El fruto de España no es sólo el sol que atrae turistas y moscas, ni la pereza a que invita a todo el mundo, cuando el veraneante no quiere que le molesten más con la cultura como hacen en su ciudad; en este país de majos y chulapas, de navajeros contra franceses, de terroristas y bombarderos, de maleducados y de metomentodos, hay una real tranquilidad. Es el reino de la pereza, de comer a cualquier hora, de no levantarse de la cama hasta que la comida llama. Esta semana santa es, como todas, un fruto de la religión de espectáculo: se descansa mejor viendo a los costaleros cargados y sudorosos, a los que arrastran cadenas o caminan de rodillas; todo ello ordenado, rodeado por guardias y soldados con los fusiles boca abajo, por alguna bella saeta y las marchas fúnebres de las bandas militares. Qué bien se duerme, después, bien gustado el vino de cada tierra y con la conciencia tranquila porque los pecados nos fueron limpiados por los dolores de los indígenas.