3 de Junio de 2004

Sexo, constitución, clero

Leo en Reuters: uno de Zambia violó a su gallina; le sorprendió su mujer, llamó a los vecinos, se rieron, le insultaron, se burlaron: el hombre huyo y se ahorcó. Los demás se comieron la gallina que, como Santa María Goretti, prefirió la muerte al sexo. Me recuerda un epigrama de Marcial, que también fue sorprendido por su esposa con un efebo. La dama le gritó: «¿Es que yo no tengo culo?»; y Marcial dijo: «No». En su poema, que no tengo a mano y recuerdo como puedo, quizá mal, explicó que la mujer tiene dos sexos contiguos (les llamaba «figas»), que todo en ella es sexo; pero el verdadero «culo» es solo masculino y, por lo tanto se trata de cosa distinta, que ella nunca podría ofrecerle. Naturalmente, en los casos citados estoy de parte de la gallina, luego asesinada, y en el de María Goretti, pobre campesina aterrorizada por un violador; no soy bisexual como el poeta latino, pero estoy tambien con la libertad sexual consentida, y con lesiabanas, gays, transexuales y bisexuales, cuya federación estatal protesta por las extrañas declaraciones de, Manuel Jímenez de Parga, todavía presidente del Tribunal Constitucional (¿hasta cuando?), y me inquiera un poco que, mientras lo sea, amenaza con no tolerar la «canallada histórica» del anticlericalismo, por la «basura» de si los colegios religiosos eran «esto y lo otro». Siendo yo ateo por fé –se me aparece la Nada—y por razón y conocimiento, me encuentro amenazado por esa negación de la tolerancia. Y, además, ni siquiera acepto la tolerancia, que es una manera de concesión del que tiene el poder por el mango de sarten, sino el derecho pleno. Fuera, fuera, Presidente. Su puesto, para un librepensador.

(Marcial: un romano de Calatayud, que entences se llama Bilbilis (y ahora: sus habitantes se llaman bilbilitanos). En el siglo I de nuestra era, que él ignoraba, el cristianismo aún no había roto la libertad sexual. Los estudiosos ignoran si realmente se casó, aunque en sus epigramas ama mujeres; algunos creen que tuvo tres hijos. Para otros, tuvo una hija a la que dedicó un poema; pero otros más creen que la niña era su amante: ya tenía cinco añitos. Pero en Roma… Sin embargo, Marcial encontró que en Roma le era difícil su propia libertad, que no había mas límites que los del dinero: y no lo tenía. Vendía sus poemas: le pagaban poco. Otros hispanos –Séneca, Quintiliano, Luciano—le ayudaron pero, como siempre, se cansaron del golfo gorrón. Marcial encontró que Calatayud era mas libre: volvió a su ciudad con dinero que le dio Plinio y en la finca que le regaló una mujer, Marcia. Aquí murió)

Por Eduardo Haro Tecglen en Visto/Oído el Jueves 3 de Junio de 2004
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