16 de Mayo de 1931

Carrere

De niño me apasionaba "La torre de los siete jorobados", de Emilio Carrere; de joven, la misteriosa y bella película que hizo con la novela Edgar Neville (posiblemente el mejor autor del cine de posguerra). Sale ahora otra edición (Valdemar) con un curioso prólogo de Jesús Palacios: cree él, y ha trabajado en ello, que los capítulos centrales, que alargan lo que en principio fue una novela corta publicada con otro título, los escribió Jesús de Aragón por encargo del editor, imitando el estilo del maestro. Aragón firmaba a veces como "Sirius" o como "Nogara" (su apellido, al revés) y era otro ídolo de nuestra infancia: el Verne español, decíamos. Nunca supe, hasta este prólogo, quien era, ni qué fue de En todo caso la novela tiene todo el estilo de Carrere, y sigue apareciendo como un gran intento de crear un estilo madrileño de lo que había hecho Poe.

Tuve por Carrere una amistad heredada de mi padre. En la lóbrega posguerra nos veíamos a diario: tomábamos el último metro de Sol a Argüelles, donde vivíamos, y luego nos acompañábamos, el viejo --no tendría mas de sesenta años-- y el casi niño --dieciséis, diecisiete-- , de una casa a otra, para alargar la noche que se nos había quedado corta. El era un noctámbulo profesional, de la gran bohemia, pero escribía artículos en el diario "Madrid" --una sección diaria: aún no se llamaban columnas-- contra la noche: todo lo que pasaba de noche era pecado, se decía. Se asombraba de que a mi no me pareciera bien su contradicción: le parecía que yo no me había dado cuenta de lo que nos estaba cayendo encima, y de que cualquier escrúpulo era absurdo ante la cárcel, el hambre o la paliza y el ricino. O, simplemente, ante la posibilidad de que no se publicasen los artículos. Además, en el fondo de la bohemia la verdad estaba en otra cosa: no en un articulejo, sino en la literatura. Carrere se volcaba en sus poemas de amor maldito, y la gente los sabía de memoria: "Y un duendecillo burlón - que entre las frondas había - al escuchar mi canción - se reía, se reía...". Aún los escribo de memoria: de aquella memoria. El canto a la amada pobre, a la griseta como Mimi Pinson, que muere de hambre, se decía tanto como el de Lorca: "Que yo me la lleve al río..."; y, si me apuran, era mas social, mas de protesta y angustia el de Carrere; el de Lorca, el del gitano que deja a la chica porque está casada, y paga la noche del sexo con un costurero, resultaba machista. Aunque el milagro republicano estuvo en que el surrealismo de Lorca se hiciera popular.--

Por Eduardo Haro Tecglen en Artículos el Sábado 16 de Mayo de 1931
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