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Noviembre 30, 2004
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Estación Pirenaica (30/11/2004)
No creo que llegue el día en que tengan ustedes que escuchar esta emisora casi sin volumen, para que no se enteren los vecinos o los espías. Era lo que hacíamos nosotros poco tiempo atrás con las radios en París y Londres, o con la de España Independiente que se llamaba a sí misma “Estación pirenaica”.
Ésta nuestra ya está denunciada por alguien que podría llegar a ser Caudillo, y no son denuncias sencillas, sino de colaboración con todos los terrorismos del mundo que, según un demente, están intercomunicados. Esta mañana he leído un comentario aterrador: “España, una vez más, tiene su hombre” y las antiespañas andan a su caza.
Qué sensación de rejuvenecimiento me da, qué alegría de volverme a saber uno de los de la antiespaña. Qué sensación de equilibrio, de serenidad, de bienestar, saber que soy de la antiespaña (junto con los compañeros de este micrófono), y la España son ellos.
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Delirantes obsesivos
Fue interesante ver a Aznar en la comisión. Por lo menos, un rato. Es un buen parlamentario, y un audaz dialéctico. Eso no quiere decir que tenga razón ni que diga lo que sepa: se refiere a su capacidad para mantenerse en unos puntos fijos, y morder a quien lo dude, a quien le interroga. Si hubo una conspiración de Estado, que yo no lo sé pero era el tema a demostrar, él acusa de conspiración a un grupo amplio que va desde el terrorismo islámico hasta este mismo periódico y los que escribimos en él. Pasando por la oposición socialista. ¿Cómo podíamos conspirar con el terrorismo islámico? Porque "todos los terrorismos son iguales", y el objetivo de este golpe era desmontarle a él, como queríamos "todos nosotros". Si otros decimos que no hay dos terrorismos iguales, que cada uno obedece a una situación, una economía y una política diferentes, es que somos mala gente. Él no presionó a ningún periódico, y si éste sacó una edición culpando a ETA, fue por su gusto, porque la realidad es que desde que él llamó hasta que salió la edición no hubo tiempo material: ya estaba hecha. Y si este periódico cambió de opinión después, no fue porque supiese nada, sino para hundirle a él. Y "no hay manifestaciones espontáneas": la que se reunió la víspera electoral estaba organizada. No dijo mentiras nunca: las mentiras son las nuestras, y perdón por incluirme en esa masa de "delirantes obsesivos" (dice él), lo hago por solidaridad con los acusados.
Todo tiene mucho interés. Es una representación de un españolismo inalterable y llamado a desaparecer, como desapareció él y sus clones Acebes y Zaplana (¡qué miradas de amor le dirigían!) en la elección, y se aparecen ahora. No digo "españolismo" como podría decirlo un autonomista, un nacionalista, sino como español limpio de obsesiones, aunque me queden algunas heridas causadas por los "nacionales", sino con el susto de pensar que pueden volver, como pedía la dama oscura de Madrid, rompiendo esta legislatura. Aparte de sus raras profecías sobre un pasado que fue de otra manera, las que hacen sobre el futuro no se van a cumplir. Lo que se dijo en la comisión no guarda relación ni proporción de lo que hace este Gobierno en lugar del suyo.
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Noviembre 29, 2004
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Los Tozudos (29/11/2004)
La característica de Aznar, que ha formado una psicología colectiva en su partido, es la tozudez: mantenerse en sus puntos fijos. No está diciendo hoy nada que no dijera entonces: el atentado se calculó para antes de las elecciones con el fin de que él las perdiera, hubo una conspiración para derrotarle entre la oposición y los medios de comunicación como este mismo desde el que hablo, que es el peor culpable, cree en la cooperación de ETA con el islamismo, no influyó sobre nadie para que creyese que fueran los vascos…
Parece algo desesperante y un hombre y un grupo sin arreglo. Claro que cualquiera puede tener la misma tozudez que rezuma de él, o de ellos: hace ocho meses se produjo un golpe de terror inesperado, el gobierno proclamó que había sido ETA para que se le eligiera a él porque es su peor enemigo, no aceptó que fueran los islamistas, y parte del electorado cambió su opción, sobre todo la de abstenerse, porque encontró que el gobierno mentía y que el atentado era una respuesta a su política de guerra en Irak. No hay más allá.
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Ad hóminem
Era ya mala costumbre en los tiempos fundacionales latinos de nuestra cultura: el argumento contra el hombre, contra la persona, no son éticos. "Argumentum ad hóminem", dice el Diccionario de Expresiones y Frases Latinas (Víctor José Herrero Llorente. Gredos): "Consiste en confundir al adversario oponiéndole sus propias palabras o sus propios actos": he aquí retratado el PP, romano cesáreo. Ahora apunta a Moratinos, a Carod Rovira. Me viene el caso de otro ministro de Exteriores, Fernando Morán: con capacidad, sabiduría diplomática, calidad literaria, al que éstos atacaron por tonto. Jamás lo fue. Hasta acumulaban frases apócrifas: para hundirle, no, para acabar con el gobierno socialista. De Morán a Moratinos, el estilo sucio es el mismo. Dice el ministro, y tiene en qué apoyarse, que el Gobierno de Aznar propició el golpe contra Chávez: y fue así. No lo desmienten mucho, pero dicen que "eso no se puede decir". ¿Cómo que no se puede decir? ¿Quiénes son esos censores que se escandalizan como monjitas antiguas de que se revelen secretos diplomáticos? No es un secreto: se supo todo en su momento, y está en las hemerotecas mundiales.
Este tipo de argumentación es tan sinuoso que se introduce en los medios menos afines al PP, bien por sus infiltrados, bien porque los propios lo aceptan con esa afición que tiene el español vivo de desolidarizarse de la víctima. Nadie se solidariza ahora, por ejemplo, con Carod: al revés es otra víctima del hombre lobo -"Lupus est homo hómini", por latinizar con lo fácil. Es de Plauto- que le acusa de ser lo que es y decir lo que dice. Su partido se llama de "izquierda republicana": poco tiene que ocultar. Si sus militantes dicen que no son separatistas, sino independentistas, nada más pueden decir que no sea el coro de su canto.
Pero Carod es un punto clave del triángulo que gobierna Cataluña, y de los votantes en el Congreso al socialismo; si se le destruye por lo que dice que es, por lo que realmente es, y por eso está votado, se es intrínsecamente canalla. Dígase lo que digo yo, que a mí la palabra independentismo ha pasado de heroica, cuando el colonialismo -¡cómo me equivoqué!- a insensata, en tiempo de la desagregación de entidades amplias, sea Ucrania con Rusia -¡y qué trampas hacen los occidentales al gritar contra las trampas de los de Putin!-, o Cataluña con España. El izquierdismo, el republicanismo, son otras cosas: de seres humanos, de clases sociales, de defensa propia.
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Noviembre 27, 2004
Imbéciles
Supongo que no habrá nadie tan imbécil como para votar otra vez a los diputados absentistas que hicieron fracasar una de las leyes más interesantes del Estado reformador: la que debía cambiar las formas de votación para la elección de jueces. Cinco de los 18 diputados son ministros que sabían la urgencia y la oportunidad de la ley para evitar la mayoría conservadora. Ya sé que todo ello es también imbécil a ojos de un razonador: los jueces no deben ser conservadores ni progresistas, sino unos intelectuales del derecho y unos respetuosos de la justicia, y que ellos mismos deberían ganarse la independencia del poder judicial frente al legislativo. Pero también todos sabemos que España está dividida, además de por las autonomías y por las regiones naturales, y los equipos de fútbol, entre progresistas y conservadores, palabras antiguas pero útiles para no nombrar partidos, y fingir ecuanimidad. Pero son los partidos los que les ponen en las listas de elegibles. Realmente, aferrarse a la razón en un mundo fanatizado es completamente imbécil.
No sólo fallaron los socialistas, y los de los partidos que impulsan la reforma; también muchos del PP se ausentaron. Pero quedaron los suficientes como para negar la ley. La explicación es muy sencilla: era jueves. Los jueves van tomando cariz de viernes, que hace ya muchos años que duplicaron el valor del sábado, que se había ido identificando con el domingo. Y un diputado debe tener, sin duda, derechos laborales. No tienen muchas cuentas que rendir, aunque hay partidos -el socialista- que les pone multas por no asistir a la cámara. En medio de todo reaparece la contradicción: los diputados son dueños personales de su escaño, y pueden hacer con él lo que quieran. Sin embargo, son diputados porque su partido les ha puesto en su lista cerrada: el que vota no es tan libre como se le hace creer. Por eso aparecen individuos que, como en León, cambian de pensamiento sin dejar de ser concejales, y derriban al alcalde. Otros dos de triste memoria cambiaron el valor de la Comunidad de Madrid. La idea de que una democracia pueda tener leyes, reglamentos y estatutos antidemocráticos, que cambian la voluntad del votante, parece imbécil. Y es que la realidad no es incompatible con la imbecilidad.
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Noviembre 26, 2004
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Visita de Estado (26/11/2004)
Campechanotes, alegres, con bromas graciosas, el Rey de España y el Presidente de Estados Unidos han estado tres horas juntos. Nadie ignora que se trata de una visita de Estado. El Rey es un enviado del gobierno, y nunca irá más allá ni se quedará más lejos de lo encomendado. Es un profesional.
Mientras, se va desarrollando la política española que tenía a Bush molesto: el gobierno no sólo reanuda relaciones con Cuba, sino que pide a Europa que haga lo mismo; y recibe a Chávez; y considera que Estados Unidos y Aznar colaboraron para sustituirle en Venezuela; ni volverá a mandar tropas a Irak, y afirma su solidaridad con Europa. Por lo tanto, la noticia de la entrevista de los dos jefes de estado se puede recibir sin demasiada preocupación. Creo, pienso, supongo, que lo iremos viendo así.
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Trueques
Se cambian votos para la Constitución europea por no decir que Aznar apoyó el golpe contra Chávez, o uno de los golpes. He aquí la política en todo su esplendor, como cuando la Reina y Él van a comer pavo de verdad al lado de Bush y Ella: se cambian risas, anécdotas, chistes para borrar la mala impresión de la retirada de los soldados españoles de Irak. No sé si el Rey se habrá reído del pavo de atrezzo, o si Bush querrá o no explicar por qué bebe sólo agua: para no volver al alcoholismo... La política, la política. El tema más curioso es éste: Zapatero quiere que haya una votación en masa para la Constitución europea; el PP no se opone, primero por razones estratégicas por las cuales tiene que ser solidario de toda Europa, para cuando vuelvan ellos. Ah, pero si el ministro de Asuntos Exteriores ha denunciado a Aznar por haber intervenido en el golpe de Estado contra nuestro visitante Chávez, Aznar puede mandar a los suyos que voten contra la Constitución para desposeer a Zapatero de esa baza ante Europa.
Cosas más tontas hemos visto en la vida, y sobre todo en la vida oficial; en la privada cada uno tiene cuidado de embrutecerse mucho. En estos casos, da un poco lo mismo. Votar la Constitución europea parece que se va a hacer sin gana, pero sin odio. Es larga, farragosa, incomprensible en cualquier idioma, lo mismo en valenciano que en catalán; está hecha para tratar de que el capitalismo europeo haga equilibrios con el de Estados Unidos, antes de que llegue China y se quede con todo. Zapatero quiere que los suyos voten la Constitución sólo para mostrar que él es el autor del europeísmo de última hora, el europeísmo que se ha negado a secundar a Estados Unidos en esta aventura universal, que tampoco va a cesar gracias a la condenada reelección de Bush. Y quiere que vote el PP porque así da la sensación de una unidad nacional que no existe.
En medio de todo esto, Moratinos y Chávez no son más que un incordio, aunque los dos tengan razón. Es verdad que Aznar apoyó el golpe de Venezuela urdido por Estados Unidos, y que los dos embajadores se fueron a felicitar al golpista, pero ganó Chávez: es verdad que es el presidente más votado en Latinoamérica y también el más amenazado. El trueque no tiene sentido. ¿Lo tiene la política?
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Noviembre 25, 2004
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¿Para qué sirve un rey? (25/11/04)
Muchos de quienes se preguntan para qué sirve un rey en un país constitucional y parlamentario tienen ya una respuesta: para cenar pavo de Acción de Gracias con Bush y arreglar las cosas entre los dos países. Muchos sabemos que las relaciones entre los dos países se deben arreglar, porque es necesario: pero también sabemos que hay puntos de los que no se debe pasar, y que uno de ellos fue la guerra del Irak, de la que me temo que no sea sólo del Irak: ya se le están buscando las cosquillas a Irán…
Todo estará en que no haya conversaciones en el condenado rancho, sino sobre el vino, que Bush no puede tomar por que fue alcohólico y le puede sobrevenir, ni sobre el pavo, que la reina no puede tomar porque es vegetariana, desde que su madre meditó en el Himalaya, y entonces no pensó en las lubinas. Ah, ya sirvió el Rey en otra ocasión, dicen: cuando el golpecillo de estado de Tejero y un par de generales ardientes y patriotas a la antigua. Dicen que era él el misterioso Elefante Blanco de la trama y se negó a secundarla. Ya se ve que los gastos que ocasiona pueden, alguna vez, estar justificados.
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Mi salud y el Estado
No soy una "unidad de gasto", como llaman a los ancianos; tributo por derechos de autor con multa porque no siempre pago a tiempo: escribir en España es llorar, decía Larra, y se suicidó. No puedo agradecer mucho al Estado que reduzca el precio de las medicinas un 1%: me las da él. Y el médico, y el practicante, que da cachetes a mis distinguidas nalgas. Estoy inscrito en la SS desde que se fundó, y en la Asociación de la Prensa hasta ser socio de honor (el honor se concede en relación al número de años: no hay más metafísica). Estoy nacionalizado y, por lo tanto, protegido. Desde todas partes, por todos los medios, el Estado me exige que no enferme: ni alcohol, ni drogas ni tabaco. Me lo va prohibiendo, excepto cuando el consumo redunda en su beneficio. Si enfermase, como soy resistente a morir, le costaría mucho dinero.
Preferiría yo que el Estado nacionalizase las empresas en vez de los individuos: sobre todo las de la salud. Ni un laboratorio privado, ni un hospital ni una enfermera: todos trabajadores públicos. Dicen que eso sería una desgracia: sin el estímulo de que mi cuerpo, larguirucho y cansino, se fuera pronto, me atenderían muy mal. Dicen que muchos sanitarios ya lo hacen, y cuentan los minutos de cada paciente. Dicen que nada funcionaría (¡pero si nada funciona!). La medicina soviética fue famosa, y lo es la cubana, y están nacionalizadas. Aquí no se puede. Estamos en el mundo de la concurrencia libre. No se nacionalizan empresas, sino personas: todas. El Estado va a gastar un 1% menos en las medicinas; se baja él mismo el precio de lo que ha de pagar, y se escuchan ya protestas de los que recibirán menos. Laboratorios, farmacias... Pero tienen a su disposición los medios que el sistema permite: despedir personal, por ejemplo. O hacer envases más pequeños, o no sé qué: no he nacido para reducir gastos, y tengo la sensación de que mis familias tampoco.
Ni el Estado me protege especialmente. Legisla para la juventud, la mujer, la infancia. (Ah, aunque use la primera persona, no hablo concretamente de mí, sino de todos. De los ciudadanos nacionalizados, fritos a multas para que no pongan en peligro la medicina social).
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Noviembre 24, 2004
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Fachas y bushistas (24/11/04)
Naturalmente, el presidente Aznar ayudó a las derechas que se alzaron contra Chávez, y su (nuestro) embajador acudió a saludar al nuevo golpista junto con el de Estados Unidos. Una visita así supone un reconocimiento, que hubo que rectificar. No sé qué dirá Moratinos al Congreso, pero los datos están en la prensa de aquellos días, también regocijada por la caída de un hombre cuyo pueblo vota insistentemente, en elecciones y referéndum, pero que en los países del sistema capitalista, como el nuestro es muy odiado.
No sólo por los fachas y los bushistas: gente muy seria le considera un mal mundial, y dicen que es igual que Castro. Si ahora va a mandar construir y reparar barcos en nuestros trágicos astilleros sin clientes, pueden cambiar un poco los estilos: pero para los portavoces de la gran derecha, sigue siendo torpe, zafio, estrafalario, según oigo y leo en los que se llaman moderados. Que son los extremistas de la derecha.
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La moral no se discute
La moral se rechaza: y se abraza la ética, la deontología, la solidaridad, la fraternidad. Sus equivalentes laicos. Cuando la Conferencia Episcopal, a base de Rouco, ofrece "diálogo" al Gobierno a cambio de respeto al "orden moral", hay que negarse. La moral fue confiada a la Iglesia para reformar el poder temporal: a más de hogueras y torturas, la Iglesia tiene, y aún le queda algo, el poder de castigar en "la otra vida", después de haber creado su ilusión, para hacer obediente al aterrorizado; y para prometerle incluso milagros en esta vida. La moral es teológica: cuenta con el pecado y con la gracia, la castidad y las virtudes y los sacramentos, con los mandamientos. No veo en qué sentido puede un estado laico, y su gobierno, discutir un "orden moral" que no corresponde a la realidad. La Iglesia formaba parte del entramado político desde que ayudó a derribar la República. En ella no estudiábamos moral, sino "psicología, lógica y ética", una asignatura tridente con la que empezábamos a ser ciudadanos en el bachillerato. Mi instituto era el enorme edificio de Areneros, del que se había expulsado -como de España- a los jesuitas, porque juraban obediencia a leyes que contradecían las del Estado. Luego volvieron, por las armas, y algo habían aprendido, y algo muestran hoy de seriedad y de razón, quizá por la concurrencia dura del Opus Dei.
La vida, la aceleración de la ciencia, la historia, la prolongación de la vida, el sentido de la muerte, la desaparición total de milagros y aparecidos, la complicidad de otras religiones con el mal que ahora conocemos, su funesto rasgo histórico -con Franco, con Pinochet o con la Inquisición- se han conjuntado para el descreimiento: muchos lo arrastran por tradiciones de costumbres y fiestas de la patrona, con toros y todo. Algo típico: el torero, el cura, el guardia civil. Un cierto respeto por los tipos del clero que hacen una verdadera labor social. De eso a discutir de moral con los curas, a acordar con ellos los derechos de los no creyentes, hay un abismo. Una ética social para el comportamiento de unos con otros: más para permitir que para obligar.
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'El señor Ibrahim y las flores del Corán'
Crítica: Buenos sentimientos
CRÍTICA: TEATRO 'El señor Ibrahim y las flores del Corán'
Buenos sentimientos
EDUARDO HARO TECGLEN
EL PAÍS - Espectáculos - 24-11-2004
El señor Ibrahim y las flores del Corán
De Eric-Emmanuel Schmitt. Dramaturgia y dirección de Ernesto Caballero. Intérpretes: J.Margallo y J. Ortega. Escenografía de José Luis Raymond. Vestuario, Gema Rabasco. Iluminación, Miguel Camacho. Música, Ali Reza Gholami.Teatro María Guerrero, Sala de la Princesa. Madrid.
Eric-Emmanuel Schmitt lleva diez años de moda en París y por lo tanto en gran parte del mundo: ha cumplido poco más de cuarenta. Es novelista, autor de teatro; nació en una familia atea, y en algún momento "vio la luz", como se suele decir. En esta breve y famosa obra -se hizo una película de éxito mundial con Omar Sharif- tiende hacia el Corán. Se suele decir de ella que es un puente tendido entre árabes y judíos. A mí no me lo parece. Sino una exaltación del teísmo musulmán.
El señor Ibrahim es un árabe como tantos que tienen su tiendas de todo -pequeños bazares: bazar es una palabra tan árabe como magacín- en un barrio pobre de París: hay una población de judíos modestos, de prostitutas baratas en torno al lugar.
Entra a comprar un chico hebreo, Moisés, al que él llamará Momo. Y al que terminará adoptando. Moisés empieza robándole una lata de sardinas, y recibe una buena lección de bondad y generosidad: poco a poco se le van desvelando otras flores del Corán, que llega a leer él mismo por su gusto.
Mientras en su casa van sucediendo desgracias tras desgracias y se queda solo, la tienda se hace su hogar y el señor Ibrahim su padre. Fingen hasta un viaje a las tierras asiáticas de donde llegó Ibrahim. En la película se ve el viaje real; y las calles, y las putas de las que también aprende el joven Moisés: habrá quien la prefiera.
Monólogo
El encanto de la obra es el monólogo de Ibrahim -excelente Juan Margallo- y la lenta y un poco sosa conversión del joven hebreo: no a la doctrina islámica, sino a las "flores del Corán" que le muestra su maestro que, cuando muere, le deja la tienda en herencia y la sabiduría también.
La dirección de Ernesto Caballero mueve a sus personajes en un pequeño espacio rodeado de público y consigue darle movilidad a la conversación. El decorado es justo, sugerente. Y el público acepta la buena conciencia, y el buen arte de quienes trabajan.
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Noviembre 23, 2004
Barra Libre: Insolidarios
Insolidarios (23/11/04)
La foto del periódico muestra unos ancianos airados; los bastones para sus piernas agotadas se alzan contra unas barreras, y detrás están los guardias. No quieren que en su barrio se instale un asilo de indigentes: se devaluaría la zona. Les separan de ellos sólo unas monedas al mes. Pero el mendigo sufre a veces el apaleamiento de los jóvenes neonazis, el desprecio de la sociedad, la compra de los curas y las monjas a cambio de una rápida conversión –que mas le dará a uno decir que cree o no, si la necesidad es un plato de rancho-; y ahora el de los otros un poco menos pobres; pero que tienen un pisito, se creen propietarios gracias al lavado de cabeza del capitalismo, y estiman que su piso, su taberna o su banco al sol valdrán menos si caen por allí otros más pobres.
Que no tengan asilo. Que no hagan cerca una cárcel, un centro para curar la drogadicción, un consultorio para prostitutas. Está pasando en toda España: se ha conseguido crear esta mentalidad de los que votan a la derecha porque es, como ellos, de propietarios. No advierten la diferencia.
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El Tato
"No estaba ni el Tato", dijo Rajoy; y nuestra Trinidad Jiménez le acusa de menospreciar al Rey, que sí estaba en el lugar citado, en la Cumbre Iberoamericana. Bueno, Trini, también había mucha más gente. Casi todos: menos el Tato. Busco quién es el Tato. En Chile es un cura, el padre José Andrés Aguirre, alias El Tato, que metió mano -o lo que pudiere- a nueve colegialas: de las pequeñitas. Hay un Tato que torea ahora: un buen hombre. Hubo un Tato clásico, aquel que charlaba en el café de Chinitas con Paquiro: un torpón -dice José María Iribarren, diccionarista- que mataba "con estilo". "¡Anda que te mate el Tato...", decía una coplilla: pero el malaje español -mal ángel- se gritaba a algunos maridos para ultrajarles. No veo el origen del chiste de Rajoy: debió ser lo primero que se le ocurrió para desprestigiar la reunión iberoamericana, tan malhadada que se convocó al mismo tiempo que la de Asia-Pacífico, donde había dinero. Dinero chino, dicen. Bush, que estaba allí, tiene fe en ese área económica que puede sustituir a Europa. Es una profecía antigua, quizá venga del "peligro amarillo" del europeo alemán nazi Spengler, y es una constante de Estados Unidos inclinarse hacia el Pacífico y dejar después a su suerte a esta cubeta mediterránea en la que estamos. Es verdad que China es hoy el sexto país en la economía mundial, y tiene algunas ventajas que no tienen los demás: es comunista, y el trabajo y las remuneraciones se hacen bajo un sistema comunista; y es capitalista y los beneficios del capital se los lleva el Estado.
En Estados Unidos hay un poco de miedo a China como rival en el Pacífico, aunque esté en conflicto permanente con Japón. Hay quien cree que en cuanto pase el conflicto con Europa, Bush -el mismísimo Tato- empezará a lidiar a China, que era uno de sus feroces objetivos cuando empezó su primera legislatura. Pero ya hay quien piensa que es demasiado tarde, que el desarrollo chino es incontenible; y que con el desarrollo cultural, comercial y humano, va también el atómico. Más el de Corea, que podía ser otra vez su aliada. Pero aquí estamos preocupados con el Tato, que no asistió a la Conferencia Iberoamericana: pero como asistió el Rey, dicen los socialistas, el tema del Tato está superado. Menos mal.
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'El retablo de las maravillas'. Crítica: No ver para creer.
CRÍTICA: TEATRO 'El retablo de las maravillas'
No ver para creer
EDUARDO HARO TECGLEN
EL PAÍS - Espectáculos - 23-11-2004
El retablo de las maravillas
Inspirada en Cervantes. Texto de Albert Boadella. Intérpretes: Jesús Agelet, Minnie Marx, Pep Vila, Pilar Sáenz, Ramon Fontseré, Xavier Boada, Xavi Sais. Dirección: Albert Boadella. Compañía: Els Joglars. Teatro Albéniz. Madrid.
Mucho antes de que lo escribiera Cervantes, el cuento del Retablo de las maravillas corría por todo el Mediterráneo, y se reían con él en la pequeña y próxima Asia, y puede que más allá. Es la historia del pícaro que muestra por dinero cosas maravillosa; pero no las podrán ver quienes tengan "alguna raza de confeso, o no sea habido y procreado de sus padres en legítimo matrimonio; y el que fuera contagiado de estas dos tan usadas enfermedades". Nadie, claro, puede confesar que no ve las maravillas; tanto que no las ve ninguno, pero todos fingen y al fingir animan a otros a que las vean. Por ejemplo, el padre Josemaría. Le coloco en seguida porque es el punto central de la obra que Boadella ha compuesto con aquella idea ambulante, aplicada a nuestro tiempo. El tiempo del arte moderno, que siempre le pareció a Boadella un trampantojo y que todos alaban para no ser tenidos por zonzos; o la nueva cocina, que termina sólo siendo humo, y ni siquiera humo: nada. O el huerto de Felipe González y sus amigos...
He citado antes que nada al padre Josemaría, por el señor de Balaguer, santo fundador del Opus Dei, elevado a los altares velozmente por el papa Wojtyla, porque es en quien se centra la obra, y a quien mejor imita el gran actor Fontseré, figura esencial de la compañía, cuyo arte consiste en que sin apenas caracterización evoca inmediatamente al personaje doblado. En este caso me parece que no llega a tanto, por mucho talento que derroche. Quien haya visto el largo vídeo filmado al santo hablando a sus admiradores habrá quedado transido para siempre de rechazo a él y su obra. Debían pasarlo por colegios y academias.
Pero con Fontseré y los textos de Boadella se hace dueño de las carcajadas de un teatro Albéniz al que vi repleto el domingo por la tarde. Madrid tiene como suyo a Boadella, a su compañía, a su manera de hacer. Afortunadamente en este retablo ve las maravillas, que hay y que, desgraciadamente, en la vida diaria no se ven con mucha frecuencia.
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Noviembre 22, 2004
Libro: El Refugio. Capítulo: El niño fascista. 1999
Hacia el final del capítulo
Fue entonces cuando Juan Aparicio decidió hacer un cursillo para periodistas profesionales que no tuvieran carné. Me he quedado antes en suspenso cuando hablaba de ese dictadorzuelo. La subsecretaría de información la llevaba Arias Salgado, padre del actual ministro de Fomento: muy parecido físicamente a él, y me da la sensación de que son moralmente iguales. Me parece bien: todos hacemos lo posible por continuar a nuestros padres. Marqueríe y Víctor consiguieron que entrara en el curso. Recuerdo el examen final: en una mesa redactaba su ejercicio Camilo José Cela, en otra José García Nieto... Los dos serían académicos: era una generación con futuro. Recuerdo el tema del examen de Literatura, por Ernesto Giménez Caballero falangista romano y surrealista, que había pretendido casar a Pilar Primo de Rivera con Hitler: una buena cepa fascista-: había que explicar a Garcilaso de la Vega como falangista. Recuerdo que me inventé como cita principal a un hispanista americano que había encontrado esas coincidencias: pienso ahora que sería por ocultarme yo otra vez, por dar la voz a un personaje inventado. Pero durante muchos años Giménez Caballero me preguntó por el libro de aquel hispanista, y siempre le ofrecía enviárselo. Quizá el ejercicio esté todavía archivado en los papeles de la Escuela: podrían encontrarlo mis biógrafos del día, y les sería curiosamente útil.
Entonces me dieron el carné con las flechas y el yugo; unas buenas tapas de cuero y, en la tapa interna, el juramento de adhesión a los principios del Movimiento Nacional. No lo firmé. Aún debe de andar ese carné por casa, o se habrá perdido en los sucesivos desastres biográficos. Pero no lo firmé. Qué más da: en mi libertad interna, en mi seguridad pirandelliana de que el autor de mí mismo no estaba siendo yo, no lo firmé. Como en los artículos que escribía; no ponía mi primer apellido. Como si no quisiera manchar el nombre del prisionero: tonterías. Qué culpa tendrían los Tecglen. Eran pequeños signos, pequeños ritos, como el pez que dibujaban los hombres de las catacumbas dos mil años antes. Pero todos teníamos nuestras pequeñas trampillas, insignificantes. Recuerdo un día que encontré a mi compañero Luis Moure Mariño, que ya había tenido su "Mariano de Cavia", desolado sobre su máquina de escribir. Le habían entregado el papel de Juan Aparicio donde decía: "Ese periódico hará un editorial pidiendo que se aplique la pena de muerte a los estraperlistas...". "Y es que mi padre es estraperlista...!", gritaba el pobre. "No te preocupes: te lo hago yo." Me senté a la máquina y escribí el editorial pidiendo la cabeza del padre de Moure, que me lo agradeció mucho. Era un buen hombre: dejó la profesión, sacó una notaría en Galicia. A veces he oído hablar de él. Pero era otro hombre de la dictadura. Como yo, como todos los que nos sentábamos en torno a la mesa de hule verde de la redacción.
Supongo que un día alguien, Víctor o Marqueríe, o el redactor jefe o quien fuera, me mandó a El Escorial a los funerales de Primo de Rivera que presidía Franco. Supongo, digo, no me acuerdo, porque la memoria es selectiva, que me dirían que escribiera una buena crónica. No sé si la escribí yo solo, o si alguien añadió algún párrafo: pienso que no, que sería yo. Es la que ahora encuentran como un hallazgo de mi miseria los canallescos compañeros. Me han llamado ya estalinista, espía soviético, momia, han dicho que soy mala persona, perverso. Sólo les quedaba el peor insulto: llamarme lo que ellos eran, falangista. Si sabrán ellos cómo se podía ser de miserable siendo falangista: era su partido, su personalidad. Voluntaria, elegida. Sigue siéndolo. Los que no tuvieron tiempo, se dicen demócratas, o se dicen ácratas, o monárquicos: pero ellos y yo sabemos que, si hubiera otra guerra civil, estarían en el bando del nuevo Franco. No sé cómo no les da vergüenza que su dictadura me obligara a escribir como si fuera uno de ellos. Yo no tengo esa vergüenza. Estoy satisfecho de haber vivido de rodillas esperando el momento de ponerme de pie.
No sé: supongo que me acerqué a la máquina donde había escrito el editorial pidiendo la cabeza del padre de Moure, mercader negro, y comencé a escribir: "... Se nos murió un Capitán, pero el Dios Misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo Franco. El mensaje recto de destino y enderezado de historia que José Antonio traía es fecundo y genial en el cerebro y en la mano del Generalísimo...".
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…y cuanto tocaban oración o bandera en algún cuartel por cuya proximidad estuviera, levantaba el brazo en el ángulo perfecto, con los dedos de la palma derecha unidos; si alguien se dirigía a mí y me decía “¡Arriba España!”, yo contestaba con voz vibrante “¡Arriba!”; cantaba a coro el “Cara al sol” con los demás y contestaba bravamente a los “gritos de rigor”, como se decía, cuando en algún acto público los emitía la persona mas caracterizada. Algunos se arrepintieron luego, se dieron cuenta de la caricatura cruel que habían representado, de su pobre comicidad de creyentes en un mal espectáculo de asesinos y tontos y se evadieron, cantaron la gallina, o lo que fuera, y destruyeron en los archivos de los periódicos las fotografías comprometedoras: uniformes negros con dorados, o saharianas blancas, o camisa azul remangada: y el brazo, siempre el brazo en alto y la boca abierta como quien canta o grita su himno de victoria.
Muchos se arrepintieron: yo, no. Yo estaba representado mi papel de vencido lo mejor que podía; y cuando un militar de alta graduación pasaba junto a mí yo juntaba mis talones con sequedad y marcialidad: sonaba el estampido y el miles gloriosus sonreía y se llevaba la mano a la gorra, o al gorrillo cuartelero, que todavía llevaban porque estaban en campaña. En territorio ocupado: y yo era uno de los nativos. Pegaba el taconazo pero pensaba con temor que podían desprenderse las suelas de los viejos zapatos: ya fabricados con cartón o con hule, ya hechos durar demasiado.
Podía pasar una procesión y yo, el niño que tenía que ser fascista, el niño que había perdido la guerra, me arrodillaba. Una vez no lo hice, por desatención, y se lanzaron sobre mí los católicos nauseabundos, blandiendo sus cirios de malditos meapilas: como íbamos juntos los viejos amigos de antes, de después, y dos de ellos eran alemanes, de las Juventudes Hitlerianas, los hermanos Klimowitz, enseñaron sus documentos y dijeron que éramos todos protestantes de la Gran Alemania: y levantamos el brazo y nos sonreímos, y yo, el falso alemán, mejor que ninguno: con una inclinación intachable y una sonrisa de triunfador. Son fáciles de imitar esas sonrisas, sea quien sea el triunfador: consisten en una mezcla de ufanía y de amenaza difusa, de protección —¡el salvador!— y de seguridad en sí mismo.
Un gesto canalla de los que gustan a la sociedad y llaman elegante. El de Alfredo Mayo en las películas: se podía imitar muy bien su pinta dura y facciosa en “Sin novedad en el Alcázar”: era una lección. Luego fue un gran actor, como en “La Caza”, pero entonces tenía que ser mal actor, porque imitaba a malos tipos. Desde entonces yo supe que era el perdedor entre la masa de los perdedores, y que lo sería siempre. Cuando los fascistas, los del paleolítico y de los de la sombra monstruosa de Fraga —creación como de Frankenstein o de Franco-stein: a horrible general le salieron bien muchos prototipos, pero como éste, ninguno— todavía pienso si habré de esconderme, si refugiarme.
Solo que ahora no quiero fingir ni un día mas, escribo lo que me sale de lo que me queda de la virilidad humillada, de los cojoncillos de chaval madrileño encogidos por el frío de marzo de 1936: pero en seguida se lanza sobre mí la canalla fascista. Cuidado, dicen ellos, que no gane el que tiene que perder. Cuidado, que no diga lo que quiere decir. Algunos ya estaban empezando a cebarse entonces, a recomer de lo que nos quitaban, hasta ser peonzas de grasa y así se conservan; otros nacieron después.
“La canalla fascista”, decía yo, en lo que ya era mi juventud entre mí, y a algunos de los míos, a una pequeña Isabel a la que llevaba del brazo y cambiábamos impresiones sobre las cárceles de nuestros padres, y nos dábamos esperanzas de que no los matarían; Isabel de percal, de bracito desnudo, flaco y frágil y queridísimo, de mirada asustada para siempre: a ella sí se lo mataron.
El niño fascista, fascistizado, disfrazado, simulador, actor, clandestino, oculto en su niñez, tenía ya catorce años y recordaba que en su juventud lejana, cuando aún no había cumplido los doce, había gritado “¡Contra la canalla fascista¡” cuando vendía los ejemplares del periódico comunista “Juventud”: de las Juventudes Socialistas Unificadas. Otro casi niño, Fernando Claudín, lo dirigía, mientras estudiaba arquitectura (no terminaría jamás: se fue a la guerra y tardó casi cuarenta años en volver, y aún no e daba cuenta de que había perdido) y lo distribuían en el barrio de Pozas, el que tuvo en Lauro Olmo su último defensor cuando empezó el desmantelamiento de Madrid por los vencedores de piqueta y mal material, barato, con licencias compradas en el ayuntamiento, ayudas en Regiones Devastadas, obreros que a veces eran presos que les concedían.
Lo vendía yo por las calles, en 1936, entre los pistoleros falangistas y las partidas de la porra; y en la puerta de mi casa burguesa, en San Bernardo, 120. Los pistoleros, los auténticos, mataban: Pilar Primo de Rivera y un Sainz de Hereda primo suyo, mataron a unos pasos de casa, en la calle de Trafalgar, a una “chíbiri”, una pionera que volvía del domingo rojo en la Casa de Campo; iba ya llegando a su casa, separada del grupo, cuando pasó el coche de los Primo y la mataron a tiros: tenía casi mi edad. Luego yo he charlado con ellos, sonreído, saludado, dicho “Arriba”, y la verdad es que no les odiaba. Pero tenía cuidado. Sabía que me mataban: la canalla fascista, que gritaba yo a la puerta de mi casa.
Estoy viendo la vieja casa, delante de la mía, mientras escribo. Me regañaban mis padres: no solo por el miedo a que me apalearan los otros: sobre todo, porque podía molestar a nuestros vecinos, cariñosos y un poco extraños de que una familia bien fuera del Frente Popular. Mi padre era así: tenía una educación muy marcada por algunos elementos de su juventud, por la Marina, por los años de Londres; siempre tenía palabras amables para todos, y siempre ayudaba a las señoras a llevar su bolsa y a los ancianos a subir los cuatro escalones del portal. Por poco lo matan, cuando ganaron. La madre de los Klimowitz, pequeñita y católica ferviente, me decía que era raro que unas personas tan inteligentes fueran rojos. A Juan se lo llevaron a la guerra, le cazaron los rusos, volvió extenuando y aterrado. Pablo se hizo romper una pierna, no se por quién ni como, para evitar ir al frente. Ya han muerto los dos. Y Manolo Ortega, falangista real, a quien su padre, capitán de la Guardia de Seguridad, educaba a correazos y nunca pudo conseguir que aprendiera nada. Se fue a la División Azul, volvió como héroe y consiguió un puesto de cartero. Aún le recuerdo decir, los domingos, cargado con la enorme cartera, “¡Correos nunca descansa!”, con grito de ufanía parecido al que empleaba para ensalzar a Franco o a su general, Muñoz Grandes. Ya ha muerto también, ya han muerto casi todos. Hace poco andaba todavía por mi casa una postal de Manolo desde el frente ruso donde decía, con el desgarro falangista de ellos, que saludase “a la puta de la Trini”. Pero la Trini ya no estaba conmigo. Era una pelotari incipiente, de las de los primeros partidos, y salíamos juntos, y paseábamos por la Puerta del Sol y cuando había algún dinero —era ella quien lo ganaba: monetizas— tomábamos un café en el de Correos; y allí fue donde me dijo un día que, cuanto lo sentía, pero que sus padres tenían para ella alguien con dinero, y que ella no podía hacer nada. Los zapatos viejos no engañan, y la ficción del niño fascista no podía engañar a otra niña pobre; y el traje minuciosamente zurcido por Benjamín Sobran, mi pariente, que había vuelto a ser sastre después de ser capitán de Infantería de la República. Me adelanto en el tiempo.
Cuando mis padres me lo hicieron ver, suprimí la palabra “canalla” cuando vendía el periódico delante de mi casa, y decía solo “¡Contra el fascismo!”: en cuanto me alejaba, repetía “la canalla fascista”. Lo era. No mis vecinos, no nuestra burguesía acomodada: pero los otros eran la canalla fascista y aún siguen siéndolo. Los chicos de la casa eran falangistas. Cuando la guerra se nos vino encima, no dejamos de querernos, de perpetrar alguna hazaña miserable juntos, de movernos por la ciudad. En cualquier piso nos reuníamos a jugar, o a leer novelas en voz alta: unas veces Verde, otras Álvaro de Reatan. Unas veces la aventura, otras la pornografía dura y pura. Pura: siempre lo es la pornografía, porque no va mas allá, por mucho que invente, que la realidad de los cuerpos. Desde entonces me gustó siempre, creo que forma parte del sexo, y que es imprescindible para niños y ancianos.
Pero también eso hubo que ocultarlo: el sexo iba a pasar a la clandestinidad. Los chicos fueron adhiriéndose, como pudieron a la Falange Clandestina, a las banderas organizadas: a la quinta columna. No tenían ningún reparo en hablar delante de mí, aunque supieran que yo era rojo: este niño era un caballero, no denunciaba. Si acaso les decía: “!Tened cuidado, hablad mas bajo¡” pero ellos alzaban la voz a medida que las derrotas —las mías— iban creciendo. La guerra se perdía. Se fue perdiendo desde el primer momento: empezó perdida, como se tienen enfermedades congénitas que llevan pronto a la muerte. No es una impresión falsa de quien ve los acontecimientos muchos años después, como les pasa a los filósofos de la historia, sobre todo si su análisis científico coincide con sus pasiones o sus adhesiones o sus creencias, o su raza o su patria: es que la guerra se perdió desde el primer día, y yo lo oía en casa, y lo decían mis padres y sus amigos.
Aún quedaban tiempos duros, y peleas de entreguistas y resistentes, de traidores o de valentones –todos igual, pobres gente: perdedores, a los que irían matando uno a uno, o en grupos de diez en las tapias del cementerio del Este— y yo les decía a mis amigos falangistas que se callaran, que hablasen en voz baja, que no dijeran más donde estaba el cura y dónde el capitán disfrazado de mielero de la Alcarria. No me arrepiento de no haberles denunciado. Era un talante, un carácter, un comportamiento inducido en mi casa y en mi —perdón— casta de los librepensadores, y no lo he perdido. Al que denuncia, le veo mal. Aunque tenga razón.
El 28 de marzo de 1939 los fascistas entraron en Madrid, en un revuelo de sotanas negras y jaiques blancos, en un griterío de las chicas de la Sección Femenina o de Auxilio Social en los camiones arrojando pan —y muchos corríamos detrás de ellos: aquel mismo día, quien no lo supiera, empezó a saber que la dignidad era otra cosa y estaba en otro sitio, y que había que ahuyentarla si era incompatible con el pan: solo con el trozo de pan— y levantábamos el brazo y gritábamos “¡Franco, Franco!” cuando se detenían y empezaban a repartir víveres. Fue la primera vez que alce el brazo y aclamé a Franco, el viejo asesino, pero no la última: los supervivientes, los herederos, los continuadores de la canalla fascista siguen buscando las huellas de cuantas veces lo hice, y donde. No por qué: y era porque habían ganado ellos y estaban creando su dictadura.
Al día siguiente, mis amigos de casa me llevaron con ellos a la Falange Clandestina, ya proclamada, porque decían que tenían que salvarme: el barrio sabía que yo era un niño rojo. Y, sobre todo, había que salvar a mi padre. Juraron que yo era un falangista clandestino: me dieron una camisa azul con las flechas que la máquina bordó en rojo ayer (“Rojo ayer, rojo ayer”, repetían sardónicos los que ya eran mis camaradas, sacándole partido a su himno, maldito sea, para burlarse) y un fusil descargado, como a todos: y es que todos éramos niños. El cuartel era la sala de fiestas del Cine Salamanca. Me encargaron de vigilar las colas de los que iban a denunciar gente a Falange: no les traté con ningún respeto. Me hicieron salir con un piquete mandado por un capitán a incautarnos de un automóvil: el dueño lo había tenido toda la guerra oculto de los republicanos, para que no se lo incautasen, en un cobertizo detrás una huerta minúscula: me produjo un cierto placer empujar el viejo cacharro que ahora le robaban los falangistas, y pisotear las hortalizas.
Aquella noche dormimos en las estanterías del guardarropas, sobre la tabla. Alguien se distraía en apagar y encender las luces de la sala: el rojo del tango y el azul del vals, mas o menos intensos según se girasen los reóstatos. Por la mañana, mis amigos y yo pedimos permiso para ir a casa a lavarnos y a cambiarnos algo: nos lo dieron. Cuando llegué, allí estaba la tragedia y el gesto de horror, y las lágrimas, y el peor miedo: se habían llevado a mi padre. Todo en regla. Había ido un piquete de infantería de marina, mandado por un oficial de rango superior a mi padre, le había hecho recordar las ordenanzas de Carlos III; los soldados le saludaron respetuosamente, y se lo llevaron. No volví al cine Salamanca. No volví a la Falange de un día y una noche.
La camisa si me la volví a poner: el día en que juzgaron a mi padre en las Salesas, como decíamos entonces (por la Iglesia inmediata), en la Audiencia: me la puse para poder pasar por los cordones de guardias y falangistas que cacheaban a todo el que se acercaba y le pedía los papeles. “Pasa, pasa, camarada”, me decían a mí, con mi uniforme, y yo daba las gracias y hacia un esbozado gesto de saludo.
Fue con esa camisa azul y aquellas flechas como escuché al fiscal relatar los casos de los catorce o quince desgraciados que habían violado monjas, tirado ingenieros al pozo, o quemado iglesias —o no lo habían hecho y habían caído bajo la nube de denunciantes; pero quizá, si, si lo habrían hecho: para ellos la guerra había empezado el día en que nacieron, y sabían quienes eran sus enemigos— y le oí decir que había reservado para el final el caso mas grave: el de mi padre, intelectual que había incitado con sus escritos a los crímenes populares. Pobre padre. “Era un burgués desorejado”, me dijo Víctor de la Serna, recordándole, cuando me dio cobijo en “Informaciones”, algo mas tarde. No sé que entendía por desorejado. Con esa camisa puesta escuché a mi padre, cuando le dieron la última palabra, quejarse de que, según las ordenanzas, tenía que haber sido juzgado por un Tribunal de Oficiales Generales de la Armada; y escuché como se reían de él. Le condenaron a muerte. Fue la segunda vez que me puse la camisa azul. fue la última.
No fue la última, sin embargo, en que fui estigmatizado por las cinco flechas en haz, en cuyo nombre tantos cayeron y tantos mataron: solo que ellos tenían la esperanzas de viajar hacia los hipnóticos luceros inventados por el Jefe; y a los que ellos mataron, a veces a palos, o a litros de aceite de ricino, no les quedaba ninguna resurrección. O, si la hubiera, el infierno, donde el demonio sería un Jefe Nacional. Otra vez las tuve en el carnet del SEU, con el cisne complutense: la afiliación era obligatoria, y yo creí que podría continuar mis estudios, que me habían sido robados, entre otros enseres y posesiones y bienes, y entre otras situaciones digamos mentales que fue mas difícil quitarme, porque el miserable Caudillo y sus miserables ministros de Educación ––el de entonces debía ser Ibáñez Martín, pero el primero que instauró las depuraciones fue el especialista en mística Pedro Sainz Rodríguez, que luego tuvo que huir de Franco— habían decidido anular todos los títulos conseguidos en Zona Roja (ellos no lo ponían con mayúsculas: las coloco yo ahora con un homenaje póstumo, realmente inoperante, mas bien poca cosa, a aquel último trozo de la España que se quería librar de la cera y el charol) Así que había escondido el carnet de la FUE, con el de la CNT, en el fondo de un tiesto (dónde estará? ¿que flores habrán brotado?), por si alguna vez podía desenterrarlos, y me habían dado el del SEU. Pero en una clase de literatura me pidieron una crítica sobre una obra de teatro —que persecución, desde la infancia, de ese oficio que ya fue el de mi padre— y yo elegí “Yerma”, de García Lorca. Ah, creo que estaba bien lo que hice: pero me llamó aparte el profesor, me dijo que no pensaba denunciarme, pero que no volviera mas por allí. Nunca, nunca más. Me había fallado el instinto del suplantador, del clandestino, del oculto.
Intenté rehacer el disfraz. Ya era imposible continuar los estudios: había que pagar todas las matriculas, había que reexaminarse de todo en una sola vez, y no teníamos dinero. Pero se podía trabajar. Sin embargo, había que hacer declaraciones juradas. Eran extensas y difíciles y no tenían mucha escapatoria. Se trataba de que los rojos y sus hijos no pudieran ocupar los puestos de nadie. En la declaración había que poner dónde se había pasado la guerra y que se había hecho durante ella; en el caso mas difícil de los menores, había que poner los datos exactos de sus familiares y de donde se encontraban. Había que buscar avales, y avalistas.
Mucha gente de buena voluntad se prestaba. Mi tío, el Coronel Álvarez-Chas, me llevó con él al Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo, del que sería ponente, Juan José Pradera, tío de mi compañero Javier; pero alguien de superior graduación descubrió que yo no era persona de confianza. Creo que esos tres o cuatro días pueden ser un dato interesante para las malas pécoras que rebuscan ahora mi pequeña crónica, mi biografía imaginaria: “Estuvo en el Tribunal de…”. Otra persona que se brindó a ayudarme fue un periodista alemán nazi, llamado Strauss, que había conocido a mi padre. Me daría un certificado de ayudante suyo… Algo bastante seguro. Pero tenía que trabajar un poco con él. Me citó en su hotel, y me metió mano. Comprendo muy bien que a esos catorce años, alto y desventurado, mal vestido y vagamente culto, podría ser una gran tentación para Strauss. Pero siempre pensé que en ese tipo de relaciones debía haber un acuerdo y, no correspondiendo mi manera de tratar el sexo con la suya, abocado desde pequeño a la fascinante, dura y suave mujer, le di las gracias atentamente y me fui. Mi necesidad de impostura y de interpretación se detenían en fronteras realmente estúpidas. Solo con haberme dejado… Un vencido a veces obtiene la redención por ese camino. Cervantes tuvo que ceder ante el amor del “rey de Argel”, de su amo Hasán Bajá, “uno de los mas regalados garzones del Uchalí” (garzón: “Sodomita, tratando de costumbres moras”, Acad.); y quien sabe de cuantos más.
La pequeña y desolada aventura del niño fascista cambió cuando mi madre alcanzó a hablar con Víctor de la Serna, viejo amigo de mi padre, director de “Informaciones”, que llegó a Madrid con su propiedad desde Salamanca y me dio un puesto de meritorio en el periódico: dinero, no. Pero si un oficio. Juan March tuvo dos periódicos en Madrid, uno de izquierdas, el de mi padre, “La Libertad”, y otro de derechas, “Informaciones”: las “jacas del contrabandista”, decían. Los dos se independizaron; y Víctor de la Serena, con Ruiz Albéniz (“El Tebib Arrumi”) pusieron al servicio de José Antonio Primo de Rivera. El Tebib no era falangista: era el hombre de Juan March, al que había sacado de la cárcel de la República (compraron al director de la prisión, que escapó con ellos). Durante los tiempos anteriores a la guerra, “Informaciones” era un periódico criptofalangista: sostenido por el joven Primo hacía sus campañas sin declararlo. Víctor mantuvo su falangismo joseantoniano durante la guerra, y aún cuando, fusilado el fundador en Alicante, Falange no quiso aceptar la unificación con los carlistas (movimiento de Hedilla, condenado a muerte, indultado luego, desterrado: Víctor le ayudó hasta su muerte. Iba a “Informaciones”, charlaba un rato en la redacción, vivía de un trabajo en la compañía Iberia y no emprendió mas aventura política: pero muchos de sus seguidores mantuvieron la pureza original y la esperanza de la “revolución pendiente”. Los otros prefirieron la grasa: la sobrealimentación, los puestos donde se podía medrar, el periodismo equívoco, los sindicatos verticales, las agencias del movimiento, los periódicos con las flechas. Eran rentables.
El segundo estigma de las flechas vino por un falangista de Salamanca que se había recubierto de grasa, pequeño y gordo, napoleónico. Era el delegado nacional de prensa, Juan Aparición, el máximo censor: alguien que mandaba lo que había que escribir, con detalles, y cuya oficina no solo quitaba, sino que añadía. Lo que luego fue ministerio de Información era entonces subsecretaria de prensa y propaganda, en la que se había distinguido como inventor del sistema Dionisio Ridruejo, que era también visitante de la redacción, amigo de Víctor; pero le conocí mejor luego, cuando se recicló y abandonó Falange. Iban a la redacción falangistas puros (Salvador Valían se quitaba la chaqueta, y el correaje con la pistola y las colgaba de la percha civil) y alemanes nazis puros. Víctor de la Serna era nazi: seguía encontrando que el nacionalsocialismo podía hacer la revolución social en España. No renunciaba a sus beneficios: pero era leal a sus principios. No se hizo ninguna ilusión con respecto a mí: al principio creyó que había que conquistar a los hijos de los vencidos, tropa de la que no sé si conocía a alguno mas que yo: pero cuando traspaso el periódico, perdida la guerra y el capital, dejó una nota sobre cada uno de nosotros, y la mía empezaba diciendo “Pertenece al grupo rojo de la redacción”. Fue un salvoconducto para los que llegaban (Francisco Lucientes, tan americanófilo como Víctor había sido germanófilo; procedía de “El Heraldo”. Fuimos grandes amigos). De los otros rojos de la redacción he hablado en otros libros; Juan Catena, y su muerte; Demetrio, el gran dibujante pornográfico que pasó los últimos años recubriendo piernas, descotes, brazos de las fotografías que no hubiera aceptado la censura. No creo que el fascismo y la dictadura sean bien comprendidos hoy: no creo que nadie tenga la sensación de opresión real, de humillación o de cautiverio que implantó sobre los que dejó vivos en su conquista.
Quiero decir que Víctor de la Serna no dejó de comprender a quien tenía en su casa. Solo una vez reaccionó. Un día, bromeando con un compañero cuyo fascismo era a la italiana, un biógrafo de Mussolini, tracé la planilla de una primera página de un “Informaciones” que saldría en un futuro imaginario y que relataba la entrada de los rusos en Berlín. No es que fuera profeta: es que estaba empezando a pasar. Arrugué la cuartilla y la tiré a la papelera. No sabía yo que había por la noche un servicio especial que recogía todo lo que se había tirado y lo investigaba. Lo llevaba un empleado, creo que del taller, Poli: no abreviatura de policía, sino de Policarpo. Había estado en la División Azul, con Vitín de la Serna, hijo mayor de Víctor. La cuartilla estaba alisada en la mesa del director, que me llamó al día siguiente. La investigación había deducido que el autor era yo. “¿Has sido tú?”. “Sí”. “Pasa ahora mismo por la administración, que te den lo que sea y sal de esta casa. Y vete a quejar al sindicato, si quieres, que ya diré yo por qué te he despedido”. No contesté. Salí del despacho y tuve una inspiración: volví a la redacción, a mi sitio, seguí haciendo el trabajo que tenía entre manos y no se volvió a tratar del asunto. No soy tan ingenuo como para ignorar que Víctor se olvidó del asunto. Es, simplemente, que me perdonó. Pero si yo hubiese seguido su orden, y con esa historia detrás, no se donde hubiera podido trabajar.
Cuando Víctor de la Serena me colocó en su periódico me destino a la sección de deportes, para la que tenía una ignorancia absoluta. En ella reinaba Julio Cueto, primo de Víctor, falangista, que me protegió y ayudó desde el primer momento; y en el cuarteto donde estábamos estaba también como recluido don Juan Catena, que había sido dueño del periódico (cuando se llamaba “El País” y era republicano federal). He contado ya en otros sitios que cuando me mandaban a la redacción grande para algo, Félix Centeno gritaba: “¡No solo hay que matar a los periodistas rojos, sino a sus hijos!”. Era el hijo del preso, el hijo del condenado: cualquier día podía aparecer de luto, por lo que en el noticiario del periódico se llamaba estrictamente (orden de la censura) “Sentencia Cumplida”) No he dejado de pensar en la frase de Centeno en mi carrera posterior, y he descubierto que tenía razón. Un exterminio tiene que ser total. Otros se limitaban a no hablarme ni saludarme: muchos, por miedo. Creo que esos años de niñez, de vencido de catorce o quince años, formaron mi carácter: en lo mejor que pude tener. Pasar imperturbable entre el silencio, o la invectiva, saludar correctamente a los que me ofendían, hizo un poco una manera de ser que no ha terminado nunca.
“Informaciones” se hacía en la calle de Trapalear: el Estado se había incautado del periódico “El Socialista”, creado por Indalecio Prieto, con casa y máquinas compradas por suscripción popular y por donativos de los afiliados a CGT y al partido, para hacer el “Boletín Oficial”: ha estado allí hasta hace un par de años. Se lo prestaban a “Informaciones”, hasta que se reconstruyó la casa bifronte, en la calle de la Madera/San Roque, que había sido bombardeada. Mi padre estaba dentro aquel día, haciendo su periódico “La Libertad”. Yo iba con él algunas veces: era el primer periódico de mi vida. Cuando volví era ya con la mudanza de “Informaciones”. Me favoreció. Al estar en la redacción general, los redactores encontraron que no era un verdadero monstruo, que era tratable e imperturbable: alguno me llamó “el inglés”, pero no en el mal sentido con que se pronunciaba allí esa palabra, sino por la serenidad, el silencio, la seriedad. Para ellos inglés era algo que habían conocido en el Phileas Fogg de Verne; y lo achacaba a mi apellido, Tecglen (irlandés). Era, en realidad, de otra procedencia: otra altivez, otro desprecio. Otro miedo, claro. El “grupo rojo” me reconocía, me ayudaba. Y un falangista duro, pero lírico, como fue Alfredo Marqueríe: años después sería el padrino de mi hijo Eduardo. Tengo muchos, muchos recuerdos de falangistas a los que debo gratitud.
En esa situación, Víctor de la Serna me encargó de una sección que había quedado vacante: la información de Falange. Llamaba todos los días a las distintas delegaciones, acudía a los actos, levantaba una y otra vez el brazo, daba taconazos considerables y muy audibles, contestaba “¡Arriba!” al grito que lanzaban. Estreché mis lazos con la Sección Femenina: quizá porque eran mujeres y yo parecía destinado a entenderme con ellas, al menos mientras no se casaban conmigo. Y porque entendía que, en aquel momento, la Sección Femenina hacía una labor muy seria. Hoy serían lapidadas por las feministas, pero tampoco ellas tienen toda la razón. Alfabetizaba, enseñaba como se ha de llevar el embarazo y el parto, como cuidar de los niños. En aquella época de incuria nacional que la República no pudo remediar, fue enormemente útil. No he repudiado nunca los Coros y Danzas, como es costumbre. Iba a sus Congresos. Aún recuerdo uno, en no se qué ciudad, donde Rafael García Serrano, en un tresillo con Pilar Primo de Rivera y con mi gran amiga Lula de Lara, contaba historias de Pamplona:
—Una vez se escaparon de la cárcel doce rojos, y fuimos en su persecución… Nos tuvieron que ordenar que parásemos cuando ya habíamos matado a treinta…
No garantizo la exactitud de las cifras: si la perversión. Y Pilar Primo de Rivera reía… Supongo que yo también. Me parecería ahora muy mal no haberlo hecho, no haber llevado mi supervivencia hasta el extremo necesario. Pero como tenía fama de imperturbable, el silencio no molestaba. Pero tenía que haberme reído, como Pilar Primo de Rivera, sin dejar de pensar que ella misma había disparado contra una muchacha que volvía de su domingo en la Casa de Campo, con un pañuelo rojo de pionera al cuello. Es curioso, esa imagen de Juanita Rico en la acera de la calle de Trafalgar se me representa siempre que oigo hablar de los crímenes comunistas: y era el partido de los asesinados. Ah, no era el mío. Pero a esos compañeros les he respetado siempre.
Fue entonces cuando Juan Aparicio decidió hacer un cursillo para periodistas profesionales que no tuvieran carné. Me he quedado antes en suspenso cuando hablaba de ese dictadorzuelo. La subsecretaría de información la llevaba Arias Salgado, padre del actual ministro de Fomento: muy parecido físicamente a él, y me da la sensación de que son moralmente iguales. Me parece bien: todos hacemos lo posible por continuar a nuestros padres. Marqueríe y Víctor consiguieron que entrara en el curso. Recuerdo el examen final: en una mesa redactaba su ejercicio Camilo José Cela, en otra José García Nieto... Los dos serían académicos: era una generación con futuro. Recuerdo el tema del examen de Literatura, por Ernesto Giménez Caballero falangista romano y surrealista, que había pretendido casar a Pilar Primo de Rivera con Hitler: una buena cepa fascista-: había que explicar a Garcilaso de la Vega como falangista. Recuerdo que me inventé como cita principal a un hispanista americano que había encontrado esas coincidencias: pienso ahora que sería por ocultarme yo otra vez, por dar la voz a un personaje inventado. Pero durante muchos años Giménez Caballero me preguntó por el libro de aquel hispanista, y siempre le ofrecía enviárselo. Quizá el ejercicio esté todavía archivado en los papeles de la Escuela: podrían encontrarlo mis biógrafos del día, y les sería curiosamente útil.
Entonces me dieron el carné con las flechas y el yugo; unas buenas tapas de cuero y, en la tapa interna, el juramento de adhesión a los principios del Movimiento Nacional. No lo firmé. Aún debe de andar ese carné por casa, o se habrá perdido en los sucesivos desastres biográficos. Pero no lo firmé. Qué más da: en mi libertad interna, en mi seguridad pirandelliana de que el autor de mí mismo no estaba siendo yo, no lo firmé. Como en los artículos que escribía; no ponía mi primer apellido. Como si no quisiera manchar el nombre del prisionero: tonterías. Qué culpa tendrían los Tecglen. Eran pequeños signos, pequeños ritos, como el pez que dibujaban los hombres de las catacumbas dos mil años antes. Pero todos teníamos nuestras pequeñas trampillas, insignificantes. Recuerdo un día que encontré a mi compañero Luis Moure Mariño, que ya había tenido su "Mariano de Cavia", desolado sobre su máquina de escribir. Le habían entregado el papel de Juan Aparicio donde decía: "Ese periódico hará un editorial pidiendo que se aplique la pena de muerte a los estraperlistas...". "Y es que mi padre es estraperlista...!", gritaba el pobre. "No te preocupes: te lo hago yo." Me senté a la máquina y escribí el editorial pidiendo la cabeza del padre de Moure, que me lo agradeció mucho. Era un buen hombre: dejó la profesión, sacó una notaría en Galicia. A veces he oído hablar de él. Pero era otro hombre de la dictadura. Como yo, como todos los que nos sentábamos en torno a la mesa de hule verde de la redacción.
Supongo que un día alguien, Víctor o Marqueríe, o el redactor jefe o quien fuera, me mandó a El Escorial a los funerales de Primo de Rivera que presidía Franco. Supongo, digo, no me acuerdo, porque la memoria es selectiva, que me dirían que escribiera una buena crónica. No sé si la escribí yo solo, o si alguien añadió algún párrafo: pienso que no, que sería yo. Es la que ahora encuentran como un hallazgo de mi miseria los canallescos compañeros. Me han llamado ya estalinista, espía soviético, momia, han dicho que soy mala persona, perverso. Sólo les quedaba el peor insulto: llamarme lo que ellos eran, falangista. Si sabrán ellos cómo se podía ser de miserable siendo falangista: era su partido, su personalidad. Voluntaria, elegida. Sigue siéndolo. Los que no tuvieron tiempo, se dicen demócratas, o se dicen ácratas, o monárquicos: pero ellos y yo sabemos que, si hubiera otra guerra civil, estarían en el bando del nuevo Franco. No sé cómo no les da vergüenza que su dictadura me obligara a escribir como si fuera uno de ellos. Yo no tengo esa vergüenza. Estoy satisfecho de haber vivido de rodillas esperando el momento de ponerme de pie.
No sé: supongo que me acerqué a la máquina donde había escrito el editorial pidiendo la cabeza del padre de Moure, mercader negro, y comencé a escribir: "... Se nos murió un Capitán, pero el Dios Misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo Franco. El mensaje recto de destino y enderezado de historia que José Antonio traía es fecundo y genial en el cerebro y en la mano del Generalísimo...".
Posted by eht at 11:31 PM | Comments (12)
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La lucha perdida (22/11/04)
Merecería Zaplana un psicoanalista, que dejara libre de prejuicios su voluntad, su tesón, su insistencia en la lucha perdida. Alguien que le explicara que la verdad no siempre es alterable, que el PP es un partido residual del mal terrible de España, que el Partido Socialista no es rojo, que los verdaderos rojos no sólo no tenemos ningún poder sino que estamos en la cuerda floja, tratando de pasar por el estrecho alambre de la vida española; en fin, que ETA se sorprendió tanto del atentado de Madrid como él mismo, su presidente y su ministro del Interior, que no habían olido nada.
Sólo ellos y los vascos buenos lo creyeron, alguno hizo tonterías, y las siguen haciendo. El mismo día que 300 páginas de la policía explican que ETA no estaba allí, el mismo hoy en que los guardias civiles explican con vergüenza y cara el tráfico de explosivos, se publica la nueva anomalía mental de Zaplana: el atentado fue teledirigido contra el PP, dice él. No tiene remedio. Un buen psiquiatra… Pero que no sea el del Opus, que debe creer lo mismo que él.
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Carod, Maragall, Zapatero
Carod gobierna España, dicen en una radio. En otras (las de los nacionales) se añade a Maragall; en último caso, sólo para inculpar, aparece Zapatero. Lo están haciendo bien, deduzco. No podía imaginar que Carod pudiera gobernar tan bien toda España; ni siquiera para Cataluña le veía dotado, pese al atractivo de la palabra republicano en mi inconsciente. Los siervos de partido único, como el PP en sus últimos años, no conciben el juego de las alianzas, tan grato para los demócratas. Ah, lo mismo que yo saben que está saliendo bien este, repito, juego; pero los propagandistas han de extender la idea de que no es Zapatero, sino los otros; y no todos, sino Carod, separatista, catalán, republicano, visitante no sólo de nacionalistas vascos sino de ETA. Mediante un apócope, de este invento, España la gobierna ETA, sangre y lágrimas, crimen y ruptura. Para el hallazgo de las grandes mentiras, los propagandistas tienen habilidad; sobre todo, medios. "Media", dicen los latinistas permanentes, para hacer el plural de medio; los media de comunicación, y así la palabra parece llena de prosapia. "Prosa pía", pienso yo, oyéndoles, desmembrando su lenguaje. Quieren asustar al personal ofreciéndoles una España "rota y roja" a la que llegará el dueño de la política, el que más manda, Carod. Habla Ussía de Zapatero y dice que tiene "un socio como Maragall y un jefe como Carod-Rovira". El orden de mando sería Carod y una pareja, Maragall y Zapatero.
No tengo capacidad para negarlo. Pero estoy dispuesto a creerlo, y a satisfacerme si fuera así. No lo hubiera creído sin tan buenos testimonios de personas estimadas; no me gustó Carod, ni sus antecesores en el cargo, ni su partido, a pesar de su republicanismo (no me interesa mucho una república catalana si no hay también una república española). Me interesan las unidades cada vez mayores de individuos, y no hay paradoja: el in divisuum conectado con los demás, como las neuronas. Mejor un europeísmo que un federalismo español, o que un separatismo (europeísmo de las personas; no éste, de las naciones; no éste, de los capitales y las empresas; no el de su Constitución). El Gobierno está recuperando eslabones perdidos con la verdad mundial. Gracias, Carod.
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"Himmelweig".
Crítica: Representación del bien
CRÍTICA: TEATRO
Representación del bien
EDUARDO HARO TECGLEN
EL PAÍS - Espectáculos - 22-11-2004
Himmelweig
De Juan Mayorga. Intérpretes: Alberto Jiménez, Pere Ponce, José Pedro Carrión y otros. Escenografía de Jon Berrondo; iluminación Albert Faura; música: Luis Delgado; vestuario: Alejandro Andújar. Dirección: Antoni Simón. Teatro María Guerrero, Madrid.
El teatro es un arte de la memoria, decía hace poco en un manifiesto Juan Mayorga: "Recordamos todas las guerras desde los griegos. Todas las víctimas, cada una de ellas. Y todas ellas están hoy, otra vez, en peligro" . Esta obra de titulo en alemán -Camino del cielo, en castellano- recuerda a las de los campos de concentración de judíos en Alemania. Su texto es suficientemente amplio como para recordarnos las de cada día, menos espectaculares. Digo que menos espectaculares porque entonces creíamos que si se supiera lo que estaba pasando no se soportaría. Hoy lo sabemos, las vemos al despertar en el diario, a la hora de comer y durante todo el día en la televisión, y las soportamos perfectamente, junto con las imágenes de nuestras víctimas diarias en las fronteras de agua.
Mayorga hace un parábola con la representación. No ha de verse -concretamente, un delegado de la Cruz Roja- la crudeza del campo; los encerrados en él han de representar una vida apacible, una ciudad de confinamiento con su reloj histórico en la torre, sus novios en el columpio, los niños en el parque. Un teatro. El comandante del campo nombra un director preso para que adiestre a sus compañeros en la representación para un solo día, en la representación para un espectador que no se sabe quién es ni para qué acude. La representación se convierte en metáfora de todo el mundo: imitar, fingir, para vivir.
Mayorga es un buen escritor. El texto está escrito con la profundidad y al mismo tiempo la sencillez necesaria para ser comprendido. Únicamente esta obra tiene un defecto: no está trabajada para el teatro. Hace muchos años me irritaba la expresión "carpintería teatral" para aludir a los efectos y manejos, a veces tontos, para impresionar al público o para dejar colgando la acción hasta el acto siguiente. La carpintería fue sustituida por el neologismo "dramaturgia", que podía encargarse a alguien que no fuera el autor, al que se quitaba su condición de "dramaturgo". En todo caso, en la preceptiva tiene su lugar: unas reglas que empezaron con Aristóteles y no han terminado todavía. Mayorga las desafía, y falla. La primera media hora está a cargo de un monologuista -el delegado de la Cruz Roja- que lo cuenta todo: quita cualquier posibilidad de sorpresa. Siguen otros monólogos que relatan lo que vemos, o fingen ser conversaciones. El resultado procura el cansancio; francamente, el aburrimiento del espectador.
Se mezcla con su respeto: al tema sangrante y su actualidad, al texto, a la evocación a la interpretación -Juan Pedro Carrión especialmente-, y el resultado con aplausos pacifistas y honestos, piedad por las víctimas de estos sucesos y admiración por quien los hace representar y por los representantes. Dentro de un escenario onírico y móvil que añade espanto a la palabra, dentro de una historia trágica.
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Noviembre 20, 2004
Idiomas y talentos
Era un letrero sobre unas tiendas madrileñas que vendían lenguas y sesos: las casquerías. Se vendían cascos -capa del encéfalo- y vísceras; se consideraban que no eran carne, la cual estaba en establecimientos de categoría muy superior cuyo rótulo era "carnecería": el idioma, dialecto, lengua o lo que fuera de Madrid no había llegado a la debilitación de la e en i. Otras carnicerías no ponían su nombre, sino signos: una herradura, una cabeza equina. Disimulaban el noble nombre de caballo; y cuando la gente veía pasar a algunos de estos animales ligados a cualquier historia de España -de Babieca a Rocinante-, camino del matadero, tenían palabras tristes de despedida o volvían la mirada para no ver. El que comía caballo era muy pobre -injustamente barata-, vergonzante, o exhibía un certificado médico: por razones que no entendí, algunos enfermos no debían comer vacuno sino caballar.
Estoy hablando de la reunión de lenguaje y pensamiento que celebran las academias en Argentina: idiomas y talentos. La necesidad perentoria de su trabajo y sus libros sería conseguir que todos estos millones de habladores del español consiguiéramos que cada palabra dijera lo mismo a cada persona. Un código. Solamente en España es muy difícil porque tenemos esta moda de los idiomas diferentes: una riqueza, que va acompañada de que el idioma español tiene derecho a ser pronunciado, acortado, alargado o canturreado, ceceado a seseado, según las zonas lingüísticas. Antes se procuraba hablar un idioma culto común, como en Gran Bretaña se habla el inglés estándar -"Queen's english", el inglés de la reina o del rey-; y en Francia a todos les gusta el francés y están orgullosos de él, aunque el suyo (interno) sea el bretón, el corso, el alemán de Alzaría. Defiendo menos la pureza del lenguaje -en general, no defiendo ninguna- que su honradez: que la tergiversación política que se hace cuando lo que se quiere es no ser entendido. Cito el "avance elástico sobre la retaguardia" de los partes alemanes (1918) para no decir "retroceso". No creo que se deba tolerar. Viene de la publicidad, de la vergüenza de algo, al engaño político, a la falsedad. Es una estafa, y debíamos rechazarla como quien rechaza una ofensa.
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Noviembre 19, 2004
Barra Libre: Incompetencias
Incompetencias (19/11/04)
El país que sitúa en sus encuestas el terrorismo como su primera preocupación, tenía una policía y una guardia civil inoperantes, unos servicios secretos que lo ignoraban todo y unos jefes de policía atónitos, que todavía juran ante la comisión de la cámara, o dan su palabra de honor, y lo pueden perder, de que participaron en el crimen de Atocha los que no lo hicieron, para mantener un grueso error y una mentira política de sus jefes.
Pienso que debería nombrarse otra comisión distinta para juzgar y pedir responsabilidades graves por esas cosas que se van descubriendo cuando se habla del atentado de Atocha, y que son más y más graves. La incapacidad va desde el más sucio de los confidentes al más alucinado presidente del gobierno. Menos mal que al final ha intervenido la policía francesa para destartalar a ETA, y seguramente la CIA –que tampoco es santa—para denunciar a los islámicos. Y menos mal que, descubiertos estos extremos, hay un partido distinto en el poder al que se juzgará un día según como resuelva estos fallos graves.
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Fundamentalismo
ZP advirtió contra el fundamentalismo al PP; inútil, lo son de nacimiento. En el sentido clásico de la palabra, el de integrismo, intolerancia. Algo que les pasa a las personas con verdad absoluta, hayan llegado a ella por retorcimiento mental, o si han sentido el relámpago y el ruido de la verdad revelada (un golpe en la cabeza: Pascal y Gironella). Cuando se tiene la verdad sin discusión, no vale la ciencia o el libre examen, porque su verdad es incontrovertible. Nada dibuja mejor el perfil del PP desde su refundación por Fraga. El lenguaje de Fraga (con el que califica todo lo que quiere como "natural", cuando se sabe que lo natural es un concepto dudoso y discutible) es fundamentalista. Creo que Franco no lo era, a no ser que se considere como fundamento la necesidad de enaltecer la propia persona y ultimar con sangre al enemigo. Para ser fundamentalista hay que tener alguna inteligencia. La veo más en el Opus y en quienes le contratan que en el mero PP.
La definición de "fundamentalismo" como "restaurar la pureza islámica por la aplicación estricta de la ley coránica a la vida social" es reciente en la Academia: oportunista, circunstancial. Antes servía para todas las religiones, y significaba exigencia intransigente de sometimiento a las doctrinas establecidas. El franquismo era un integrismo. No aceptaba diferencias, cambios que no fueran derivados de sí mismo: porque, a veces, el integrismo sabe variar. Su conversión en "democracia orgánica" para sobrevivir fue una de esas variantes, y la creación de unas Cortes con "procuradores" designados o elegidos de formas extrañas eran simplemente camaleonismos de piel: el animal de fondo seguía intacto. Creo que Franco, sin ser listo, pero hablando entre compinches, sabía que las democracias de la guerra fría perdían cada vez más su contenido pero conservaban la misma forma. Aunque para un militar y un cura las formas tienen mucha importancia, es indudable que saben cambiarlas a tiempo. Un estudioso del arte del uniforme verá cómo gorras y solapas han cambiado según imperios exteriores (francés, alemán, americano); y cómo los curas y las monjas han ido adoptando modas de los nuevos tiempos. El fondo es el mismo. El integrismo alcanzó su gloria con la Inquisición: ya no le hace falta quemar, pero la doctrina es la misma.
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Noviembre 18, 2004
Barra Libre: El submundo español
El submundo español (18/11/04)
No sé si la comisión de investigación llegará a aclarar el atentado de Atocha, pero sí revela un submundo español de la última etapa de Aznar inquietante, de silencios y diminutas conspiraciones internas entre autoridades, con grandes cargas de dinamita circulando libremente, autoridades incompetentes o comprometidas, desidias, confidentes de doble juego, ladroncillos menores en asuntos gigantes y ceguera o desinterés en las alturas. Unido a las informaciones sobre el avión asesino de los militares españoles en Turquía dibujan una España, imbécil, incompetente pero poderosa por la situación de sus mandos.
Por mucho que el PP lance la historia de un “autor intelectual”, habrá que buscar un autor tonto bajo el cual se urdió esta trama de intereses, negocios y sangre. No creo que sea Trillo: no me parece suficiente para alcanzar tan alto grado. Ni siquiera Mayor Oreja en su tiempo de ministro del Interior. Quizá cuando oigamos hablar a Aznar, una vez oído Acebes, podamos tener alguna idea. Intelectual, por supuesto.
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A la derecha de Dios
"Dios es un intelectual de izquierda", se decía en la lejana Francia en la que todos eran intelectuales de izquierda, de Sartre al vagabundo -clochard- que acostaba su botella de tinto en un cochecito de niño muerto. Luego se dijo que "Dios es una mujer", y la frase se extendió por la izquierda de Estados Unidos post-Vietnam, con su "nueva izquierda" (hoy son neoconservadores, como en España), su revolución sexual y juvenil (es lo mismo) y su ufano Kennedy. Después cayó el nombre de Dios: dejó de interesar. Algo más tarde se perdió la palabra intelectual. Cayó en desuso. Y la de izquierda.
Son cuestiones verbales: el mundo sigue andando. Las recordé el martes, viendo un Aznar pasado de moda, con su bufanda pasada de moda, en la pasada de moda Universidad de San Pablo (privada, dicen: no sé si pontificia, o de quiénes: es el CEU) hablando ante sus herederos y los herederos de sus herederos, explicar cómo fue el trío que hizo caer el muro de Berlín que "sólo querían los intelectuales de izquierdas". El trío era el de Reagan, Juan Pablo II y Margaret Thatcher. Creo que había más personas metidas: el propio Franco hizo mucho. Y los intelectuales de derecha: a la derecha del Dios Padre, de Pan o como sea, como el mismo Aznar. Su propio abuelo ya tuvo grandes premoniciones en algunos artículos. Yo, que no soy intelectual ni de izquierdas (un puto rojo), he pensado en la catástrofe mundial que fue la caída del muro, aparte del desastre moral que fue elevarlo. Se perdió un equilibrio, los países del Tercer Mundo fueron abandonados a la pura hambre, la misma Rusia está gobernada por un viejo espía medio fascista, la media Alemania de los malos nunca se ha rehecho, y hasta el marine que veíamos ayer rematando un herido en el suelo, y continuando los actos heroicos que había comenzado con las torturas en las cárceles, es consecuencia de la caída del muro de Berlín.
El valiente trío que Aznar mencionó tiene escaso mérito. A mí, por mis citadas desviaciones, me parece más bien lamentable. Tengo en cambio antigua predilección por otro: el que formaron Kennedy, Jruschov y Juan XXIII. El de la llamada "coexistencia pacífica". Empezaron a dibujar un mundo posible para todos. Pobrecillos. A Kennedy le mataron, a Jruschov le echaron del cargo y le relegaron a una isla lejana; Juan XXIII murió, y su sucesor, el pobre papa Luciani, tomó una tarde una tacita de café y se quedó tan muerto como Arafat.
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"El canto del cisne"
Crítica: Homenaje
CRÍTICA: FESTIVAL DE OTOÑO
Homenaje
E. H. T.
EL PAÍS - Espectáculos - 18-11-2004
El canto del cisne
De Anton Chéjov. Intérpretes: Juan Díaz, Manuel de Blas, Carolina Solas, Raquel Rivera. Compañía Producciones Inconstantes. Director y adaptador: Emilio del Valle. Sala Francisco de Rojas del Círculo de Bellas Artes. Madrid.
Esa obrita fue primero un cuento; el propio Chéjov, cuando se catapultó al teatro, lo adaptó para la escena en 1878. Desde entonces, todo primer actor ha querido interpretarlo; no todos con fortuna. Es el monólogo de un gran comediante vencido por la edad y por el alcohol, en el desolado escenario vacío donde se despide de la vida y del teatro ante su criado.
Emilio del Valle ha hecho una versión libre para dar a la obra una duración de casi dos horas. No es sólo la incorporación de personajes etéreos -una violinista, una joven actriz de expresión corporal, desnuda bajo una túnica translúcida-, sino añadidos de texto.
Manuel de Blas hace un esfuerzo considerable para componer el tipo y para darle en escena una sensación de veracidad. Al mismo tiempo, resulta un homenaje a la profesión teatral e incluso el posible canto del cisne de una forma de hacer teatro que se acaba, o se acabó hace tiempo.
Acude el público, aplaude el público: a la idea del personaje, a Chéjov y a la interpretación de Manuel de Blas.
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Noviembre 17, 2004
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La mentira oficial (17/11/04)
Claro que Arafat murió envenenado: los misterios oficiales en torno a su caso, el hecho sospechoso en sí de que le llevaran a un hospital militar con silenciosos médicos de uniforme que no consideraron necesaria la autopsia y el júbilo de Sharon lo dejan entender. La idea de que haya muerto de cirrosis un bebedor de agua de toda la vida también resulta extraña, aunque sea posible. El caso es que ya no vale lo que diga nadie: se han dejado correr las historietas y ya pertenece al mismo enigma que el asesinato de Kennedy y algunas cosas más.
El instinto popular se mueve más deprisa, aunque no le sirve de nada, que la mentira oficial. El video de un marine asesinando a un herido en Faluya, la inmediata reacción de suspenderle y juzgarle, no parecen mas que una cortina de humo mostrando un crimen de guerra individual para tapar el crimen monstruoso, el genocidio de estado, de la destrucción de la ciudad de Faluya y el silencio sobre el número de civiles muertos. Ahora, mentir es más fácil que nunca, pero es más difícil que las mentiras se crean.
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Powell
Mientras elogian su cordura, su prudencia, su deseo de buscar la paz, los informativos ilustran la información con imágenes de Powell: enseñando en el Congreso el tubo con los bichitos de Sadam que iban a acabar con todos nosotros, el diseño de los misteriosos camiones cargados con las armas nucleares que corrían por Irak para no ser descubiertos por los inspectores: o cuando era el general jefe de la primera guerra y sus tanques enterraban en el desierto a millares de personas. Parece que han tardado mucho su prudencia y su dignidad en manifestarse. Y dicen los comentaristas razonables de diarios tersos que ahora será más dura la Casa Blanca, porque el que le suceda será un duro. No sé qué más desastres podrá hacer el que sea. La que sea, porque se entiende que puede ser Condoleezza Rice. "Con doleezza" se pone a las partituras para que el intérprete añada un sentimiento de pena: no sé por qué lo eligieron sus padres. Qué poco sabemos del destino que van a tener los hijos: menos mal. Así y todo, algo de bueno tiene el gesto de Powell de marcharse y de no seguir mezclado con el terrible Klan devastador. La salida de Powell del Gobierno puede ser un gesto de asco final, una retirada al desierto después de darse cuenta de en qué manos ha estado. Puede que sea un Grandioso Gesto ante la Divinidad: abandonar el poder y volver a la negritud. De la que en realidad nunca salió más que en forma de auxiliar: cuando se presentó a candidato de presidente no pudo porque era negro. Todo está cambiando, es cierto, pero las personas en centros de poder se preocupan de que no cambie demasiado, sobre todo cuando pueden quitar la ocasión a un blanco, protestante, anglosajón (wasp) como Bush que, además, es un converso: ha salido del vicio -alcohol- para abrazar la Verdad. Que se deja abrazar por todo el mundo, qué mujer.
Powell está haciendo ahora los últimos recados. Se ha ido a ver a Sharon, y algunos dicen que, siendo tan simpático Powell y tan bien educado, le recomendará que sea bueno y temeroso de Dios, deje de matar. Sobre todo después de la muerte del pobre Arafat, calumniado hasta en la hora de su entierro. Autócrata le llamaba Barenboim aquí: como si se pudiera ser autócrata siendo prisionero.
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Noviembre 16, 2004
Barra Libre: La opción de Batasuna
La opción de Batasuna (16/11/04)
La oferta de paz de Batasuna ha caído como una bomba. Les quieren meter en la cárcel algunos fiscales, y la prensa española brama contra su osadía. El gobierno es el más tranquilo: sólo dice que la oferta “no es suficiente”. El gobierno, pese a sus informaciones internas, piensa que una oferta de paz debía haber venido antes de que ETA estuviera desecha, como se cree que está. Y además sabe que si quisiera negociar una paz definitiva podría entenderse directamente con ETA.
No parece que el gobierno esté tampoco en condiciones de lo que se llama negociar: si tratase de soltar presos preventivos o de preparar una amnistía general se le echaría encima. Incluso se le va a hacer más difícil legalizar a Batasuna, o a un partido más o menos disfrazado, porque él mismo colaboró activamente a sacarle de su parlamento. Algo más tendrá que pasar. Por ejemplo, el referéndum sobre el Plan Ibarreche, que si está legalizado por Zapatero. Está seguro, como yo mismo, que ese referéndum lo perderá el nacionalismo. Es una cuestión de sentido común.
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Racismo
El racismo no es una actitud gratuita. Se insiste demasiado en cuestiones de ímpetu, de soberbia o de pureza, y en realidad no son más que manejos económicos de una parte dominante para que haya otra dominada y servidora. El sentido de la aristocracia es un racismo; y el imperio del hombre sobre la mujer es otro. El racismo aprovecha circunstancias que aparecen con otro cariz para medrar. Lo que se llama nuevo racismo vengador se exalta a partir del asesinato en Holanda de un racista europeo, y se multiplican ataques más o menos disfrazados contra musulmanes o sus intereses o simplemente sus tumbas; de paso, se profanan también cementerios judíos. Y es que el asesinado y sus compañeros predicaban también contra ellos. Son nazionalistas. (Ci y Zi: igual sonido)
Está claro que los islamistas que atacan son, también, racistas y, por lo tanto, viven en la misma lucha de clases: incluso la quieren elevar a una situación mundial. Los pueblos que no comen tienen para guerrear tantos motivos como los que comen; puede ser que tengan más si estudiamos a Toynbee y otros filósofos de la historia que nos definen como depredadores.
Están seguros de nuestro perfil canalla, y nosotros segregamos de cuando en cuando individuos que se alzan contra nuestra iniquidad. Yo mismo soy uno de ellos. Yo mismo considero como un crimen nacional, y además continental, los muros de agua ante los que mueren los inmigrantes; y la facilidad con que se les repatría y se les mete en el calabozo; no digamos de la velocidad con que no se condena a los asesinos de inmigrantes a las puertas de los lugares de diversión. No hablo de Estados Unidos, donde con su irracional racionalismo aplican las medidas de seguridad para defender su libertad, como dicen los hablistas sin vergüenza.
Ah, y las religiones. La que manda aquí, por ahora, más bien ayuda al inmigrante para comprarle su alma, y protesta por la enseñanza pública de la religión islámica no sólo porque le será más difícil hacer presa, sino porque todo el dinero espiritual debe ser para ella. Yo también protesto: considero igual de dañina una religión que otra. La religión que manda aquí se declara ahora perseguida por los rojos. ¡Zapatero, un rojo! Hombre, no. ¡Por favor!
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Noviembre 15, 2004
Barra Libre
No hubo emisión del programaPosted by eht at 06:47 PM | Comments (0)
La urna violada
Los que se relamen de éxito por la votación de Afganistán y las que se anuncian dentro de un par de meses en Irak niegan convulsivamente que puedan celebrarse en Palestina: el país, dicen, no está en condiciones. Una persona con voz y mando puede pensar una cosa y la contraria al mismo tiempo. Convienen las otras elecciones para que su apaniguado sea legal y el país soberano; pero no ésta porque los elegidos no deben ser nunca legítimos, ni el país palestino debe existir más que como una ilusión para el futuro. Como se sabe, el futuro nunca llega: apenas lo atrapa uno, ya es presente y ya se convierte en pasado. La velocidad del tiempo depende de quien tiene las armas, y con ellas la penetración en los cerebros. Estos mismos sacerdotes de la urna virgen y pura son los que negaban las de los países comunistas, y era evidente que tenían razón, aunque siempre creyeron en los plebiscitos de Hitler; hasta en los de Franco, que organizaban sus papás. Decían los muy jabatos que los rojos lavaban el cerebro, y hasta algunos de sus psiquiatras más reconocidos explicaban cómo, y recordaban a Pavlov y su perro, que obedecía al son de la campana (su ultima creación fue el síndrome de Estocolmo).
Ahora tienen instalados sus lavaderos de cerebro democráticos, hasta infiltrados en las filas de las radios y los periódicos decentes -¿cuántos hay?- para asegurar un público obediente a la campanilla de la comunión. Uno que dice que las elecciones palestinas no van a valer -por si ganan los radicales islamistas- puede decir que en España se persigue a la Iglesia: en razón de que no se acepta, o intentamos no aceptar, que esa Iglesia persiga a los que se han zafado de sus hisopazos con porras. No desvarío, ni salto de un tema a otro, sino que reconozco las mismas voces en los mismos temas, siempre contrarias a los condicionamientos de la verdad que se impone. Llaman a eso "unidad"
Vi en un referéndum de Franco, no me acuerdo sobre qué tontería -quizá una ley fundamental, una constitución-, de voto obligatorio -para cobrar, la empresa en que se trabajaba exigía el resguardo-, decía, vi en él al presidente de mesa abrir cada papeleta y mirar a la cara al votante. Una manera de violar las urnas con discreción: y la mamá democracia duerme de un sueño de cloroformo mediático.
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Noviembre 13, 2004
Perdón, perdón
Los rojos mataron, me dice mi antiguo amigo y compañero Enrique de Aguinaga (falangista, cronista de la Villa de Madrid), 13.000 personas en Madrid. "De ellos, 11.705 se han relacionado con nombres y apellidos (Rafael Casas de la Vega, El terror: Madrid 1936) y 1.500 se cometieron en tres días, 7, 8 y 9 de noviembre de 1936 (Jorge M. Reverte, La batalla de Madrid)". Esperaron demasiado: la guerra había empezado en julio. El 7 de noviembre los nacionales llegaron a las puertas de la ciudad, y los de dentro -"la quinta columna", la llamó el general Mola- intentaron sublevarse, hasta dentro de cárceles, y hubo grandes matanzas: no sé si tantas. Es igual el número: muchas. Casi asumo el plural: matamos. Yo, personalmente, a nadie, ni entonces ni después: ni con la intención. Pero al considerarme rojo no puedo asumir sólo un pensamiento, un aguante, una defensa. También asumí un castigo, que hoy mismo aparece en los sitios menos pensados, por las personas más inesperadas. Tengo que perdonar cada día, y seguir dando manos, y lo hago a gusto. Pero no somos iguales. Una cosa es la defensa de Madrid atacada, la resistencia armada contra los que empezaron matando desde el primer minuto, y otra es la del que tiene el plan preconcebido de hacer una guerra de exterminio: Franco, los suyos.
Digo siempre que el crimen del esclavo no es lo mismo que el del amo: y en los códigos hay matices. Los criminales rojos ya fueron juzgados; o no, pero sí asesinados. Las asociaciones de memoria histórica están desenterrando cadáveres y, con ellos, recuerdos, crónicas. Historias, memorias de las familias... Las cifras que dan ahora otros cronistas de lo que hicimos los rojos son una respuesta: somos todos iguales, todos malos. Quizá seamos todos malos, pero no iguales. Unos fueron juzgados, encarcelados o han muerto fuera de España; los otros malos recibieron cargos, prebendas, fundaron una nueva burguesía y una nueva casta: los apellidos de los de entonces son los de los ganadores sociales del día. Unos perdieron; los otros siguieron matando durante años: hasta 1945, cuando los vencedores de Hitler le mandaron parar. Pero aún firmó penas de muerte Franco cuando agonizaba... Perdón, perdón: criminales todos: pero iguales, de ninguna manera.
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'Santa Juana de los Mataderos'
Crítica: Distancia y proximidad
CRÍTICA: FESTIVAL DE OTOÑO
'Santa Juana de los Mataderos'
Distancia y proximidad
EDUARDO HARO TECGLEN
EL PAÍS - Espectáculos - 13-11-2004
Santa Juana de los Mataderos de Bertholt Brecht. Intérpretes: Pere Arquillué, Ivan Benet, Joan Carreras, David Cuspinera, Quim Dalmau, Daniela Freixas. Escenografía: Bibiana Puig de Fábregas. Vestuario: M. Rafa Serra. Iluminación: Maria Doménech. Coproducido por Teatre Lliure, Salzburger Festspiele, Festival Grec de Barcelona. Dirección y adaptación: Àlex Rigola. Teatro de la Abadía. Madrid.
Brecht escribió en 1930 este texto para la radio. Pasaron cosas desde entonces, y no se estrenó hasta 1959: pasaban las mismas cosas. Llega a Madrid, después de girar por España, esta adaptación que hace el Lliure de Barcelona, y siguen pasado las mismas cosas. El argumento es muy breve: las especulaciones del gran capital con los mataderos y los ganaderos van dejando sin trabajo a los obreros. Es algo que sucedió concretamente entonces. Una muchacha que trata de ayudar a los pobres quiere negociar con los empresarios; sus informes, sus alegatos, sirven poco a poco para dar más fuerza a los dueños. Y aumentar el paro y los motines y las huelgas... Juana es llamada Santa Juana y canonizada por sus compañeros: muerta. Brecht debió haber leído, entre otras cosas, la Santa Juana de Schiller, donde la figura femenina es también víctima de su propia credulidad, de sus fantasías y en lugar de ayudar, fracasa.
La adaptación del Lliure de la obra de Brecht es peculiar. El "distanciamiento" existe, y creo que en el mundo, siempre que se quiere hacer una obra del gran revolucionario teatral se acude a ella: se distancia. El escenario es ancho y corto, sin fondo, y en ese frontis se mezclan bailarines, acróbatas, un pobre ciclista que pedalea durante las casi dos horas; hay una urna, o pecera, que es donde moran los capitalistas, quizá con el efecto de no mezclarles; y una pantalla donde se proyectan imágenes adecuadas: algunas explosiones calculadas de grandes edificios, gestos de algunos de los actores, un fondo de mar que a mí sólo me pareció útil para relacionar al capitalismo con los tiburones. Y un luminoso.
Ah, pero ese luminoso no pertenece al distanciamiento, sino a la aproximación: en él se leen noticias de ahora, como la reunión en Génova de los Ocho más ricos del mundo; mientras en la pantalla se ven combates de obreros en huelga atacados por la policía: muchas son españolas de ahora. Esto es, la lección es tan brechtiana que viene a decir, en su didáctica, "no creas que esto pasó sólo entonces, no creas que no te importa porque no te pasa a ti, porque un día te pasará". Los monólogos de algunos actores son catecismos de la doctrina marxista. Nunca quiso Brecht ser otra cosa más que un predicador, un portador del anuncio de la nueva marxista.
Gustó la obra, se aplaudió mucho: está muy bien terminada, según la tradición del Lliure; cada uno trabaja su acción sin fallos, y entre todos forman este fresco intemporal tratado por el director Rigola con sabiduría.
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Noviembre 12, 2004
barra Libre: Hay motivos
Hay motivos (12/11/04)
Los militantes y los votantes del PP no van a ver películas españolas. Excepto las de Garci, naturalmente. Su gobierno subvencionó al cine, como todos, pero creyó que estaba comprando, y se asombró cuando vio que actores y directores se manifestaban contra la guerra, y llevaban banderas, y un cartel en el pecho cuando estaban en público. Excepto Garci, repito. La respuesta fue un documental hecho de pequeños fragmentos, uno por director, contando los últimos años de España bajo el PP.
Terminado, sucedió el crimen de Atocha, y le añadieron once minutos de epílogo rodado y montado por Diego Galán, incluyendo las elecciones, su propagando y la ira de los perdedores. Esta película, que se llama “Hay motivo”, se estrena hoy en Madrid, y supongo que en otras ciudades, después de haber pasado por alguna televisión y por exhibiciones privadas. Lo digo por los votantes y militantes del PP no se dan cuenta: que sepan que no tienen que ir. Sufrirían. Ah, pero todos los demás…
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Kitsch, retro
CRÍTICA: TEATRO
'Kitsch, retro'
EDUARDO HARO TECGLEN
EL PAÍS - Espectáculos - 12-11-2004
Mamma mia! de Catherine Johnes. Música, Benny Andersson y Bjorn Ulvalus (grupo Abba). Traductor del libreto, Juan Martínez. Traductor de canciones, Albert Mas Griera. Intérpretes: Mariona Castillo, Mónica Vives, Mamen Márquez, Marta Valverde, Paula Sebastián, Nina, Angels Jiménez,Leandro Rivera, David Ávila, Jaime Zatarain, Nando González, Bruno Squarcia, Alberto Vázquez, Jose Miguel García Linaje, Beatriz Álvarez Ros, Miguel Antelo Sánchez, Nacho Bergareche, Sandra Borrego, Marcel Bosch, Marta Capel, Carles Carrasco, Miguel Cazorla, Sonia Dorado, Noemí Gallego Valverde, Frank García, Jose Miguel García Linaje, etcétera. Iluminación, Howard Harrison. Coreógrafo, Anthony van Laast. Director musical, James May. Directora, Phyllida Lloyd. Teatro Lope de Vega. Madrid.
Había una vez una chica en una isla griega que no sabía quién era su padre. Le daba igual, pero se casaba al día siguiente y necesitaba al padre que la entregase al pie del altar. No sé si la expresión queda clara: en el sistema católico español, y en otros, el hombre-padre entrega a la novia al hombre-esposo. Investigando, llegó al diario de su madre y encontró una fecha que podía ser en la que fue engendrada: la voraz madre había sido amada por tres hombres en ese día. En consecuencia, invita a los tres a la boda para averiguar algo: es imposible. Como al musical no ha llegado todavía la química biológica no había manera de saberlo. El espectador, si tiene algún interés en saberlo aunque no es imprescindible, puede advertir que uno de ellos tiene más papel en el texto y, por tanto, puede ser el padre; y al final, se casa con la madre soltera y sin duda lo pasará mal, porque en el libreto es una mujer fastidiada, malhumorada, mandona. Es la cantante Nina. La que no se casa es la chica (Mariona Castillo, de 20 años): decide que la boda es una ridiculez y se va por ahí con su novio: a acostarse por el mundo.
El levemente desvergonzado libreto está hecho para albergar las canciones del grupo Abba, que fueron famosísimas hace 20 o más años. Chiquitita, por ejemplo. ¿Quién no ha oído ese horror musical? Convertir lo bienpensante en algo burlón de costumbres libres es una manera de reconquistarlo. Con tal éxito que esta producción anda por el mundo y recauda millones y millones -de lo quieran, euros o libras, dólares- y viene aquí a continuar con las pesetas.
Recuerdan al grupo los cuarentones, que con otros peculiares admiradores de lo kitsch (no basta traducirlo como hortera) lo pasan muy bien. El trío de intérpretes femeninas está en esas edades: Mina, Paula Sebastián, Marta Valverde; y el de los padres. De ahí el recuerdo, el sistema de retro. Bueno, lo pasan bomba, saltan y bailan, llevan las palmas, agitan las manos sobre su cabeza, pegan con los pies en el suelo...
Yo, no.
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Un incidente
Palestina es sólo un fragmento de una parte mayor que, a su vez, se ha convertido en el problema mundial. La idea realmente terrible fue una mística hebrea sincera, la de regresar a Jerusalén después de dos mil años, pero los ingleses y los americanos, tras haber despojado a Europa del Imperio Colonial, aprovecharon esa idea: convertir la mística, la fe, la desesperación de los judíos y montar con ello un estado militar occidental, una cabeza de puente en el Oriente árabe que soñaba con construir una gran nación unida. Primero fue Nasser, luego los intentos de república árabe, con Egipto, Siria y Líbano, y un Occidente o Magreb, con Marruecos, Argelia, Túnez y Libia, que por ese extremo libio tenía frontera con Egipto. Amenazaba los reinos y emiratos que controlaban el petróleo, ocupaba la puerta que es el canal de Suez y podía controlar África, que en ese momento trataba de unirse, en torno a otro jefe carismático, Lumumba, convenientemente asesinado. Lo que ha pasado desde entonces es un progreso formidable de la ambición occidental: Palestina está con vida artificial; Líbano, destrozado; Afganistán, muerto; Irak es escena de la mayor batalla de la zona.
Occidente ha dado su ideología a toda esta acción: son ellos los terroristas, los agresores. Son ellos, y África y Asia, los que quieren vendernos lo suyo a otro precio -el petróleo- y recuperar la comida. El mundo del hambre quiere comer: son muchos más que nosotros. Millones vienen a Europa para comer, trabajando en condiciones indignas y con amenaza de expulsión. Otros quieren forzarnos: el atentado de Nueva York, el de Madrid, la pizca de Holanda ahora, mantienen la clásica idea de que la guerrilla puede ganar (Vietnam; o España con Napoleón). La Unión Soviética fue una esfera de atracción, pero cayó antes y hoy es otra dictadura más de corte fascista. No hay, pues, enemigos. Eso está pasando. Con sus variaciones. Israel ha respondido a su valor estratégico. Afganistán ha caído, después de haberse destruido la Yugoslavia de los eslavos del sur. Irak está ahora en las primeras páginas: está deteniendo lo que hubiera podido ser un ataque a Irán, a Siria. En todo esto, la muerte de Arafat es un pequeño incidente. Un hombre con gran interés, un jefe carismático: periodístico, literario. No da más de sí.
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Noviembre 11, 2004
Barra Libre: Arafat, sin vida
Arafat, sin vida (11/11/04)
Nunca la desaparición de un hombre fundamental ha dejado las cosas como estaban, y se cree que en virtud de esa ley la muerte de Arafat cambiará la situación en Palestina. Pero Arafat ya no era un hombre fundamental, sino un símbolo. No tenía vida. Encerrado en su casa cuartel por el enemigo, con los tanques a la puerta, hasta el punto de que ha sido ese enemigo el que ha dictado la fecha y el lugar de su entierro, en un trozo del país atacado todos los días por un terrorismo militar, vivo porque les convenía a ellos, que le acusaban de terrorista y que le calumniaban a su gusto y le acusaban de corrupción.
Las lágrimas y los extremosos sollozos orientales le despiden hoy mas como a un mártir que como a un jefe. La sucesión que se plantea hoy es, sobre todo, a su carisma, a la veneración y al misterio de que su rostro representase, mas que la bandera a un país destrozado sin piedad desde hace casi sesenta años. El odio, la venganza, las miserias y el miedo no van a cesar ni en unos ni otros.
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Faluya
El sonido de las explosiones, el silbido de los proyectiles y la luz de los incendios se han apoderado de Faluya. Es el "asalto final" de los marines a lo que llaman "santuario del terrorismo", pero que en la ciudad, con sus habitantes -los que no han podido huir-, llaman resistentes, patriotas, guerrilleros, independientes y hasta santos mártires. No sé si esta ciudad pasará a los anales de las mártires, como Dresde o Hiroshima: depende de qué idioma se hable, qué libro se lea, qué censor borre los recuerdos o qué general ensalce los suyos. Tuve de niño el desgraciado destino de habitar una ciudad mártir, resistente y viva, y luego vi cómo se borraba el heroísmo, se negaba todo y se nos declaraba ciudad de asesinos. Después de cuarenta años, aún se publican libros contando la criminalidad de Madrid al defenderse de quienes se sublevaron: ¡qué cosas hicieron los rojos con los valientes militares y con los heroicos falangistas que se alzaron en el Cuartel de la Montaña! Sé lo que es estar en la cola del pan y tirarse al suelo para no ser cazado por un paco, y lo que es verles disparar ocultos desde la iglesia de los Dolores. Conozco por su voz el calibre de los cañones, supe cuál tenía las pistolas; conocía de quién eran los aviones y su marca por el zumbido de sus motores: Capronis o Junkers. No me sirve más que para una cosa: pensar que Faluya está peor, y que habrá chicos como yo en la cola del pan tirados en las aceras. Hermanos.
Antes de Faluya, los muertos civiles de Irak causados por Estados Unidos y sus aliados se calculaban en unos cien mil, con cifras de Washington. Hay que añadir los que han causado el terrorismo, resistencia, clandestinidad, guerrillas, defensores o soldados, a los que el periodismo práctico llama "de Sadam" para quitarles un principio de nacionalidad y demostrar que son una banda de asesinos al servicio de un loco.
No es ese tema de la guerra de mentiras el que importa ahora: es el de las ciudades mártires, y los ciudadanos amputados, famélicos y finalmente muertos. No irá Bush al tribunal de La Haya, donde juzgan a los criminales de guerra. Es otra cosa, y su pueblo le ha votado: legalizado. Vi las imágenes de archivo donde está con Aznar, que fue el martes a felicitarle, y los dos se reían a carcajadas: el latino Aznar se retorcía de risa, literalmente. He aquí dos, pensé, que tienen la conciencia tranquila.
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Se puede ser normal
CRÍTICA: TEATRO
Se puede ser normal
E. H. T.
EL PAÍS - Espectáculos - 11-11-2004
De Jerusalén a Jericó de Ignacio Amestoy. Intérpretes: Blanca Herrera, Garbiñe Insausti, Fran Fernández Asensio, Borja Cortés y Nicoleta Cristina. Dirección: Ainhoa Amestoy. Galileo Teatro. Madrid.
Está bien que se perpetúen las dinastías teatrales: Ignacio Amestoy estrena, y su hija Ainoa, hasta ahora actriz, dirige la producción: Ainoa Amestoy D'Ors, dice el programa, para que se vea cómo continúa otra dinastía y las une.
La obra tiene cinco actores, y una historia familiar más o menos dura, de la que destaca una situación: la chica es víctima de un daño cerebral, y una parte de la familia quiere mantenerla en la anormalidad, mientras otra quiere incorporarla a la vida: que estudie, que trabaje.
La actriz protagonista ha investigado los movimientos, los gestos de una persona en esas condiciones y hace una gran labor. El personaje trabaja, y en ese lugar donde es empaquetadora encuentra otro personaje en su misma condición física, y la obra termina con el amor normal que brota entre los dos. Es, en la línea de bondad con la que siempre escribe Amestoy, una excelente aportación. No es extraño que ayude a su producción la Asociación de Daño Cerebral Sobrevenido (Apanefa).
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Noviembre 10, 2004
El sueño es libre
Soñó Ibarretxe cosas, y se las dijo al Rey, y los nacionales le insultan. Saben ellos, cómo no, que los discursos que se leen ante el Rey se envían antes a consulta, y que lo que responde el Rey lo sugiere y lo sabe el Gobierno. Y dijo Ibarretxe que soñó que Batasuna volvía a los ayuntamientos, y que había un pacto de "convivencia amable" entre los suyos y los nuestros, digo yo: entre Euskadi y España. No deseo independencia de ese tipo: que cada persona sea independiente y libre, nazca donde nazca, y que cada uno viva, trabaje y ame donde quiera. Mi sueño. No hay país libre si sus ciudadanos no son libres. Temo que los vascos no lo son en estos momentos, porque están en un epicentro del desgraciado tema de las autonomías, que sería tema bastante para renegar de la Constitución.
El tema se envenena cuando llega a la capital de la mala uva y lo cogen los nacionales. De esto derivan que lo que dice Ibarretxe está en la mente de Zapatero; ubicado ahí porque se lo impone Carod Rovira; y Carod se entrevistó con ETA; y Batasuna no es sólo un partido independentista y de izquierda, sino que es ETA. Si Carod se retira del Gobierno en Cataluña, si su partido no le apoya en Madrid, la crisis es espantosa. No se aprueban ni los Presupuestos. He aquí la carrera de podenco del pensamiento cuando no funciona apegado a la realidad; en este caso, cuando ahueca su voz para asustarnos (verso de León Felipe) y para ir buscando votos para su irresoluto jefe y, tras él, el espectro de Aznar filtrándose por las paredes. Fue el fantasma de pelo negro y bigote el que ilegalizó Batasuna, y algunos expresaron su disgusto -yo mismo; ya sé que sin valor-, porque una democracia no prohíbe partidos, ni cierra periódicos, no desaloja diputados. Aunque no sean democráticos.
Pero ¿qué dicen ahora los portavoces aficionados, o profesionales, a sueldo? Dicen que ya está destrozado el Pacto Antiterrorista, y que el PP debe denunciarlo. No parece que lo vaya a hacer todavía: es una decisión con valores electorales negativos. Le costó algún trabajo llevar al PSOE a ese terreno, y lo consiguió. Zapatero tenía un temple pactante. Ya se ha dado cuenta de que eso no funciona con la derecha: ni con la Iglesia, que es una derecha de uniforme. Con el capital es otra cosa: está por encima de Aznar y Zapatero; de Bush y Kerry. Hasta por encima de Ibarretxe: si gana, aprueba.
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Nápoles alemán
CRÍTICA: TEATRO Festival de Otoño
Nápoles alemán
EDUARDO HARO TECGLEN
EL PAÍS - Espectáculos - 10-11-2004
Los Diez Mandamientos de Christoph Marthaler, sobre una obra de Raffaele Viviani. Intérpretes:
Martin Wuttke y Matthias Matschke. Escenografía y diseño de vestuario: Anna Viebrock. Dramaturgia: Andrea Koschwitz. Dirección musical: Clemens Sienknecht. Dirección: Christoph Marthaler. Festival de Otoño. Teatro de Madrid.
El teatro napolitano es un género, y Raffaele Viviani, uno de sus maestros olvidados: murió en 1950, a los 62 años. Actor, músico, escritor y hombre de la calle napolitana. Me gustaría mucho ver esta obra por una compañía napolitana, con sus gestos y sus timbres peculiares de voz y su lenguaje original, su dialecto. La trae esta compañía del Berlín que fue oriental, la del Volksbuhne, que desde 1914 tuvo un carácter popular, y por el que pasó Piscator. Es una compañía de maestros, y da a su traducción una parsimonia y una distancia entre los cuerpos; el escenario del teatro de Madrid es muy grande, y se agranda más por una toma de espacio del público y porque el decorado se aprieta a sus laterales y deja un espacio enorme.
Recoge la esencia de Viviani: pequeñas anécdotas, personajes característicos, situaciones tragicómicas. Y entre todas ellas, o subrayándolas, música: mandolina, violonchelo, órgano, piano. Todos los actores cantan, y uno de los músicos es además un gran actor. Naturalmente, el texto en alemán separa mucho al público español, y la traducción luminosa no alcanza a cubrir ni siquiera la velocidad de los diálogos. En un escenario tan amplio y tan alto, mientras se lee lo traducido que tiene que pasar rápidamente, se pierden los movimientos de los actores. Las ovaciones que recibieron fueron interminables: y las mantuvieron los espectadores alemanes que abundaban, pero nadie se las regateó.
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Noviembre 09, 2004
Barra Libre: El carisma de Arafat
El carisma de Arafat (09/11/04)
Quizá puedan desenchufar al pobre Arafat y que muera en paz, si se han arreglado sus herederos en el reparto del poder, o en lo que creen que era su poder. La realidad es que ha sido el hombre más pobre y más desamparado del mundo, encerrado por sus enemigos en una casa en ruinas, sin permiso para moverse, y sólo se lo han dado para que muera lejos. Sus enemigos le entierran como quieren: Sharon ha explicado donde debe estar su tumba, y desde luego no en su ciudad de Jerusalén, y también han pensado a quienes autorizan para asistir al entierro.
Puede que haya negociado también quién o quienes han de sucederle. Lo que quedaba ya de Arafat desde hace años era algo inmaterial que unos llaman carisma y otros mito, y eso no se sustituye Desmedrado, feo, a veces ridículo, era sin embargo el símbolo humano de un país destrozado por todos los civilizados, no sólo físicamente sino con los insultos y las calumnias que no cesan cuando muere y le tachan de dictador, sin que se sepa sobre quién; y de corrupto, de riquezas que no existen.
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El velo de papel
En algunas comunidades -Cataluña, Valencia, Madrid- se expulsará de las clases a los alumnos inmigrantes que no tenga papeles. El hombre necesita estar legalizado para el ser; toda la filosofía sobre la esencia, toda la metafísica, se reduce a esto. En un país republicano antiguo, como Francia, se requiere una cierta forma de vestir. O de no vestir: los turbantes de los sijs, el tocado de las musulmanas. Hay en Francia gentes fuera de las escuelas: si tienen dinero, pueden ir a las privadas, porque cuando se paga puede uno vestirse de torero si quiere. "Nadie entre que no sepa geometría", se leía a la puerta de la Academia de Platón. Una cuestión política, la de la secta de los pitagóricos, órficos: la de los velos, o la de los velos de papel policial, no tiene ninguna. La limitación de España, por lo menos, no pretende defender ninguna libertad; la de Francia, sí: la libertad religiosa, la escuela laica. Yo no sólo deseo una escuela laica, sino una escuela atea, donde se enseñen los daños de la religión a los pueblos del mundo y a los ciudadanos, especialmente ostensibles en España. Pero no prohibiría entrar a nadie: estimularía la entrada de los religiosos por si aprendían algo que pudiera liberarles de esa opresión. Si se quiere defender la libertad, se empieza por no prohibir y reducir las leyes a lo necesario para una convivencia justa.
No sé si la condición de inmigrantes a los que se aplica esta injusta decisión tiene algo que ver: que no aprendan ellos. Antes: que no aprendan los pobres. Hace mil años se inauguró en Tetuán una Delegación de Cultura; durante el acto, alguien dijo a mi lado: "¡Cuánto nos va a costar esto a todos!". Pregunté con la humildad oportuna: "¿Por qué, mi general?". "Porque cuando aprendan, querrán ser ellos los que manden". O sea, querrán ser los generales. ¿Querrán ser ministras de educación las del velo, generales los sijs con turbantes? ¿Querrán mandar aquí los ecuatorianos, los peruanos, los malayos? No está libre de eso Francia. Viví una época en la que Gaston Monnerville, presidente del Senado, no pudo serlo de la República porque era mulato (de Cayena, Guyana francesa); y a Mendes-France se le persiguió en su fecunda época de presidente del Gobierno porque era judío. (France: cambio patriótico del nombre original Franco, marranos portugueses, de donde la familia del general que ustedes saben).
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Pasión fría
CRÍTICA: TEATRO 'La Celestina'
Pasión fría
EDUARDO HARO TECGLEN
EL PAÍS - Espectáculos - 09-11-2004
La Celestina, allá cerca de las tenerías, a la orilla del río, de Michel Garneau, basada en la obra de Fernando de Rojas. Intérpretes: Carmen Arévalo, Núria Espert, Marta Fernández Muro, Nuria García, Pep Molina, Nuria Moreno, Roberto Mon, Manuel Puchades, David Selvas, Carmen del Valle, Miguel Palenzuela. Creación y dirección: Robert Lepage. Festival de Otoño. Teatro Español.
Es un remedo de la Tragedia de Calixto y Melibea; no hacía ninguna falta. Calixto es un gamberro que lo único que quiere es tirarse a Melibea, que es una tontita de pueblo; el amor que es grandioso en el original no es nada aquí, y en un primer encuentro se reduce a una violación, con gritos de dolor y sangre en la camisa; Celestina no es una trágica bruja que va a morir apuñalada por los ladrones a los que ella misma educó, sino una pura truhana. En su cueva no hay humedad, ni humo, ni calor de orza de ensalmos; es un mero burdel. No quisiera que los actores que interpretan estos y otros personajes aparecieran como responsables, y menos aún Núria Espert, que sigue siendo la primera actriz que todos conocemos y admiramos. Una gran parte del fallo la tiene el decorado, que por sí es interesante y bello, móvil con buena maquinaria, pero que no tiene nada que ver con lo que sucede en escena y es glacial. Cualquier pasión se enfría. Creo que el Creador (así se titula en el programa) Robert Lepage tuvo más interés en la literatura picaresca española que en esta tragicomedia esencial; nunca creí que el público se iba a reír tanto con la muerte de Calixto, y con algunas otras situaciones trágicas, aunque luego lo compensara con grandes ovaciones, sobre todo para Núria Espert.
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Noviembre 08, 2004
Barra Libre: Campañas religiosas
Campañas religiosas (08/11/04)
Parece que la campaña contra la eutanasia, primera de los grandes griteríos de la Iglesia contra el gobierno reformista, no dio bastante resultado. Son balas mal disparadas, obedientes a una línea demasiado vieja de la propaganda episcopal: denunciar como obligatorio lo que sólo es optativo y voluntario. Nadie va a obligar nunca a morir antes de tiempo a quien no quiera.
Emplean, ladinos, la palabra libertad para engañar: dicen que quieren la libertad del matrimonio para toda la vida, como si alguien obligase a todo el mundo a divorciarse; y que existe el derecho a tener hijos, como si un agente de policía en cada alcoba obligase al preservativo. Supongo que esta campaña tonta, que empezó mal en las misas del domingo, irá ganando adeptos y manifestantes en las calles, puesto que el fondo es atacar al gobierno y salvar al partido Popular que mantiene el Opus, los kikos, los legionarios de Cristo y cosas así. Y no dejar perder el dinero que el Estado paga a la única religión verdadera, que en el fondo es un tema primordial.
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Los estultos
El aspirante a presidente que perdió, Rajoy, acusa al que ganó, Zapatero, de "estulticia": necedad, estupidez y tontería. Los insultos andan sueltos en el banco de los que no tienen razón. En Rajoy parecen mal: no tiene boquita para eso. Estulto: necio, ignorante, falto de razón. Rajoy ve a su vencedor como con "la sonrisa tonta detrás de la cual comienza a vislumbrarse una insuperable estulticia": o sea que es el más tonto, el más necio. Razones: ha elegido como enemigos "a la Iglesia, a los católicos, a los Estados Unidos y a los jueces". Es verdad: su patrón, su jefe, colocó a los jueces que quiso de manera que le dieran ventaja en ese poder considerado como independiente en democracia: fiel católico, él mismo era la Iglesia, a la que encumbró y con ella dirigió las costumbres del país, sobre todo en materia de sexualidad; el PP fue el brazo de Wojtyla y de Rouco, y ahora la Iglesia prepara manifestaciones grandiosas contra la eutanasia, el matrimonio de parejas del mismo sexo, el divorcio y el aborto; es decir, a favor del PP. Y a favor de su dinero; y blanden las misiones, los hospitales en este y lejanos continentes, la caridad. Ya se les había contestado, en aquel mundo, que no se quiere caridad, sino justicia social. Se puede decir que no dan sino que cambian: cobran conversiones, agrandan la población católica en desgraciados países que quieren gobernar.
Ah, Estados Unidos: la sumisión de Aznar, la guerra, la coba a Bush, la extraña pareja Ana Palacio-Powell, pelmas de la Casa Blanca; leo que Aznar lleva tiempo esperando audiencia con Bush. Por lo que se dice, lo que Zapatero tiende a hacer es limpiar el establo de Augias ("Augias no había limpiado jamás sus establos, que esparcían un hedor insoportable por el Peloponeso..."). Cierto que lo cómodo y lo seguro es obedecer a las instituciones, formar el entramado clásico del Estado y la alianza con los fuertes. No hacerlo puede ser una estulticia: quizá sea ésa la de Zapatero, si es que la hay. ¿Cuál es la de Rajoy? Quizá creerse que es realmente Rajoy; la de haber aceptado el carisma depositado sobre su cabeza por el que iba a caer; quizá por la eterna salvación de su alma. Y es muy posible que Zapatero se dé cuenta de su equivocación en cuestiones de poder. Y Rajoy: si la mayoría del país está equivocada, lo mejor es apoderarse de ella.
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Noviembre 07, 2004
El gran guiñol
CRÍTICA: TEATRO
El rey Lear. El gran guiñol
EDUARDO HARO TECGLEN
EL PAÍS - Espectáculos - 07-11-2004
El rey Lear de Shakespeare. Intérpretes, José María Pou, Àngels Bassas, Roser Camí, Anna Ycobalzeta, Santi Pons, Pep Ferrer, Pep Cruz, Carles Canut, Lluís Villanueva, Francesc Garrido, Dani Klamburg, Mingo Ràfols. Director, Calixto Bieito. Compañía del teatro Romea, Barcelona. Festival de Otoño. Teatro Albéniz.
Hay varias cosas que agradecer a Calixto Bieto en esta versión de una de las mejores obras de teatro del mundo. La principal es haber formado una compañía que dice el castellano claro y directo y con voz suficiente como para que resuene hasta en el teatro Albéniz. Sigue el texto con placer, y si algún añadido hay o algún cambio, tienen pocas gracia, se despegan por sí solos. Lleva a los actores directamente al punto mas próximo al público, pronuncian , gritan. Se le agradece especialmente haber elegido a José María Pou: no me atrevo a decir que es el mejor Lear que he visto por no ofender a otros. Es un gran primer actor español, y hace toda su transición, de déspota a vencido y moribundo con toda valentías escénica, sufriendo todas las torturas de que es capaz un director: una lluvia larga y tenaz, el desnudo, las carreras, el dolor: la muerte. Sin que esto suponga un desdoro para los demás: es una verdadera compañía de buenos actores y actrices.
Se agradece a Bieito que haya hecho restallar el texto, la filosofía de una comedia sobre la vida, la muerte, el poder, la caída, los vicios humanos y sus destellos de amor. Ha metido en el texto pequeñas frases vulgares que el supone muy graciosas, pero se puede mentalmente prescindir de ellas, como se puede prescindir del relato, al que ha olvidado. Texto, está claro, es la escritura, el pensamiento , la introspección, la poesía. Relato es la vaga y disparatadas historia de rey, princesas, duques, disputándose el reino que el anciano deja. Tengo la sensación e que al propio Shakespeare no le importaba gran cosa la historieta de la maldad medieval, sino explicar a sus conciudadanos todo el horror moral que se perpetúa y se traslada a cualquier época.
La acción se va precipitando y toda la última parte es un gran guiñol. El “grand-guignol” era un genero que comenzó en Francia a finales del diecinueve y todavía se mantiene aunque ya sin la calidad intelectual que le atribuyeron algunos escritores. Se ha definido como un teatro de sentimientos y de situaciones extremas que utiliza el terror; intenso, duro, que cuenta situaciones mas que ideas. Cuando Calixto Bieito derrama sangre sobre el escenario, sobre sus actores, amontona muertos y heridos, cuerpos desnudos, sucios, pistoletazos –cambia la época, y los trajes con as bien arbitrarios--, gritos, huidas, palizas, se lleva a Shakespeare al gran guiñol: se lo come. No es que Shakespeare no fuera truculento, y tiene obras aún mas duras, pero este Rey Lear es otra cosa. Agota a sus actores, agota su público. Cierto que, a su vista, se trata de otra cosa: he leído que se desarrolla en un país de la órbita soviética, que representa la caida del comunismo, y algunas cosas así. Es cierto que el Rey Lear el e momento de su reconstrucción moral habla de pobres y ricos, de injusticias de los poderosos, y cosas así. Se estaba refiriendo, como otras veces, bajo la ficción de la edad media, a la Inglaterra en que vivía.
El propio éxito de Calixto Bieito al hacer legible el drama en las voces de sus actores implica su fracaso en añadir gracietas al texto, en embrollar las pistas o en añadir inventos escénicos. Sobran. Pero el público le espera ahí, donde ha afincado su fama de “enfant terrible”. No tuvo como otras veces reproches del público, aunque algunas personas se fueron a la mitad –entre ellas, varias figuras del PP, asentadas en el teatro de la Comunidad que conservan--, y recibió con gusto las ovaciones: no fueron tampoco excesivas, y parecían dirigirse a los grandes actores.
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Noviembre 06, 2004
El indulto
El Partido Popular niega a gritos que se indulte al "ladrón Vera" (decía un gran titular de El Mundo en primera) de la pena que ha de cumplir; con el mismo ardor desea ocultamente que le dé el Gobierno el indulto para poder relacionar a éste con aquél, bajo la unidad del socialismo, y a los dos con el saqueo de las arcas del Estado. Quizá la mitad de los militantes lo desea porque encuentran que él y otros fueron héroes de la lucha contra ETA, aunque fuera una "guerra sucia" (la del GAL). En aquella ocasión, los populistas fueron los denunciantes, y sus heraldos fueron excelentes aulladores de la corrupción: gracias a esa explotación ganaron las elecciones, y podría reprocharse a Felipe González que se dejase devorar por sus propios hijos, al revés que Saturno. Tuvo mal casting: nombró infieles para puestos de confianza. Es lógico que quienes fueron fieles a él tengan que ser defendidos, pero es duro que Felipe sea el primero que firme la petición de indulto, en lugar de dejar la decisión en manos del verdadero jefe de Gobierno, que es Zapatero. Ahora los cocodrilos conservadores abren sus fauces: alguien caerá. Puede ser González, si Zapatero no indulta, y aparezca su antecesor como el verdadero culpable de todo: ya quisieron cazarle ahí, y consiguieron bastante: el fin de su etapa de gobernante. Se llevaron unas elecciones que no debían haber sido suyas, y yo creo que Felipe González cometió un error en toda su actuación política: querer ganarse a la derecha y alejarse en cambio de la izquierda. Esto es lo que parece que está corrigiendo Zapatero, al menos visualmente. Y hasta donde el amplio sistema nacional y mundial se lo permitan. La izquierda la vota por necesidad. Y la derecha oficial resguardada hasta ahora por la fiereza de Aznar y sus brutales caballeros de escolta y pendón, que ponen los palos en la rueda del carro del vencedor; hasta el pasado. Me parece innoble.
Naturalmente, no deseo que vaya nadie a la cárcel, y no sólo por la idea inhumana de "cárcel" en su versión normal, sino por lo que son las cárceles españolas, hacinadas, nidos de nuevos delincuentes, cueva de mafias. Lo que querría es despegarme de esta cuestión que nace en el propio partido, que explota la derecha y que el propio Vera aduce en su favor, con una carta que publicó en este periódico: unos han entendido que amenaza con "dar nombres", otros con su suicidio. Juego sucio en cualquier caso.
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Noviembre 05, 2004
Barra Libre: Fútbol basura
Fútbol basura (05/11/04)
No hay que preguntarse si en la depuración o la censura de las emisiones de las televisiones habría que reducir el espacio que dedican al fútbol: lo que es un gran negocio, y en ciertos casos parece una operación mafiosa, no se suprime nunca de nada. El sistema lo quiere. En otros tiempos decíamos que era el opio del pueblo, como antes se decía que eran los toros, y se inventó lo de “pan y toros” para remediar otras crisis, y ello procede del latín, del “panel et circenses”, trigo y espectáculos, frase con la que Juvenal acusaba a lo gobernantes de poner un telón para que no se examinase su corrupción.
Se ve que de Nerón a Franco hay una continuidad en la desfachatez y que la suposición de democracia mantiene el mismo sistema en todo el mundo, por lo menos en el que tiene pan. Hiere mi sensibilidad, como a otros les hiere lo que llaman “sexo y violencia”, cuando son dos cosas opuestas, como lo son el amor y el crimen. Pero ¿quién dice que quiten la violencia pero que dejen el sexo?
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Arafat
No sé qué puede ser de Palestina sin Arafat. Israel se ha preparado ya para enfrentarse con las manifestaciones de dolor que, como tantas veces, en tantos países maltratados, pueden convertirse en odio y sangre: ha cerrado Jerusalén ante la posibilidad de que se le quisiera enterrar allí, y abre un paréntesis en su política. Para Sharon, la reelección de su compadre Bush es un descanso, aunque no ignora que el 70% de los judíos de Estados Unidos votaron a Kerry. Israel ha sido brutal con Arafat, encerrado en su puesto de mando sin permitirle un solo movimiento, y autorizado por él a ir al hospital de París para tratar de salvar su vida: es un hombre que les convino mantener. El viejo guerrillero -terrorista, se le llamó- llegó a tener el Premio Nobel de la Paz (1994) y sin duda se lo creyó. Lo había compartido con Rabin -asesinado por sus compatriotas extremistas- y con Peres, engolfado por Sharon, utilizado por él.
Quizá Arafat comprendió desde su encierro que los planes de paz y sus entrevistas con Bush eran una burla dentro de un plan mucho más amplio en el cual él sólo contaba como un símbolo; pero aun ayer enviaba un telegrama a Bush para felicitarle por su reelección, cuando es el autor de la desgracia quizá última de su pueblo. Los poderes europeos del siglo XX fortalecieron la creación del Estado de Israel en el país palestino utilizando su fe en la "tierra prometida" y su escapada de la Europa que llevaba siglos matándoles hasta el extremo alemán: era una base militar contra los independentistas árabes, un colaborador de los regímenes tiranos de reyes, príncipes y sultanes, un salvador del petróleo. Manejaron así a los cargados de creencia y esperanza para convertirlos en un pueblo militar y fanático, donde los más religiosos son los más combatientes. Esa función ha continuado: probablemente no es casual que Sharon y Bush aparecieran en la cabeza de sus países al mismo tiempo, y que los planes de paz -la Hoja de Ruta- se elaboraran para no cumplirlos. No creo que Arafat no lo supiera, pero se agarró a ello como la última esperanza de supervivencia.
No se puede ni suponer que Sharon le dejara en vida por bondad, o por creer en una paz compartida: le aseguró para evitar otras violencias y para que él obstaculizara el desarrollo de las guerrillas y los suicidas. Es cierto que el líder era respetado aún por su pueblo. En el momento en que se trate de su sucesión directa, pueden reproducirse toda clase de violencias en la misma Palestina y, desde luego, contra Israel.
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Cuentos tristes
CRÍTICA: FESTIVAL DE OTOÑO
Cuentos tristes
EDUARDO HARO TECGLEN
EL PAÍS - Espectáculos - 05-11-2004
El sueño de Andersen
De Hans Christian Andersen. Director: Eugenio Barba. Compañía danesa Odin Teatret. Teatro de la Abadía. Madrid.
Eugenio Barba es un rico y exuberante director de escena italiano que ha vivido en Europa, en Oriente, en Asia; está influido por Grotowski, por las fantasías árabes, por el racionalismo europeo y hoy por los cuentos de Andersen, al que adoptó en Dinamarca, donde vive y ha trasladado su compañía Odin Teatret, que fundó en Noruega. El programa me instruye de que se trata una pequeña fábula sobre un grupo de artistas que espera la llegada de un compañero, al que quieren contar los cuentos de Andersen, y él lo que ha visto en otros mundos. La filosofía -dicen- es que en ese tiempo, contando fábulas, se pasa también la vida. ¡Ustedes mismos!
Lo que vemos: las Antillas, los barcos esclavistas y los esclavos, africanos y árabes, al propio Andersen convertido en muñeco suave y romántico, y enamorado de quien podría ser Scherezade; oímos músicas varias, bonitas y tristes; aparecen alfombras persas, salen máscaras de carnaval de Venecia y encapuchados de procesión; los colores se mezclan con atrevimiento dentro de una armonía, las luces colaboran y las caras de los actores, altos, macizos y no jóvenes, hacen los gestos adecuados, contenidos y bien trabajados; aparecen y desaparecen unas zapatillas rojas, una vendedora de cerillas y otras alusiones a los cuentos y sus personajes. La sala misma está reconstruida para hacer esta representación como en un teatro redondo, y hay hasta espectadores falsos: muñecos realistas y bien vestidos... La hora y cuarto del espectáculo cunde. Y al final los espectadores se van marchando, de uno en uno, como al entrar, cuando los ayudantes van llamando a cada butaca numerada y dejando penetrar a su titular.
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Noviembre 04, 2004
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Maneras del desastre (04/11/04)
Hay quien dice ya que Bush es el nuevo Hitler. Todavía no; quizá en los próximos cuatro años, con la seguridad que le da la abundancia de sus votos populares, y en la seguridad de que dentro de esos cuatro años se va por imperativo constitucional, pueda aproximarse más. Y estoy seguro de que para los países sobre los que ha derramado sus proyectiles es de poco consuelo decirles que Hitler o Stalin fueron mucho peores; o gritarles a los torturados de Irak o a los presos de Guantánamo que no son nada en comparación con la cantidad de asesinatos nazis.
Los cien mil muertos en Irak, según cálculos bastante fieles, no son nada en relación a la Europa de Hitler. Así que, tranquilicémonos, esto es otra cosa. Simplemente, una pérdida de valores que se habían ido consiguiendo desde siglos, un arrastre de creencias antiguas y absurdas que vuelve a dominar; un sistema imperial que, en todo caso, no es distinto del de Roma hace veinte siglos. Es otro tipo de desastre, otra manera de desgracia humana.
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País partido
¡Pueden tardar una semana en contar los últimos votos! Un éxito, si se cuenta que en la elección anterior Bush necesitó más de un mes para ser presidente, y aun así porque se lo dieron sus jueces. Están en Ohio ejércitos de abogados, especialistas en demografía, estadística y electrónica, publicistas, portavoces. Faltan, cuando escribo, 600.000 votos por escrutar, que podrían quitarle la presidencia a Bush. Pero ¿para qué imaginar lo mejor? Se pueden ya obtener algunas conclusiones mientras se espera. Una, que la victoria de Bush, incrementando sus mayorías en el Senado y en el Gobierno, es fuerte; otra, que el país está dividido entre la guerra y la paz, entre conservadores y progresistas.
En las elecciones anteriores no fue así: la división era entre dos partidos y jugaban en ella simpatías, tradiciones familiares, situaciones de minorías; en éstas la descomunal prepotencia de Bush y sus guerreros hace que, claramente, quien les ha votado a ellos vota esa opción, respalda todo lo que ha sucedido: la demolición de dos países por sospechas, la guerra preventiva, las detenciones sin garantía, las torturas para obtener información protectora, la situación fuera de toda jurisprudencia de los presos de Guantánamo, el desdén por Europa, la mofa de las Naciones Unidas; y de paso, unas negaciones al aborto, a las relaciones legales entre homosexuales, una pérdida de libertades. Para Bush esto significa que podrá ejercer con respaldo lo que hizo como audacia, como aventura. Le Monde decía anoche: "Nos guste o no, América se ha vuelto más conservadora, más religiosa y más unilateralista". No nos gusta: el mundo está ahora más inseguro y en nuestra provincia del Imperio puede haber reflejos, que quizá no sean más que medicinas mentales para nuestros conservadores, religiosos, unilateralistas. No estoy seguro de esa conclusión: la mitad perdedora en Estados Unidos representa mucho, y es más decidida. Ha abandonado su abstencionismo, ha batallado, se ha manifestado.
Ningún presidente de Estados Unidos había recibido tantas críticas en libros, periódicos, películas. Lo que se llama "la inteligencia" del país se ha puesto al frente de los movimientos. Es decir, una mitad de Estados Unidos es la de siempre, y ha aprobado a Bush; la otra mitad quiere otro país, y lo expresa con fuerza. Quizá sea lo más serio de estas elecciones. Esperar algo del recuento en Ohio es una cerilla en el túnel.
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Noviembre 03, 2004
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El diplodocus (03/11/04)
…y, cuando me desperté, el diplodocus seguía allí. Y el petróleo estaba subiendo, porque la guerra es mas segura; y las bolsas lo celebraban también. Kerry era, para el dinero, una incertidumbre y han preferido la casita de ladrillos del cerdito para refugiarse del lobo Bin Laden, que en las últimas horas había ayudado a Bush con su video amenazador. La mitad de las mitad de los ciudadanos, y un poco más, han preferido la crispación mundial, y el sentido del imperio: dicen que es la continuación lógica de su historia.
Aquí, en España, hay alegría en el partido conservador, porque Aznar está hecho a imagen y semejanza de Bush, y creen que va a pesar mucho para que ellos vuelvan a ganar las lecciones. Las elecciones las quieren provocar por la modificación de la Constitución que se va a necesitar para adoptar la de Europa, y que tendrían que ser hacia el mes de mayo. No va a pasar. Pero es indudable que la recuperación de los republicanos pesará en nosotros y en Europa. Una desgracia.
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Tiempo de odio
El chico tenía 16 años, se ató las bombas en torno al cuerpo y voló por los aires; era el gran éxito de su vida, y tres personas desconocidas que estaban cerca murieron. Un efecto triste de los equívocos sentimientos de Patria y Fe. Decir que estas entelequias le envenenaron no es suficiente. El odio viene de su país, de su Palestina destrozada y en vías de desaparición; de las muertes diarias de los suyos. El odio de Israel al árabe, al musulmán, viene de siglos, y tiene unas razones que nunca se extinguen porque se transmiten de generación en generación unos sufrimientos graves; y el último, hasta ahora, el terrible Hitler, tenía y transmitió un odio fundamental a los hebreos. Supongo que los soldados de Estados Unidos, que han matado ya a 10.000 iraquíes, no sienten más odio que el necesario para quedar bien en su profesión, que eligieron voluntariamente. No creo que ninguno de ellos se suicidara para matar enemigos. Aquí, en todas las Españas, el odio suicida es el de algunos hombres por sus mujeres, o por las que dejan de serlo. Quizá la naturaleza de su odio sea ancestral, por un motivo similar al de Patria y Religión: el Honor, quizá un poco más ridículo. Otros dicen que por razones económicas: el divorcio podría quitarle su casa, su sueldo, sus hijos, y dejarle en lo que puede creer que es una situación final. Muchas personas se suicidan porque se creen en una situación final, que no siempre es cierta, sobre todo cuando se trata de jóvenes. Pero suicidarse para matar a otra persona no obedece a una situación final, sino al odio. Muchas veces el que fracasa en la vida culpa a la persona que tiene más cerca, o con la que comparte esa vida; incluso es una situación muy frecuente, y en ella el odio estalla en una especie de catarsis de discusiones conyugales. La jaula familiar está envenenada. Hay psicólogos en Estados Unidos que dicen que es menos peligroso pasearse solo de noche por los peores barrios que vivir en familia. Cierto que en estas sociedades se trata de corregir las cosas después de suceder, con penalizaciones, amenazas, o pulseritas que suenan para advertir la proximidad del presunto agresor: pero no parece que se pase de los síntomas y no se llegue nunca al origen.
En España, singularmente en Madrid, se percibe el odio. Se expresa en discursos, en púlpitos, en artículos. Un odio insultante, mentiroso, de tripas revueltas. Cada día es mayor. No se le va a poner remedio en su origen.
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Noviembre 02, 2004
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Hasta mañana (02/11/04)
Buenas noches, me voy a dormir. No ahora, pero en cuanto empiecen estos medios instantáneos de información a dar noticias de Estados Unidos, me duermo. Dormir es la droga del pobre, y me apartará de una mala emoción: la esperanza de ver perder a Bush. Ya le vi ganar malamente en el estado trampa de Florida, donde mandan su familia y las mafias cubanas, y tardaron un mes largo en colocarle en la presidencia como tenían previsto los grandes dueños del país; y hoy no quiero sentir malas pasiones.
La mala pasión de este caso es el espíritu negativo, el deseo de que pierda Bush aunque para ello tenga que ganar Kerry, y tampoco lo deseo. Ya tuve esa mala pasión aquí, cuando lo único que deseaba era que perdiera Aznar, aunque creo que entonces era una negación justificada. Al final, Zapatero no es cualquiera, y es bastante resultón, por ahora. Mi consejo para mí mismo es el de no basarme en lo negativo para nada en la vida. Pero muchas veces decir “No” es una actitud decente y seria. Así que hasta mañana, y allá ellos con su Bush y su Kerry.
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Constitución, ilusiones
El Gobierno quiere que la Constitución europea se apruebe en referéndum y se envíe luego al Tribunal; la oposición de partido único quiere lo contrario. La oposición querría alentar una campaña contra la Constitución firmada por el gobierno de los malos, pero no puede estar contra Europa. Si se sentencia antes que es inconstitucional, el Gobierno no debería enviarla a referéndum: se acabó. Si el referéndum es anterior y positivo, el tribunal no podría, o no debería, negar lo que el pueblo ha votado, en la divertida y extraña suposición de que es un pueblo soberano. Si para aceptar la europea hay que modificar la española, se disolvería la Asamblea y se convocarían elecciones generales.
La oposición dentro de la oposición no quiere porque sospecha que su partido perdería otra vez y no podría alegar nada circunstancial. Pero la oposición que manda, la que acusa de "disparates" (Rajoy) a los que no tiene argumentos para combatir, cree que el voto es suyo, y que ganaría, por fin. "Sueña el rey que es rey..." (Calderón). Se dice que "de ilusión también se vive". Pienso yo, que no tengo ilusiones de ninguna clase -¡qué desgracia!-, que perdería el PP notablemente y adelantaría el final de su partido y la creación de otra derecha más acorde con la realidad, de acuerdo con los tiempos actuales y las situaciones históricas; parece imposible que la caricatura del pasado que realizó Aznar se repita, aunque sus lobos sigan aullando.
Ya la gente vio que el rey está desnudo, y el vagabundo que va cantando por el extranjero su balada del tiempo ido, no vale; Rajoy no tiene entrañas para dirigir, Aguirre es demasiado pintoresca, Acebes y Zaplana están tocados y cantan lo último del cisne; puede que la gran derecha fuera la de Gallardón, cuyas suposiciones izquierdistas se deshacen en la dureza y monumentalidad carísima de su Ayuntamiento y que se ha marcado demasiado ante los suyos; un gallardonismo sin Gallardón sería una posibilidad.
Cuando los especialistas se pongan a especular sobre ello alegando códigos, artículos, reglamentos, precedentes, la cuestión se convertirá en bufa, y los que van a votar -pocos- no se enterarán de nada. No importa, tampoco van a leer la Constitución. Intuyen que decir "sí" es refrendar a Zapatero, y eso saca de quicio a la oposición que no puede decir "no". ¿O puede?
Posted by eht at 09:11 AM | Comments (9)
Noviembre 01, 2004
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Iglesia y dinero (01/11/04)
El país subvenciona a la Iglesia católica mediante una decisión de muchos impositores al señalar una casilla en la declaración de Hacienda. Por una corruptela, viene siempre adelantando el estado un dinero un dinero que es más de lo que va a recaudar para ella; por otra parte, jamás pide que le devuelvan ese exceso, y la rica Iglesia de cara mendicante se lo guarda. Algo será mío, y de los que no indicamos esa casilla tendenciosa.
Un diputado socialista ha pedido que se exija esa devolución; su partido no lo ha tenido en cuenta, y acepta la mala costumbre. Precisamente cuando la Iglesia se declara perseguida en España, y estimula manifestaciones contra el divorcio, contra la unión de homosexuales o contra el aborto: es decir, contra leyes votadas en el Congreso. Espero que haya manifestaciones contrarias de las personas a las que así ataca la iglesia; espero que el gobierno aprenda que los pactos con el diablo clerical son trampas. Lo espero, aun sin esperanzas.
Posted by eht at 06:46 PM | Comments (3)
La muerte y el embrión
Entra en el conocimiento general la idea de que la muerte no existe: es un cese de la vida, y el ser existe entre dos nadas, entre nacer y morir. A muchos les fastidia, porque esperan un más allá eterno y grato, según cada estatuto religioso o superstición de fantasmas. A otros nos tranquiliza. Una razón para saber que no hay más allá es ver qué fácilmente los dirigentes de las supersticiones manejan la idea de que la vida hay que defenderla a toda costa; pero matan en un año cien mil personas en Irak o dejan morir a 18.000 en Estados Unidos porque no tienen dinero para médico. Son cifras de moda, por la campaña electoral: no cesarán gane quien gane; y en esa moda de campaña está también la expresión de Bush de que Dios habla a través de él, que es un enviado. Quienes dicen que no se lo creen ignoran cómo trabajan sus neuronas; no se fijan en cómo habla, lo que dice. No recuerdan a Franco, no se fijan en cómo es el Papa. Esta doctrina de aquí, tan familiar, que se nos cuela en la infancia, ha ido adhiriéndose al poder desde la romanización, y el poder ha necesitado vidas y muertes; la "defensa de la vida", su frase actual para oponerse a las innovaciones de Zapatero en materia de sociedad, procede de la necesidad que tuvieron los poderes de mano de obra barata, soldados de infantería, siervos de la gleba o esclavos, y creó el castigo supremo al suicida para no perder al trabajador que no aguantaba más el maltrato y la desesperación. Ya no hacen falta, pero la doctrina de la fe no cesa en proteger su divinidad. Menos mal.
Necesita acudir a semánticas raras para matar y defender la vida al mismo tiempo, como el Enviado Bush, o como el cardenal Torquemada, que tanto influyó desde la Inquisición sobre la sociedad española; hasta el propio Franco; o como la campaña para santificar a Isabel la Católica (por antonomasia), que destruyó miles de vidas de "infieles" y produjo las expulsiones en masa que se adelantaron en el tiempo a Hitler; y al "pensamiento único". Los protozoos de la vida humana se pierden por millones por el gran sistema de alcantarillado moderno; y los óvulos. Se trata ahora de que alguna fecundación no arrastrada, sino guardada, se utilice para salvar vidas ya organizadas. El respeto a esas vidas humanas en riesgo tampoco existe; el del embrión, sí. No tiene sentido.
Cuando leo (ayer, aquí) que la opinión de los españoles sobre la Iglesia católica es cada vez peor, no dejo de pensar en estas contradicciones tan molestas para todos.
Posted by eht at 09:37 AM | Comments (3)