Arafat, sin vida (11/11/04)
Nunca la desaparición de un hombre fundamental ha dejado las cosas como estaban, y se cree que en virtud de esa ley la muerte de Arafat cambiará la situación en Palestina. Pero Arafat ya no era un hombre fundamental, sino un símbolo. No tenía vida. Encerrado en su casa cuartel por el enemigo, con los tanques a la puerta, hasta el punto de que ha sido ese enemigo el que ha dictado la fecha y el lugar de su entierro, en un trozo del país atacado todos los días por un terrorismo militar, vivo porque les convenía a ellos, que le acusaban de terrorista y que le calumniaban a su gusto y le acusaban de corrupción.
Las lágrimas y los extremosos sollozos orientales le despiden hoy mas como a un mártir que como a un jefe. La sucesión que se plantea hoy es, sobre todo, a su carisma, a la veneración y al misterio de que su rostro representase, mas que la bandera a un país destrozado sin piedad desde hace casi sesenta años. El odio, la venganza, las miserias y el miedo no van a cesar ni en unos ni otros.