16 de Junio de 2004

El estado eres tú

Empiezo con una mentira. Es una invitación. Una manera de enfrentarse al Luis XIV que decía «El estado soy yo». Lo condujo a la ruina. Su heredero ayudó, y pero no le importaba: después de mi, el diluvio, exclamo –«après-moi, le deluge»-- , aunque algunos dicen que fue de la Pompadour. Detras de cada gran hombre hay una gran mujer, dicen los que se creían feministas –ya sé que ningún hombre puede ser tenido por feminista, diga lo que diga y haga lo que haga--; la hay también detrás de cada desastre. No hay Hitler sin Eva Braun, ni Gales sin Diana. Vino el diluvio de tanto Luis como se había comido la comida de los franceses, y al Dieciseis se le sublevaron, y la gran mujer de no tan detrás, Maria Antonieta, dijo de los que no tenían pan: «Pues que coman pasteles». Le costó la cabeza. Entonces se comenzó a pensar que el estado «eres tú», o cada persona: cada hombre, porque en aquel momento: las mujeres todavía hacian punto (tricoteuses) mientras los hombres guillotinaban. Para nuestra Federica Montseny, eso demostraba que las mujeres son tan malas como los hombres y no había que confiar mas en unas que en unos. Mi psicoanalisis es que la anarquista pensaba en Pasionaria o en Victoria Kent, o en Clara Campoamor, mas que en lo general. La cuestión está en que de aquel Luis que se proclamaba a nuestros días han pasado tres siglos y medio, y poco mas de dos desde que el hombre se proclamase Estado: aún no se ha conseguido. Eso sí, la idea de Estado se ha hecho mas difusa, mas confusa. Aquí, mucho. Hay una infraestructura de instituciones, consejos, administraciones, poderes de segunda o de tercera, autonomias con su cadena propia de infraestructuras, que parecen hacer funcionar un Estado: pero dependen de los gobiernos, y cuando se turnan heredan tambien esas instancias. Hay un jefe de estado, pero no es mas que un vestigio de los Luises. Un rey supone sobre todo una unidad de gasto, porque no trabaja nada (afortunadamente); y esa es la paradoja admirable: se le paga a condición de que no finja ser. Esto no es mas que lo que iba pensando desde la urna hasta una terraza de cervecita, cuando deposité el voto inutil.

(Maria Anonieta: una anomalía de nuestro idioma. En Francia, Antoinette es el femenino de Antoin; en España, es Antonia. Deberíamos traducir por Maria Antonia el nombre de aquella reina frívola, adultera, divertida, estúpida y desgraciada. Ah, desde entonces han caido mas cabezas de gorro frigio que de aristócratas de todas clases).

Por Eduardo Haro Tecglen en Visto/Oído el Miércoles 16 de Junio de 2004
Comentarios

El 14 de marzo de este año me costó mucho hacer algo que había dejado postrado en el olvido: votar. Después de muchas reflexiones (como las de Haro) decidí hace mucho tiempo no entrar en el juego democrático al que no me habían invitado, sino que me habían impuesto con el nacimiento. Cuando pienso en el Estado, la Democracia, la Libertad...sólo puedo captar en esas palabras un vacío enorme, vacuidad que sólo es descubierta cuando se ha explorado y tocado a fondo, para darse cuenta de que el sonido devuelto es hueco.

La única elección democrática que poseemos, esto es, elegir que clase de dirigente nos oprimirá los 4 próximos años con sus intentos frustrados de encuadrar y enlatar la realidad social a golpe de leyes, es tan inútil como un supositorio de sabor a fresa y, sin embargo, no sé por qué, aquel día pensé que a lo mejor hacía falta echar al partido de turno (PP) que tanto daño ha hecho en su "corta" andadura.

Sin embargo aún sigue latente la historia negra de la democracia española (hay alguna historia blanca?) en la que no se salva ninguno. Las ideologías han desaparecido para dar paso a gabinetes de gestión estatal de grandes empresas y multinacionales, lobbies, etc. La inutilidad del voto se encuadra dentro de esas palabras mágicas que antes decía, Estado, Libertad...y sólo sirve para que sigamos jugando a ser libres, mientras otros nos ponen las reglas de nuestra libertad...y lo llaman democracia, pero no lo es.

Por : Marcos Hernández el Martes 29 de Junio de 2004

Dentro de 20 años, tal vez más, tal vez menos, los uniformes militares se verán sustituidos por los planchados a raya que lucirán determinados ejecutivos de mirada fría y calculadora. Los mismos que nos echarán. Pero confiamos en que habrá una generación perdida que nos encuentre.

Por : Leónidas G. Sampietro el Jueves 1 de Julio de 2004