8 de Octubre de 2002

El mundo de los nombres

Ronaldo, Josemaría, Lula: tres nombres en las primeras páginas. Durante algún tiempo creí que saldríamos de la vida de los nombres propios para entrar en la de todos. No: seguimos en el monoteísmo que se aplica al fútbol, al Vaticano o a unas elecciones: o a una entretenida y escalofriante disputa entre Carmen Sevilla y Karmele Merchante. Aprendimos a vivir así: hasta entrado el siglo pasado no se entró en la Historia que salía de los nombres propios para incluirlos dentro de los grandes movimientos populares, de las circunstancias económicas, de las apariciones de nuevos pensamientos. No ha cundido mucho. Es cierto que algunas personas utilizamos los nombres propios para hacer referencia cómoda y comprensible a una época: Franco, Stalin, Hitler. No estaban solos, ni hubieran estado tanto tiempo. Ah, pero cito solo a dictadores: Churchill, Roosevelt, fueron los nombres de la democracia. Y quedaron inscritas en la memoria ciertos sombreros, puros, sillas de ruedas, capas aireadas: incluso bellos discursos. Hubo aquel de Churchill dibujando un mundo mejor empleando solo palabras monosílabas, como solo puede hacerse en un inglés puro, sajón, sin acudir a la gran aportación latina. Desgraciadamente, no se cumplió aquella promesa de libertad. Es curioso que los nombres en los partidos monoteístas sean fuentes de doctrina, como Aznar sucesor de Fraga; hay un poco mas de movimiento en el que fue colectivo -socialista: de la colectividad; obrero, de la masa trabajadora-que salta de Felipe a Zapatero haciendo dos o tres paradas en medio; y es por eso acusado de inseguridad, de inestabilidad. Lo estable es el hombre único. Bush o Blair. O de los malos: Milosevic o Sadam, acusados de ser el mismo demonio -se ha dicho así-o la reencarnación de Hitler; lo cual no deja de ser otro monoteísmo porque Diablo, como madre, no hay mas que uno.

Hay un par de nombres insignificantes en alguna primera página -en el de este periódico, que es el mas pluralista-que salen de pronto: el del Alcalde de Paris, Bernard Delanoë, y el de quien quiso matarle, Asedian Derkane (léase Dercán). El Alcalde tuvo una gloria en sus elecciones: París voto a la izquierda. El informático islámico le quiso matar de una cuchillada (mal dada) porque odia "a los políticos y a los homosexuales": inmediatamente uno descubre al loco, pero no otra cosa decía Franco (repito, la colectividad a la que llamamos Franco), y les castigan y mataban. O enviaban al exilio, como pasó con algunos de los suyos. Puede que tambien estuvieran locos; pero en Franco se vio un asesino, un soberbio, un dictador de la calaña de los exterminadores, pero nunca se vio a un loco.

Por Eduardo Haro Tecglen en Visto/Oído el Martes 8 de Octubre de 2002
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