Se quejan ellos de que el nombre de España se invoque poco, y de que su bandera se esconda: la culpa es suya. Durante casi la medio siglo pasado se apropiaron de su nombre, se llamaron nacionales, mataron y aislaron a medio país, prohibieron las culturas y las lenguas, y sellaron la bandera con su águila y sus flechas; después le pusieron una corona, y continuaron intentando segregar no sola las señas de identidad, sino las ideologías ajenas al nacionalcatolicismo, y al viejo imperio caduco; todavía hoy veo en un periódico que rememora la batalla del Jarama el nombre de Ejército Nacional para referirse al faccioso, al rebelde, al de los moros, los alemanes y los italianos, pobre gente mussolinizada que dejó miles de cadáveres en esa zona. La culpa de las secesiones, las separaciones o las negativas a ser español la tienen, claro, ellos: los que fueron y los que les sucedieron. Lo demás es pura anécdota, como las selecciones deportivas o que Carod Rovira irrumpa hablando en catalán en el Congreso.