El ardor de los que piden dimisiones, zarzas ardientes --y parlantes, escribientes-- españolas, de la cólera nacional sobreautonómica (hay mas rasgos comunes que diferenciales), tiene su momento. Y sus paradojas: dimite Leguina, y los pasionales le insultan por dimitir (pedí de buena formas, que se quedara de jefe de la oposición: pero, bueno, allá él). "Tras el insulto viene el navajazo" decía, apaciguador Laín --hombre bueno-- en un homenaje a la pequeña parte católica de la que fue revista "Triunfo" (Miret Magadelena, en la Asociación de la Prensa). A veces, el navajazo viene antes, seco y solo, como en los cuentos de bailongo de Borges. Piden la dimisión de Pedro Pérez, Tabacalera y la de su hermano, Pepe, banquero público y privado. Y la de Felipe González (pensadores, en este periódico). Pedro Pérez es un héroe: defendió el tabaco que vende en nombre del estado. Cierrese la Tabacalera, renuncie el estado a sus impuestos: Pérez es un mandado.
Nunca nos hemos preocupado tanto de la muerte de los otros, y a veces hasta se la hemos procurado en masa. Y es que ahora cara: enfermedades contra la empresa --absentismo-- y el estado -hospitales, médicos, pensiones--: de ahí su caridad avara: ni tabaco, ni alcohol, ni vejez. Soy un fumador que no fuma, un bebedor que no bebe, un jugador que no juega: y mas cosas de mi naturaleza que reprimo por obligación social, sin que siquiera el masoquismo (que pena, no ser masoca) me compense. Estas falsas democracias no permiten ni morir disfrutando, aunque a veces ocurra en los quilombos (en uno murió el padre de Franco).
En cuanto a Felipe González, ya no se lo dice Aznar ("¡váyase, señor González!"): ha enmudecido. Pero sí los suyos: un horror. ¿No es demasiado tarde? No se lo dijeron a tiempo de que no hiciera daño a su partido, cuando ellos eran capitanes: ahora no merece la pena.
(Es momento, en cambio, de decir "¡Váyase, señor Aznar!": a tiempo para salvar su partido. Es un hombre que no gana, como Fraga: pasa por algo. ¿Gafes? No: ineptos. Hay una sabiduría popular que rechaza su aire de facciosos. Ha perdido las mejores jugadas: nunca una como esta). (Tampoco se va a ir. Los secretarios generales aprendieron mucho del stalinismo, mientras mataban comunistas).