El virus que ayer detuvo los ordenadores de medio mundo muestra la fragilidad de nuestra civilización. En los tiempos del acero hacían falta revoluciones para detenerla; hoy un anónimo paralizar las comunicaciones, y mañana otro inutilizará las torres de control de los aeropuertos. Unos maquinistas de tren paran y España se paraliza; y unos propietarios de camiones en huelga acabaron con el régimen de Allende. La civilización es de plástico y de menos que plástico, de las invisibles ondas que nos rodean, y pueden hacernos prisioneros, paralíticos o tontos. Este material invisible está acabando con la fuerza del brazo, y por lo tanto con el sentido del trabajo. Pero no hay que detenerla, sino utilizarla. Me permito recordar a Marx cuando la máquina de vapor dejó en el paro a miles de obreros textiles: no se trataba de destruirlas, como querían, sino de apoderarse de ellas, de hacerlas del ciudadano y no del poder de cuatro personas. No olvidemos, sin embargo, que las cuatro personas tienen tambien el material antiguo: las balas, los gases, las bombas, los guardias. Y la OTAN.-