra el terrorismo? No, sobre todo, contra su propia población y a favor de las empresas de armamento que crean enemigos virtuales. Hace falta crear miedo en la gente para que comprendan que es preciso un ejército de ejércitos, para que entiendan que no se está seguro en parte alguna. Y quien disienta de esto, quien exija cordura, será acusado de terrorista, amigo de terroristas, simpatizante, etc.
Es, de nuevo, la paranoia interesada del enemigo. Es una dictadura con una diferencia esencial: ahora, en esa dictadura, funciona una articulación israelita-protestante, además, es una dictadura hermosa, con apariencia de libertad. Es una dictadura implícita, sobre todo para las minorías conscientes. La comunicación procura que la mayoría ande despistada y alienada. Otra de las formas de "educar" que tiene la Comunicación es por hiperinformación que, al final, conduce a la misma consecuencia que la censura tradicional: que la gente no se entere de lo que está pasando y, además, que olvide su formación sincrónica (si es que existió) y caiga en el hastío y en la dejadez: un pueblo con miedo y hastío es un pueblo orweliano. Añádase a esto el capitalismo de ficción del que habla Vicente Verdú, una especie de espejismo que oculta la esencialidad cruel y materialista de la economía de mercado, y tendremos buena parte del panorama actual.
Así se forma el estado mortecino, policial y militar en que Occidente se está convirtiendo. Occidente ha empezado a tocar con su palo mortífero en el interior de un nido de avispas llamado mundo islámico, Tercer Mundo, etc. Lo viene haciendo desde hace décadas, siglos.
Bien, ya están aquí. Ahora, ¿qué hacemos? Podemos seguir con las mismas superficialidades de siempre: que si no ganarán, que si serán vencidos, que si hay que colaborar, que si hay que votar, que si son alimañas, etc., etc. Es decir, podemos seguir con las bravuconadas de dos mediocres fanáticos como Aznar y Bush. O podemos usar la razón. Hay que vencer en Europa el síndrome de Estocolmo y tener agallas para decirle a los estadounidenses, que así no se va a parte alguna y decírselo en voz alta para que se enteren los ciudadanos de Europa y recobremos nuestro lugar en la Historia. La mentalidad yanqui llama cobarde a Europa. No hay que hacer caso: esa mentalidad, medrosa, insegura, paranoica, acostumbrada al rifle, no ve más allá de una bala y confunde la cobardía con la prudencia y con la civilización. Europa y el mundo no pueden estar a merced de unos pardillos de la Historia, de unos nuevos mercaderes que se han enriquecido gracias a la guerra. La única cobardía que tiene Europa es la dependencia de ellos.
La causa es efecto y el efecto es causa. Aquellos polvos de la avaricia, la ambición y el liberalismo salvaje, han traído estos lodos llenos de sangre y terror.”
Salí d’ente abeyes y metíme ente aviéspores.
Cuando ún ta de suerte, hasta la mujer empreña d’otru.
Saludos.

Por : melandru el Domingo 28 de Agosto de 2005

Calafell:

Ya advertí que no sabía cómo explicarlo, y que no estaba seguro de que se me entendiera. Reformularé la frase:

Me refiero a que las ínfulas independentistas que suelen sustentarse en un pasado más o menos glorioso de Catalunya se refieren a que Barcelona fue sede del gobierno de la Corona de Aragón durante un tiempo, y poca cosa más. Y sí, la cosa fue debida a una boda, como tú dices, porque ese fue un modo habitual de unir empresas: no en vano Aragón se unió a Castilla por el matrimonio entre Ferdinando el Listo y Miss Camiseta Sudada 1492.

Entonces, ¿quiero sentirme diferente por eso? A ver, lo único que digo es que si hay un rasgo diferencial y cultural es el que deviene de nuestras raíces, y entre ellas hay ese pequeño atisbo de poder que existió durante unos años, siglos ha. El centro de mi reflexión sobre el sí (de ahí que te pida que no tergiverses) es que durante años nos enseñaron unas raíces trucadas, similares a las que en Euskadi transformaron a Sabino de Arana en un héroe nacional, y que ahora atravesamos un periodo de poner las cosas en su sitio.

De hecho, mi aportación intentaba argumentar la línea del vaivén ideológico, la del "sí, pero no" por la que tantas veces me han preguntado algunos compañeros de trabajo de otras comunidades autónomas. De ahí todo.

Espero haberme explicado de forma algo más acertada ahora.

Hasta la vista.

Por : Josep el Domingo 28 de Agosto de 2005

lo diras por tu impresentable y fascista paisano,no,mazuste?( Calé ).

Evidentemente calé.

Por : mazuste el Domingo 28 de Agosto de 2005

MECACHIS, Le repito la pregunta :

¿Acaso fue Carod Rovira quien obligó por Decreto a todos los españoles a denominar como LLeida,A coruña o Girona lo que toa la vida habíamos llamao Lerida, La coruña y Gerona?

EL CALÉ : te equivocas con la pasta dE MADRID, tomas el rábano por las hojas (confundes a algunos prebostes "madrileños" con el espíritu de la ciudad). En realidad la culpa de lo que nos pasa (ESPERANCIA+GALLARDÖN el delirante)VIENE 1)de crear una región llamada "madrid" y 2) de que la corrupción ha hecho metástasis en TODOS los partidos

Por : renato el Domingo 28 de Agosto de 2005

Melandru - paisano - gracies por los refranes, aunque yo lúltimu cambiabalu algo.

Leeros el artículo de Millás en el Pais de hoy. Sin desperdicio.

Como las cosas tienen que ser y de viejos para adelante no pasamos nadie, será un buen y digno sucesor de don Eduardo. Y no quiero ser agorero. Larga vida a EHT

Por : trasgu el Domingo 28 de Agosto de 2005

Trasgu:

¿Qué haríamos si estuviéramos arriba?

Creo que es evidente: el poder corrompe, ¿no?

Ya lo pregunté hace unos días, a propósito del texto sobre Mihura: ¿quién de nosotros estaría dispuesto a perder por un ideal lo que hemos ido ganándonos día a día con el sudor de nuestra frente, viendo como nuestros superiores se enriquecen a nuestra costa, como diría El Calé?

No, si al final resultará que el tiempo nos vuelve conservadores, con perdón de la palabra. Joder... ¿Qué haríamos si estuviéramos arriba? Mejor me quedo abajo.

¿Y prescindir de mi casa, mi coche y mi ordenador? ¿Con lo que me cuesta sacarlo todo adelante?

Trasgu, vete al cuerno, que ya me has amargao el día con la preguntita, coño. (Tómese como broma, no la vayamos a liar)

Por : Josep el Domingo 28 de Agosto de 2005

Según informa este domingo el diario El Mundo, el jefe superior de la Policía de Asturias, Juan Carretero será trasladado a la embajada de España en Portugal como responsable de seguridad. Aunque por el momento el nombramiento no ha sido oficial, el diario cita a fuentes muy cercanas de Carretero. Además, El Mundo señala que se trata del cuarto traslado o ascenso de uno alto cargo durante el 11-M. Carretero será reemplazado por Baldomero Araujo, su homólogo en Navarra y experto antiterrorista, según informó este sábado el diario El Comercio de Gijón.

Según la investigación judicial, citada por el referido diario, Juan Carretero era el máximo responsable de la policía asturiana cuando se concretó la trama que terminó con la venta de explosivos a los terroristas que ocasionaron los terribles atentados del 11-M en Madrid. Carretero era el superior y protector de Manuel García Rodríguez, Manolón, inspector jefe de Estupefacientes de Avilés. Son los propios confidentes de éste quienes finalmente proporcionaron los explosivos a los terroristas. De hecho, uno de ellos, Suárez Trashorras, reveló durante un careo con el juez que entregó a Manolón una agenda con nombres y teléfonos de alguno de los autores materiales de los atentados del 11-M, cosa que fue rechazada por el propio inspector.

Pero no se trata del primer nombramiento de algún alto cargo durante los atentados del 11-M. Mariano Rayón, entonces máximo responsable de la Policía en la lucha contra el terrorismo islamista, fue enviado a la embajada de España en Roma como agregado de Interior, situación que fue calificada de "escandalosa" por el PP. Jaime Ignacio del Burgo señaló que su traslado podía deberse a que Rayón recomendó con insistencia que se investigara la relación de etarras e islamistas por las conexiones que tenían en las cárceles españolas.

Otro nombramiento es el de Jorge Dezcallar que fue enviado muy cerca de Rayón. El ex director del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) fue designado en junio de 2004 embajador de España en la Santa Sede, apenas dos meses después de ser cesado al frente de los servicios secretos. Finalmente, el coronel Pedro Laguna, entonces máximo responsable de la Guardia Civil en Asturias, fue ascendido a general por el ministro Bono apenas tres meses después del 11-M. El propio diario El Mundo, reveló el 14 de octubre de 2004, que Laguna decidió guardar en un cajón el informe que le remitió la Unidad Central Operativa de la Benemérita el 27 de febrero del año 2003 sobre la trama de la dinamita en Asturias.

Por : Mechachis el Domingo 28 de Agosto de 2005

MECACHIS, Le repito la pregunta :

¿Acaso fue Carod Rovira quien obligó por Decreto a todos los españoles a denominar como LLeida,A coruña o Girona lo que toa la vida habíamos llamao Lerida, La coruña y Gerona?

Por : renato el Domingo 28 de Agosto de 2005

No. Y? Eso tiene algo que ver con que ahora pretenda la co-oficialidad de esas tres lenguas en todo España? Se imagina lo absurdo, amen de los gastos que eso supondria para las arcas del estado, que sera que alguien EXIJA cualquier modelo de impreso en catalan para empadronarse, por ejemplo, en Badajoz?

Por : Mecachis el Domingo 28 de Agosto de 2005

Por lo que dice Josep,el independentismo catalán habla de varias raices históricas,no solo la que dices,tb se habla de la marca hispánica,jeje,que nombre,de Pau Claris,cuando se nombró conde de Barcelona al rey francés Luis XIII,etc,en todo caso,en Cataluña ha habido desde hace mucho tiempo insitituciones de autogobierno,no fueron cosas aisladas,Josep,ahora,es cierto,no se pueden comparar instituciones medievales con las que hay ahora,pero es cierto que han dejado una impronta.
Lo que tampoco se puede olvidar son los repetidos sitios a los que tropas castellanas han sometido a Cataluña,para acabar con sus peculiaridades y fueros,y que causaron muchos muertos.
Tb es cierto que por la forma de configurarse España,diversos reinos cristianos que fueron apareciendo en la reconquista,estos reinos fueron naciendo con fueros y peculiaridades,que no solo existen en Cataluña y Pais Vasco,tb los hay en Extremedarua,etc.
A mi lo que me gusta es lo que dice José Montilla,queremos más autogobierno porque lo queremos,no ya atendiendo a nuestra peculiaridad histórica,que evidentemente todas las tierras de España la tienen,pero no en todos los territorios de España se quiere más autogobierno,pero en unos si.

Luego lo que decis de las cuentas de las administraciones,en España es el tribunal de cuentas el que controla las cuentas de todas las administraciones públicas,y sus homologos autonomicos,y quien hace informes,en uno que se publicó en prensa hace un tiempo,se decia que muchos ayuntamientos pequeños no daban ninguna referencia de lo que hacían con el dinero público.

Por : Lucio de Avellaneda el Domingo 28 de Agosto de 2005

(El Juzgado de Instrucción número 1 de Tarragona ha condenado a un padre y a su hijo a pagar una multa de 900 euros por insultar a unos agentes de los Mossos d'Esquadra y llamarlos “hijos de Carod”)

No entraré en altercado ni disputa
si me dices retoño de ramera,
heredero de vil hurgamandera,
de hetaira, meretriz o prostituta.

Di que mi madre es golfa o disoluta,
o, si prefieres, dile “una cualquiera”.
Dile rabiza, furcia o jinetera,
o táchame, sin más, de hijo de puta.

Llámame descendiente de buscona,
vástago, por qué no, de lagartona,
o impútale a mi padre anonimato.

Llámame, en fin, las cosas más infames,
pero “hijo de Carod” no me lo llames,
porque entonces, amigo, es que te mato.

Por : Mecachis el Domingo 28 de Agosto de 2005

MECACHIS : NO se me vaya por la tangente y responda a la pregunta
¿Acaso fue Carod Rovira quien obligó por Decreto a todos los españoles a denominar como LLeida,A coruña o Girona lo que toa la vida habíamos llamao Lerida, La coruña y Gerona?
TRASGU y cía : Lo que haría de estar "arriba" y no "abajo" : Cambiar la legalidad´(las "reglas del juego") para que dicho juego (político, económico...)tenga mayor legitimidad (solucione los problemas de "todos" y no sólo de la clase dirigente)y "trasparencia".Es decir, para que el juego sea "participativo" y todos "rindan cuentas claras" de lo que hacen : lo contrario de lo que ahora pasa.

Por ejemplo : ¿cómo es posible que gracias al sistema autonómico que soportamos, no sepamos a día de hoy el déficit sanitario de las CCAA en el 2004?.y que sólo sepamos el del 2003 gracias a que ZP se tuvo que reunir tropecientas veces con los líderes autonómicos prometiéndoles que "soltaría pasta" si "confesaban" sus deudas (facturas en los cajones), por una vez y sin que sirva de precedente.
Porque esa es otra, en la reunión del próximo día 10 de los grandes jerifaltes se hablará de cubrir déficits actuales (extrapolando datos del 2003 confesados con sacacorchos) pero ni una palabra sobre el fondo del asunto : cómo se van a afrontar las futuras y crecientes necesidades de los españoles y qué se puede hacer para resolverlas entre todos

Por : renato el Domingo 28 de Agosto de 2005

GRACIAs Sr. mecachis por reconocer que no fúe Carod Rovira sino AZNAR quien obligó a todos los españoles y a todas las empresas e instituciones a hablar catalán y gallego por DECRETO y no sólo en la intimidad o en escritos oficiales administrativos (cuya adaptación en su día costó una fortuna) sino en cualquier escrito comercial o particular dirigido a nuestros conciudadanos y familiares de Lérida, Gerona o La Coruña

Por : renato el Domingo 28 de Agosto de 2005

LUCIO sobre el Tribunal de Cuentas : El susodicho Tribunal es lento e inoperante hasta decir basta.
Por otra parte, No confundas la rendición de cuentas "de los ayuntamientos", que son Entidades carentes de "autonomía alguna" con las "potestades políticas" de nuestras Comunidades Autónomas, quienes se pasan al susodicho TRibunal de Cuentas estatal por el arco del Triunfo, pues para eso ya están los correspondientes tinglados de cuentas regionales.
Cuando ambos tinglados de cuentas auditan al alimón, lo hacen "por colaboración", o sea , porque les dá la gana y no porque ninguna ley les obligue: por cierto, al Tribunal de cuentas vasco o navarro no suelen "colaborar" (para qué, si al fin y al cabo recaudan impuestos por sus fueros y luego reparten al Estado quedándose con "la mejor parte")
Es precisamente la función de recaudación de impuestos la que quiere Cataluña (con un argumento lógico : o jugamos todos o rompemos la baraja: Un decir, porque afortunadamente para todos ni Carod Rovira quiere hoy por hoy romper la baraja impositiva. Gracias Sr. Carod.

Por : renato el Domingo 28 de Agosto de 2005

Hombre,los ayuntamientos si tienen autonomia,pueden hacer ordenanzas que afectan a los ciudadanos poniendo multas,y recaudan sus impuestos,si es verdad que no tienen los poderes políticos de las autonomias.

Por : Lucio de Avellaneda el Domingo 28 de Agosto de 2005

MECACHIS : NO se me vaya por la tangente y responda a la pregunta
¿Acaso fue Carod Rovira quien obligó por Decreto a todos los españoles a denominar como LLeida,A coruña o Girona lo que toa la vida habíamos llamao Lerida, La coruña y Gerona?
Por : renato el Domingo 28 de Agosto de 2005
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Porque no lee usted bien mi respuesta? Ya le conteste a usted a eso. NO. NO. NO. Lo lee? Lo lee bien usted ahora? Que mas quiere? Eso es irse por la tangente? Aunque no entiendo todavia que tiene que ver la pregunta que usted me hace con el post que yo colgue.

Ahora respondame usted sin irse por la tangente:
Eso tiene algo que ver con que ahora pretenda la co-oficialidad de esas tres lenguas en todo España? Se imagina lo absurdo, amen de los gastos que eso supondria para las arcas del estado, que sera que alguien EXIJA cualquier modelo de impreso en catalan para empadronarse, por ejemplo, en Badajoz?

Deberia usted dedicar mas tiempo a leer los post antes de contestarlos, me habria ahorrado este.

Por : Mecachis el Domingo 28 de Agosto de 2005

No confundas la rendición de cuentas "de los ayuntamientos", que son Entidades carentes de "autonomía alguna
Por : renato el Domingo 28 de Agosto de 2005
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Ya estamos contando mentiras? Entonces porque donde yo vivo pago ciento y pico euros de impuesto de circulacion y donde vive mi hermano, por ejemplo, no paga ni un centavo de euro? Y como ese impuesto, muchos mas.

Por : Mecachis el Domingo 28 de Agosto de 2005

TRASGU hace un pregunta fundamental: "¿QUE HARÍAMOS SI ESTUVIÉRAMOS ARRIBA?"

JOSEP, que en otro post anterior se había mostrado menos miedoso ante la UTOPIA, nos manifiesta ahora sólo dudas y angustias y RENATO contesta como cualquier programa de cualquier partido en trance de querer ganar unas elecciones.

¿NO TENEMOS MAS REMEDIO QUE RENUNCIAR A LA UTOPIA Y QUEDARNOS COMO ESTAMOS? ¿NO TENEMOS NUEVAS GARANTIAS QUE NOS PERMITAN CONFIAR EN QUE LAS NOMENCLATURAS DE LISTILLOS QUE SE HICIERON CON EL PODER EN EL PASADO (desde la antigüedad al presente) LO TENDRAN MAS DIFICIL EN EL FUTURO?.

Yo creo que esas garantías existen. Se trata, cómo no, de la Ciencia y de la Técnica. Nuevas investigaciones en Sociología de las Organizaciones y en Psicología de Grupos aplicadas a la forma democrática de tomar decisiones y ejercer el poder permiten esperar que las usuales traiciones del pasado sean cada vez más difíciles

No desesperemos, pues.

Por : José Luis el Domingo 28 de Agosto de 2005

hablar catalán y gallego por DECRETO y no sólo en la intimidad o en escritos oficiales administrativos (cuya adaptación en su día costó una fortuna) sino en cualquier escrito comercial o particular dirigido a nuestros conciudadanos y familiares de Lérida, Gerona o La Coruña
Por : renato el Domingo 28 de Agosto de 2005
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Mire. Si usted no es capaz de ver la diferencia entre que el catalan sea lengua co-oficial en cataluña y que lo sea en extremadura, esta discusion se va a convertir en un esperpento.
Y deje ya su obsesion con Aznar y viva aqui y ahora. Este gobierno es quien se deja manejar por Carod, y no los pasados (ni Aznar ni Felipe).

Por : Mecachis el Domingo 28 de Agosto de 2005

LOS AYUNTAMIENTOS NO TIENEN poder político: en materia impositiva (qué impuestos, qué margen de tarifas) y otras hacen lo que les ordena el Estado y las CCAA, que si tienen potestades "normativas".Y de ahí vienen los problemas (o virtudes del sistema autonómico).

Por cierto :sobre deficits y reparto de gastos e ingresos públicos por habitante ¿ Alguien sabe cuantos ciudadanos tienen derecho a asistencia sanitaria pública en Andalucía, Canarias, asturias......y en toda España? ¿Y cuantos extranjeros turistas o no tienen tal derecho
Lo pregunto porque creo que NO SE SABE, ya que no existe un sistema centralizado de ciudadanía que impida el que la gente repita y "tripita" sus tarjetas sanitarias.
Y SI ESTO NO SE SABE : APAGA Y VÁMONOS

Por : renato el Domingo 28 de Agosto de 2005

Gracias Sr. Mecachis por recomendarme que me olvide ya de AZNAR (ojalá yo pudiera que tan repugnante político se "olvidara" de nosotros, pero no caerá esa breba).
Por lo demás : Me da igual que el catalán sea lengua oficial en Villaconejos o no lo sea .
Lo que no admito es endosarle a Carod un mochuelo que en la práctica es "inocuo" (no creo que los extremeños "opten" ahora por "parlar catalá") y "pasar página" sobre las "fechorías" linguísticas de Ánsar, que no nos dió ninguna "opción de cooficialidad" sino que nos obligo por Decreto a hablar en la "lengua catlana o gallega" y nos prohibió emplear palabras castellanas Lérida, Gerona.

Por : renato el Domingo 28 de Agosto de 2005

Gracias Sr. Mecachis por recomendarme que me olvide ya de AZNAR (ojalá yo pudiera que tan repugnante político se "olvidara" de nosotros, pero no caerá esa breba).
Por : renato el Domingo 28 de Agosto de 2005

Por esto y por mucho más,TOMATE ALGO Renato.

Espero que el señor administrador del blog, esté de finde, porque si está en activo,y permite este puteo del manifiesto,es para destituirle,sin agradecerle los servicios prestados.
Como esto vuelva a pasar en dias de labor, amenazo con poner TODOS mis comentarios en lo que va de año.Que eso sí es fuerte.

Por : paredes el Domingo 28 de Agosto de 2005

JOSE LUIS : me has tomado el número cambiado. Mira que llamarme "político electoral". Léete el resto de mi discurso (vamos, lo concreto)

MECACHIS : "entonces porqué yo pago menos impuesto de tráfico a mi ayuntamiento" . Muy sencillo : porque hay una LEy estatal o de la CCAA que "obliga" al respectivo Alcalde a fijar la tarifa, probablemente con ciertos márgenes. Pero eso no quiere decir que el Alcalde tenga "poder político" para sacarse de la manga una tarifa de 1000.000 euros/coche/año

RESTO : Perdón por ponerme pesao , pero ¿Alguien sabe cuantos ciudadnos, españoles o inmigrantes, tienen derecho a la asistencia sanitaria pública en toda España y en su respectiva CCAA?
LO digo porque ni ZP ni ninguno de los presidentes autonómicos lo sabe a ciencia cierta : manejan cifras muy superiores a las del INE (hay gente "repe" y no hay registro central).

Considero que si no se sabe ese dato ( o sea, el denominador)mal podemos dicutir sobre el numerador (lo que le "toca" a cada Comunidad autónoma en función de sus ciudadan