11 de Mayo de 1931

El patadón

"Apoyá en el quicio de tu casa un día, mirabas abrirse la noche de Mayo" fue la última letra que Miguel de Molina puso a sus "Ojos verdes". La primera decía "una mancebía"; y estaba en primera persona. Se la hicieron cambiar tres falangistas triunfantes a patadones, a tragos de aceite de ricino. Lo cuenta en "Botin de guerra" (Planeta): unas memorias mas o menos escritas por otros (Salvador Valverde, Alejandro Salade) sobre sus notas o sus conversaciones. En todo caso, el "copyright" es de ellos, pero el texto está en primera persona, y se llama "autobiografía".

Los que le apalearon en los Altos del Hipodromo (donde está ahora el Museo de Ciencias Naturales) fueron el Conde de Mayalde, Director General de Seguridad, luego Alcalde de Madrid y "un escritor" y "un sindicalista". En los recuerdos que el cupletista contó a Canal Sur se daban los otros dos nombres: por alguna razón no salen en este libro. Puede ser que todavía den miedo. O por falta de pruebas. En la vida real, en la calle de entonces, se culpaba a Concha Piquer, que ya se había quedado con su repertorio, y que le denunciaba "por rojo y por maricón", según se conjetura --tampoco se asegura nada-- en este libro. Tuvo Miguel de Molina mas cuidado siempre con la palabra "rojo" que con la otra: era aún mas peligrosa. Y cuenta como le boicotearon por ello en Méjico Cantinflas y Jorge Negrete.

Le recuerdo muy bien en los "fines de fiesta" que se daban en los cines después de las películas. No sé si fue entonces cuando ví por primera vez a Pastora Imperio; quizá a Estrellita Castro. Sin duda, a Elsie and Waldo (Waldo es ahora vecino mío, cuando no está en Los Ángeles). La CNT había inventado esas sesiones para colocar a los artistas de variedades en la guerra. A veces salían personajes insólitos: Benavente, que se asomaba al escenario en un homenaje, y levantaba su puñito. Le costó que se borrara su nombre, por le censura, en los periódicos y los carteles de los teatros. Se decía "el autor de La Malquerida", o "el premio Nobel", pero no su nombre: miserias.

Cuando salìa Miguel de Molina, el cine --el Proyecciones-- se venía abajo: "¡Miguela! ¡Miguela!" El sonreía con gratitud. En estas memorias no reniega de aquel grito. Llevaba su blusa "cuajá de lunares", su caracolillo de pelo bajo el sombrero cordobés, su cigarrilllo para pedir lumbre a un hombre, al lirico interlocutor que pasaba a cabello por la puerta de la mancebía donde ella estaba: porque, entonces, cantaba la canción en primera persona femenina. Por poco lo matan, los hijos de puta.--

Por Eduardo Haro Tecglen en Artículos el Lunes 11 de Mayo de 1931
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